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Chapter 4 by K45
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Capitulo 4
La lasitud y el calor del cuerpo maduro de la señora Beatriz se contrajeron de forma abrupta cuando el brazalete de plata vieja en su muñeca izquierda emitió una descarga helada. El entorno de sábanas almidonadas, el olor a mirra y las imágenes religiosas del tocador se licuaron en esa densa y conocida marea blanca e incandescente. La conciencia de Damián fue succionada una vez más hacia el vacío ingrávido donde las leyes físicas del espacio no existían, arrastrándolo hacia el último eslabón de la calibración forzosa.
El reloj invisible regresó de golpe a las 9:30 AM.
El retorno de la materia fue denso, pesado y cargado de una atmósfera completamente diferente. Al abrir los ojos, Damián no vio paredes beige ni cortinas eclesiásticas. La habitación estaba sumida en una penumbra casi total, rota apenas por unas luces LED de color morado neón que bordeaban el techo. El aire olía de forma penetrante a sándalo, tabaco de cereza y el sutil rastro químico de laca para el cabello. Se descubrió recostada sobre un colchón a ras de suelo, cubierto por un edredón de felpa negra sumamente suave.
Intentó incorporarse, pero el peso de la parte inferior de su nuevo cuerpo lo descolocó por completo. Al apoyarse sobre los codos, sintió una densidad descomunal concentrada en sus glúteos y caderas; una retaguardia inmensa y redonda que hundía el colchón con una firmeza impresionante. Bajó la mirada para inspeccionarse: vestía una playera de una banda de metal gótico, de color negro desgastado y tres tallas más grande, que le colgaba holgadamente sobre el torso. Debajo de la playera, no llevaba pantalones ni shorts, únicamente unas bragas de encaje negro con tiras elásticas que se enterraban en la generosa carne de sus caderas anchas.
Se puso de pie, experimentando un centro de gravedad sumamente bajo y voluptuoso. Las piernas eran firmes, torneadas, y sus muslos rozaban con fuerza debido a la monumental anchura de su retaguardia. Caminó hacia el espejo de cuerpo entero que estaba pegado a la pared, decorado con pegatinas de calaveras y bandas de rock alternativo.
Al mirar el reflejo, Damián soltó un silbido agudo con sus nuevos labios.
La chica de veintidós años que lo miraba desde el espejo era Morgana, la vecina gótica del final de la privada. Morgana era una estudiante de diseño, solitaria y de pocas palabras, que siempre caminaba por el barrio con botas de plataforma, delineado flotante y una actitud de absoluto desinterés por el mundo. Su rostro era pálido, hermoso, con facciones afiladas, unos labios pintados de negro mate y una cabellera oscura con mechones teñidos de morado que le caía sobre la espalda. Pero lo que verdaderamente reconfiguraba el paisaje era su silueta: una cintura notablemente estrecha que contrastaba de forma exagerada con unas caderas masivas y una retaguardia monumental, un físico de curvas densas que robaba las miradas discretas de todos los jóvenes de la zona.
En ese instante, el artefacto en su muñeca izquierda —mimetizado ahora como una gruesa pulsera de cuero negro con remaches metálicos opacos— vibró con una fuerza descomunal. El nivel 4 se había alcanzado. El mapa mental de Morgana se fusionó de golpe con su cerebro, inyectándole sus listas de reproducción musical, su desprecio por las dinámicas familiares ordinarias y sus conocimientos de edición digital.
Sin embargo, el bloque de recuerdos que involucraba a Damián fue el que hizo que el enorme coño de la gótica soltara una pulsación húmeda e inmediata contra el encaje negro.
Al escarbar en la mente de Morgana, el descubrió una fijación sumamente intensa. En el diario mental de la chica, Damián no era un desconocido. Ella lo consideraba el único sujeto auténtico del barrio, un chico con una energía cruda y una musculatura juvenil que contrastaba con los tipos pretenciosos de su universidad. Morgana guardaba carpetas mentales enteras fantaseando con la idea de encerrarlo en su habitación morada, poner música gótica a todo volumen y obligarlo a someter la inmensidad de sus caderas contra el colchón negro, devorando su juventud con la lascivia insaciable que ocultaba tras su ropa holgada.
Sentir esa devoción carnal y obsesiva desde el interior del cuerpo de la gótica culona encendió la mente masculina de Damián con una oleada de morbo absoluto. El artefacto había completado la secuencia de cuatro mujeres aleatorias; el nivel 4 estaba consolidado y la asimilación biológica de Morgana apenas comenzaba en este reinicio del treinta de marzo.
Damián, sonriendo con los labios negros de la vecina, se pasó las manos por la inmensidad de sus propias nalgas góticas, sintiendo la elasticidad y el calor de la piel. El entorno era completamente suyo para experimentar el clímax de la calibración antes de tomar el control total del destino del barrio.
Damián se apartó del espejo con una sonrisa que desentonaba por completo con la frialdad habitual de la gótica. Guiado por los recuerdos de Morgana, caminó hacia el clóset y seleccionó un pantalón de mezclilla negro, ajustado y de tiro alto. Ponérselo fue un verdadero desafío físico: tuvo que contonear las amplias caderas y dar pequeños saltos para lograr que la mezclilla subiera y lograra abrazar la inmensidad de sus glúteos, apretando su cintura estrecha de una forma que le cortó el aliento por un segundo. Se puso unos calcetines oscuros y se calzó unas pesadas botas de plataforma con cordones.
Salió de la recámara morada y bajó las escaleras hacia la planta baja. Al entrar a la sala, iluminada por la luz natural de la mañana, se topó con una pareja de unos cincuenta años que desayunaba tranquilamente. Gracias a la descarga de memoria del artefacto, Damián supo al instante que ellos no eran los padres biológicos de Morgana; ella había sido adoptada cuando era apenas una bebé. Aunque la chica solía ser distante y reservada debido a su propia naturaleza, los amaba profundamente en secreto, y ellos a ella, tolerando y respetando su estilo de vida sin juzgarla.
—Hola, ma. Hola, pa —dijo Damián, modulando a la perfección la voz baja, rasposa y un poco perezosa de Morgana—. Tengo que salir un momento a buscar algo que necesito para un proyecto de la universidad. Espero no tardar.
Su madre adoptiva levantó la vista del periódico, dedicándole una sonrisa cálida.
—Está bien, mi amor. Ve con cuidado y no te expongas tanto al sol con esa ropa negra.
—Sí, hija, con cuidado —agregó su padre.
Damián asintió, tomó las llaves y cruzó el umbral de la puerta. Una vez en la calle, la experiencia física de caminar bajo el sol matutino fue radicalmente distinta a las anteriores. Vanessa y Beatriz poseían pechos masivos que dictaban el balanceo superior, pero el cuerpo de Morgana concentraba toda su masa y densidad en la parte trasera. Con cada paso que daba sobre las botas de plataforma, Damián sentía el imponente y pesado vaivén de sus descomunales nalgas góticas rebotando contra la mezclilla ajustada del pantalón, una fricción constante que generaba un calor abrasador en su entrepierna y mantenía el encaje de sus bragas completamente humedecido.
Caminó una cuadra en dirección a su casa original verde, con el pretexto de observar el vecindario. Justo al llegar a la esquina, se detuvo fingiendo revisar su teléfono. Sus ojos se clavaron en la acera de enfrente: ahí estaba Vanessa, luciendo el vestido corto de licra roja, repitiendo de manera idéntica la escena de seducción con don Carlos que él había programado en el primer ciclo. Damián se quedó estático, observando la perfecta sincronía de la paradoja.
Esperó unos quince minutos más, simulando caminar lentamente por la acera, hasta que el reloj de su mente marcó el avance del tiempo. Entonces, la puerta de la casa de la señora Beatriz se abrió. La milf cristiana salió a la calle luciendo el vestido acanalado gris oscuro, sin sostén, caminando con ese paso pesado y rotundo que dejaba ver la punta de sus pezones erectos a través de la tela, repitiendo el escandaloso paseo que Damián le había impuesto en el ciclo anterior.
La confirmación era absoluta. El bucle del treinta de marzo seguía activo, y cada una de las mujeres que había poseído se había convertido en un eslabón de una enorme coreografía lasciva que él mismo controlaba.
Con una chispa de superioridad encendida en la mirada, Damián dio la vuelta y regresó a la casa de Morgana. Al entrar, sus padres adoptivos lo miraron desde el comedor.
—No encontré lo que buscaba en la papelería, no tenían el material —explicó Damián con desgana gótica—. Me voy a subir a mi cuarto a avanzar en digital.
Subió los escalones a toda velocidad, sintiendo el rebote monumental de su retaguardia sacudir la mezclilla. Entró a la recámara morada, pasó el pestillo de la puerta con un chasquido seco y se sumergió en la penumbra del sándalo y las luces neón.
Ahora, con el tiempo a su disposición y a solas, Damián decidió explorar a fondo los secretos de la chica. Se acercó a la cómoda de madera negra y abrió el cajón inferior de la ropa interior. La vista lo dejó sin aliento: hileras de lencería de encaje, arneses oscuros, sostenes con transparencias y tangas de hilos delgados de color negro, morado y vino. Tomó un puñado de bragas y tangas de encaje con las manos pálidas de Morgana y las llevó directamente a su nariz, aspirando el profundo aroma a sándalo y la esencia íntima y limpia de la joven de veintiún años que habitaba. El morbo de oler la ropa de la gótica culona utilizando su propio cuerpo provocó que su coño soltara un flujo espeso y caliente que empapó por completo sus bragas actuales.
De pronto, un zumbido sordo resonó en su cabeza. La pulsera de cuero con remaches en su muñeca izquierda emitió un destello azul brillante, proyectando la pantalla holográfica en el centro del cuarto:
[CALIBRACIÓN COMPLETADA: NIVEL 4 ALCANZADO]
• Función Desbloqueada: Selección manual de contenedor activa.
• Estado: El usuario ya puede elegir libremente el próximo cuerpo al reiniciar el ciclo. El artefacto está listo para recibir comandos.
Damián miró las letras flotantes por encima del puñado de lencería que sostenía. Con un gesto de absoluto desdén, movió la mano de la gótica en el aire, ignorando el aviso del sistema.
—Eso será después —murmuró con la voz rasposa de Morgana, tirando la pantalla a un lado—. Ahora mismo voy a disfrutar de mi cuerpo.
Porque en este espacio y en esta línea del treinta de marzo, ese cuerpo monumental, esas caderas masivas y esa lascivia gótica oculta eran suyas, y pretendía exprimir cada gramo de placer de la anatomía que el artefacto le había otorgado antes de decidir quién sería su siguiente víctima en el barrio.
Damián arrojó el puñado de tangas de encaje sobre la felpa negra del edredón, dejando que el aroma a sándalo impregnara la superficie de la cama. La adrenalina de tener el control absoluto del sistema y la certeza de haber desbloqueado el nivel 4 le daban una confianza fría, pero la urgencia de su propia carne poseída era lo único que dictaba sus movimientos en ese instante. El pantalón de mezclilla de tiro alto le apretaba la cintura de una forma casi dolorosa, y la inmensidad de sus nalgas góticas demandaba libertad.
Se llevó las manos pálidas al botón metálico del pantalón. Lo desabrochó con un chasquido seco y bajó el cierre lentamente, metiendo los dedos por debajo de la mezclilla para empujar la prenda hacia abajo. El proceso volvió a requerir un contoneo exagerado de sus caderas anchas; la tela elástica se resistía a abandonar el volumen descomunal de sus glúteos, frotándose contra la piel con una fricción que le encendió el bajo vientre. Finalmente, pateó las pesadas botas de plataforma y tiró del pantalón hasta dejarlo tirado en la alfombra junto con los calcetines.
Quedó de nuevo en paños menores bajo la luz morada de las tiras LED. Damián se acercó al espejo, fascinado por la desproporción anatómica de Morgana. La playera negra holgada de la banda de metal apenas rozaba el inicio de sus muslos torneados, pero al darse la vuelta de perfil, la silueta era imponente: una retaguardia monumental, redonda y compacta que desafiaba la gravedad y que estiraba al máximo los hilos elásticos de sus bragas negras.
Con un movimiento fluido, se sacó la playera por la cabeza y la arrojó lejos. Su torso pálido quedó al descubierto; los pechos de Morgana eran firmes, provistos de unas aureolas oscuras que reaccionaban de inmediato al aire fresco de la recámara. Damián bajó las manos hacia los costados de sus bragas de encaje y las deslizó por sus piernas, exponiendo por completo su desnudez gótica ante el reflejo.
El monte de Venus de Morgana estaba perfectamente delineado, y entre la hendidura de sus labios carnosos brillaba una humedad espesa y abundante, fruto del exhibicionismo y la excitación de saber que todo el barrio estaba atrapado en su red erótica.
Damián se subió al colchón a ras de suelo y se colocó boca abajo, hundiéndose en la suavidad del edredón negro. Apoyó las mejillas sobre las almohadas que olían a tabaco de cereza y arqueó la espalda de forma pronunciada, elevando la inmensidad de sus glúteos hacia el techo, permitiendo que la penumbra morada de la habitación delineara la redondez perfecta de su retaguardia. Estiró la mano derecha hacia atrás, pasando los dedos de la gótica por la comisura de sus nalgas hasta alcanzar la intimidad ardiente que latía entre sus muslos.
El roce de sus propios dedos pálidos sobre el clítoris ultrasensible de Morgana le arrancó un gemido ronco y perezoso, idéntico al que la chica solía soltar en sus mañanas de insomnio. Damián comenzó a masturbarse con un ritmo pausado pero implacable, hundiéndose dos dedos largos en la cavidad empapada mientras mantenía la mirada fija en la pared oscura, donde los pósteres de rock alternativo parecían testificar la profanación de la intimidad de la estudiante de diseño.
Gracias al artefacto, que permanecía en su muñeca como esa gruesa pulsera de cuero con remaches, cada impulso nervioso se multiplicaba en su cerebro. La memoria de Morgana le devolvía ráfagas de sus propias fantasías nocturnas: la gótica deseaba ser tomada por la fuerza juvenil de Damián en esa misma cama, imaginando cómo él sujetaría la inmensidad de sus caderas para hundirse en ella sin contemplaciones. Saborear ese deseo obsesivo desde el interior del cuerpo que lo generaba llevó a un estado de delirio carnal.
Aceleró las estocadas de sus dedos, generando un eco húmedo y constante en la recámara. Las caderas masivas de la gótica se sacudían contra el edredón con cada espasmo de placer, y el coño se estrujaba con una fuerza biológica brutal, reclamando el clímax. Damián estiró las piernas, apretando los músculos de los glúteos mientras el orgasmo de los veintidós años de Morgana la alcanzaba como una descarga eléctrica, haciéndola temblar por completo sobre la felpa negra y vaciando toda la tensión acumulada del ciclo.
Se quedó tendida boca abajo, jadeando con dificultad, sintiendo el sudor leve correr por su espalda pálida y el calor de sus fluidos enfriarse entre sus piernas. El Modo Reposo del artefacto seguía activo, asegurándole unas horas más de permanencia en esa espectacular anatomía gótica antes de tener que enfrentarse a la pantalla holográfica y decidir cuál sería el próximo destino de su conciencia en el vecindario.
El pulso sordo del artefacto en su muñeca izquierda continuaba en Modo Reposo, emitiendo un calor residual que envolvía los bordes de la pulsera de cuero. Damián, bocarriba sobre el edredón negro de felpa, dejó que sus dedos pálidos y humedecidos descansaran un momento sobre el vientre plano de Morgana. La pantalla holográfica que le ofrecía la selección manual de su siguiente contenedor ya se había desvanecido por completo, ignorada por la mente masculina de veintiún años que habitaba el cuerpo. No había prisa. El control absoluto ya era suyo; la máquina estaba lista para obedecerle cuando él lo decidiera, pero el presente le pertenecía a la anatomía monumental de la gótica.
Se incorporó lentamente, sintiendo el peso denso y pleno de sus glúteos acomodarse contra el colchón a ras de suelo. Las luces LED moradas seguían tiñendo la penumbra del cuarto, reflejándose en la piel extremadamente clara de la joven. Damián miró sus propias manos, deleitándose con el contraste de las uñas pintadas de negro mate que ahora respondían a sus órdenes directas.
A pesar del orgasmo previo, la biología de Morgana, potenciada por la asimilación del artefacto, se mantenía en un estado de hipersensibilidad latente. Las paredes de su estrecho coño continuaban contrayéndose de forma involuntaria, segregando un flujo constante que mantenía la entrepierna caliente y brillante. Damián estiró las piernas torneadas sobre la cama, separándolas de par en par para contemplar la intimidad expuesta de la vecina.
Decidido a exprimir al máximo la resistencia y la capacidad de placer de este cuerpo de veintidós años, Damián volvió a llevar sus manos hacia la entrepierna. Esta vez adoptó una postura diferente: se recostó contra las almohadas que olían a tabaco de cereza, doblando las rodillas y dejando que el volumen de sus caderas masivas se expandiera sobre el edredón.
Con los dedos índice y medio de la mano derecha, comenzó a delinear los labios menores, todavía inflamados y ultrasensibles. El menor roce provocó que un gemido ronco, bajo y sumamente lascivo escapara de su garganta negra. Utilizando la mano izquierda, Damián empezó a amasar sus propios pechos firmes, retorciendo los pezones erectos para conectar todas las terminales nerviosas del torso con la pelvis.
El ritmo de la nueva masturbación fue más lento, más calculado y profundo. Damián introdujo tres dedos largos en la cavidad empapada, experimentando la tremenda elasticidad de los músculos vaginales de Morgana, que se estrujaban alrededor de su propia mano con una fuerza biológica impresionante. Con el pulgar de la misma mano, presionó el clítoris con movimientos circulares y constantes, generando un chasquido húmedo y rítmico que llenaba el silencio de la recámara morada.
En su mente, el seguía saboreando los registros mentales de la gótica: el deseo oscuro de ser dominada en esa misma penumbra por la fuerza juvenil de su verdadero yo de veintiún años. Experimentar esa obsesión carnal desde el interior del propio contenedor, combinada con la manipulación física de su anatomía, elevó el morbo a un nivel adictivo. Damián arqueaba la espalda sobre el colchón, viendo en el espejo lateral cómo sus descomunales nalgas góticas se tensaban con cada estocada de sus dedos.
El calor en la habitación se volvió sofocante. El coño de la estudiante de diseño respondía con una lubricación masiva que resbalaba por la alfombra del colchón. Damián aceleró el movimiento, hundiendo los dedos hasta el fondo de su propia carne poseída, sintiendo cómo las contracciones uterinas comenzaban a desbordarse. El clímax la alcanzó por segunda vez con una violencia mecánica demoledora; la gótica estiró el cuello hacia atrás, apretando los dientes mientras un orgasmo prolongado y salvaje la hacía temblar de pies a cabeza, inundando sus manos con sus propios fluidos combinados.
Se quedó completamente inmóvil, jadeando en la penumbra morada, sabiendo que el bucle del treinta de marzo seguía congelado a su alrededor en el mundo real, dándole todo el tiempo necesario para seguir devorando la intimidad de la privada.
Damián se quedó recostado un momento más, con el pecho pálido de Morgana subiendo y bajando de forma errática en medio de la penumbra teñida de morado. El aroma a sándalo y la densidad del sudor se mezclaban en el aire de la recámara. Sus dedos, impregnados con el flujo espeso y caliente de la gótica culona, permanecieron rozando la entrada de su intimidad, sintiendo los espasmos residuales de un cuerpo que había sido llevado al límite de su capacidad biológica.
Una profunda sensación de superioridad y autosuficiencia se asentó en su mente masculina de veintiún años. Ya había comprobado la Paradoxa del treinta de marzo: todo lo que tocaba, todo lo que corrompía en el vecindario, se repetía en una coreografía perfecta y eterna en cada reinicio. Vanessa seguía en la esquina provocando a don Carlos, y su hermana Fernanda estaba entregándose salvajemente a su propio yo de carne y hueso en el segundo piso de la casa verde. El tablero estaba listo, y las piezas se movían exactamente como él lo había diseñado.
Con una sonrisa cínica dibujada en los labios negros de la vecina, Damián decidió que era hora de dar el paso definitivo. Llevó su mano derecha de vuelta al botón de su clítoris ultrasensible, reiniciando un frote rápido, rítmico y demandante, buscando un tercer y definitivo clímax mientras ponía a prueba el sistema.
—A ver si es cierto... —murmuró Damián con la voz rasposa y jadeante de Morgana—. Voy a elegir.
En respuesta inmediata a la orden verbal y a la vibración de su conciencia, la pulsera de cuero con remaches de su muñeca izquierda emitió un destello azul eléctrico. El aire del cuarto vibró y la pantalla holográfica se materializó flotando en el centro de la habitación, iluminando la desnudez de la gótica con un resplandor digital.
[SISTEMA DE TRANSFERENCIA CUÁNTICA: CONTROL MANUAL ACTIVO]
• Mensaje de Interfaz: Hola.
• Estado: Secuencia de calibración completada con éxito. Selección libre disponible.
Debajo del saludo del sistema, la pantalla desplegó una barra de búsqueda parpadeante con la opción de ingresar texto manual mediante comandos de pensamiento si se conocía el nombre del objetivo, acompañada abajo por una lista sinfín de perfiles preestablecidos que se deslizaban verticalmente en orden alfabético. Cada renglón mostraba el nombre completo y una imagen holográfica tridimensional detallada de la persona en cuestión, abarcando a todas las mujeres del barrio y de las zonas circundantes.
Damián aceleró el movimiento de sus dedos en la entrepierna de Morgana, sintiendo cómo el calor del orgasmo inminente comenzaba a cerrarse en su bajo vientre, nublándole sutilmente la vista. Mientras el coño monumental de la gótica se estrujaba y soltaba una nueva y abundante oleada de lubricación, Damián fijó su mente en la barra de búsqueda del sistema.
Utilizando los recuerdos integrados y su propio conocimiento del entorno, introdujo el nombre exacto en la barra digital: Evelyn Gutiérrez.
La lista infinita se congeló al instante. Los miles de nombres desaparecieron de la pantalla para dejar un único perfil flotando en el centro del holograma. La imagen tridimensional mostró la fisonomía exacta de Evelyn, revelando los rasgos específicos que Damián pretendía subyugar en el siguiente ciclo temporal.
Con un gemido ahogado de Morgana que coincidió con la violenta contracción de su tercer clímax, Damián extendió la mano pálida de la gótica y presionó firmemente el botón virtual de [SELECCIONAR] que parpadeaba debajo del perfil. El brazalete de la muñeca izquierda emitió una pulsación térmica definitiva, congelando la interfaz y preparándose para el próximo salto cuántico del treinta de marzo.
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Artefacto
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Obtiene un artefacto, el cual siempre a las 9:30 A.M. siempre lo llevara a esa hora al mismo dia, viviendo en el mismo dia, pero viviendo desde diferentes perspectivas, tendra que buscar como salir del bucle. / He obtains an artifact, which always at 9:30 A.M. will always take him to that time on the same day, living in the same day, but living from different perspectives; he will have to find a way out of the loop.
Updated on Jun 28, 2026
by K45
Created on Jun 27, 2026
by K45
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