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Capítulo 3: El acuerdo de tres y la iniciación
La luz matutina se filtraba a través de las grandes persianas de la sala, proyectando líneas doradas sobre los muebles de cuero y el piso de mármol. La casa estaba sumida en una calma aparente, pero el ambiente dentro de las cuatro paredes vibraba con una tensión latente, densa y cargada de anticipación.
Yanezbi había salido temprano a coordinar unos asuntos personales en el centro, lo que nos dejaba a Nicol y a mí con la casa completamente sola. La luz del sol apenas comenzaba a calentar cuando el rugido del motor de un auto deportivo anunció la llegada de la visitante.
A través del ventanal vi estacionarse el convertible de Any. Segundos después, el sonido de sus tacones altos resonó en el porche principal. Cuando la puerta se abrió, Any cruzó el umbral con la soltura de quien se sabe dueña del lugar. Llevaba unos lentes oscuros apoyados sobre su cabello castaño, una blusa de seda ajustada de color verde esmeralda y un pantalón blanco que remarcaba las siluetas pronunciadas de sus caderas.
Era una mujer deslumbrante, de esas que roban las miradas en cualquier lugar. Pero mirarla ahora, sabiendo que en su interior habitaba Emanuel —un criminal de treinta y ocho años adaptado a la anatomía de una mujer voluptuosa—, hacía que mi pulso se acelerara con una mezcla de morbo y fascinación.
—Hola, Nicol —saludó Any con esa voz suave y aterciopelada que contrastaba tanto con la actitud descarada que le conocía en privado. Se quitó los lentes oscuros y los enganchó en el escote de su blusa—. Dijiste por teléfono que era urgente que viniera, que teníamos un asunto de negocios bastante serio que revisar... ¿Pasó algo con las cuentas?
Nicol, que vestía un vestido casual de tirantes negros que abrazaba sus curvas con elegancia, se encontraba de pie junto a la barra de la cocina. Sirvió dos vasos con agua fría y me miró de reojo. Yo estaba sentado en el sofá principal, observando la escena con los brazos cruzados y una sonrisa tranquila.
—No es un problema de dinero, Emanuel —dijo Nicol con una serenidad pasmosa, usando deliberadamente el nombre verdadero para romper el hielo.
Any se congeló en el acto. La soltura de sus movimientos desapareció en un parpadeo. Sus ojos bien maquillados se abrieron con pánico y su mirada se disparó directamente hacia mi posición en el sofá.
—¿Nicol... qué demonios estás diciendo? —susurró Any, bajando el tono de su voz a un murmullo rasposo y lleno de amenaza—. ¿Te volviste loca? ¿Por qué estás usando ese nombre frente al muchacho?
—Tranquilízate —intervino Nicol, caminando hacia ella y entregándole uno de los vasos—. No hay razón para ponernos dramáticos a estas alturas. Bruno lo sabe todo.
—¿Qué... qué dijiste? —la voz de Any tembló mientras retrocedía un paso, apretando el cristal del vaso con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos—. ¿Que lo sabe todo? Nicol, dime que estás bromeando. Dime que esto es una puta broma.
—Escuchó nuestra llamada del otro día —explicó Nicol sin perder la compostura, cruzándose de brazos—. Sabe lo de los ocho millones, sabe lo de la persecución policial, sabe lo del conjuro de fusión y sabe exactamente quiénes somos tú y yo en realidad. Sabe que somos Mateo y Emanuel.
Any se quedó pálida. El color de sus mejillas pareció esfumarse por completo mientras su mirada iba de Nicol a mí en un bucle desesperado. La respiración se le aceleró de forma visible, haciendo subir y bajar su pecho pronunciado de manera agitada. Por un segundo vi en sus ojos la reacción instintiva de un animal acorralado, el reflejo de un tipo duro acostumbrado a resolver las cosas por las malas.
—Maldita sea... —siseó Any, dando un paso impulsivo hacia mí con los puños apretados—. Si este mocoso abre la boca, estamos muertos. ¡Tenemos que arreglar esto ahora mismo!
—Acomoda tus ideas, Emanuel —dije con voz firme, sin moverme un solo centímetro del sofá y sosteniéndole la mirada con absoluta frialdad—. Si quisiera ir con la policía o arruinarles la fiesta, no estaría aquí esperándote para tomar un café. Si estoy sentado en esta sala es porque la historia de ustedes me parece brillante y porque tengo planes muy claros para los tres.
Any se detuvo en seco. La seguridad en mi tono la tomó completamente por sorpresa. Ladeó la cabeza, observándome con una mezcla de desconcierto y profunda desconfianza.
—¿Planes? —repitió Any, dejando escapar una risa seca y nerviosa—. ¿De qué mierda estás hablando, Bruno?
—Siéntate y escucha —intervino Nicol, tomando a Any por el hombro con firmeza y obligándola a apoyarse en el sillón contiguo al mío—. Bruno no nos va a delatar. Llegamos a un acuerdo anoche. Él mantendrá el secreto guardado bajo siete llaves a cambio de dos cosas muy sencillas: participación en los beneficios y acceso total a nosotras.
Any frunció el ceño, procesando las palabras de Nicol muy despacio.
—¿Acceso... total? ¿En qué sentido?
—En el sentido más evidente, Emanuel —respondí, esbozando una sonrisa lenta mientras la recorría con la mirada desde las zapatillas de tacón hasta el escote—. Llevo seis años viviendo bajo el mismo techo que mi "madre", viendo cómo dos mujeres espectaculares se pasean por la casa. Antes existía la barrera del parentesco y la moral. Pero ahora que sé que ustedes son dos tipos de treinta y ocho años atrapados en los cuerpos de Nicol y Any, esa barrera se cayó por completo. Tienen dinero, tienen belleza y tienen unos recipientes que están biológicamente diseñados para el placer. Yo quiero mi parte de esa ecuación.
El silencio volvió a apoderarse de la estancia. Any permaneció inmóvil durante largos segundos. Podía ver cómo los pensamientos chocaban en su mente: la amenaza de ser descubiertos contra la propuesta descarada que tenía enfrente. Poco a poco, la tensión en su rostro comenzó a aflojarse. La sorpresa inicial le cedió el paso a una expresión completamente diferente: una mueca pícara, cínica y descarada, muy similar a la que Nicol había puesto la noche anterior.
—Vaya, vaya... —murmuró Any, cruzando las piernas despacio y acomodándose contra el respaldo del sofá—. Con que el muchacho tranquilo resultó ser un verdadero chantajista de alto calibre. Mateo, ¿de verdad le creíste todo este cuento?
—Lo dejé bastante claro anoche —dijo Nicol, tomándose un trago de agua—. Y para serte franca, me parece una excelente jugada. Nos ahorramos problemas, aseguramos su silencio y, además... bueno, tú mejor que nadie sabes cómo reacciona la carne de estas mujeres. La memoria celular y las hormonas de Any y Nicol demandan atención todo el tiempo. Tener a alguien joven y con energía en la casa no es precisamente un castigo.
Any soltó una risa sonora, inclinándose hacia adelante para apoyarse en sus rodillas y mirarme a escasos centímetros de distancia. El aroma de su perfume costoso inundó el espacio entre los dos.
—Tienes agallas, Bruno... me gusta eso —dijo Any, pasándose la lengua por el labio inferior mientras me miraba de arriba abajo—. Acepto el trato. Pero déjame decirte algo: si vas a jugar en esta liga, vas a tener que aguantar el ritmo. El cuerpo de esta mujer es insaciable desde que la fusión se completó. A veces el instinto femenino se apodera de mí de una forma que ni yo mismo puedo controlar.
—No te preocupes por mi ritmo —respondí, acortando la distancia entre nuestros rostros hasta que sentí el calor de su respiración—. Puedo con eso y con mucho más.
—Ah, y hay un detalle más que debes saber, Emanuel —añadió Nicol con un todo divertido, apoyándose en la parte trasera del sofá de Any—. Bruno no solo quiere esto. También quiere aprender el conjuro de fusión.
Any abrió los ojos con asombro por segunda vez esa mañana.
—¿El conjuro? ¿Te quieres convertir en uno de nosotros?
—Eventualmente —corregí con calma—. Ya tengo a la chica perfecta elegida en la universidad. Una gótica en forma que encaja exactamente con mi mentalidad. Pero no tengo prisa. Primero voy a disfrutar de mi vida como Bruno, voy a aprovechar este acuerdo con ustedes dos y voy a exprimir esta etapa al máximo. Cuando esté listo, haré la transición.
Any soltó una carcajada limpia, negando con la cabeza en un gesto de absoluta incredulidad.
—Definitivamente eres un demonio, chico —dijo Any, extendiendo su mano suave de uñas manicuradas para tocarme la mejilla—. Planear tu propio cambio de cuerpo mientras disfrutas del de tu "madre" y el mío... Mateo, hay que reconocer que este muchacho tiene una visión de la vida bastante retorcida. Me fascina.
—Te lo dije —sonrió Nicol, rodeando el sofá y colocándose al lado de Any—. Así que, ¿qué opinas? ¿Cerramos el trato oficialmente?
Any se puso de pie despacio, deshaciéndose de los lentes oscuros y dejándolos sobre la mesa de centro. Luego se llevó las manos a la espalda y tiró del cierre de su blusa verde de seda. La prenda se deslizó hacia abajo, cayendo al suelo de mármol y dejando al descubierto sus hombros contorneados y un sostén de encaje negro que penas contenía el volumen de sus pechos.
—Un trato como este no se firma con un apretón de manos —dijo Any con una voz que había perdido cualquier rastro de duda, cargada de una sensualidad abrumadora—. Se firma en la práctica.
Nicol no se quedó atrás. Con un movimiento fluido y natural, se desabrochó el vestido negro de tirantes, dejándolo caer a sus pies para quedar únicamente en una lencería a juego. Dos mujeres espectaculares, de figuras maduras, curvas perfectas y presencia imponente, estaban de pie frente a mí en medio de la sala. La desconexión entre lo que veía y lo que sabía que habitaba en sus mentes era la droga más adictiva que jamás había experimentado.
Me puse de pie lentamente, quitándome la camiseta y arrojándola sobre el sofá.
—Me parece la mejor forma de firmarlo —dije, dando un paso hacia ellas.
Any fue la primera en acortar la distancia. Se precipitó hacia mí con una avidez salvaje, rodeándome el cuello con sus brazos suaves y estrellando sus labios contra los míos en un beso hambriento, profundo y sin ningún tipo de contención. La sensación de su boca, el calor de su piel y la firmeza de sus pechos presionando contra mi torso desnudo hicieron que la adrenalina se me disparara al instante. La memoria del cuerpo de Any reaccionaba con una naturalidad pasmosa, rindiéndose al contacto físico mientras la mente de Emanuel disfrutaba del dominio y la sumisión del juego.
Mientras me enredaba en el beso con Any, sentí los brazos de Nicol rodearme por la espalda. Sus manos bajaron despacio por mi abdomen, recorriendo los músculos de mi cintura con una caricia experta que me hizo soltar un gemido sofocado. Nicol pegó su cuerpo al mío por detrás, inclinando la cabeza para besarme el cuello y la mandíbula con una lentitud calculada que me erizó la piel por completo.
—Mira nada más como reacciona... —murmuró Nicol contra mi oído, con su voz femenina cargada de una burla provocadora—. Mateo y Emanuel en los cuerpos de dos mujeres hermosas, sirviendo al muchacho de la casa. ¿Quién lo hubiera dicho?
—Cállate y besa, Nicol —respóndió Any entre jadeos, rompiendo el contacto de sus labios para bajar sus besos hacia mi pecho, dejando un rastro de humedad sobre mi piel mientras sus manos bajaban con urgencia hacia la hebilla de mi cinturón.
El ambiente en la sala se volvió ardiente y sofocante. El sonido de la respiración agitada de los tres, el roce de la piel contra la piel y el chasquido de los Besos llenaban el espacio. Nos trasladamos lentamente hacia la alfombra central de la sala, donde la luz del sol pegaba con más intensidad.
Any se arrodilló frente a mí, desabrochando mis pantalones con una agilidad impresionante. Sus ojos me miraban desde abajo con una mezcla de lujuria descarada y complicidad absoluta. La experiencia y la memoria del cuerpo que habitaba se combinaban con la actitud atrevida de su mente verdadera, creando una combinación devastadora. Cuando sintió mi firmeza de mi pene entre sus manos, dejó escapar un suspiro hondo de satisfacción.
—El cuerpo de esta mujer sabe perfectamente lo que hace... —susurró Any con una sonrisa maliciosa antes de inclinarse hacia adelante y envolverme por completo con su boca tragando completo mi pene hasta la base de este.
La sensación fue gloriosa. Una ola de calor intenso me recorrió desde la punta de los pies hasta la nuca. Al mismo tiempo, Nicol se colocó a mi lado, recostándose sobre la alfombra y atrayéndome hacia ella. Me incliné sobre el cuerpo de mi "madre", acariciando la curva suave de sus caderas y la firmeza de sus muslos. Nicol abrió las piernas con disposición, dejando ver su vagina, ella estaba mirándome a los ojos con esa chispa verde que combinaba la belleza de la mujer con la astucia del criminal.
—Disfrútalo, Bruno... —jadeó Nicol, rodeándome la cintura con sus piernas mientras yo me acomodaba entre ellas—. Esto es solo el principio de tu nuevo estilo de vida.
Me dejé llevar por el impulso, uniendo mi cuerpo con el de Nicol mientras Any continuaba su labor con una devoción casi obsesiva. El contraste de sensaciones era indescriptible: la suavidad de la piel de Nicol, la presión de sus muslos abrazando mi cintura, el ritmo frenético con el que Any me dominaba y la certeza absoluta de que estaba rompiendo todas las reglas imaginables de la moral convencional.
Los minutos se transformaron en un desdibujado trayecto de piel, jadeos y susurros complicitarios. Nicol gemía con fuerza, clavando sus uñas en mi espalda a medida que el ritmo entre los dos se volvía más intenso y acelerado. La memoria del cuerpo de Nicol respondía a cada embestida con una avidez biológica que parecía superar la propia voluntad de Mateo, entregándose por completo al placer físico. Any, a mi lado, no se quedaba atrás; intercalaba sus caricias entre mi cuerpo y el de Nicol, creando una dinámica de tres donde los límites entre lo masculino y lo femenino, lo verdadero y lo falso, se disolvían en una marea de sensaciones absolutas, penetrando su vagina una y otra vez entre Nicol y Any.
Cuando el clímax finalmente nos alcanzó a los tres en una ola devastadora de placer, me corrie en sus caras, la sala quedó sumida en un silencio profundo, roto únicamente por el sonido de tres respiraciones agitadas que buscaban recuperar el aire.
Nos quedamos tendidos sobre la alfombra, bañados por la luz del sol que cruzaba el ventanal. Any estaba recostada sobre mi pecho, con el cabello castaño desordenado cubriéndole la cara y una sonrisa de satisfacción dibujada en los labios. Nicol descansaba a mi lado, con una pierna aún cruzada sobre la mía y el brazo extendido sobre el suelo de mármol.
—Maldita sea... —exhaló Any, soltando una risita cansada mientras me daba un leve golpe en el abdomen—. Tenías razón, Mateo. El muchacho tiene aguante. Hacía tiempo que no me divertía tanto.
—Te lo dije —respondió Nicol con la voz rasposa, cerrando los ojos para disfrutar del descanso—. Bruno no es ningún novato. Sabe muy bien lo que quiere y cómo conseguirlo.
Me quedé mirando hacia el techo de la sala, sintiendo el peso reconfortante de los dos cuerpos femeninos sobre el mío. La tranquilidad de la casa, la fortuna disponible y el acceso ilimitado a esa fantasía tabú eran ahora mi nueva realidad. Todo estaba bajo control. Había asegurado mi posición en el juego, y lo mejor de todo era que el tiempo jugaba completamente a mi favor.
Primero exprimiría esta vida hasta el último gota de placer. Y cuando el momento fuera el correcto, llegaría el turno de July.
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