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Chapter 2 by K45
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Capitulo 2
El persistente hormigueo en la muñeca izquierda se transformó en una punzada gélida que congeló los últimos rastros del orgasmo de Vanessa. El reflejo en el espejo del clóset comenzó a distorsionarse, volviéndose borroso mientras las sábanas, las paredes beige y el cuerpo dormido de Arturo eran succionados por esa misma neblina blanca y cegadora. La gravedad desapareció de golpe, arrastrando la conciencia de Damián a través de un vacío donde el tiempo parecía no tener fondo.
El reloj invisible volvió a marcar las 9:30 AM.
El regreso de la sensibilidad física fue tosco y repentino. Damián abrió los ojos, pero la luz que recibió no era la del sol directo de la ventana de Vanessa. Era una iluminación más tenue, filtrada por unas cortinas de tela gruesa que le resultaban sumamente familiares. Intentó llevarse las manos a la cabeza porque sentía un zumbido sordo detrás de las orejas, pero al mover los brazos, el roce de la tela de su ropa lo descolocó por completo.
No había satén azul ni licra roja. Llevaba puesta una playera de algodón gris holgada, de esas que se usan para andar por la casa en un día de descanso, y unos shorts deportivos flojos. Al incorporarse sobre la cama, sintió el colchón hundirse de una forma que conocía de memoria: era la litera de su propia casa.
Un vuelco de adrenalina le recorrió el pecho. ¿Había regresado? Bajó la mirada con rapidez hacia su torso, pero la decepción y una nueva descarga de asombro lo golpearon al instante. Bajo la playera gris, el contorno de dos pechos firmes y redondos, un poco más pequeños que los de Vanessa pero sumamente turgentes, empujaban el algodón. Se tocó la entrepierna por encima del short deportivo; otra vez esa llanura suave, la ausencia de su miembro y la presencia de una intimidad femenina protegida por unas bragas de algodón sencillas.
Se bajó de la litera de un salto. El centro de gravedad era diferente al de Vanessa; este cuerpo era más ágil, ligeramente más bajo, pero con una firmeza juvenil en las piernas que le permitió mantener el equilibrio de inmediato. Caminó hacia el espejo ovalado que colgaba junto al clóset de madera contrachapada.
Al mirar su rostro, Damián ahogó un grito que se quedó atrapado en su nueva garganta.
La piel clara, los ojos expresivos y expresivos, y el cabello oscuro cortado hasta los hombros pertenecían a Fernanda, su hermana melliza de veintiún años. Estaba en su propia casa, compartiendo el mismo techo con su familia, pero habitando el cuerpo de la mujer con la que había compartido el vientre materno.
Antes de que el pánico lo paralizara, la fina pulsera metálica —ahora perfectamente mimetizada como un sutil brazalete de acero opaco en la muñeca izquierda de Fernanda— vibró con fuerza. La compuerta de la memoria se abrió de golpe. Damián apretó los dientes mientras el artefacto le inyectaba el mapa mental completo de su hermana melliza. En un par de segundos, asimiló su forma de modular la voz, sus gustos musicales, el fastidio que le provocaba que Miranda siempre acaparara el espejo del baño grande, y todos los secretos que Fernanda jamás se atrevería a contar en la mesa.
Pero lo que verdaderamente hizo que el coño de Fernanda soltara un espasmo húmedo y repentino fue el bloque de recuerdos que involucraban directamente a Damián.
Al escarbar en la mente de su melliza gracias al poder del artefacto, Damián descubrió una verdad turbia y abrasadora. Fernanda guardaba un secreto que la carcomía por las noches: una fijación obsesiva y prohibida hacia él. En la intimidad de sus pensamientos, Fernanda odiaba que las chicas del barrio miraran a Damián cuando caminaba por la calle; sentía un celo posesivo y un deseo oscuro que iba mucho más allá del afecto de hermanos. Había registros mentales de ella espiándolo por la rendija de la puerta de su habitación mientras él se cambiaba de ropa, memorizando la musculatura de su espalda y fantaseando con la bizarra idea de romper el tabú familiar en una tarde a solas.
Sentir esa atracción incestuosa y prohibida desde el interior del propio cuerpo de Fernanda provocó que la mente de Damián se encendiera en una mezcla de morbo y poder. El artefacto le estaba mostrando lo mejor de su propio ser a través de los ojos de las mujeres más cercanas, dándole el control absoluto de sus debilidades.
—¡Fernanda! —la voz firme de Raquel resonó desde la planta baja, rompiendo el silencio de la mañana—. Ya es tarde, baja a ayudarme a limpiar la cocina antes de que tus hermanas terminen de arreglarse.
Damián tragó saliva, aclarando la garganta de Fernanda para que sonara idéntica.
—¡Ya voy, mamá! —respondió, sorprendiéndose de lo natural y fluida que salía la voz gracias a la asimilación del artefacto.
Antes de bajar, Damián se miró una vez más en el espejo. El short deportivo dejaba ver unas piernas torneadas y unos glúteos firmes que, por la memoria del cuerpo, sabía que reaccionaban con una sensibilidad tremenda al menor contacto. Se acomodó la playera gris, sintiendo el roce constante de los pezones descubiertos contra la tela, y abrió la puerta del cuarto.
Al bajar las escaleras, el olor a huevo frito y tortillas calientes inundó sus fosas nasales. En la cocina, Raquel estaba de espaldas, acomodando unos trastes en la alacena. Su madre vestía una blusa holgada que dejaba ver sus hombros maduros y una falda que remarcaba las caderas anchas que todas sus hijas habían heredado.
—Hasta que te dignas a bajar —dijo Raquel sin voltear, con ese tono de autoridad cansada que siempre usaba debido a la ausencia de su esposo en el extranjero—. Tu hermano Damián andaba todo estresado con lo del vecino Hernández, creo que fue a la delegación a ver lo de los papeles. Límpiame la mesa, por favor.
Damián se acercó a la mesa, tomando un trapo húmedo con las manos de Fernanda. Actuar como su hermana era sumamente fácil gracias a los recuerdos integrados; sus movimientos eran idénticos, la forma de arrastrar las sandalias por el piso de cemento era la misma. Sin embargo, la tensión sexual que descubrió en la mente de la melliza hacia su verdadero cuerpo lo mantenía en un estado de excitación latente. Cada vez que pasaba el trapo por la madera, el roce de sus propios brazos contra sus pechos firmes le enviaba punzadas de calor hacia la entrepierna.
En ese momento, unos pasos ligeros se escucharon bajar por la escalera. Era Regina, la hermana menor de dieciocho años. Llevaba puesto un short de mezclilla ajustado y una playera de tirantes que dejaba al descubierto su vientre plano y su piel joven. Tenía el cabello recogido en una coleta y venía quejándose del calor.
—Mamá, ¿no hay agua fría en el refrigerador? —preguntó Regina, abriendo la puerta del electrodoméstico sin notar la mirada fija de Fernanda.
Damián, utilizando los ojos de su hermana melliza, escaneó el cuerpo de Regina de arriba a abajo; su hermana menor ya no era una niña, sino una mujer con curvas nacientes y una presencia que despertaba la lascivia del barrio. Al verla inclinarse para buscar la jarra de agua, dejando ver la redondez de sus glúteos bajo la mezclilla ajustada, la mente masculina de Damián, combinada con la audacia que le daba el artefacto, ideó un plan para empezar a corromper la dinámica de la casa desde adentro.
Se acercó a Regina por detrás, imitando la confianza cotidiana que las hermanas solían tener, pero imprimiéndole un toque de malicia carnal.
—Déjame ayudarte, Regi —dijo Damián con la voz de Fernanda, pegando su cuerpo de melliza contra la espalda de la menor mientras estiraba el brazo para alcanzar la jarra.
El contacto de los pechos de Fernanda contra los omóplatos de Regina hizo que la menor se tensara ligeramente, pero no por incomodidad, sino por la sorpresa del contacto repentino. Damián aprovechó el movimiento para bajar una de sus manos por la cintura de Regina, apretando ligeramente la carne firme de su cadera por encima del short de mezclilla.
—Estás muy tensa hoy, hermanita —murmuró Damián al oído de Regina, sintiendo cómo el propio coño de Fernanda se humedecía ante la audacia del acto en plena cocina, bajo la distracción de su madre Raquel, que seguía de espaldas.
Regina se dio la vuelta despacio, con la jarra en la mano y los ojos un poco abiertos, mirando a Fernanda con una mezcla de confusión y una extraña chispa de curiosidad que Damián no tardaría en explotar. El bucle del treinta de marzo seguía su curso en el mundo real, y el cuerpo de la melliza apenas comenzaba a saborear el control de la casa.
Regina se quedó mirándolo fijamente con esos ojos grandes y juveniles, pero antes de que pudiera articular palabra alguna con la jarra de agua todavía sostenida entre las manos, el sonido metálico de la cerradura de la puerta principal interrumpió el ambiente de la cocina. El pestillo cedió con un chasquido seco y la puerta de madera se abrió de par en par, dejando entrar una ráfaga del aire espeso.
Damián, habitando los ojos de su melliza Fernanda, volteó la cabeza hacia el pasillo de la entrada de inmediato.
Ahí estaba él. Su verdadero yo. Su cuerpo original de veintiún años cruzó el umbral arrastrando los pies, vestido con la misma playera gastada y los pantalones vaqueros con los que había salido por la mañana. Tenía los hombros caídos y el rostro completamente desencajado; la mirada fija en el suelo delataba una profunda e inconfundible tristeza. La muerte del doctor Hernández lo había golpeado de manera real en esa línea temporal, y traía consigo la pesadez psicológica de haber despedido al único anciano que se preocupó por él en el barrio.
—Hola… —alcanzó a murmurar el Damián original con una voz ronca y apagada, sin levantar del todo la vista hacia la cocina, queriendo evitar los reproches habituales de su familia.
—Hola, hijo —respondió Raquel desde la alacena, bajando un poco el tono pero sin dejar su labor—. ¿Ya quedó todo listo lo del papeleo del doctor?
El Damián real solo asintió con la cabeza de manera mecánica, soltando un suspiro pesado, y comenzó a subir las escaleras lentamente, apoyando la mano en el barandal como si le pesara cada paso. El sonido de sus pisadas cansadas se fue alejando por el pasillo del segundo piso hasta que se escuchó el portazo sordo de su habitación al cerrarse.
Al ver su propia silueta original en ese estado de vulnerabilidad y tristeza, y teniendo el conocimiento absoluto del ardiente deseo prohibido que Fernanda guardaba en secreto hacia él, a Damián se le encendió una idea maquiavélica, morbosa y sumamente excitante en la cabeza. La picardía masculina y el control que le otorgaba el artefacto se fusionaron en un plan perfecto para levantar el ánimo de su propio cuerpo de una forma sumamente retorcida.
—Mamá, voy al baño de arriba, se me olvidó cambiarme los shorts —soltó Damián utilizando la voz fluida de Fernanda, dejando el trapo húmedo sobre la mesa de la cocina de golpe.
Sin esperar respuesta de Raquel ni de Regina, se dio la vuelta y subió los escalones de madera a toda velocidad. El impacto de la subida rápida hizo que los pechos firmes de su hermana melliza botaran con fuerza bajo la playera gris holgada, enviándole una ráfaga de estímulos eléctricos directamente al pubis. El vaivén y el roce de sus propios pezones contra el algodón, sumado a la adrenalina de lo que estaba a punto de hacer, provocaron que la intimidad de Fernanda soltara un flujo cálido e inmediato, humedeciendo la entrepierna de sus bragas de algodón sencillas.
Al llegar al pasillo del segundo piso, Damián se detuvo un segundo frente a la puerta de su propio cuarto. Al pegar la oreja a la madera, pudo escuchar un leve y contenido sollozo; su verdadero yo estaba derramando algunas lágrimas a solas por la pérdida del doctor. La visión de su propia debilidad física no hizo más que alimentar su morbo.
Con paso rápido y silencioso, entró a la habitación de Fernanda y cerró la puerta con pestillo. El cuarto de su melliza olía a perfume dulce y a crema corporal. Damián tomó el teléfono celular de Fernanda de la mesita de noche; gracias al acceso total de los recuerdos del artefacto, sus dedos deslizaron el patrón de desbloqueo de la pantalla de forma instantánea. Abrió la aplicación de la cámara y se colocó frente al gran espejo que su hermana tenía al lado de la cama.
Viendo el cuerpo juvenil y torneado de la melliza, Damián se acomodó el cabello oscuro hacia un lado, entornó los ojos con una mirada cargada de lascivia y posó de manera sumamente sugerente, arqueando la espalda para que sus glúteos resaltaran bajo el short deportivo y empujando el pecho hacia adelante. Tomó la primera foto, una pose sumamente sexy y provocativa. Entró al chat de su propio número y se la mandó a su verdadero yo sin escribir una sola palabra.
El juego apenas comenzaba. Con los dedos temblorosos por la excitación, Damián se llevó las manos al borde de la playera gris y se la sacó por la cabeza, tirándola al suelo. Después, se desabrochó el short deportivo y lo dejó caer por sus piernas, quedando únicamente en ropa interior: unas bragas de algodón blancas y un sostén sencillo que apenas contenía la firmeza de sus pechos. Se colocó de perfil ante el espejo, pasando una mano por su propia cintura de mujer y humedeciéndose los labios con la lengua. Capturó la segunda imagen, mostrando la espectacular figura de Fernanda en paños menores, y la envió de inmediato al teléfono de su yo original.
El calor en el cuarto era sofocante y el coño de la melliza seguía latiendo con fuerza, segregando más humedad debido al exhibicionismo prohibido. Damián no se detuvo ahí. Llevó sus manos a la espalda, desabrochó el broche del sostén y dejó que los pechos de su hermana quedaran completamente libres, balanceándose ante el espejo con las aureolas rosadas bien marcadas por la excitación. Finalmente, deslizó las bragas blancas hacia abajo, despojándose por completo de la ropa.
Ahí estaba, el cuerpo desnudo, joven y perfecto de su hermana melliza de veintiún años, expuesto ante su propia lente. Damián adoptó una postura totalmente explícita en el espejo, separando ligeramente las piernas torneadas para dejar ver el monte de Venus humedecido y acariciándose un seno con la mano libre, haciendo que el pezón resaltara al máximo. Enfocó la cámara y disparó la tercera fotografía, capturando la desnudez total y ardiente de Fernanda.
Con el corazón latiéndole en la garganta de la mujer, presionó el botón de enviar. Las tres imágenes, que escalaban desde una pose provocativa hasta la desnudez absoluta del deseo prohibido de su hermana, viajaron directamente al teléfono del Damián triste que lloraba al otro lado del pasillo, listos para cambiar por completo el rumbo de su tarde en el mundo real.
El silencio en la habitación de Fernanda se rompió casi de inmediato con el sonido vibratorio que llegó desde el otro lado del pasillo. Damián, de pie y completamente desnudo frente al espejo de su melliza, contuvo la respiración. A través de las paredes delgadas de la casa, pudo escuchar el momento exacto en que los sollozos de su propio cuerpo de veintiún años cesaron abruptamente. Hubo una pausa pesada, el crujido de las sábanas de su propia cama al moverse y luego el silencio total que delataba que su verdadero yo estaba contemplando las tres imágenes en la pantalla de su celular.
El morbo de la situación provocó que una nueva punzada de calor eléctrico recorriera el vientre de Fernanda. Damián se miró en el reflejo, recorriendo con los ojos el pecho firme que subía y bajaba con agitación y las piernas torneadas que todavía temblaban sutilmente por la descarga de fluidos. La pulsera metálica en su muñeca izquierda emitió un pulso templado, confirmando la perfecta sintonía de su conciencia con el cuerpo poseído.
Guiado por la curiosidad absoluta de saber cómo reaccionaría su verdadero yo ante semejante provocación incestuosa, Damián se acercó a la puerta del cuarto. Con total sigilo, giró el pestillo y abrió apenas una rendija para mirar hacia el pasillo. La puerta de su propia habitación seguía cerrada, pero el destello de luz de la pantalla del teléfono se alcanzaba a percibir por debajo del marco de madera.
Pasaron un par de minutos agónicos. El calor parecía condensarse en el pasillo. De pronto, la puerta de su propio cuarto se abrió despacio. Su verdadero yo se asomó al pasillo; la tristeza de su rostro se había transformado por completo en una expresión de incredulidad, asombro y una naciente tensión carnal que encendía su mirada. Tenía el teléfono firmemente apretado en la mano derecha, mostrando la imagen de la desnudez total de Fernanda en la pantalla iluminada. Miró hacia ambos lados del corredor, con la respiración acelerada, tratando de comprender si lo que estaba viendo era una fantasía o una realidad provocada por la melliza que creía conocer.
Al ver la reacción de su cuerpo original desde la rendija, la mente de Damián se deleitó con el control absoluto que estaba ejerciendo sobre sí mismo a través de otra piel. La memoria oculta de Fernanda, integrada en su cerebro por el artefacto, le recordaba que este era el momento con el que el cuerpo de su hermana había fantaseado en secreto durante meses: el instante en que sus deseos prohibidos finalmente se exponían ante el hermano que deseaba.
Damián decidió llevar el juego un paso más allá para consolidar el dominio en la casa. Abrió la puerta de la habitación de la melliza por completo, saliendo al pasillo completamente desnuda, sin una sola prenda que cubriera sus curvas juveniles, las aureolas rosadas de sus senos erectos o la humedad evidente que brillaba entre sus muslos.
Al verlo aparecer de esa manera en el pasillo, el Damián real abrió los ojos de par en par, dejando escapar un jadeo ahogado. La visión de su hermana melliza, idéntica en edad pero dotada de una anatomía femenina espectacular y dispuesta a todo, congeló cualquier pensamiento racional sobre el funeral del doctor Hernández. El deseo crudo, real y sin filtros del mundo exterior se apoderó del ambiente.
—Fernanda… ¿qué estás haciendo? —alcanzó a susurrar el Damián real, con la voz rota por la excitación mientras sus ojos recorrían con lascivia el cuerpo desnudo que tenía a unos pasos.
Damián, sonriendo con los labios de la melliza y disfrutando de la ironía de seducirse a sí mismo, avanzó lentamente por el piso de madera, haciendo que sus pechos se balancearan con un ritmo natural y provocativo. El coño de Fernanda latió con fuerza, completamente empapado y listo para entregarse a la consumación de la fantasía que el artefacto había liberado. El bucle del treinta de marzo continuaba, y las reglas de la casa estaban a punto de reescribirse de forma permanente bajo la influencia del misterioso legado del doctor.
Damián, controlando cada músculo y cada centímetro de la piel de su melliza, acortó la distancia en el pasillo con una lentitud calculada, disfrutando del crujido sutil de la madera bajo sus pies descalzos. La respiración de su yo original era lo único que llenaba el aire caliente del corredor, un jadeo pesado y errático que delataba cómo el torrente de hormonas masculinas de sus veintiún años había borrado cualquier rastro de luto en su cerebro.
Al llegar justo frente a su verdadero cuerpo, Damián levantó los brazos de Fernanda de manera sugerente, dejando que sus senos firmes se alzaran y se expusieran por completo a escasos centímetros del pecho de su versión masculina. Con los dedos suaves de la melliza, acarició lentamente las mejillas de su propio rostro de hombre, bajando por el cuello hasta apoyar las palmas sobre sus hombros tensos.
—Sé perfectamente lo que necesitas para olvidarte de todo lo malo hoy —murmuró Damián con la voz dulce, aterciopelada y cargada de una lascivia inconfundible de Fernanda, clavando la mirada castaña directamente en sus propios ojos masculinos.
El Damián real no pudo contenerse más. El impacto visual de ver a su hermana melliza completamente desnuda en el pasillo, sumado a la confesión explícita y al aroma dulce de su piel, rompió el último dique de su resistencia moral. Con un movimiento brusco y cargado de una fuerza juvenil desbordante, el Damián de carne y hueso rodeó la cintura estrecha de Fernanda con sus brazos, pegando el cuerpo desnudo de la mujer contra su ropa. Damián sintió, a través de la piel ultrasensible del vientre y los pechos de la melliza, la presión directa de la tela áspera de sus propios pantalones vaqueros y el bulto descomunal y rígido que ya empujaba la mezclilla desde el interior.
Sin mediar palabra, su yo original lo empujó hacia el interior de la habitación de Fernanda, cerrando la puerta detrás de ellos de un patada seca y pasándole el pestillo metálico con un chasquido que selló el espacio.
La penumbra del cuarto de la melliza, iluminado apenas por la luz que se filtraba entre las cortinas, se volvió el escenario perfecto. El Damián real tiró de los shorts deportivos y las bragas de algodón de Fernanda que habían quedado en el suelo, apartándolos con el pie, y empujó el cuerpo desnudo de la mujer directamente hacia la cama matrimonial. Al impactar contra el colchón, Damián experimentó una sacudida eléctrica en toda la pelvis de Fernanda; el coño de su hermana estaba tan empapado que el flujo cálido resbalaba por la parte interna de sus muslos, lubricando de manera natural toda la zona antes de que el acto comenzara.
Su yo de veintiún años se despojó de la playera con movimientos desesperados, dejando ver su torso marcado, y se desabrochó el cinturón de los pantalones vaqueros. Damián, tendido sobre las sábanas con las piernas de la melliza entreabiertas por el propio instinto carnal del cuerpo, contempló su propia fisonomía masculina desde una perspectiva completamente erótica y ajena. Ver la firmeza de su propio miembro erecto y venoso aproximarse a la intimidad de Fernanda provocó que su cerebro experimentara un cortocircuito de morbo puro.
El Damián real se colocó entre sus muslos torneados, sujetando las caderas de Fernanda con unas manos firmes que dejaron marcas temporales en la piel clara. Sin preámbulos, se introdujo por completo de una sola embestida profunda.
Un gemido agudísimo y desgarrador se escapó de la garganta de Fernanda, rebotando en las paredes del cuarto. Damián arqueó la espalda de forma violenta, clavando los dedos de la mujer en las sábanas. La sensación de ser penetrado por su propio miembro original fue una experiencia de una crudeza biológica indescriptible. Las paredes vaginales de la melliza, ultrasensibles y estrechas, se estrujaron con una fuerza descomunal alrededor de la carne caliente y rígida del hombre, respondiendo al instante al deseo prohibido que el artefacto había liberado de su memoria.
El ritmo que su yo original impuso fue salvaje, rústico y constante, impulsado por la adrenalina del tabú y la necesidad de descargar la tensión del día. Con cada embestida, Damián sentía el impacto sordo en el fondo de la pelvis de la mujer, una presión que se transformaba en un espiral de placer adictivo que le nublaba los ojos. Los fluidos de ambos comenzaron a generar un eco húmedo en la habitación, mezclándose con los suspiros rotos de Fernanda y los gruñidos masculinos de su yo real.
El artefacto en su muñeca izquierda, transformado en ese brazalete de acero opaco, emitió un pulso constante, absorbiendo y registrando la intensidad de cada terminal nerviosa de la melliza. Damián ya no distinguía dónde terminaba su mente y dónde empezaba la carne de su hermana; sólo sabía que el placer femenino era una fuerza devastadora. Tras varios minutos de un vaivén frenético, el coño de Fernanda sufrió una serie de espasmos mecánicos y violentos. Un orgasmo colosal sacudió el cuerpo de la mujer, haciéndola temblar de pies a cabeza mientras su yo real, arrastrado por la misma marea de lujuria, soltaba un gemido profundo y vaciaba una densa y ardiente descarga de semen en lo más profundo de su intimidad.
Ambos quedaron colapsados en la cama, buscando aire en medio de la atmósfera pesada y sofocante de la tarde, mientras las consecuencias de la fantasía consumada comenzaban a asentarse en el colchón.
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Artefacto
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Obtiene un artefacto, el cual siempre a las 9:30 A.M. siempre lo llevara a esa hora al mismo dia, viviendo en el mismo dia, pero viviendo desde diferentes perspectivas, tendra que buscar como salir del bucle. / He obtains an artifact, which always at 9:30 A.M. will always take him to that time on the same day, living in the same day, but living from different perspectives; he will have to find a way out of the loop.
Updated on Jun 27, 2026
by K45
Created on Jun 27, 2026
by K45
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