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Chapter 6 by K45

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Capitulo 6

El aire a su alrededor olía a un perfume sumamente exclusivo de maderas orientales, vainilla negra y el sutil rastro de sábanas de lino de miles de hilos. Estaba recostada sobre una cama de dimensiones colosales, una King Size de diseño personalizado, rodeada de cojines de terciopelo.

Desorientado por el salto forzoso de la reparación automática, Damián giró la cabeza con rapidez hacia la mesa de noche de mármol flotante. Ahí descansaba un elegante reloj digital de diseño vanguardista. Sus ojos se clavaron en la pantalla iluminada: 9:30 AM — 30 de Marzo.

Un escalofrío recorrió su columna vertebral. La paradoja temporal seguía intacta; el bucle del treinta de marzo no se había roto a pesar de la falla del artefacto de nivel 5, pero la restricción geográfica del vecindario se había disuelto por completo. La máquina lo había lanzado a un contenedor fuera de toda lógica ordinaria.

Intentó incorporarse y la primera oleada de sensaciones físicas lo dejó sin aliento. La anatomía de este nuevo cuerpo poseía una firmeza, una madurez y un peso carnal espectacular. Vestía un camisón de seda negra de una fluidez absoluta que apenas acariciaba su piel. Al bajar las manos para inspeccionar el torso, descubrió unos pechos generosos, densos y provistos de una turgencia madura impecable, adornados en la zona del esternón por el sutil relieve de un tatuaje detallado que se extendía debajo de su delantera. Pasó las manos por sus caderas, descubriendo una silueta sumamente curvilínea, de muslos sumamente anchos y carnosos que rozaban con fuerza debido a una retaguardia imponente y pesada.

Se bajó de la colosal cama, pisando descalza una alfombra de felpa tan densa que sus pies se hundían en ella. Caminó hacia el baño principal a través de un arco de mármol, buscando el gran espejo de cuerpo entero que dominaba el tocador de lujo.

Al detenerse frente al cristal y enfocar la mirada, la mente masculina de veintiún años de Damián experimentó una sacudida de incredulidad absoluta que congeló sus pensamientos por un segundo.

La mujer que lo miraba desde el espejo no era una vecina del barrio, ni una estudiante de la capital. Era una de las figuras más icónicas, influyentes y deseadas del planeta entero: Rihanna.

La famosa cantante, empresaria y superestrella global lo contemplaba desde el reflejo con sus inconfundibles y felinos ojos verdes, enmarcados por unas facciones exóticas y perfectas, unos labios carnosos y un cabello oscuro estilizado con una elegancia rebelde. Damián bajó la vista para recorrer la espectacular silueta de la originaria de Barbados: el vientre plano pero maduro, los tatuajes icónicos en las manos y el torso, y sobre todo, esas caderas masivas y esa retaguardia monumental que habían definido los estándares de la belleza y la sensualidad a nivel mundial.

En ese preciso instante, el artefacto en su muñeca izquierda —mimetizado a la perfección como un brazalete de eslabones de platino macizo y diamantes incrustados— vibró con una pulsación profunda y armónica, estabilizando la transferencia en el cuerpo de la celebridad mientras la asimilación biológica de Rihanna comenzaba a inundar su conciencia en este reinicio del treinta de marzo.

Damián se quedó completamente paralizado frente al espejo de mármol, sosteniéndose el rostro con las manos tatuadas de la superestrella. Parpadeó repetidamente, pero el reflejo no cambió. Esos ojos verdes tan característicos, la piel morena e impecable de Barbados y la estructura ósea perfecta que había dominado las portadas de revistas de todo el mundo le pertenecían ahora. La descarga de la asimilación mental del artefacto golpeó su cerebro con una fuerza abrumadora, pero a diferencia de las veces anteriores con Vanessa, Beatriz o Morgana, este mapa mental era un océano infinito.

En cuestión de segundos, la mente de Damián se inundó con las contraseñas de las cuentas bancarias multimillonarias de Rihanna, las ubicaciones de sus mansiones en Malibú, Londres y Barbados, las letras de canciones inéditas y los detalles de las próximas colecciones de alta costura de su marca de lencería. Pero lo más adictivo de la transferencia no fue el dinero ni el estatus; fue el peso de su propia presencia. Damián experimentó de golpe lo que se sentía ser una mujer que no solo era deseada por millones, sino que caminaba por la vida sabiéndose dueña de cualquier habitación en la que entraba. Rihanna poseía un magnetismo animal, una seguridad implacable y una lascivia madura y sofisticada que hacían que la altivez clasista de Evelyn pareciera un juego de niñas.

Al bajar la mirada hacia el espejo, Damián deslizó las manos por las curvas densas del camisón de seda negra, que se amoldaba con una fidelidad espectacular a sus formas. Las caderas de la cantante eran masivas, poseían una anchura rotunda y pesada que dictaba una postura de absoluta soberanía, rematada por una de las retaguardias más codiciadas de la cultura pop. Sus muslos eran gruesos, carnosos y tersos, marcados por la firmeza de quien cuida su estética con los mejores masajistas del mundo.

Damián se llevó una mano al pecho, sintiendo el latido rítmico y pausado del corazón de la artista debajo del gran tatuaje de la diosa Isis que decoraba su esternón. Sus pechos libres, pesados y de una turgencia madura perfecta, se mecían bajo la seda con un vaivén densamente erótico. El menor roce de la tela contra sus pezones provocó una reacción biológica inmediata: la intimidad de la cantante soltó una pulsación cálida y abundante que empapó la seda del camisón en segundos. Al escarbar en los recuerdos más profundos y reprimidos de la celebridad, Damián descubrió un morbo oscuro y devorador; una fantasía recurrente de sumisión en la que la mujer más poderosa de la industria deseaba ser despojada de toda su fama y su control, aislada en una habitación ordinaria y tomada con rudeza salvaje por un hombre joven y rústico que no se dejara intimidar por su leyenda.

Saber que el deseo oculto de una diosa global coincidía de forma tan exacta con la energía de su verdadero ser de veintiún años en la casa verde hizo que la mente de Damián estallara en un éxtasis de poder absoluto. El error del artefacto de nivel 5 lo había alejado del vecindario, pero a cambio le había otorgado el control del contenedor definitivo.

Caminó de regreso a la gigantesta cama King Size, sintiendo el peso monumental de sus glúteos sacudirse pesadamente con cada zancada descalza sobre la alfombra de felpa. Se subió al colchón de lino y localizó el teléfono inteligente de la cantante, un dispositivo personalizado con detalles de titanio.

Con una sonrisa indómita y felina dibujada en los labios carnosos de la superestrella, Damián desabrochó los finos tirantes del camisón de seda negra, dejando que la prenda resbalara por su torso moreno hasta descubrir por completo la espectacular anatomía de Rihanna ante la lente de la cámara, listo para registrar la profanación más exclusiva del treinta de marzo.

A pesar de la inmensa cantidad de información que el artefacto inyectó en su mente al asimilar este nuevo contenedor, hubo un detalle que a Damián le provocó una extraña gracia masculina: en su vida ordinaria de veintiún años en el barrio, él solo la conocía por su nombre artístico mundial, pero gracias a la descarga directa de memoria, ahora sabía con total claridad que su nombre real y de nacimiento era Robyn Rihanna Fenty.

Con esa revelación grabada en el cerebro y el teléfono de titanio firmemente sujeto en su mano tatuada, Damián caminó de vuelta hacia el arco de mármol del baño principal. Se plantó frente al imponente espejo de tres caras, decidida a repetir la misma coreografía de profanación digital que había ejecutado con Evelyn, pero esta vez elevando el morbo a una escala internacional. Tecleó de memoria su número celular original, abriendo el chat con el Damián.

Mirándose fijamente a los felinos ojos verdes de Robyn, Damián arqueó las cejas con una expresión indómita y comenzó a desnudarse de manera pausada y sumamente sexy ante el cristal. Deslizó los tirantes del camisón de seda negra por sus hombros morenos, dejando que la prenda cayera con suavidad por su torso, exponiendo primero el gran tatuaje de la diosa Isis bajo su esternón y, de inmediato, la generosa densidad de sus senos maduros. Con los pezones ya rígidos por la adrenalina, levantó el dispositivo y capturó la primera imagen: una toma de frente, mostrando su delantera al descubierto mientras se pasaba la lengua por el labio inferior. La envió al instante.

El camisón de seda terminó de resbalar por completo, amontonándose en sus pies y dejándola expuesta en una desnudez total y espectacular. Damián se dio la vuelta, quedando de perfil y luego de espaldas al espejo para contemplar la monumental anchura de sus caderas y la pesada redondez de su retaguardia, esa silueta icónica que rompía el internet con cada aparición pública. Arqueó la espalda de forma pronunciada, acentuando la estrechez de su cintura en contraste con sus glúteos masivos, y tomó la segunda fotografía, capturando la imponente estampa trasera de la cantante.

Para la tercera foto, Damián regresó a la gigantesca cama King Size. Se recostó bocarriba sobre el lino de miles de hilos, abriendo sus largas y gruesas piernas morenas de par en par. La excitación biológica del cuerpo de Robyn estaba en su punto más alto; su coño maduro y terso destilaba un flujo espeso que brillaba bajo la luz cálida de la recámara. Con los dedos de la mano izquierda, Damián separó sus propios labios mayores, exponiendo la intimidad rosada y empapada de la superestrella directamente hacia la lente del teléfono. Presionó el obturador y mandó la imagen explícita sin un ápice de vacilación.

Finalmente, al igual que lo había hecho en el ciclo anterior, configuró la cámara en modo de video. Apoyó el teléfono contra uno de los cojines de terciopelo de la cabecera y se entregó por completo a la lente. Comenzó a masturbarse de manera rítmica y salvaje, hundiendo sus dedos tatuados en la cavidad ardiente mientras obligaba a la garganta de la artista a soltar gemidos sucios, agudos y rasgados, rompiendo toda la elegancia de la diva global. El frote continuo en su clítoris la llevó rápidamente al límite, hasta que el cuerpo de Robyn se tensó por completo, arqueándose en un clímax brutal que empapó las sábanas de lino.

Damián detuvo la grabación con los dedos trémulos. Seleccionó el archivo de video de alta definición y lo envió directo al chat. Las fotos explícitas y el video de la masturbación de la mismísima Rihanna ya cruzaban el espacio cuántico del treinta de marzo, listos para impactar la mente de su verdadero yo en la privada.

Damián dejó caer el teléfono de titanio a un lado sobre el colchón de lino, contemplando la doble palomita en la pantalla que confirmaba el envío del video. Mientras su respiración se estabilizaba, los recuerdos residuo de la memoria de Robyn continuaron asentándose en su cerebro de veintiún años, trayendo consigo una información que lo hizo tensarse por un instante.

Gracias a la asimilación del artefacto, Damián supo que no se encontraba en una de sus mansiones privadas, sino en la suite presidencial del piso más alto de un hotel de gran lujo en una metrópoli internacional. Y lo que es más importante: el itinerario de la cantante indicaba que esa misma tarde tenía programado un concierto masivo ante decenas de miles de personas.

Por un segundo, una oleada de preocupación cruzó la mente del protagonista. ¿Cómo carajos iba a subirse a un escenario mundial a pretender ser una diva de la música si él no era más que un chico ordinario de un barrio? El pánico de arruinar el bucle ante una multitud global lo hizo contener el aliento.

Sin embargo, el temor se disipó de manera tan repentina como había llegado. Todavía completamente desnuda sobre la cama, con las gruesas piernas morenas abiertas y el coño maduro destilando los restos de su abundante lubricación tras el clímax, Damián se incorporó para estirar los brazos. Al hacerlo, un movimiento reflejo de la memoria muscular de Robyn tomó el control de su anatomía.

De forma totalmente inconsciente, expandió el diafragma, arqueó el cuello tatuado hacia atrás y comenzó a tararear. De sus labios carnosos brotó un fragmento de uno de los mayores éxitos de la cantante, una melodía rasposa, potente y perfectamente afinada que resonó con una acústica impecable en el gran cuarto de lujo. Damián se llevó una mano a la garganta, asombrado por la vibración y el color de la voz que acababa de emitir de manera automática.

El artefacto de nivel 5 no solo transfería la conciencia, sino que integraba a la perfección el talento físico, el rango vocal y los dotes artísticos del contenedor. Sabía cantar exactamente como ella porque las cuerdas vocales y los reflejos cerebrales de la superestrella respondían a sus órdenes directas.

—Vaya... —murmuró Damián con esa voz felina y profunda, dejando escapar una sonrisa llena de malicia y alivio.

Toda la preocupación desapareció de golpe, reemplazada por un morbo y una confianza brutales. Con el cuerpo empapado, los senos pesados subiendo y bajando por el esfuerzo y el sudor de la masturbación brillando sobre su piel morena, Damián se dio cuenta de que no solo tenía el control de la mujer más deseada del mundo, sino que esa misma tarde tendría a miles de personas rindiéndole culto a su nueva y espectacular anatomía goteante en el escenario. El treinta de marzo seguía expandiéndose bajo su dominio inalterable.

Damián soltó una carcajada ronca con la voz felina de Robyn, una risa que vibró directamente en su pecho denso y tatuado. El control absoluto del Nivel 5 y la asimilación del talento vocal de la superestrella le abrieron la mente a una idea sumamente retorcida. Quería llevar la profanación psicológica de su yo original al límite absoluto.

Tomó nuevamente el teléfono de titanio con su mano derecha, abrió el grabador de notas de voz del chat y, manteniendo el rostro pegado al micrófono del dispositivo, comenzó a hablar. Forzó la voz de la cantante a adoptar un tono extremadamente suave, arrastrado y cargado de una lascivia internacional que contrastaba de forma brutal con las palabras en español que salían de sus labios carnosos:

—Damián... te amo tanto, mi amor... Quiero que vengas y me dejes que me penetres todo mi coño con tu pene... Quiero sentirte dentro de mí, de esta perra... —susurró con una respiración jadeante y pausada antes de soltar el botón de enviar.

El archivo de audio se mandó de inmediato. Con una sonrisa de pura superioridad, Damián dejó caer el teléfono sobre el lino de la cama, pero con la pantalla encendida para monitorear el chat. Se acomodó de espaldas contra los cojines de terciopelo, abriendo sus gruesas piernas morenas de par en par, y comenzó a masturbarse lentamente una vez más. Introdujo dos dedos tatuados en su cavidad, frotando su clítoris con un ritmo perezoso y constante, generando un chasquido húmedo que llenaba la suite presidencial.

Mientras sentía el calor biológico de Robyn acumularse de nuevo entre sus muslo. Empezó a calcular la línea temporal del bucle con precisión quirúrgica:

«Ahora mismo mi yo original ha de estar encerrado en su cuarto...», pensó, arqueando la espalda con un gemido sordo. «Aún no va su melliza con él, eso pasa más tarde en el ciclo. Justo en este instante, mi yo real ha de estar viendo en shock las fotos y videos explícitos que le mandé cuando estaba en el cuerpo de Evelyn... y de golpe le va a caer el material de la mismísima Rihanna diciéndole que lo ama y que quiere que la penetre. Le va a estallar la cabeza». El morbo de imaginar a su propio ser de veintiún años devorando esa estimulación cuántica desde el otro lado del mundo hizo que el coño de la cantante soltara una nueva y masiva oleada de flujo caliente.

De pronto, el eco rítmico de sus dedos y sus gemidos fue interrumpido por tres golpes firmes y profesionales en la pesada puerta de madera de la entrada de la suite.

—¿Robyn? ¿Estás lista? —la voz de su mánager personal resonó desde el pasillo exterior en un inglés pulcro—. El equipo de seguridad ya está abajo en las camionetas blindadas. Tenemos que ir al estadio para revisar el escenario, afinar el sistema de sonido y acomodarte en el camerino. Recuerda que antes del show hay una sesión de fotos de prensa y firmas de autógrafos con los fanáticos VIP del Meet & Greet. Te esperan en treinta minutos.

Damián congeló el movimiento de sus dedos dentro de su intimidad empapada. La realidad de la vida de la celebridad mundial llamaba a la puerta, exigiéndole abandonar la cama y salir al ojo público del treinta de marzo.

—¡Denme diez minutos! —respondió Damián, modulando la voz de la superestrella con ese tono rasposo y firme que no admitía réplicas—. Me estoy terminando de arreglar.

—De acuerdo, Robyn. Te esperamos abajo en la sala de estar de la suite —contestó el mánager desde el pasillo antes de que sus pasos se alejaran por el corredor de la suite presidencial.

Con el tiempo encima y la adrenalina corriendo a tope por el cuerpo maduro de la cantante, Damián se levantó de un salto de la cama King Size. La humedad de su clímax previo todavía resbalaba entre sus muslos anchos y morenos, pero no había tiempo para una ducha larga. Caminó directo al descomunal vestidor de la suite, donde hileras de ropa exclusiva de marcas internacionales y colecciones privadas de su propia línea de moda aguardaban colgadas de forma impecable.

Buscando algo que combinara el estatus de una diva de la música con la lascivia que venía sembrando en cada contenedor, Damián seleccionó un conjunto de lencería de encaje verde esmeralda sumamente sexy. Se colocó el bra, que realzaba y apretaba sus pechos densos, dejando la mitad de sus aureolas al descubierto bajo la luz del cuarto. Tomó la tanga de hilos diminutos a juego, pero con una sonrisa llena de malicia, decidió dejarla sobre el tocador. Salió del vestidor completamente libre en su entrepierna, permitiendo que el flujo constante de Robyn rozara directamente la ropa exterior.

Se puso unos pantalones de mezclilla de corte alto y sumamente ajustados, que remarcaban de forma exagerada el volumen de sus caderas masivas y la redondez de su retaguardia, junto con una blusa de seda negra de tirantes delgados que dejaba al descubierto sus hombros tatuados y el escote profundo de su bra. Se calzó unas botas de tacón fino, se aplicó una rápida capa de labial oscuro en sus labios carnosos y se colocó unas gafas de sol gigantes que cubrían sus felinos ojos verdes, dándole ese aura inalcanzable de celebridad.

Abrió la puerta de la recámara y cruzó la sala de la suite, donde su equipo de trabajo se puso de pie al instante en cuanto la vieron aparecer. El magnetismo de Robyn dominaba el espacio de inmediato. Bajaron en el ascensor privado del hotel directo hacia la planta baja, escoltados por cuatro guardias de seguridad de complexión imponente.

Al cruzar las puertas de cristal del vestíbulo hacia la calle, el ruido fue ensordecedor. Un mar de fanáticos de todas las nacionalidades se agolpaba detrás de las vallas metálicas de seguridad, gritando su nombre, ondeando carteles y levantando teléfonos celulares para capturar cualquier movimiento de la artista. El calor de la tarde golpeó de lleno el cuerpo desnudo de la cantante bajo la mezclilla, acelerando la sudoración en su entrepierna libre de ropa interior.

Damián, disfrutando del poder absoluto de tener a miles de personas rindiéndole culto a su figura, caminó con paso imponente y sensual hacia las vallas. Levantó una mano tatuada para saludar con una sonrisa indómita, desatando la locura colectiva de los fans. Se acercó a un grupo en la esquina, se tomó un par de fotos rápidas con los teléfonos que le extendían y firmó con trazo veloz tres carátulas de sus discos antiguos, sintiendo el roce del viento fresco directamente contra su intimidad empapada cada vez que se agachaba ligeramente para atender a la multitud.

—¡Gracias por venir! Los veo en el estadio —dijo Damián con esa voz profunda de Robyn, provocando un último grito unísono de la masa.

Los guardias abrieron paso con firmeza y Damián se deslizó de inmediato al interior de la enorme camioneta blindada de color negro satinado que la esperaba con la puerta abierta. Se dejó caer sobre el asiento de piel premium, cruzando las piernas largas y morenas mientras el motor rugía y el vehículo avanzaba con suavidad a través de la marea de fanáticos, alejándose del hotel en dirección al colosal recinto donde la música y el bucle del treinta de marzo aguardaban su siguiente movimiento.

El trayecto en la camioneta blindada fue rápido, escoltado por patrullas que abrían paso entre el tráfico de la gran metrópoli. Al llegar a los accesos subterráneos del colosal estadio, el zumbido de la multitud exterior ya se filtraba a través de las paredes de concreto. Damián descendió del vehículo rodeada por su equipo y fue conducida de inmediato al camerino principal, un espacio enorme decorado con sofás blancos, espejos rodeados de luces calientes, arreglos de flores exóticas y un guardarropa impresionante.

El equipo de estilistas y diseñadores se abalanzó sobre ella en una coreografía perfectamente ensayada. Mientras le daban los retoques finales al maquillaje y peinaban su melena oscura, el director de escena se arrodilló a su lado con una tableta digital para repasar el orden de las canciones, los momentos exactos en que los elevadores hidráulicos la subirían al escenario, y las indicaciones para los efectos pirotécnicos. Damián asentía con la cabeza fría y segura de Robyn, asimilando cada instrucción técnica gracias a los recuerdos integrados del artefacto.

Para el vestuario de esa noche, seleccionaron un atuendo imponente: un body de vinilo negro de corte ultra alto que enmarcaba de forma exagerada la monumental redondez de sus caderas y su retaguardia, cubierto parcialmente por una gabardina de seda translúcida que flotaba con el movimiento. Damián se colocó la prenda directamente sobre su piel morena, manteniendo su deliberada decisión de no usar ropa interior; el vinilo frío contrastaba de forma directa con la humedad constante que su clítoris seguía reteniendo por la adrenalina. Se calzó unas botas altas de tacón de aguja que la hacían lucir como una deidad indomable.

Cuando el conteo regresivo llegó a cero, Damián fue escoltada por el túnel de metal hacia la plataforma del elevador subterráneo, justo debajo del centro del escenario.

El rugido de más de ochenta mil personas congregadas en el estadio cayó sobre ella como una marea sónica. Al activarse el mecanismo y subir lentamente hacia la superficie, la luz de miles de reflectores y las pantallas gigantes de alta definición la cegaron por un instante. A pesar de contar con los recuerdos, el rango vocal y las habilidades milimétricas de la verdadera Rihanna, la experiencia real de estar parada frente a un océano humano que gritaba su nombre de forma ensordecedora fue algo completamente abrumador, increíble y devastador para la mente masculina de veintiún años de Damián. El pulso de la superestrella se disparó, y un estremecimiento de puro poder biológico recorrió sus pechos firmes y sus muslos anchos.

Pero el instinto de la diva no falló. En cuanto la pista musical de la primera canción estalló con un bajo profundo que hizo vibrar el suelo del estadio, el cuerpo de Robyn respondió de manera automática.

Damián dio un paso al frente con una zancada felina y segura, levantó el micrófono dorado y expandió el diafragma. De su garganta brotó la voz icónica, potente, rasposa y perfectamente afinada que el mundo entero reconocía. Comenzó a moverse por el escenario con una sensualidad desbordante, ejecutando las coreografías sin el menor titubeo, sosteniendo la mirada fija de las primeras filas mientras el viento del estadio ondeaba su gabardina translúcida y exponía la imponente silueta del body de vinilo. Cada nota alta, cada movimiento de caderas masivas y cada interacción con los bailarines fluyeron como si ella misma hubiera nacido sobre esas tablas.

El concierto se convirtió en un torbellino de luces, gritos unísonos y adrenalina pura. El tiempo del evento se pasó volando, consumido por la intensidad de un público entregado por completo al mito de la artista. Tras el último éxito y la explosión final de pirotecnia que iluminó el cielo nocturno, Damián agradeció a la multitud con una reverencia profunda, disfrutando del sudor que brillaba en su escote tatuado, y descendió del escenario por la misma plataforma central bajo una ovación atronadora.

Con el cuerpo exhausto, las piernas trémulas por el esfuerzo de los tacones y el coño maduro latiendo con fuerza bajo el vinilo debido a la inmensa excitación del show, Damián caminó de regreso por el túnel de metal hacia la privacidad de su camerino. Cerró la pesada puerta a su espalda, dejando fuera el ruido del personal, y se dejó caer de espaldas sobre el gran sofá de piel blanca, respirando agitadamente mientras contemplaba el techo iluminado, saboreando los últimos residuos de la gloria más grande del treinta de marzo.

—¡Pasa! —exclamó Damián, relajando el cuerpo denso de la cantante sobre el sofá de piel blanca y acomodando la gabardina translúcida que dejaba ver el body de vinilo negro.

La puerta del camerino se abrió de inmediato. Al interior entraron Arthur, su mánager de toda la vida —un hombre de mediana edad con un traje impecable y expresión de alivio—, y Chloe, su secretaria personal y asistente de confianza, una mujer joven que cargaba una tableta digital y un termo con agua de coco.

—¡Estuviste increíble, Robyn! —dijo Arthur, aplaudiendo con entusiasmo—. El público estaba descontrolado. Las interacciones en redes sociales están rompiendo récords en este mismo instante.

—Una obra de arte, jefa. De verdad, qué nivel de energía —agregó Chloe, acercándose para dejar el termo en la mesa de centro con una sonrisa de admiración.

—Gracias, equipo. El público dio todo hoy —respondió Damián, modulando la voz rasposa de la cantante con una calma soberana.

En ese momento, el teléfono de titanio que descansaba sobre su muslo vibró con una intensidad particular. Damián lo tomó y desbloqueó la pantalla. Al abrir la aplicación de mensajería, se encontró con un texto lleno de mayúsculas, signos de interrogación y una incredulidad absoluta enviado por su yo original. El Damián de veintiún años finalmente había reaccionado al audio y al material explícito de la superestrella, completamente en shock.

«Vaya, parece que se tardó bastante en procesarlo y contestar», pensó Damián con una sonrisa llena de malicia masculina.

Ver la desesperación y el asombro de su propio ser real le encendió una chispa de ambición. Utilizando los recuerdos integrados y los accesos financieros ilimitados de la fortuna Fenty que el artefacto de Nivel 5 le otorgaba, Damián recordó de inmediato su número de cuenta bancaria personal. Miró fijamente a Arthur, adoptando una postura imponente que emanaba una autoridad incuestionable.

—Arthur, necesito que hagas algo de inmediato —ordenó la cantante, clavando sus felinos ojos verdes en el mánager—. Quiero que transfieras o deposites un mínimo de un millón de dólares a esta cuenta bancaria. Si por alguna restricción financiera o del banco de allá no se puede recibir esa cantidad en esa cuenta específica, abran una cuenta nueva internacional que lo permita, pongan los fondos ahí y entréguenle el acceso total a esta persona.

Damián deslizó los dedos tatuados por la pantalla del teléfono, redactando un mensaje de texto rápido con los datos bancarios y, de manera deliberada, escribió su propio nombre completo: Damián **** ***** Se lo envió a Arthur al instante.

Arthur revisó su dispositivo, parpadeando con evidente confusión al ver los datos de un joven desconocido al otro lado del continente.

—¿Damián ***…? Robyn, no entiendo —dijo Arthur, rascándose la nuca—. ¿Quién es él? ¿Por qué estamos enviando una suma tan fuerte de dinero a un completo desconocido en medio de la gira? ¿Hay algún problema legal o una extorsión de la que deba enterarme?

—Quiero que hagan eso que les pedí y no pregunten más —sentenció Damián, forzando la voz de Robyn a sonar cortante, fría y con esa firmeza de diva que cerraba cualquier discusión—. Ejecuta la orden ahora mismo, Arthur. El dinero debe estar disponible hoy.

El mánager, consciente de que cuando la jefa adoptaba ese tono no había marcha atrás, asintió con la cabeza de manera respetuosa.

—Entendido. Me pongo de acuerdo con el equipo de finanzas ahora mismo para estructurar el depósito o la apertura de la cuenta sin que llame la atención de la prensa —dijo Arthur, dando media vuelta para salir apresuradamente del camerino con el teléfono en la mano.

La pesada puerta se cerró, dejando únicamente a Chloe dentro del lugar. La secretaria guardó la tableta en su bolso, miró hacia la puerta y luego se giró hacia Damián con una complicidad que denotaba los años que llevaban trabajando juntas. Se cruzó de brazos y dejó escapar una pequeña sonrisa curiosa.

—A ver, Robyn... Arthur ya se fue —dijo Chloe en un tono bajo, casi en un susurro—. Dime por fi la verdad. Nosotras no nos ocultamos estas cosas. ¿Quién es ese chico? No envías un millón de dólares de la nada a un joven extranjero.

Damián saboreó el momento. Apoyó la espalda contra el sofá, arqueando una de sus piernas morenas tapizadas por el vinilo, permitiendo que el calor y la humedad de su entrepierna se liberaran sutilmente bajo la seda de la gabardina. Miró a la secretaria con una expresión cargada de una lascivia indómita y divertida.

—Está bien, Chloe... Te lo voy a decir —soltó Damián, dejando salir una risa suave y profunda—. La verdad es que me gustó mucho ese joven extranjero. Me pareció sumamente atractivo. Tanto, que de hecho le acabo de mandar unas fotos muy íntimas y un par de videos míos masturbándome en la cama del hotel antes de venir al estadio.

Chloe abrió los ojos de par en par, perdiendo por completo la compostura profesional. Se llevó una mano a la boca, conteniendo un grito de asombro mientras miraba a la superestrella, incapaz de creer que la mujer más cotizada del planeta hubiera arriesgado su privacidad de esa manera tan salvaje por un chico ordinario a miles de kilómetros de distancia.

—¿Te volviste completamente loca, Robyn? —susurró Chloe, mirando a todos lados dentro del camerino como si los mismos muros del estadio pudieran escuchar el secreto—. Si esas fotos o ese video se llegan a filtrar a los medios, el escándalo va a enterrar la marca, las acciones de la empresa, todo... ¡Es un riesgo inmenso por un completo desconocido!

Damián soltó una carcajada profunda, deleitándose con el pánico genuino que reflejaba el rostro de la secretaria. Se acomodó de nuevo en el sofá de piel blanca, cruzando sus piernas morenas cubiertas por el vinilo negro del body, sintiendo la total libertad de su entrepierna rozar directamente contra el material sintético del atuendo.

—Relájate, Chloe —respondió Damián, modulando la voz de la cantante con una tranquilidad absoluta y una soberanía total—. Sé perfectamente lo que hago. Damián no va a filtrar absolutamente nada. El dinero es solo un incentivo para asegurarme de que esté muy atento a mi próximo movimiento. Así que deja de preocuparte y asegúrate de que Arthur acelere el proceso con el banco.

Chloe exhaló un largo suspiro, tratando de asimilar la audacia indomable de su jefa. Aunque le parecía una locura digna de una película de intriga internacional, sabía perfectamente que la cantante manejaba su vida personal y su sexualidad bajo sus propias reglas inquebrantables. No había fuerza en la industria capaz de contradecir una decisión de la diva de Barbados.

—Está bien, si tú lo dices... —murmuró Chloe, asintiendo lentamente mientras recuperaba su tableta digital—. Voy a revisar que Arthur no cometa ningún error con la transferencia a nombre de Damián. Pero por favor, dime que esto no va a pasar a mayores.

—Al contrario, Chloe. Esto apenas está comenzando —sentenció Damián con una sonrisa enigmática grabada en sus labios carnosos.

La secretaria dio media vuelta y salió del camerino con pasos rápidos para alcanzar al mánager, dejando el espacio sumido en un silencio denso y electrizante.

Damián estiró el cuerpo de la superestrella sobre el sofá, sintiendo el cansancio acumulado del concierto pero con la mente funcionando a una velocidad cuántica. El Nivel 6 del artefacto en su muñeca seguía vibrando de manera uniforme, estabilizando los flujos financieros y las líneas temporales. En su verdadero ser de veintiún años estaba a punto de recibir una notificación de depósito millonaria que cambiaría su realidad física para siempre, todo mientras la diva del pop mundial seguía entregada a su voluntad en este infinito treinta de marzo.

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