Chapter 5 by K45
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Capitulo 5
La última descarga de placer en el cuerpo de Morgana se congeló de golpe cuando la gruesa pulsera de cuero con remaches en su muñeca izquierda emitió un destello azul eléctrico definitivo. La interfaz holográfica, con el perfil seleccionado de Evelyn Gutiérrez, se disolvió en el aire como polvo digital mientras la recámara morada, las luces LED neón y el aroma a sándalo y tabaco de cereza eran succionados por esa conocida y densa marea blanca e incandescente. La conciencia de Damián fue arrancada una vez más del contenedor de la gótica, viajando a través del vacío ingrávido donde las leyes del tiempo real se doblaban a su antojo.
El reloj invisible regresó de forma implacable a las 9:30 AM.
El regreso de la sensibilidad física fue tosco, frío y envuelto en una atmósfera radicalmente distinta. Al abrir los ojos, Damián no percibió la penumbra gótica ni el desorden artístico de la recámara de Morgana. Lo primero que inundó sus fosas nasales fue un aroma sumamente caro y sofisticado a perfume de rosas francesas, crema hidratante de alta gama y sábanas de seda egipcia recién lavadas. Estaba recostada sobre una cama de dimensiones matrimoniales, apoyada contra una cabecera de madera lacada en blanco impecable.
Intentó estirar los brazos, pero el roce de la prenda que llevaba puesta le dio la primera pista de su nueva fisonomía. Vestía un camisón de seda rosa pálido, sumamente suave y ligero, que se adhería a su piel con una delicadeza casi líquida. Al bajar las manos para inspeccionar el torso, descubrió un pecho firme, de una turgencia juvenil impecable, de un tamaño intermedio y estilizado, mucho más refinado que la exuberancia masiva de Beatriz o la densidad de Morgana. Pasó las manos por su cintura, descubriendo una silueta sumamente esbelta y cuidada, seguida por unas caderas proporcionadas y unas piernas largas y tersas que no llevaban ninguna otra prenda debajo de la seda.
Se bajó de la cama con un movimiento ágil y ligero. El centro de gravedad de este cuerpo no estaba concentrado en una retaguardia descomunal como la de la gótica, sino distribuido en una postura elegante, esbelta y de complexión atlética. Caminó descalza sobre el piso de duela pulida hacia el gran espejo de tres piezas que dominaba el lujoso tocador de la recámara.
Al mirar el reflejo, Damián sintió una intensa descarga de triunfo y morbo en su cerebro de veintiún años.
La pantalla del artefacto no había mentido. La mujer de veintidós años que lo miraba desde el espejo era Evelyn Gutiérrez. Evelyn era la chica de la alta sociedad del vecindario, la hija del dueño de la constructora local, conocida por todos por su actitud altiva, su ropa de diseñador y ese aire de superioridad con el que ignoraba a cualquier joven del barrio que no estuviera a su nivel económico. Su rostro era de una belleza simétrica y pulcra, con facciones finas, pómulos altos, unos labios carnosos pintados con un brillo natural y una melena rubia e impecable que le caía en ondas perfectas sobre los hombros.
En ese preciso instante, el artefacto en su muñeca izquierda —mimetizado a la perfección como un fino y costoso reloj de pulsera de oro blanco con incrustaciones brillantes— vibró con una fuerza térmica controlada. La conexión manual se había consolidado. El mapa mental completo de Evelyn se inyectó en el cerebro de golpe: asimiló sus rutinas de cuidado estético, el fastidio que le provocaban las reuniones de negocios de su padre, sus cuentas bancarias exclusivas y esa estricta fachada de frialdad que utilizaba como escudo ante el mundo.
Pero lo que verdaderamente provocó que el esbelto y limpio coño de la rubia soltara una pulsación húmeda y secreta contra la seda rosa fue el bloque de recuerdos ocultos que involucraba directamente a Damián.
Al escarbar en los secretos reprimidos de la chica rica del barrio gracias al poder del artefacto, Damián descubrió una verdad deliciosamente retorcida. Detrás de todas esas miradas de desprecio que Evelyn le lanzaba cuando lo veía pasar por la acera de enfrente, se escondía una obsesión carnal secreta y devoradora. En la intimidad de su diario digital y en sus noches de insomnio, la rubia odiaba lo mucho que le atraía la masculinidad tosca y natural de Damián; fantaseaba con la idea de ser rebajada de su estatus, despojada de sus ropas caras y sometida con rudeza por los brazos del chico que fingía despreciar en público.
Sentir esa atracción prohibida y clasista desde el interior del propio cuerpo de Evelyn provocó que la mente masculina de Damián se encendiera en una mezcla de poder absoluto. El sistema manual funcionaba a la perfección: ya no dependía del azar del bucle. Había elegido a su víctima con total precisión, y el cuerpo de la rubia altiva apenas comenzaba a saborear el control de su propia debilidad en este reinicio del treinta de marzo.
Damián, saboreando el control absoluto que ahora tenía sobre la chica más inalcanzable del barrio, no perdió un solo segundo. Caminó de vuelta hacia la cama matrimonial con un paso elegante y ligero, sintiendo el roce de la seda rosa del camisón contra sus muslos tersos. Se sentó en la orilla del colchón y tomó el costoso teléfono inteligente de Evelyn que descansaba sobre la mesita de noche. Gracias a los recuerdos integrados, sus dedos deslizaron la contraseña de desbloqueo de forma instantánea.
Abrió la aplicación de mensajería y, digitando de memoria su propio número celular, abrió el chat con su yo original de veintiún años.
Con una sonrisa de superioridad dibujada en el rostro pulcro de la rubia, Damián se llevó las manos a los tirantes del camisón y los deslizó hacia abajo. La seda cayó suavemente hasta su cintura, dejando al descubierto sus pechos firmes, estilizados y de una simetría perfecta, con los pezones rosados ya erectos debido a la corriente de aire y la adrenalina del momento. Levantó el teléfono con el brazo izquierdo, entornó los ojos con una mirada cargada de una lascivia que jamás pertenecería a la Evelyn pública, y capturó la primera fotografía: una pose sumamente sexy, mostrando su delantera y mordiéndose el labio inferior. La envió de inmediato.
El juego apenas comenzaba. Damián se puso de pie, se despojó por completo del camisón rosa y quedó totalmente desnuda frente al gran espejo de tres piezas. La silueta de la rubia era espectacular: un vientre plano, una cintura diminuta y unas piernas largas y bien torneadas. Se colocó de espaldas al espejo, girando el torso de manera adorable pero provocativa, arqueando la espalda para resaltar la firmeza de su retaguardia y capturó la segunda imagen.
La excitación biológica de Evelyn se disparó; su intimidad comenzó a segregar un flujo constante que brillaba entre sus muslos. Damián regresó a la cama, se recostó sobre las sábanas de seda egipcia y separó las piernas de par en par. Colocó la cámara del teléfono en un ángulo cenital e introdujo los dedos índice y medio de la mano libre entre sus labios mayores, abriendo su coño por completo para la lente, mostrando la humedad reluciente y el tono rosado de su piel más íntima. Capturó la tercera foto, totalmente explícita, y presionó el botón de enviar.
Pero el clímax de la provocación requería movimiento. Damián cambió la configuración de la cámara a modo de video y apoyó el teléfono contra la cabecera de madera lacada, asegurándose de que el encuadre abarcara todo su cuerpo desnudo sobre la cama.
Comenzó a masturbarse de manera salvaje y rítmica ante la lente. Los dedos largos de la rubia se hundían repetidamente en su propia cavidad empapada, generando un eco húmedo y constante en la lujosa habitación, mientras su otra mano amasaba con fuerza uno de sus senos firmes. Damián forzó la voz de Evelyn para soltar gemidos agudos, sucios y desesperados, rompiendo por completo la fachada de la chica rica y altiva. El frote en su clítoris se volvió frenético hasta que las contracciones vaginales la alcanzaron; el cuerpo de Evelyn se arqueó de forma violenta sobre la cama, estirando las piernas y temblando de pies a cabeza mientras alcanzaba un clímax devastador que quedó registrado segundo a segundo en la pantalla.
Damián detuvo la grabación con los dedos todavía trémulos por el orgasmo. Sin dudarlo, seleccionó el archivo de video de alta definición y lo mandó directamente al chat de su verdadero yo. Las imágenes y el material explícito de la vecina más codiciada del rumbo ya viajaban en el espacio del treinta de marzo, listas para reconfigurar la mente del Damián original al otro lado de la calle.
El silencio en la habitación de Evelyn se interrumpió de golpe por el sonido de su respiración agitada y trémula, el único eco audible sobre las lujosas sábanas de seda. Damián, habitando con comodidad la anatomía de la rubia, observó la pantalla del teléfono inteligente. La barra de carga llegó al cien por ciento y el video explícito de su propia masturbación se marcó con la doble palomita de enviado.
La mente masculina de veintiún años se deleitó con la absoluta impunidad del momento. Al otro lado de la calle, en la casa verde, su verdadero cuerpo de carne y hueso estaba a punto de recibir una notificación que haría estallar cualquier lógica. El Damián real, sumido en el luto de la mañana del treinta de marzo, se encontraría de golpe con la desnudez total, los pechos perfectos y el coño empapado de la chica más altiva y rica del vecindario, entregada a él a través de una pantalla en un despliegue de lascivia que jamás habría imaginado.
Damián dejó caer el teléfono sobre el colchón. Sentir el sudor ligero enfriándose sobre la piel tersa y esbelta de Evelyn le provocó un estremecimiento placentero. El esbelto cuerpo de la rubia seguía latiendo con fuerza, con los músculos vaginales contrayéndose de forma involuntaria tras el violento clímax que acababa de registrar. La humedad seguía resbalando de manera natural entre sus muslos largos y torneados, empapando la seda egipcia de la cama.
Se incorporó lentamente, estirando los brazos pálidos y estilizados hacia el techo, disfrutando de la turgencia y el balanceo ligero de sus pechos libres. Levantó la muñeca izquierda para observar el fino reloj de oro blanco con incrustaciones brillantes; el artefacto continuaba en su Modo Reposo, estabilizando la transferencia en este contenedor manual de nivel 4. No había ninguna prisa por reiniciar el ciclo ni por abandonar esta piel refinada. El control total era un hecho irreversible.
Caminó completamente desnuda hacia el gran ventanal de la recámara, que ofrecía una vista privilegiada de toda la cuadra. Apartó sutilmente las finas cortinas de gasa blanca para mirar hacia el exterior. El sol del mediodía ya empezaba a calentar el asfalto. A lo lejos, pudo distinguir la silueta de Vanessa con su vestido de licra roja frente a la tienda de abarrotes, ejecutando a la perfección los hilos de seducción que él mismo había sembrado en el primer ciclo.
Damián sonrió con los labios carnosos de Evelyn, apoyando una mano sobre el cristal templado del ventanal. Sabía que cada rincón de este treinta de marzo se estaba convirtiendo en su patio de recreo personal. Con el poder de seleccionar manualmente a su siguiente contenedor y la certeza de que sus acciones quedaban grabadas de forma permanente en la línea temporal del bucle, el vecindario entero estaba a punto de transformarse en una red erótica bajo su dominio absoluto, y la orgullosa Evelyn Gutiérrez acababa de firmar el inicio de su propia sumisión.
Damián se apartó del ventanal de la recámara de Evelyn, dejando que las cortinas de gasa blanca se cerraran suavemente a su espalda, devolviendo la habitación a esa atmósfera de privacidad exclusiva y sofisticada. Caminó descalza sobre la duela pulida, sintiendo la ligereza de sus pasos y la tersura de su piel esbelta. Sus senos firmes se mecían sutilmente con cada movimiento, y la punta de sus pezones rosados continuaba rígida, rozando el aire templado del cuarto. En su entrepierna, el flujo espeso y constante de la rubia seguía goteando, recordándole la crudeza biológica del orgasmo que acababa de registrar en el teléfono.
Consciente de que el Modo Reposo del artefacto de oro blanco le otorgaba un tiempo considerable antes de que el ciclo volviera a reactivarse, Damián decidió que la sumisión de la chica rica del barrio no estaría completa si solo se quedaba en el entorno digital de un chat de mensajería. La Paradoxa del treinta de marzo dictaba que todo lo que hiciera se grabaría en el tejido del vecindario. Tenía que materializar la lascivia reprimida de Evelyn en el mundo físico.
Se acercó al lujoso vestidor de tres piezas flanqueado por espejos. Al abrir las puertas, hileras de ropa de diseñador, abrigos caros y vestidos de cóctel confirmaron el estatus de la familia Gutiérrez. Sin embargo, escudriñando en los recuerdos integrados de la joven, Damián localizó el cajón secreto donde Evelyn guardaba su lencería más íntima y costosa, aquella que compraba en boutiques de la capital y que jamás se atrevía a usar por mantener su fachada de pulcritud y decencia.
Con las manos finas de la rubia, sacó un conjunto de encaje negro translúcido: un sostén de copa abierta que dejaba las aureolas completamente expuestas y una tanga de hilos diminutos que apenas cubría el monte de Venus. Damián se deslizó las prendas con un morbo incontenible. El encaje negro contrastaba de forma espectacular con la piel pálida y perfecta de Evelyn. Al mirarse en el espejo, vio la silueta de la chica más altiva de la privada transformada en una fantasía viviente, con su intimidad rosada y húmeda brillando a través del tejido transparente.
Decidido a llevar la provocación al terreno real, buscó un atuendo exterior que jugara con el mismo doble sentido que había usado con Vanessa y Beatriz. Seleccionó un vestido camisero de seda blanca, de botones frontales, que habitualmente Evelyn usaba de manera formal. Damián se lo colocó directamente sobre la lencería de encaje negro, pero tomó la deliberada decisión de dejar los primeros cuatro botones del pecho completamente abiertos, creando un escote profundo que revelaba el inicio de sus pechos y el encaje oscuro. Tampoco abrochó los últimos tres botones de la parte inferior, asegurando que cada zancada larga de sus piernas tersas mostrara el muslo hasta la cadera. Se calzó unos zapatos de tacón alto de aguja que estilizaron aún más su figura, haciéndola lucir imponente.
Se soltó la melena rubia, cepillándola hasta que cayó en ondas perfectas y brillantes sobre sus hombros, y se aplicó una generosa capa de su perfume de rosas francesas. Antes de salir, tomó nuevamente el teléfono y revisó el chat con su verdadero yo. El video y las fotos seguían ahí, un testimonio digital inalterable. Una sonrisa llena de malicia y superioridad se dibujó en sus labios carnosos.
Bajó las escaleras de la residencia con el andar firme y sonoro que los tacones de aguja le propiciaban sobre los escalones de mármol. La casa estaba en silencio; sus padres estaban fuera en una reunión de negocios en el club de golf local, lo que le daba total libertad de movimiento. Al llegar a la planta baja, cruzó el recibidor y abrió la pesada puerta de madera tallada, saliendo directamente al jardín frontal de la propiedad.
El calor de la una de la tarde golpeó de lleno el cuerpo de Evelyn, provocando que una fina capa de sudor comenzara a correr por su cuello estilizado, bajando directo hacia el escote abierto de seda. Damián caminó hacia la reja de hierro forjado que separaba la mansión de la calle principal del barrio. Al salir a la banqueta, el viento de la costa ondeó la seda blanca de su vestido, abriendo la prenda con suavidad para exhibir la blancura de sus muslos largos y el contraste del encaje negro que llevaba debajo.
A unos metros de distancia, don Carlos, el tendero, se encontraba limpiando la entrada de su negocio, todavía visiblemente aturdido y exhausto por haber presenciado de forma simultánea los paseos lascivos de Vanessa y de la señora Beatriz. Al escuchar el eco nítido y elegante de los tacones de aguja golpeando el pavimento, el hombre levantó la mirada de forma automática.
Cuando sus ojos se clavaron en la figura que se aproximaba, el trapo de limpieza se le cayó de las manos, impactando contra el suelo.
No era la Evelyn Gutiérrez altiva y distante que caminaba mirando por encima del hombro a los habitantes del rumbo. Era una versión indómita, una mujer de la alta sociedad con el vestido de seda completamente entreabierto, dejando ver la lencería negra de copa abierta que enmarcaba sus senos firmes ante la luz del sol. El balanceo de sus caderas, elegante pero cargado de una provocación explícita, dictaba una sumisión visual absoluta.
Damián detuvo el esbelto cuerpo de la rubia justo frente a la esquina, a escasos metros de la tienda, cruzando la mirada simétrica y felina de Evelyn directamente con los ojos desencajados del tendero.
—Buenas tardes, don Carlos —dijo Damián, modulando la voz de la rubia con un tono arrastrado, suave y destilando una sensualidad rústica que rompió cualquier barrera de clase—. Qué día tan sofocante… Siento que la seda se me pega demasiado a la piel. ¿No le parece que el ambiente está perfectamente encendido hoy?
El viejo tendero ni siquiera pudo articular una respuesta coherente. Se limitó a asentir con la cabeza, con la garganta seca, devorando con los ojos el contorno de los pezones rosados que se asomaban sin pudor a través del encaje translúcido. El respeto y el temor reverencial que el vecindario le tenía a la familia Gutiérrez se desmoronaba en esa esquina bajo el peso del morbo biológico.
Damián saboreó el triunfo psicológico. Dio media vuelta sobre sus tacones de aguja, permitiendo que la seda blanca se levantara lo suficiente para mostrar la delgadez del hilo dental negro incrustado en su retaguardia estilizada, y comenzó el camino de regreso a la mansión. Sabía que en la casa verde, su verdadero ser de veintiún años estaba procesando el material del teléfono, mientras el entorno real del treinta de marzo terminaba de moldearse bajo su voluntad absoluta. La calibración manual del artefacto de nivel 4 era perfecta, y el vecindario ya no era más que un escenario bajo su total dirección.
Damián detuvo el paso de los tacones de aguja justo antes de dar la vuelta hacia la reja de la mansión. Una idea mucho más audaz y retorcida cruzó su mente masculina de veintiún años, haciendo que el esbelto coño de Evelyn soltara una nueva pulsación húmeda contra el encaje negro de la tanga. No iba a regresar a encerrarse en la comodidad del lujo. Tenía el atuendo perfecto, la lencería expuesta y el material explícito ya enviado al teléfono. Era el momento de cerrar el círculo en el mundo físico.
Dio media vuelta sobre el pavimento caliente, permitiendo que el viento de la tarde abriera la seda blanca de su vestido camisero, exhibiendo sus piernas largas y tersas. Cruzó la calle con pasos firmes y sonoros, dirigiéndose directamente hacia la fachada de la casa verde. Su casa original.
Mientras caminaba, una intensa vibración térmica nació del fino reloj de oro blanco en su muñeca izquierda. El metal emitió un destello azulado tan sutil que pasó desapercibido bajo la luz del sol, pero la información se inyectó directamente en su cerebro. El contador del sistema se había actualizado en silencio: Nivel 5. Cada salto, cada asimilación biológica completada en el tejido del treinta de marzo seguía elevando el poder del artefacto, consolidando su dominio absoluto sobre la interfaz cuántica.
Al llegar a la entrada de la casa verde, Damián extendió la mano fina de la rubia y tocó la puerta con tres golpes secos. El corazón de Evelyn comenzó a latir desbocado dentro de su pecho firme; la adrenalina de estar a punto de confrontar su propia realidad física era un estimulante superior a cualquier orgasmo.
Unos segundos después, el picaporte giró y la puerta se abrió.
Ahí estaba. Al frente de la entrada apareció él mismo: el Damián original de veintiún años, vistiendo una playera desgastada y shorts, con el rostro visiblemente confundido y desencajado. Traía el teléfono celular firmemente apretado en la mano derecha, con la pantalla aún encendida en la aplicación de mensajería, delatando que acababa de ver las fotos explícitas y el video de la masturbación que la rubia le había mandado hacía apenas unos minutos.
Ver su propio cuerpo masculino desde la perspectiva exterior de unos ojos ajenos le provocó a Damián un vuelco irreal en el estómago. Contemplar la anchura de sus propios hombros, las facciones de su rostro y la energía rústica de su verdadero ser —el contenedor original que lo esperaba al final del bucle— era una experiencia mentalmente devastadora. El Damián de carne y hueso miró a la Evelyn que tenía enfrente, recorriendo con los ojos el escote escandalosamente abierto, el encaje negro que dejaba ver sus pezones erectos y las piernas largas que se asomaban por la seda blanca.
—¿Evelyn…? —pronunció el Damián original, con la voz gruesa y confundida, alternando la mirada entre la imponente rubia y las fotos subidas de tono de su pantalla—. ¿Qué… qué haces aquí? ¿Qué es todo esto?
Damián, controlando a la perfección los hilos de la chica rica, dio un paso hacia el frente, invadiendo el espacio personal de su propio cuerpo y haciendo que el costoso perfume de rosas francesas inundara los sentidos de su yo masculino. Una sonrisa cargada de un morbo absoluto y un conocimiento prohibido se dibujó en los labios carnosos de la rubia altiva.
—Sí... sé que disfrutaste las fotos que te mandé —dijo Damián, modulando la voz de Evelyn con un tono arrastrado, suave y cargado de una malicia que hizo que su propio yo masculino diera un paso involuntario hacia atrás, completamente abrumado—. Sé perfectamente que te encantó ver mis pechos desnudos, contemplar mis pezones erectos y ver mi coño chorreando de esa manera tan salvaje en tu pantalla. Sé que te fascinó verme masturbarme en el video hasta llegar al clímax... ¿Verdad, Damián?
El Damián original se quedó helado en el umbral de la puerta. Su propia réplica de carne y hueso sintió cómo la sangre se le agolpaba en el rostro, atrapado entre el impacto de tener a la chica más inalcanzable y altiva de la privada frente a él y la cruda evidencia explícita que aún parpadeaba en la pantalla de su teléfono.
Damián, disfrutando desde el interior de la rubia la absoluta sumisión psicológica que estaba ejerciendo sobre su propio cuerpo de veintiún años, dio otro paso hacia el frente, reduciendo la distancia al mínimo. El aroma a rosas francesas y el calor corporal que emanaba de la piel esbelta de Evelyn envolvieron por completo el recibidor de la casa verde. El vestido camisero de seda blanca se abrió un poco más debido al movimiento, dejando que el encaje negro de copa abierta rozara casi de forma directa la playera desgastada de su yo original.
El Nivel 5 del artefacto latía en su muñeca izquierda con una intensidad vibrante y silenciosa. La retroalimentación mental era perfecta: sentía la confusión y la intensa excitación biológica que su verdadero ser estaba experimentando en ese mismo instante, combinada con la humedad constante y el deseo reprimido que el cuerpo de Evelyn seguía liberando entre sus piernas largas y tersas. La paradoja del treinta de marzo había alcanzado su punto más retorcido y perfecto, uniendo al titiritero y a su contenedor original en una misma entrada.
—¿Qué te pasa? Estás temblando… —continuó Damián, forzando los labios carnosos de Evelyn a curvarse en una mueca de superioridad absoluta, disfrutando de cómo su propio yo masculino se quedaba sin aliento frente a la seda blanca entreabierta y el encaje negro.
Sin embargo, antes de que pudiera estirar las manos pálidas de la rubia para tocar el pecho de su cuerpo original, una intensa vibración helada nació del reloj de oro blanco en su muñeca izquierda. El dolor fue tan agudo que paralizó los músculos de Evelyn por completo. El aire frente a sus ojos parpadeó violentamente y la pantalla holográfica se materializó en medio del recibidor de la casa verde.
Damián, alarmado, miró de reojo a su yo de veintiún años; el chico seguía con los ojos fijos en el escote de la rubia, parpadeando con confusión, ajeno por completo al despliegue digital. Al confirmar que su verdadero ser no podía ver la interfaz, Damián se concentró en las letras que parpadeaban en un tono rojo de advertencia:
[¡ADVERTENCIA: ERROR CRÍTICO DE SISTEMA!]
• Detalle: Falla en la ejecución de la secuencia de elección manual (Nivel 5 inestable).
• Acción: Realizando reparación automática del núcleo cuántico. Lamentamos los inconvenientes.
• Protocolo de Emergencia: Transfiriendo conciencia a contenedor aleatorio temporal para evitar el colapso de la matriz del treinta de marzo.
• Compensación de Red: Restricción geográfica eliminada. Enrutando hacia contenedor de perfil alto (Famosa).
«¿Qué carajos…?», pensó Damián, sintiendo cómo el pánico se mezclaba con la adrenalina desde el interior de la rubia altiva. «¡Se supone que ya podía elegir! ¡Llegué al nivel 5!». Su mirada escudriñó la última línea de texto flotante antes de que la pantalla empezara a distorsionarse. «¿Espera… dijo famoso? ¿Una famosa?».
No hubo tiempo para procesar la implicación del error del artefacto. La interfaz parpadeó por última vez, el reloj de oro blanco emitió una descarga de energía masiva y el entorno familiar de la casa verde de la privada, el aroma a rosas francesas, la lencería de encaje negro y el rostro desconcertado de su propio ser masculino se licuaron instantáneamente en la cegadora e incandescente marea blanca del bucle temporal.
El salto cuántico se ejecutó de forma violenta, arrancándolo de la privada del barrio y lanzándolo a miles de kilómetros de distancia, directo hacia una anatomía que el mundo entero reconocía.
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Artefacto
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Obtiene un artefacto, el cual siempre a las 9:30 A.M. siempre lo llevara a esa hora al mismo dia, viviendo en el mismo dia, pero viviendo desde diferentes perspectivas, tendra que buscar como salir del bucle. / He obtains an artifact, which always at 9:30 A.M. will always take him to that time on the same day, living in the same day, but living from different perspectives; he will have to find a way out of the loop.
Updated on Jun 28, 2026
by K45
Created on Jun 27, 2026
by K45
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