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Capítulo 4: La sombra de Yanezbi y el arte de la simulación
El eco apagado de nuestras respiraciones agitadas todavía flotaba en la penumbra de la sala cuando el metal frío de unas llaves raspó la cerradura de la puerta principal. El chasquido seco del cerrojo retumbó por todo el recibidor como una descarga eléctrica, cortando de tajo el éxtasis y la atmósfera sofocante que habíamos construido sobre la alfombra.
—¡Ya llegué! —la voz de Yanezbi, clara, madura y cargada de una jovialidad cotidiana, resonó desde el pasillo de entrada, acompañada por el sonido amortiguado de unas bolsas de compras siendo colocadas sobre la consola de madera.
Lo que sucedió en los siguientes cinco segundos fue una muestra deslumbrante de reflejos, sangre fría y la increíble capacidad de adaptación de dos criminales curtidos. La escena de libertinaje y sometimiento se desarmó con una precisión casi quirúrgica.
Any abrió los ojos de par en par, ahogando una maldición en el fondo de su garganta mientras se incorporaba de un solo salto. Con la agilidad natural de su cuerpo femenino, recogió su blusa de seda verde esmeralda del piso de mármol y se la calzó por la cabeza en un movimiento fluido, ajustándose el sujetador de encaje por debajo del marco del sillón para quedar oculta a la vista del pasillo. Nicol, por su parte, no mostró ni un solo rasgo de pánico. Con la parsimonia de quien ha esquivado redadas policiales y situaciones de vida o muerte en su pasado como Mateo, se puso de pie despacio, pasándose las manos por las caderas para acomodarse la lencería negra antes de deslizar el vestido de tirantes sobre su piel. Se sacudió el cabello negro frente al espejo del aparador, pasándose los dedos entre las ondas para devolverles volumen y disimular cualquier desorden provocado por las caricias.
Yo me mantuve en el suelo un segundo más, saboreando el último residuo de adrenalina que me quemaba las venas, antes de ponerme de pie con una calma calculada. Tomé mi camiseta del respaldo del sofá, me la pasé por los hombros y me abroché los pantalones con un movimiento firme. Cuando Any terminó de acomodarse los botones de la blusa y Nicol ajustó el último pliegue de su vestido, los tres quedamos distribuidos en el espacio de la sala como si simplemente estuviéramos disfrutando de una charla de fin de semana.
La figura de Yanezbi apareció en el umbral de la cocina. Vestía un conjunto formal de saco y pantalón en tono beige que acentuaba su porte elegante y la presencia imponente que siempre la había caracterizado. Cargaba un par de bolsas de tela con compras frescas y una carpeta de cuero bajo el brazo. Al cruzar la mirada con nosotros, se detuvo un instante, entornando levemente sus ojos oscuros mientras paseaba la vista por los tres.
—Vaya... qué silencio tan repentino —comentó Yanezbi, dejando escapar una risita suave mientras caminaba hacia la barra de granito para depositar las bolsas—. Cuando abrí la puerta pensé que no había nadie, pero veo que están todos reunidos en la sala. ¿Interrumpí algo importante?
La temperatura en la estancia parecía haber subido varios grados, no solo por el esfuerzo físico previo, sino por la densa capa de mentiras que comenzaba a flotar sobre nosotros. La presencia de Yanezbi introducía una variable sumamente peligrosa. Para el mundo exterior, ella era la pareja sentimental de Nicol, la mujer que había compartido el lecho con mi "madre" durante los últimos seis años bajo la firme creencia de que ambas vivían un romance lésbico pleno. Yanezbi no tenía la menor idea de que la mujer a la que besaba cada noche era en realidad Mateo, ni de que la deslumbrante Any era Emanuel, ni mucho menos del pacto siniestro y amoral que los tres acabábamos de sellar sobre la alfombra.
Any dio un paso al frente con una desenvoltura asombrosa. Se pasó una mano por el cuello, alisándose la seda del escote, y le dedicó a Yanezbi una sonrisa radiante, impregnada de una calidez que disimulaba por completo la naturaleza salvaje con la que minutos antes se entregaba a mi boca.
—Para nada interrumpes, Yanezbi —respondió Any con esa voz aterciopelada y envolvente que dominaba a la perfección—. Estaba de paso dejando unos documentos que Nicol me pidió para revisar unos movimientos de la cuenta de inversión. Ya sabes cómo se pone con los detalles financieros. Justo nos agaraste terminando de discutir unos números bastante pesados.
—Sí, exacto —añadió Nicol, caminando hacia la barra con un andar pausado y felino, cruzando los brazos sobre el pecho para apoyarse contra el granito, muy cerca de Yanezbi—. Emanuel... quiero decir, Any y yo estábamos viendo cómo reestructurar algunas cosas del patrimonio para este trimestre. Y Bruno nos estaba ayudando a revisar los accesos digitales en la laptop. Ya ves que los jóvenes manejan estas plataformas mucho mejor que nosotras.
El uso del nombre real que Nicol casi deja escapar al inicio de la frase hizo que un escalofrío helado me recorriera la nuca, pero la compostura de Mateo en el recipiente de mi madre fue tan impecable que Yanezbi ni siquiera notó el tropezón.
—Ah, me parece perfecto —dijo Yanezbi, sonriéndome con esa afectuosa amabilidad con la que siempre me había tratado desde que llegó a esta casa—. Me da gusto ver que te involucras en esas cosas, Bruno. Tu madre a veces se complica demasiado con la tecnología. Por cierto, me crucé con tu padre en el centro comercial antes de venir.
El comentario cayó como un yunque en la conversación. Me quedé inmóvil junto al sofá, mirándola fijamente.
—¿Con mi padre? —pregunté, manteniendo el tono neutral.
—Sí —asintió Yanezbi mientras sacaba un par de botellas de agua mineral de la bolsa—. Estaba comiendo cerca de mi oficina. Me preguntó cómo estabas, cómo te iba en la universidad y si necesitabas algo. Sigue sintiéndose un poco culpable por no poder pasar más tiempo contigo debido a sus viajes de trabajo, pero le dije que te estabas convirtiendo en un hombre muy maduro y centrado.
Un contraste casi grotesco se dibujó en mi mente. Mi padre verdadero, un hombre común que había sido apartado de la vida de su esposa cuando ella declaró repentinamente que los hombres le causaban repulsión, seguía caminando por el mundo creyendo que su exesposa simplemente había descubierto una nueva orientación sexual. Jamás se imaginaría que la verdadera Nicol había sido borrada del mapa, que su cuerpo era ocupado por un prófugo que utilizaba su fortuna, y que su propio hijo acababa de poseer ese mismo cuerpo en la alfombra de la sala.
—Mi padre siempre se preocupa de más —contesté, esbozando una sonrisa fría y pausada—. Pero puedes estar tranquila, Yanezbi. Estoy en un momento de mi vida donde tengo absolutamente todo bajo control. Mis prioridades y mis objetivos están más claros que nunca.
Nicol soltó una risita baja, un sonido sutil que llevaba oculta toda la ironía del universo. Se acercó a Yanezbi por la espalda, rodeándole la cintura con sus brazos suaves y apoyando la barbilla sobre su hombro en un gesto de cariñosa devoción.
—Te lo dije, mi amor —murmuró Nicol al oído de Yanezbi, dejando que sus labios rozaran el cuello de la mujer—. Bruno ya no es un niño al que tengamos que cuidar a cada minuto. Sabe perfectamente lo que quiere, cómo moverse y qué cartas jugar en esta casa.
Yanezbi inclinó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos por un segundo mientras disfrutaba del contacto físico de su pareja. El espectáculo de ver a Mateo actuar la sumisión afectuosa hacia una mujer que ignoraba la verdad me producía un morbo indescriptible. Era un teatro de máscaras donde yo sostenía los hilos tras bambalinas.
Any tomó sus lentes oscuros de la mesa de centro y los enganchó con elegancia en el escote de su blusa verde, dirigiéndose hacia la puerta con el contoneo hipnótico de sus caderas.
—Bueno, chicas... y Bruno —dijo Any, girándose en el recibidor para lanzarnos una mirada cargada de intención y complicidad—. Yo me retiro. Tengo una cita en el spa y no quiero llegar tarde. Nicol, nos vemos a mitad de la semana para cerrar lo del traspaso de fondos. Bruno... un placer como siempre trabajar contigo. Sigue así de aplicado.
—Cuenta con ello, Any —respondí, devolviéndole una mirada intensa que le hizo sonreír con malicia antes de cruzar la puerta y perderse en el porche.
El rugido del motor del convertible de Any resonó en la entrada hasta irse apagando en la distancia. En la cocina, Yanezbi se desprendió suavemente del abrazo de Nicol para comenzar a desempaquetar el resto de las compras, comentando cosas triviales sobre el tráfico y el clima de la ciudad. Nicol la ayudaba a guardar las cosas en la despensa con una naturalidad pasmosa, cruzando de vez en cuando la mirada conmigo para reafirmar el pacto silencioso que gobernaba nuestras vidas desde esa mañana.
Me retiré a mi habitación en la planta alta. Al cerrar la puerta y quedar a solas con el silencio de mi cuarto, dejé caer la espalda contra la madera y dejé escapar una exhalación profunda. Mi vida había cambiado de curso de manera irreversible en cuestión de cuarenta y ocho horas. La casa, la fortuna de más de ocho millones de dólares, el acceso desenfrenado a los cuerpos de Nicol y Any, y el control sobre dos criminales sin salida eran ahora mi nueva realidad.
Caminé hacia el escritorio y abrí la laptop. En la pantalla permanecía abierta la pestaña con el perfil universitario de July. Su fotografía mostraba a una chica de tez clara, cabello negro azabache peinado con un estilo gótico impecable, ojos marcados por un delineado oscuro y una figura atlética sculptada por horas de entrenamiento físico. La miré detenidamente durante varios minutos.
July era el objetivo final, el recipiente perfecto para cuando decidiera dar el salto definitivo mediante el conjuro de fusión de almas. Pero no tenía ninguna prisa. El banquete que tenía servido frente a mí en este momento era demasiado exquisito para abandonarlo apresuradamente. Primero exprimiría al máximo el poder, el dinero y el placer que Bruno podía obtener de Mateo y Emanuel. Y cuando la fruta estuviera completamente madura, daría el paso final hacia mi nueva forma.
Apagué la pantalla, me recosté en la cama y cerré los ojos, escuchando los pasos distantes de Nicol y Yanezbi caminando por el pasillo de abajo. El juego acababa de comenzar, y las fichas estaban dispuestas exactamente donde yo quería.
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