Artefacto

-

Chapter 1 by K45

Author's note: Hello, as you know, this is another story created by me and Lyra (an AI). This story will be in Spanish as always. I hope you enjoy it.

/

Nota de la autora: Hola, como saben, esta es otra historia creada por mí y Lyra (una IA). Esta historia estará en español, como siempre. Espero que la disfruten.

Capitulo 1

El calor a finales de marzo siempre tenía esa densidad húmeda que se pegaba a la ropa antes de las diez de la mañana. Damián se pasó el dorso de la mano por la frente, limpiándose el sudor mientras acomodaba las almohadas de la cama articulada. En esa habitación el aire olía a medicamentos, a sábanas limpias y al rancio aroma del encierro.

Sobre el colchón, el cuerpo del doctor Hernández parecía perder volumen con cada hora que pasaba. A sus noventa y dos años, el viejo médico del barrio se estaba apagando como una vela consumida.

—Deberías dejar de perder el tiempo ahí metido, Damián —le había dicho su madre, Raquel, esa misma mañana mientras preparaba el desayuno en la cocina—. Ese viejo ya ni sabe quién eres. Su propia familia lo dejó solo por algo. Tienes veintiún años, búscate un trabajo de verdad o ayuda aquí en la casa.

A Damián no le importaban los reproches de Raquel, ni las miradas de fastidio de su hermana mayor, Miranda, o los comentarios sarcásticos de su melliza, Fernanda. Incluso Regina, que apenas había cumplido los dieciocho, se limitaba a mirarlo con indiferencia desde el sofá mientras scrolleaba en su teléfono. Para todo el mundo, cuidar al viejo Hernández era una pérdida de tiempo. Pero Damián recordaba cuando el doctor aún tenía fuerzas y le prestaba libros, o cuando curaba a los animales callejeros del vecindario sin cobrar un peso. Era una cuestión de dignidad. Alguien tenía que estar ahí.

—Damián… —la voz del anciano sonó como un silbido entre dientes secos.

El joven se inclinó de inmediato sobre la cama, apoyando una mano en el brazo esquelético del doctor.

—Aquí estoy, doc. Despacio.

Los ojos del viejo, nublados por las cataratas, buscaron la silueta de Damián con un esfuerzo supremo. Con los dedos temblorosos, Hernández señaló un pequeño cajón de madera labrada que estaba sobre la mesa de noche, debajo de los frascos de pastillas vacíos.

—Tómalo… —susurró el anciano, y una extraña lucidez pareció iluminar su mirada por un instante—. Fui un tonto. Pasé cincuenta años intentando entenderlo… calibrándolo. No dejes que se lo queden ellos. Te lo ganaste, muchacho. Fuiste el único que no me miró como a un estorbo.

Damián abrió el cajón. Dentro no había dinero ni joyas, sino un objeto cilíndrico, del tamaño de un encendedor grueso, hecho de un metal opaco que no reflejaba la luz de la ventana. Tenía una textura fría, casi desconcertante, y una serie de anillos concéntricos que parecían girar de forma mecánica si se aplicaba la presión correcta. No pesaba casi nada, pero al sostenerlo, Damián sintió un leve hormigueo que le recorrió los dedos hasta la muñeca.

—¿Qué es esto, doc? —preguntó, volteándose hacia la cama.

No hubo respuesta. El pecho del doctor Hernández se había detenido. Sus ojos seguían fijos en el techo, pero la tensión había desaparecido de su rostro. Había muerto en total silencio, exactamente a las nueve de la mañana del treinta de marzo.

El proceso posterior fue rápido y mecánico. Damián llamó a las autoridades sanitarias, avisó a los familiares lejanos que llegaron sólo para preguntar por las escrituras de la casa, y soportó el papeleo inicial. Regresó a su casa alrededor de las nueve y veinte, con la cabeza embotada y el cilindro metálico metido en el bolsillo de su pantalón vaquero.

Al entrar, la casa estaba inusualmente tranquila. Raquel estaba en el patio trasero tendiendo la ropa, Miranda se escuchaba duchándose en el baño de arriba, y Fernanda y Regina habían salido al supermercado de la esquina. Damián subió los escalones hacia su habitación, cerró la puerta con pestillo y se sentó en la orilla de la cama.

Sacó el artefacto. La luz de la mañana entraba de lado por la ventana, iluminando las motas de polvo en el aire. Con una mezcla de frustración y curiosidad por las últimas palabras del médico, Damián comenzó a manipular los anillos concéntricos del cilindro. El hormigueo en sus dedos se intensificó, volviéndose un zumbido sordo que empezó a resonar directamente dentro de su cráneo. Un chasquido mecánico vibró en el centro del objeto.

De repente, una aguja invisible pareció clavarse en el centro de sus ojos. La habitación se tiñó de un blanco incandescente. La respiración se le cortó por completo mientras sentía que su cuerpo perdía el peso, la gravedad y la consistencia, como si su conciencia estuviera siendo succionada a través de un embudo invisible.

El reloj de la pared marcó las 9:30 AM.

El pánico fue lo primero que lo devolvió a la realidad. No era un pánico mental, sino una reacción física violenta: el corazón le latía a una velocidad impresionante, pero el eco de los latidos no resonaba en su pecho de siempre.

Damián abrió los ojos de golpe y lo primero que vio fue un techo completamente ajeno, pintado de un color beige pastel, con un ventilador de techo girando a velocidad media. Intentó incorporarse de golpe, pero el peso de su propio cuerpo estaba distribuido de una manera totalmente distinta. Al apoyar las manos en el colchón para empujarse hacia arriba, la textura de la piel de sus dedos se sintió extrañamente suave, desprovista de los callos habituales que tenía por ayudar en los trabajos pesados del barrio.

Se sentó en la cama, respirando agitadamente. Su mirada cayó hacia abajo.

No llevaba sus pantalones vaqueros ni su camiseta gastada. En su lugar, vestía un camisón de satén de color azul oscuro que apenas le cubría los muslos. Pero lo que verdaderamente hizo que el aire se le congelara en la garganta fue la presencia de dos prominencias redondeadas y firmes que presionaban la tela del camisón desde el interior. Damián, temblando, levantó las manos y se tocó el pecho. La sensibilidad era brutal, directa y abrumadora; sus dedos recorrieron la suavidad de dos senos biológicamente femeninos, sintiendo la elasticidad de la piel y la erección de los pezones ante el tacto frío de sus manos.

—¿Qué coño…? —intentó gritar, pero la voz que salió de su garganta no fue la suya. Era una voz melodiosa, de tono más agudo, con una vibración pectoral completamente diferente.

El susto lo obligó a levantarse de la cama, pero al poner los pies en el suelo, el centro de gravedad lo traicionó. Sus caderas eran notablemente más anchas, lo que alteraba por completo el equilibrio al que estaba acostumbrado su cerebro de veintiún años. Caminó dando tumbos hacia el espejo de cuerpo entero que estaba empotrado en el clóset de la habitación.

Al mirarse, el reflejo lo dejó paralizado.

No era él. No era Damián. La mujer que lo miraba desde el espejo, con los ojos abiertos de par en par por el terror, era Vanessa, la vecina de veintiséis años que vivía en la casa de enfrente. Vanessa, la mujer del ingeniero que siempre salía a regar las plantas por las tardes luciendo unos vestidos ajustados que captaban la atención de medio barrio. Su rostro era idéntico al que Damián había visto docenas de veces desde su ventana: labios carnosos, facciones finas y una cabellera castaña que le caía en ondas sobre los hombros.

Damián se bajó lentamente las bragas de encaje negro que llevaba puestas, dejando al descubierto una entrepierna completamente lisa, desprovista de cualquier miembro masculino, coronada por un monte de Venus perfectamente delineado. Se tocó la zona con incredulidad, experimentando una descarga de electricidad nerviosa que le recorrió toda la espina dorsal. Era una anatomía limpia, húmeda y ajena.

Antes de que pudiera procesar el asco o el miedo absoluto de haber perdido su propia identidad, el artefacto del doctor Hernández pareció activarse dentro de su mente. No era un dolor físico, sino una inundación masiva de información.

Como si abrieran una presa en su cerebro, miles de recuerdos que no le pertenecían comenzaron a ordenarse en su memoria con una claridad cristalina. En cuestión de segundos, Damián supo todo sobre la vida de Vanessa: supo que odiaba el olor al café por las mañanas, recordó el nombre de su escuela primaria, experimentó la frustración de su matrimonio estancado con un hombre que casi nunca estaba en casa, y asimiló a la perfección la forma en que ella caminaba, gesticulaba y hablaba. El artefacto le estaba otorgando el acceso total a la identidad del cuerpo que habitaba. No era un simple pasajero; ahora tenía las habilidades y la memoria de Vanessa integradas a su propia conciencia.

—Vanessa, amor, ¿ya estás mejor del dolor de cabeza? —una voz masculina sonó desde la planta baja, seguida por el sonido de unos pasos que subían por la escalera de madera.

El cerebro de Damián, utilizando los recuerdos recién adquiridos de Vanessa, identificó la voz de inmediato: era Arturo, el esposo de la vecina. Según la memoria del cuerpo, Arturo se suponía que debía estar de viaje de trabajo ese día, pero había cancelado el vuelo a última hora debido a un problema con el automóvil.

La puerta de la habitación se abrió y Arturo, un hombre robusto de unos treinta años, entró con una taza de té en la mano. Al ver a su esposa de pie frente al espejo, casi desnuda y tocándose el cuerpo, una sonrisa lasciva se dibujó en su rostro.

—Veo que el analgésico ya hizo efecto —dijo él, dejando la taza en la mesa de noche y acercándose lentamente—. Pensé que pasarías todo el treinta de marzo encerrada en la cama.

Damián sintió un vuelco en el estómago. Intentó retroceder, pero la espalda de Vanessa chocó contra el clóset. La mente de Damián estaba en pánico, pero el cuerpo de Vanessa reaccionó de manera autónoma ante la proximidad del hombre; los recuerdos grabados en la carne de la mujer sabían exactamente cómo responder para no levantar sospechas.

—Sí… ya me siento un poco mejor —dijo Damián, forzando la voz de Vanessa para que sonara natural, aunque el tono salió con una ligera agudeza debido al nerviosismo.

Arturo no notó nada extraño. Para él, su esposa simplemente estaba siendo coqueta. Se acercó por detrás, rodeando la cintura de Vanessa con sus brazos y pegando su cuerpo al de ella. Damián experimentó, a través de la piel de la vecina, el contacto directo del pecho del hombre contra su espalda. La diferencia de texturas y el calor corporal se transmitieron de forma instantánea a su cerebro.

—Qué bueno… porque llevo semanas esperando un día libre para estar contigo —murmuró Arturo, bajando las manos por las caderas anchas de Vanessa y apretando sus glúteos por encima del satén del camisón.

La sensación física de ser tocado de esa manera provocó una reacción biológica inmediata en el cuerpo de la mujer. Damián sintió un calor súbito que comenzó a concentrarse en la parte baja de su nuevo vientre, una pulsación húmeda entre las piernas que desarmó por completo su capacidad de pensar lógicamente. Su mente de hombre de veintiún años se sintió abrumada por la intensidad con la que el cuerpo femenino procesaba la estimulación táctil. Cada caricia de Arturo en los muslos de Vanessa se traducía en una descarga de placer que Damián nunca había experimentado en su forma original.

Arturo giró el cuerpo de Vanessa para obligarla a mirarlo de frente. Sin darle tiempo a reaccionar, la besó en los labios. Damián sintió la invasión de la lengua del hombre en su boca, el sabor a café y el roce de la barba incipiente contra la piel sensible del rostro de la vecina. El instinto biológico del cuerpo de Vanessa, sumado al acceso de sus recuerdos íntimos, tomó el control de los movimientos. Los brazos de la mujer se elevaron de manera casi automática, rodeando el cuello de Arturo, mientras sus caderas se presionaban contra la entrepierna del hombre, buscando instintivamente el bulto que ya se marcaba en sus pantalones.

El pánico inicial de Damián comenzó a disolverse, devorado por una ola de lujuria puramente física que nubló su juicio. El artefacto seguía trabajando en un segundo plano, fijando la experiencia, permitiéndole disfrutar de la vulnerabilidad y la potencia del placer femenino con una crudeza absoluta.

Arturo comenzó a deslizar el camisón de satén hacia arriba, exponiendo la piel desnuda de Vanessa a la corriente de aire del ventilador de techo, mientras guiaba el cuerpo hacia la cama. Damián sabía que estaba atrapado en el treinta de marzo, en una casa que no era la suya, dentro de una mujer que no le pertenecía, pero el torrente de sensaciones eróticas que estaba a punto de desatarse era demasiado real como para intentar detenerlo.

Arturo tiró del camisón azul hacia arriba con un movimiento brusco pero coordinado, sacándolo por la cabeza de Vanessa. La tela ligera voló hacia algún rincón del suelo. Damián se quedó completamente desnudo ante la mirada fija de su esposo, sintiendo una corriente de aire frío acariciarle la piel húmeda de los muslos, el vientre y los senos. La vulnerabilidad física era total, pero la vergüenza inicial fue aplastada por una oleada de calor que subía desde su entrepierna. Los pezones de Vanessa se tensaron al instante, enviando un pinchazo de corriente directa hacia su bajo vientre.

Sin perder tiempo, Arturo lo empujó suavemente hacia atrás. Damián se dejó caer sobre el colchón matrimonial, hundiéndose en las sábanas de hilos finos. Al abrir las piernas por instinto del cuerpo, experimentó la tremenda sensibilidad de sus labios internos rozando la tela de la cama. El cuerpo de Vanessa ya estaba segregando su propia lubricación natural; el artefacto le permitía procesar cada hormona, cada gota de estrógeno y cada pulsación nerviosa con una nitidez escalofriante.

Arturo se desabrochó el cinturón, dejando caer sus pantalones al suelo mientras se despojaba de la camisa. Damián miró el torso del hombre desde abajo. Como hombre, la situación le habría parecido una pesadilla; como Vanessa, la perspectiva era completamente diferente. Los recuerdos de la vecina le dictaban que ese cuerpo masculino, robusto y dominante, era exactamente lo que necesitaba para saciar el vacío de tantas noches de soledad.

Cuando Arturo se posicionó entre sus muslos, el peso del hombre se sintió real y aplastante. Sus manos ásperas sujetaron las rodillas de Vanessa, abriéndolas aún más, exponiendo su coño húmedo y expuesto al aire de la habitación.

—Estás ardiendo, nena —murmuró Arturo con la voz rota, rozando la punta de su miembro erecto contra la entrada de la intimidad de Vanessa.

El roce fue tan eléctrico que Damián arqueó la espalda de golpe, soltando un gemido agudo que resonó en las paredes. No pudo controlarlo. La sensibilidad femenina era un territorio salvaje. Arturo se introdujo de un solo impulso firme, llenándola por completo.

La sensación de expansión y la presión interna hicieron que Damián apretara los dientes. Sintió el miembro caliente y venoso deslizarse contra las paredes ultrasensibles de su vagina, estimulando puntos nerviosos que él ni siquiera sabía que existían. Cada embestida de Arturo provocaba un eco sordo en el fondo de su pelvis. El ritmo empezó lento, pero la fricción constante generó un espiral de placer adictivo. Damián se descubrió a sí mismo clavando las uñas pintadas de Vanessa en la espalda de Arturo, asimilando los recuerdos de cómo ella gemía, cómo se movía y cómo buscaba el ángulo perfecto para profundizar la penetración.

Los fluidos de ambos empezaron a generar un sonido húmedo y rítmico que llenaba la habitación. Damián ya no pensaba en el doctor Hernández, ni en su madre Raquel, ni en sus hermanas al otro lado de la calle. Su mente de veintiún años estaba completamente subyugada por los orgasmos mecánicos que el cuerpo de Vanessa estaba construyendo. Tras unos minutos de un vaivén salvaje y constante, una contracción violenta sacudió sus músculos vaginales. El coño de Vanessa se estrujó con fuerza alrededor del miembro de Arturo, desatando el primer orgasmo de la mañana. Damián estiró el cuello hacia atrás, con los ojos en blanco, perdiéndose en una nebulosa de placer puro mientras su esposo terminaba de coronar el acto con un gemido rústico, vaciando una descarga caliente de semen profundo dentro de ella.

Ambos se quedaron tendidos, jadeando, envueltos en el olor a sudor y sexo que flotaba en el aire.

Fue en ese momento de relajación, mientras Arturo se acomodaba a su lado con los ojos cerrados, cuando Damián sintió una extraña vibración en su muñeca izquierda.

Frunció el ceño, extrañado. Vanessa no llevaba joyería cuando despertó; él mismo se había revisado las manos frente al espejo. Levantó el brazo izquierdo con lentitud para mirar. Justo alrededor de su muñeca, una fina banda metálica de color opaco y sin brillo se ajustaba perfectamente a la piel, casi como una pulsera de diseño minimalista o un brazalete extraño. Los anillos concéntricos del objeto eran diminutos, pero al tocarlos con los dedos de la mano derecha, reconoció de inmediato la misma textura fría y misteriosa del cilindro que el doctor Hernández le había entregado en su habitación.

El artefacto no se había quedado en su ropa de hombre. Había viajado con él, transformándose y adaptándose a su nueva forma anatómica para pasar completamente desapercibido como un accesorio femenino ordinario.

Al acariciar uno de los pequeños anillos de la pulsera, una sutil vibración mental le recorrió el cerebro. No comprendía la totalidad de su funcionamiento, pero el objeto le transmitió una vaga certeza física: el artefacto estaba ligado a su conciencia, no a su carne. Estaba ahí para servirle, sintonizándose con el entorno.

Damián bajó el brazo, ocultando la pulsera bajo la sábana mientras miraba de reojo a Arturo, que ya empezaba a quedarse dormido debido al cansancio. El día treinta de marzo apenas comenzaba, y el cuerpo de Vanessa aún tenía mucha energía que explorar antes de que el reloj marcara el siguiente cambio.

El silencio de la habitación sólo era interrumpido por el zumbido constante del ventilador y la respiración pesada de Arturo, que se había quedado profundamente dormido boca abajo, con una de sus gruesas piernas atrapando la tela de las sábanas.

Damián, atrapado en la anatomía de Vanessa, se incorporó lentamente sobre el colchón. El movimiento le hizo ser consciente de una sensación nueva y sumamente explícita: el calor espeso del semen de Arturo comenzaba a deslizarse lentamente por la parte interna de sus muslos femeninos, una mezcla líquida y tibia que le recordó con una crudeza absoluta que todo lo que acababa de vivir no era un sueño. No era una fantasía mental; su conciencia estaba operando los músculos, los fluidos y la sensibilidad de una mujer real en el mundo real.

Apoyó los pies en el suelo, experimentando otra vez esa sutil diferencia en el equilibrio debido a la anchura de las caderas de la vecina. Caminó hacia el baño de la recámara principal, cerrando la puerta tras de sí sin hacer ruido.

Al encender la luz blanca del espejo sobre el lavabo, contempló de nuevo el rostro de Vanessa. Tenía las mejillas ligeramente sonrojadas por el esfuerzo del coito y los cabellos castaños un poco enredados. Bajó la mirada hacia su muñeca izquierda. Ahí seguía la fina pulsera metálica, mimetizada a la perfección con la delicadeza de la muñeca de la mujer. Damián pasó el dedo índice de la mano derecha sobre el metal opaco. Al hacerlo, los recuerdos de Vanessa volvieron a agitarse en su cabeza de forma voluntaria, como si pudiera hojear un libro de su vida entera.

Gracias a ese acceso total que el artefacto le otorgaba, Damián descubrió un detalle que le aceleró el pulso: Vanessa no sólo tenía una rutina de ama de casa aburrida. En su memoria oculta, descubrió que ella mantenía una intensa tensión sexual con el carnicero del mercado local, un tipo joven que solía deslizarle notas con su número telefónico entre los paquetes de carne, y que Vanessa había estado guardando esas fantasías en secreto por temor a Arturo. El artefacto no sólo le daba los datos básicos; le entregaba las pasiones, las humillaciones y los deseos más oscuros del cuerpo que poseía.

Damián abrió la llave de la ducha. Mientras el agua caliente comenzaba a vaporizar el ambiente del baño, se metió debajo del chorro. Dejó que el agua golpeara sus nuevos senos, viendo cómo las gotas corrían por las curvas de su vientre plano y limpiaban la sustancia blanquecina que bajaba por sus piernas. Con los dedos de Vanessa, comenzó a lavarse la entrepierna, experimentando un estremecimiento eléctrico cada vez que tocaba el clítoris o los labios menores, todavía inflamados y ultrasensibles por la penetración de Arturo. Como hombre de veintiún años, explorar la propia higiene femenina desde el interior era una experiencia desconcertante, pero la textura y el diseño biológico del cuerpo respondían con un placer sutil ante el menor roce del jabón.

Terminó de bañarse, se secó con una toalla mullida que olía a lavanda —el olor favorito de Vanessa, según recordó al instante— y regresó a la habitación. Arturo seguía roncando suavemente. Damián abrió el clóset de la vecina. La cantidad de ropa era abrumadora, pero guiado por el instinto y el gusto de la propia Vanessa, seleccionó un vestido corto de licra de color rojo encendido, de tirantes delgados, que no requería el uso de sostén debido a la firmeza natural de sus pechos. Se puso unas bragas de hilo dental rojas y se deslizó el vestido por el cuerpo.

Al mirarse en el espejo, el resultado era imponente. El vestido se adhería a la silueta de Vanessa como una segunda piel, remarcando la redondez de sus glúteos y dejando ver el pronunciado escote donde sus pechos se juntaban de forma natural. Damián sonrió con los labios de la vecina; era una sensación de poder absoluto caminar con un cuerpo capaz de paralizar a cualquiera en la calle.

Decidido a explorar los límites del vecindario y ver qué estaba ocurriendo en el mundo exterior, Damián bajó las escaleras con cuidado, se calzó unas sandalias de plataforma baja que estilizaban aún más las piernas de Vanessa, tomó las llaves de la casa y la bolsa de mano de la mesa de la entrada, y salió a la calle.

El sol de las once de la mañana ya caía con fuerza sobre el pavimento del barrio. Al cruzar el pequeño jardín delantero, Damián miró de inmediato hacia la acera de enfrente: su propia casa.

Sintió un escalofrío al ver la fachada de cemento pintada de verde. Sabía, por la lógica del día, que su propio cuerpo de veintiún años debía estar en algún lugar ahí dentro, o tal vez todavía resolviendo el papeleo del doctor Hernández. El artefacto mantenía su mente aquí, mientras el mundo seguía su curso.

Caminó por la banqueta con el vaivén natural que las caderas de Vanessa le exigían. El roce de la tela de licra contra sus muslos y el sutil balanceo de sus pechos libres bajo el vestido le provocaban una constante estimulación. No había caminado ni una cuadra cuando se topó con don Carlos, el dueño de la pequeña tienda de abarrotes de la esquina, un hombre de unos cincuenta años que estaba acomodando unas cajas de refresco en la entrada.

Al ver aproximarse la silueta de Vanessa con ese vestido rojo que dejaba poco a la imaginación, don Carlos dejó caer casi por completo la caja que sostenía. Sus ojos se clavaron de inmediato en las piernas de la mujer y en el escote que subía y bajaba con cada respiración.

—Buenos días, doña Vanessa… —alcanzó a decir el tendero, tragando saliva de forma visible—. Qué… qué calor está haciendo hoy, ¿verdad?

Damián, utilizando la memoria de Vanessa, supo que don Carlos siempre la miraba con lascivia discreta, pero hoy, bajo el control de una mente masculina y pícara, decidió no ignorarlo. Se detuvo justo frente al mostrador, inclinándose ligeramente hacia adelante de modo que sus senos casi se salieran por el borde del vestido rojo, ofreciéndole al viejo una vista limpia y profunda de su intimidad superior.

—Mucho calor, don Carlos —respondió Damián con la voz suave y sugerente de Vanessa, humedeciéndose los labios carnosos con la punta de la lengua—. Me urge algo muy frío para refrescarme la garganta. ¿Qué me recomienda?

El tendero se puso completamente rojo, con los ojos fijos en el escote que tenía a escasos centímetros. Las manos le temblaban mientras buscaba una botella de agua mineral en el refrigerador. Damián disfrutó cada segundo del control psicológico y sexual que ese cuerpo femenino le otorgaba sobre los hombres del barrio.

Mientras esperaba, un pensamiento cruzó su mente al acariciar inconscientemente la pulsera metálica en su muñeca izquierda: el artefacto seguía emitiendo un pulso sordo. Damián empezó a comprender, de forma intuitiva, que este primer día con Vanessa era sólo el inicio de un aprendizaje forzoso; estaba atrapado en este bucle temporal porque su conciencia aún no sabía cómo darle la orden de retorno al objeto, pero la idea de pasar las próximas horas explorando la sumisión de los hombres y la tremenda capacidad de placer de este cuerpo ya no le parecía un castigo, sino el inicio de un juego extraordinario en el mundo real.

Don Carlos le entregó la botella de agua mineral con los dedos todavía trémulos. Al momento de recibirla, Damián estiró la mano de Vanessa rozando deliberadamente la palma del tendero con las yemas de sus dedos suaves. El hombre maduro dio un respingo, clavando una mirada cargada de deseo y sumisión en los ojos de la mujer del vestido rojo. Damián le dedicó una última sonrisa de suficiencia, pagó con una moneda que sacó de la bolsa y se dio la vuelta, permitiendo que el tendero se deleitara con el vaivén de la ajustada licra que envolvía su retaguardia mientras se alejaba por la banqueta.

El agua helada le sentó de maravilla al pasar por la garganta de Vanessa. Damián caminó un par de cuadras más, bajo el sol abrazador, sintiendo cómo el sudor leve comenzaba a correr por su escote y la espalda descubierta, aumentando la sensibilidad de la piel.

Mientras avanzaba, la pulsera metálica en su muñeca izquierda emitió un pulso térmico más notorio. Al acariciar los anillos concéntricos del objeto, la oleada de recuerdos de Vanessa volvió a agitarse, pero esta vez la información no llegó de forma caótica. Damián, empezando a sintonizarse mejor con el artefacto, descubrió que podía dirigir su mente hacia secciones específicas de la memoria de la vecina. Impulsado por una tremenda curiosidad, decidió buscar qué era lo que Vanessa pensaba realmente sobre él, sobre Damián, el muchacho de veintiún años de la acera de enfrente.

La respuesta de la memoria carnal de la vecina lo dejó helado en medio de la acera, obligándolo a dar un trago largo a la botella para disimular.

A través de los ojos y los pensamientos íntimos de Vanessa, Damián se vio a sí mismo desde una perspectiva completamente nueva. En la mente de la vecina, Damián no era el chico ordinario y callado que él creía ser. Vanessa solía espiarlo desde su ventana alta cuando él ayudaba a cargar bultos en el barrio o cuando caminaba sin playera. En los registros mentales de la mujer, el cuerpo original de Damián estaba archivado bajo una categoría de deseo culposo y puramente carnal: ella fantaseaba con la firmeza de sus hombros juveniles, la anchura de su espalda y la energía desbordante de sus veintiún años, comparándolo constantemente con la flacidez y el desinterés de su esposo Arturo. Vanessa deseaba de forma ferviente ser tomada por la fuerza juvenil de Damián contra la pared de su cocina.

Ese descubrimiento provocó un cortocircuito en la cabeza. Sentir el deseo sexual de una mujer hermosa hacia su propio cuerpo original, procesado a través de los órganos y las hormonas de esa misma mujer, fue una experiencia de un erotismo inimaginable. El coño de Vanessa reaccionó al instante ante el pensamiento, soltando una nueva pulsación húmeda que empapó el hilo dental rojo bajo el vestido.

Damián comprendió entonces el verdadero potencial de lo que el doctor Hernández le había heredado. Con el paso del tiempo, en cada cuerpo que habitara, no sólo se dedicaría a explorar los secretos ajenos; usaría el artefacto para escarbar en las mentes de esas mujeres y descubrir qué era lo mejor de su propio ser, qué fantasías guardaban respecto a su figura de hombre, para moldearlas y centrar toda la lujuria de esos cuerpos hacia su verdadero yo.

Con esa revelación quemándole el cerebro, Damián decidió que era hora de regresar a la casa de Vanessa. La caminata de vuelta la hizo con paso firme, disfrutando de cómo el vestido de licra se ceñía a sus curvas con cada zancada. Al entrar a la vivienda y cerrar la puerta con llave, el silencio le indicó que Arturo seguía sumido en su pesado sueño post-coital en la planta alta.

Damián dejó la bolsa en la mesa de la entrada y subió las escaleras lentamente, descalzándose de las sandalias de plataforma para no hacer ruido. Al entrar a la recámara principal, contempló el cuerpo desnudo de Arturo tendido en la cama. El asco humano de Damián regresó por un breve segundo, pero al mirar el reflejo de Vanessa en el espejo del tocador, con el vestido rojo resaltando sus pechos firmes y el deseo encendido en su mirada castaña, la picardía masculina tomó el control absoluto.

No iba a desperdiciar las últimas horas de este cuerpo con el esposo legítimo. La mente de Damián, fusionada con la lascivia insatisfecha de Vanessa, exigía explorar el placer de una forma más egoísta y personal, centrada únicamente en el disfrute de la anatomía que ahora poseía.

Se acercó a la cama, pero en lugar de despertar a Arturo, Damián se situó al pie del colchón, justo frente al gran espejo del clóset donde podía vigilar cada uno de sus movimientos. Lentamente, llevó sus manos hacia los tirantes del vestido rojo y los deslizó por sus hombros, dejando que la licra cayera por su propio peso hasta la cintura, exponiendo sus senos túmidos y los pezones erectos al aire fresco de la habitación.

Mirándose fijamente a los ojos en el reflejo, Damián comenzó a acariciarse a sí mismo utilizando los dedos suaves de Vanessa. El roce de sus propias palmas sobre la superficie de los pechos le provocó un jadeo entrecortado. Bajó una de sus manos por el vientre plano, acariciando la línea del ombligo hasta introducir los dedos por debajo de la licra y el hilo dental rojo, buscando la hendidura ardiente y empapada de su entrepierna.

El contacto directo de sus dedos femeninos con el clímax de su sensibilidad la hizo temblar. Monitoreando cada reacción en el espejo, Damián comenzó a masturbarse con un ritmo constante, explorando la anatomía de Vanessa mientras en su mente saboreaba el recuerdo del deseo que la vecina sentía por su cuerpo original de hombre. Cada gemido sordo que salía de su garganta aceleraba las contracciones de su coño. Se introdujo dos dedos con suavidad, experimentando la succión y el calor interno de su propia carne poseída, mientras con el pulgar presionaba el botón central de su placer.

La intensidad del autoerotismo, potenciada por el artefacto que registraba cada impulso nervioso en la pulsera de su muñeca, lo llevó al límite en pocos minutos. Damián arqueó la espalda frente al espejo, viendo cómo el cuerpo de Vanessa se estremecía por completo mientras un orgasmo devastador y prolongado la hacía colapsar sobre la alfombra de la habitación, inundando sus dedos con sus propios fluidos combinados.

Se quedó tendida en el suelo, jadeando, sintiendo los espasmos mecánicos de la vagina vaciándose de tensión. Sabía que el bucle del treinta de marzo seguía activo y que todavía no comprendía cómo regresar a su cuerpo original, pero la certeza de que este viaje apenas comenzaba y que aprendería a dominar a cada mujer del barrio a través de sus propios deseos hacia él, le dio una satisfacción fría y absoluta en el mundo real.

What's next?

Comments

      More fun
      Want to support CHYOA?
      Disable your Ad Blocker! Thanks :)