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Chapter 3 by K45

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Capitulo 3

El latido rítmico y húmedo del coño de Fernanda comenzó a enfriarse a una velocidad antinatural, transformándose en una vibración gélida que nació directamente de la pulsera metálica de su muñeca izquierda. El contorno de la recámara, el olor a sudor y sexo sobre el colchón, y la silueta adormecida de su propio cuerpo masculino se desvanecieron bajo una marea blanca e incandescente que succionó todo el entorno de golpe. La ingravidez total arrastró su conciencia una vez más por el vacío sin fondo del tiempo.

El reloj invisible regresó de forma implacable a las 9:30 AM.

El peso de la materia lo golpeó de golpe. Damián abrió los ojos, pero lo primero que percibió no fue la luz difusa del cuarto de su hermana. Sus fosas nasales se inundaron con un penetrante olor a incienso de mirra, cera de velas y aromatizante de vainilla barata. Estaba recostada sobre una cama con sábanas blancas, tiesas por el exceso de almidón. Al intentar moverse, descubrió que su cuerpo estaba envuelto en una falda larga de mezclilla que le llegaba casi hasta los tobillos y una blusa de cuello alto, de manga larga, abotonada de manera estricta hasta el último ojal de la garganta.

Un vuelco de adrenalina le recorrió las entrañas. Se sentó en el colchón y bajó la mirada con rapidez. Bajo la tela rígida de la blusa formal, el volumen de su pecho era masivo, mucho más prominente y pesado que el de Vanessa o el de Fernanda. Se tocó el torso con ambas manos; era una delantera imponente, madura y firme, que oprimía un sostén grueso y sin varillas. Al pasar las manos por debajo de la falda de mezclilla, tocó unas caderas anchas, rotundas, seguidas por unos muslos carnosos que rozaban entre sí con total plenitud. Una intimidad madura y oculta tras unas bragas de algodón blanco de talle alto completaba la anatomía.

Se levantó de la cama con un paso pesado y rotundo, sintiendo el centro de gravedad concentrado firmemente en su gran retaguardia y sus caderas maduras. Caminó hacia el tocador de madera oscura que dominaba la habitación, donde un crucifijo de madera y varias imágenes religiosas flanqueaban el espejo.

Al mirar su reflejo, Damián soltó una exhalación ahogada.

La mujer de unos cuarenta y dos años que lo miraba desde el vidrio era la señora Beatriz, la vecina milf del final de la calle. Beatriz era conocida en todo el barrio por ser una devota cristiana, soltera desde hacía años tras un divorcio difícil, que criaba sola a su hijo y que jamás se permitía un desliz, vistiendo siempre de forma recatada y asistiendo a los cultos religiosos locales sin falta. Su rostro conservaba una belleza madura impecable, con facciones serenas, labios finos sin pintar y una cabellera larga y castaña que llevaba recogida en un chongo impecable.

En ese instante, la pulsera metálica en su muñeca izquierda —mimetizada a la perfección como un discreto brazalete de plata vieja— vibró con una intensidad térmica abrasadora. El artefacto inyectó el mapa mental de Beatriz de golpe en el cerebro. Damián apretó los dientes ante la descarga masiva de recuerdos: asimiló las oraciones diarias de la mujer, el cansancio crónico de llevar los gastos de una casa sola, su estricta moral puritana y la culpa constante que sentía por sus propios pensamientos corporales.

Pero lo que verdaderamente hizo que el enorme y maduro coño de Beatriz soltara una pulsación húmeda y secreta fue el bloque de memorias que el artefacto desenterró respecto a Damián.

Al escarbar en los deseos reprimidos de la milf cristiana, descubrió una veta de lujuria ardiente y pecaminosa. Beatriz guardaba una fijación secreta y culposa hacia él, hacia el Damián de veintiún años de la otra acera. En la intimidad de sus noches de insomnio, tras rezar sus oraciones, la mujer se asomaba tras las cortinas para verlo trabajar en el patio, fantaseando con la juventud y la potencia de sus brazos masculinos. En su mente reprimida, Beatriz consideraba a Damián como una tentación carnal enviada para poner a prueba su fe, una fruta prohibida que deseaba con una desesperación devoradora, imaginando cómo sería ser sometida y destrozada por la energía de un hombre joven tras años de abstinencia obligada.

Sentir la magnitud de ese deseo pecaminoso y reprimido desde el interior del propio cuerpo de la milf provocó que la mente masculina de Damián se encendiera en un morbo incontenible. El artefacto seguía mostrándole lo mejor de sí mismo a través de los ojos ajenos, dándole el control absoluto de las mujeres más insospechadas del barrio.

Damián se miró fijamente al espejo con los ojos de Beatriz. Una sonrisa pícara y totalmente ajena a la santidad habitual de la mujer se dibujó en sus labios maduros. Estaba solo en la casa; según los recuerdos integrados, el hijo de Beatriz se había ido a pasar el fin de semana con su padre, lo que le dejaba todo el día treinta de marzo para explorar la anatomía y la represión de la vecina sin ninguna interrupción.

Con las manos temblorosas por la anticipación, Damián comenzó a desabotonar el cuello alto de la blusa rígida, despojándose de la fachada de santidad para liberar el calor sofocante que ya empezaba a humedecer las bragas de talle alto bajo la falda. El bucle continuaba, y la fe del vecindario estaba a punto de ser corrompida desde su base más firme.

Damián terminó de desabotonarse la blusa formal por completo, dejándola caer sobre el suelo de madera junto a la falda de mezclilla rígida. Quedó parado en medio de la recámara de la señora Beatriz vistiendo únicamente el sostén blanco grueso y las bragas de algodón de talle alto. Sentir la pesadez de sus enormes senos maduros y la anchura de sus caderas de cuarenta y dos años le provocó un estremecimiento. La piel de la milf cristiana era suave, pero tenía esa consistencia plena y rotunda de las mujeres maduras, una textura que reaccionaba con una sensibilidad abrumadora ante el menor roce de sus propios dedos.

De repente, un crujido sordo en el estómago de la mujer le recordó que el cuerpo biológico tenía sus propias necesidades. Tenía un hambre voraz. Los recuerdos integrados de Beatriz le indicaron al instante que no había desayunado por quedarse rezando sus oraciones matutinas antes de las nueve y media de la mañana.

Decidido a saciar el apetito antes de entregarse por completo a la exploración erótica de esa imponente anatomía, Damián caminó descalzo hacia la puerta del cuarto. Al salir al pasillo de la planta alta, el peso de sus nalgas maduras y carnosas se bamboleaba con una contundencia que lo hacía jadear sutilmente. Bajó las escaleras de la casa en paños menores, disfrutando de la absoluta libertad de profanar el hogar de la mujer más puritana del barrio.

Al llegar a la planta baja, pasó junto al gran ventanal de la sala que daba directamente hacia la calle. El sol de mediodía golpeaba el vidrio. Damián se detuvo en seco, atraído por un movimiento llamativo en la acera de enfrente. Se asomó con cuidado detrás de las cortinas de encaje blanco.

Lo que vio al otro lado de la calle le congeló la sangre en las venas.

Frente a la casa de Arturo, la vecina Vanessa caminaba por la banqueta luciendo exactamente el mismo vestido corto de licra de color rojo encendido que él mismo había elegido horas atrás. Damián observó con ojos de par en par cómo Vanessa se detenía frente a la tienda de abarrotes de don Carlos, adoptaba una postura sumamente sugerente, se inclinaba hacia adelante para mostrarle su profundo escote al tendero y se humedecía los labios con la punta de la lengua con una picardía idéntica a la que él había ejecutado. Era una copia exacta, milimétrica, de cada una de las acciones, movimientos y gestos que Damián le había obligado a hacer al cuerpo de la vecina cuando estuvo atrapado en ella.

La revelación cayó sobre su mente con el peso de una tonelada. La paradoja de las acciones previas era real. Todo lo que él hacía mientras habitaba un cuerpo no se borraba al reiniciar el bucle; se quedaba grabado en el entorno, como una cinta que se reproducía una y otra vez en el vecindario.

«No fue un sueño…», pensó Damián, sintiendo cómo el corazón de Beatriz se aceleraba desbocado dentro de su imponente pecho. «Realmente estuve en el cuerpo de Vanessa. Y eso significa… que lo que acabo de hacer en el cuerpo de mi hermana Fernanda también está pasando en este preciso momento».

Una oleada de morbo incontenible y sudor frío le recorrió la espalda madura de la milf, bajando directo hasta la entrepierna, que soltó un flujo espeso que empapó las bragas de talle alto. Miró hacia su propia casa verde. Sabía que en ese mismo instante, en el segundo piso de esa vivienda, su hermana melliza Fernanda estaba cruzando el pasillo completamente desnuda para entregarse de forma salvaje a su propio yo de veintiún años, repitiendo la coreografía incestuosa que él mismo había diseñado en el ciclo anterior. Todo lo que él hiciera en las mujeres del barrio se replicaría de forma simultánea en las líneas temporales del bucle. El vecindario entero se estaba convirtiendo en una obra de teatro erótica dirigida y protagonizada por su propia conciencia.

Damián apartó la vista de la ventana, respirando con dificultad. El acceso total a la mente de Beatriz se agitó con fuerza, y los deseos reprimidos de la cristiana se mezclaron con la tremenda excitación de saberse dueño absoluto del destino carnal de la zona.

Caminó hacia la cocina con el cuerpo ardiendo en deseos, pero con el estómago reclamando comida. Abrió el refrigerador de Beatriz y sacó un plato con fruta picada y un vaso de leche fría. Se sentó en la barra de la cocina, devorando los alimentos con las manos de la milf, sintiendo cómo la comida pasaba por su garganta madura mientras su mente masculina no dejaba de maquinar el siguiente paso. Si todo lo que hacía se grababa para siempre, tenía que aprovechar cada minuto en el cuerpo de la señora Beatriz para llevar su represión santa al límite más explícito y pecaminoso del mundo real, sabiendo que su verdadero yo de veintiún años terminaría siendo el centro de toda esa devoción carnal.

Damián terminó de devorar la fruta picada y apuró el vaso de leche fría, sintiendo cómo el líquido descendía por su garganta de cuarenta y dos años, asentándose en el estómago de la señora Beatriz con una pesadez biológica muy real. El hambre física se había calmado, pero el vacío erótico y la adrenalina psicológica que le provocaba el descubrimiento de la ventana no hacían más que expandirse. El coño maduro de la milf seguía latiendo con fuerza, humedeciendo la tela blanca de sus bragas de talle alto con un flujo constante y espeso que delataba la intensidad de su crisis interna.

Se levantó de la barra de la cocina, escuchando el roce sordo de sus muslos carnosos. Caminó de vuelta hacia el pasillo y se detuvo un instante frente al espejo del recibidor, donde un pequeño cuadro con el Salmo 23 colgaba de la pared. Contemplar las facciones serenas y recatadas de Beatriz en perfecta sincronía con los pensamientos de lascivia extrema que él poseía era una delicia psicológica. El artefacto en su muñeca izquierda —ese brazalete de plata vieja— emitió un destello térmico. Damián comprendió que la paradoja del bucle temporal jugaba a su favor: cada acción explícita que realizara en esa casa quedaría grabada en el tejido del treinta de marzo.

Decidido a llevar la profanación de la santidad de la vecina al límite absoluto, Damián subió los escalones hacia la planta alta. El balanceo de sus glúteos plenos y el peso de sus enormes senos descubiertos bajo el grueso sostén blanco le marcaban el ritmo. Entró de nuevo a la recámara principal, donde el olor a mirra y cera de velas parecía bendecir la cama matrimonial. Con pasos firmes, se acercó al clóset de madera oscura. Al abrirlo, hileras de vestidos largos, faldas oscuras y blusas cerradas confirmaron la rigidez del armario de la milf. Sin embargo, en el fondo del último cajón, oculto bajo una pila de manteles tejidos para el altar, el artefacto le reveló un secreto: Beatriz guardaba un conjunto de lencería que jamás se había atrevido a usar, un remanente de su juventud o un impulso de debilidad que compró en un catálogo y escondió de sus propios ojos.

Damián sacó la prenda con los dedos de la mujer. Era un camisón de encaje translúcido de color vino, sumamente corto, con un escote recortado en v que apenas cubriría la mitad de sus grandes pechos. Se despojó de las bragas de talle alto y del sostén grueso de algodón, dejando caer la última barrera de la decencia de Beatriz. Su anatomía madura quedó expuesta al aire templado del cuarto; la piel de sus senos tenía ligeras estrías albinas debido a la maternidad pasada, pero conservaba una turgencia majestuosa, y el monte de Venus era frondoso y oscuro, cubierto por una humedad brillante que resbalaba hacia sus muslos carnosos.

Se deslizó el camisón de encaje vino por la cabeza. La prenda se estiró al máximo para contener las amplias caderas de cuarenta y dos años y la opulencia de su delantera, dejando ver casi por completo la aureola oscura de sus pechos a través del tejido transparente. El encaje áspero rozó de forma directa sus pezones erectos, provocando que Damián soltara un jadeo agudo que resonó bajo el crucifijo de la pared.

Se colocó de rodillas sobre la alfombra, justo a los pies de la cama, adoptando la postura clásica de sus oraciones diarias, pero con una intención radicalmente opuesta. Apoyó las manos de Beatriz en el borde del colchón, arqueando la espalda de manera pronunciada para que su enorme retaguardia quedara elevada y expuesta en el aire, tensando la tela vino del camisón que apenas alcanzaba a cubrir el inicio de sus glúteos.

Mirando fijamente las imágenes religiosas del tocador, Damián llevó su mano derecha hacia su propia entrepierna madura. El contacto de sus dedos femeninos con los labios mayores inflamados desató un escalofrío eléctrico que le recorrió toda la espina dorsal. Comenzó a masajearse con un ritmo lento y pesado, introduciendo dos dedos en la cavidad ardiente y empapada de la milf cristiana, experimentando la tremenda succión de las paredes vaginales de una mujer madura que llevaba años en abstinencia.

—Señor… perdóname por este fuego… —murmuró Damián, forzando la voz trémula y suplicante de Beatriz para elevar el morbo de la autorepresión, combinando los rezos habituales de la vecina con los gemidos sucios que su mente masculina dictaba.

Cada movimiento de sus dedos generaba un chasquido húmedo que rompía el silencio del cuarto. Con la mano izquierda, Damián comenzó a amasar uno de sus enormes senos, apretando el pezón erecto con fuerza, sintiendo cómo el dolor sutil se transformaba en oleadas de placer devorador. La memoria carnal de Beatriz se fusionó por completo con su conciencia: en la mente de la mujer, la figura de Damián, el joven de veintiún años de enfrente, aparecía como un demonio tentador que la poseía por la fuerza sobre ese mismo colchón, destrozando su falda de mezclilla y reclamando su madurez con la potencia de su juventud.

Llevado por la intensidad del delirio y el acceso total del artefacto, Damián aceleró el ritmo de la masturbación. El coño de la milf se contraía de manera violenta alrededor de sus propios dedos, segregando una cantidad masiva de fluidos que empaparon la alfombra. Mirándose de reojo en el espejo del tocador, vio la silueta de la respetable viuda cristiana entregada por completo a la lujuria más explícita, con los ojos en blanco y la boca abierta emitiendo suspiros rotos.

El clímax la alcanzó con la fuerza de una tormenta. El cuerpo de cuarenta y dos años de Beatriz sufrió una serie de espasmos mecánicos devastadores; la vagina se estrujó con una fuerza descomunal, obligándola a colapsar de frente sobre el colchón, con el rostro hundido en las sábanas almidonadas mientras una descarga colosal de placer la hacía temblar de pies a cabeza durante varios minutos.

Se quedó tendida en posición de sumisión, jadeando con dificultad, sintiendo el sudor correr por su escote transparente y el semen mental de sus fantasías diluirse entre sus piernas. Sabía que el bucle del treinta de marzo seguía su curso inexorable y que la coreografía de las tres vecinas estaba operando de forma simultánea en el barrio. El poder del doctor Hernández estaba transformando la realidad paso a paso.

El eco del orgasmo maduro de la señora Beatriz se diluyó lentamente en el ambiente impregnado de mirra, dejando al cuerpo de cuarenta y dos años en un estado de lasitud absoluta sobre la alfombra. Damián, controlando los pesados miembros de la milf cristiana, se incorporó con lentitud, apoyando las palmas de las manos en el borde del colchón. El camisón de encaje vino, completamente desarreglado y húmedo en la entrepierna, se le pegaba a la piel del vientre. Al ponerse de pie, sintió el goteo constante de su propia lubricación corriendo por la parte interna de sus muslos carnosos, una evidencia física de la profanación que acababa de ejecutar.

Caminó de regreso al espejo del tocador. Observar el rostro de la respetable vecina con los labios entreabiertos, el chongo castaño ligeramente deshecho y los ojos cargados de una lascivia pecaminosa era un trofeo para su mente de veintiún años. Levantó la muñeca izquierda y contempló el brazalete de plata vieja; el artefacto continuaba latiendo con un calor uniforme, recordándole que cada segundo invertido en esta piel se estaba cincelando de forma permanente en la realidad del treinta de marzo.

Movido por el hambre de poder y la certeza de que el vecindario entero operaba bajo sus hilos, Damián decidió que no se quedaría encerrado. La paradoja temporal dictaba que su verdadero yo estaba en la casa verde recibiendo las fotos de Fernanda, mientras Vanessa seducía al tendero en la esquina. La curiosidad por ver cómo reaccionaría el entorno ante la versión más corrupta y explícita de la señora Beatriz lo empujó a actuar.

Regresó al clóset. Guiado por los recuerdos de la mujer, seleccionó la prenda más atrevida que ella usaba para las reuniones de la iglesia, que aun así resultaba sumamente recatada para los estándares normales: un vestido de punto acanalado de color gris oscuro, de manga tres cuartos, que le cubría hasta las rodillas pero que tenía la particularidad de adherirse con una firmeza brutal a la silueta. Damián decidió no ponerse sostén, permitiendo que sus enormes senos maduros quedaran libres bajo el tejido elástico, y eligió unas bragas de hilo dental negro que Vanessa le había regalado en una broma navideña y que Beatriz jamás había tenido el valor de estrenar.

Al deslizarse el vestido gris, el resultado fue demoledor. La tela acanalada se estiró al límite sobre su imponente delantera, marcando la punta erecta de sus pezones con una nitidez absoluta a través del tejido. Sus caderas anchas y su prominente retaguardia quedaron esculpidas como dos bloques de carne firme que se mecían con pesadez ante el menor movimiento. Damián se calzó unos zapatos de tacón bajo que hacían crujir la madera, se soltó por completo la cabellera castaña dejándola caer en ondas densas sobre sus hombros, y bajó las escaleras.

Salió a la calle justo cuando el sol de la una de la tarde caía de plomo, ablandando el asfalto. Al cruzar el umbral del jardín de Beatriz, Damián experimentó el roce constante de sus pechos libres contra el punto gris del vestido, una fricción que enviaba descargas directas a su entrepierna, manteniéndola en un estado de lubricación permanente.

Caminó con el paso rotundo y pesado que la anatomía milf le exigía. A media cuadra de distancia, vio aproximarse a don Carlos, el tendero, que venía caminando de regreso tras haber cerrado un momento su negocio para ir por mercancía. El hombre todavía traía el rostro desencajado y sudoroso por el encuentro previo con Vanessa, pero al levantar la vista y ver la silueta que se aproximaba, sus ojos casi se salen de sus órbitas.

No era la silueta santa y lejana de la señora Beatriz. Era una mujer madura, con los pechos marcando los pezones al aire libre bajo un vestido gris ajustadísimo y una cabellera salvaje que flotaba con el viento de la costa. El balanceo de sus amplias caderas hacía que la tela se estirara de forma lasciva con cada zancada.

—¿Señora… Señora Beatriz? —tartamudeó don Carlos, deteniéndose en seco en medio de la banqueta, devorando con la mirada la opulencia de la delantera que se mecía frente a él.

Damián detuvo el cuerpo de la milf a escasos centímetros del tendero. Utilizando el acceso total del artefacto, combinó la voz suave de la cristiana con una inflexión arrastrada y pecaminosa que nunca nadie le había escuchado.

—Buenas tardes, don Carlos —dijo Damián, inclinando sutilmente el torso hacia adelante para que el hombre apreciara el volumen total de sus senos empujando la tela gris—. El calor está insoportable hoy… Siento el cuerpo tan pesado, tan encendido… ¿No cree usted que el Señor nos pone pruebas muy difíciles en la carne?

El viejo tendero se quedó sin aire, mirando fijamente cómo los pezones de la respetable viuda casi rozaban el tejido de su playera. Las manos le temblaban visiblemente ante la sumisión psicológica que esa nueva Beatriz ejercía sobre él.

Damián disfrutó el momento de control absoluto. Rozó deliberadamente el brazo de don Carlos con su cadera carnosa al dar un paso hacia un lado y continuó su caminata hacia la casa verde de enfrente, sabiendo que el tendero se quedaría paralizado en la acera, contemplando el espectacular vaivén de su gran retaguardia acanalada. El bucle del treinta de marzo seguía expandiéndose, y el dominio de Damián sobre la carne del vecindario era un hecho irrefutable en el mundo real.

Damián dio la vuelta al final de la calle, disfrutando de cómo el vestido acanalado gris se ceñía a sus curvas maduras y cómo los tacones bajos marcaban un ritmo pesado sobre el pavimento caliente. Al regresar a la casa de Beatriz, entró y pasó el cerrojo de la puerta principal. El silencio del recibidor, que antes albergaba oraciones y culpas, ahora solo contenía el eco de su respiración agitada y el roce sordo de sus muslos carnosos.

Subió las escaleras con paso firme, sintiendo el vaivén de sus enormes senos libres bajo la tela elástica. Al entrar de nuevo a la recámara principal, se sentó en la orilla de la cama con sábanas almidonadas. El calor entre las piernas de la milf seguía latente, manteniendo el hilo dental negro empapado en el flujo espeso de su excitación biológica.

Apoyó los codos en las rodillas y se quedó mirando fijamente el brazalete de plata vieja en su muñeca izquierda. La mente masculina de veintiún años empezó a procesar los eventos con fría lógica.

«Primero Vanessa, luego mi hermana Fernanda, y ahora la señora Beatriz...», pensó, recorriendo con los dedos de la mujer el relieve metálico del objeto. «¿Esto es completamente al azar o en algún momento podré elegir el cuerpo en el que quiero despertar?».

Como si el artefacto respondiera directamente a los filamentos de su conciencia, el brazalete emitió un pulso térmico mucho más intenso que los anteriores. Un zumbido sordo resonó dentro de su cráneo y, de golpe, una tenue luz azulada brotó del metal, proyectando una pantalla holográfica flotante justo en medio de la penumbra del cuarto. El texto, compuesto por caracteres geométricos y limpios, flotaba en el aire con una nitidez absoluta:

[SISTEMA DE TRANSFERENCIA DE CONCIENCIA]

• Estado Actual: Nivel 3.

• Restricción de Selección: Nivel Insuficiente para elegir receptor.

• Requisito de Desbloqueo: Se requiere completar una secuencia inicial de 4 transferencias aleatorias para alcanzar el Nivel 4 y desbloquear la selección manual.

• Progreso de Secuencia: 3 / 4 cuerpos asimilados.

• Estado del Artefacto: Modo Reposo Activo.

Damián leyó el texto flotante con los ojos de Beatriz abiertos de par en par. La confirmación del funcionamiento del objeto le devolvió una fría claridad. No era un fallo caótico; era un proceso de calibración, tal como el doctor Hernández había mencionado antes de morir. Cada cuerpo femenino que habitaba y corrompía aumentaba su nivel en uno, y apenas estaba en el tercer eslabón de la cadena antes de obtener el control total de la máquina.

Al cabo de unos segundos, las letras holográficas parpadearon y una nueva línea de texto apareció en la base de la pantalla:

• Nota de Operación: Con cada salto cuántico, el núcleo del artefacto entra en Modo Reposo para estabilizar la fusión mental dentro del contenedor actual. Las funciones de tránsito volverán a estar activas tras completarse el ciclo de asimilación biológica (Tiempo restante: Indeterminado).

La pantalla se disolvió en el aire como polvo de luz, dejando la habitación sumida de nuevo en la densa atmósfera de mirra y sudor.

Damián estiró las piernas maduras de la vecina sobre el colchón, asimilando la información. Estaba atrapado en el cuerpo de Beatriz por el tiempo que el artefacto decidiera reposar y recargarse, pero la certeza de que solo le faltaba una mujer aleatoria más para desbloquear el poder de elegir a su antojo a cualquier objetivo del mundo real le encendió una sonrisa de superioridad en los labios carnosos de la milf. Pasara lo que pasara en las próximas horas del treinta de marzo, la última pieza del rompecabezas estaba a punto de encajar.

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