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Capítulo 5: Biología, metamorfosis y deseo
Las horas de clase en la universidad transcurrieron como un zumbido distante e irrelevante. Estar sentado en el aula escuchando cátedras sobre materias que ya no me interesaban resultaba casi absurdo cuando la realidad que me esperaba en casa superaba cualquier expectativa. Durante los descansos entre clase y clase, me encontré cruzándome con July en los pasillos de la facultad. La vi a lo lejos: vestida con su característico estilo gótico, una chaqueta de cuero con remaches, pantalones ajustados que remarcaban sus piernas torneadas por el ejercicio diario y esa melena azabache cayendo sobre sus hombros. La observé con una mezcla de paciencia y calculada fascinación. Sabía que en algún punto del futuro esa anatomía y esa vida serían mías, pero no había ninguna prisa. El presente era demasiado tentador como para precipitarme.
Al terminar la última sesión de la tarde, recogí mis cosas, crucé el estacionamiento y tomé el camino de regreso. El trayecto en auto sirvió para acomodar mis pensamientos. La presencia de Yanezbi la tarde anterior había sido un recordatorio de lo frágil que era el equilibrio, pero también de lo emocionante que resultaba sostener los hilos de esa farsa.
Cuando llegué a la casa, el sol comenzaba a teñir el cielo con matices anaranjados y púrpuras. Al abrir la puerta principal, el silencio inicial de la entrada me hizo pensar por un segundo que el lugar estaba vacío. Sin embargo, al dejar las llaves sobre la consola del recibidor, un aroma denso a perfumes costosos y velas aromáticas llegó hasta mi nariz desde la estancia principal.
Avancé en completo silencio sobre la madera del pasillo hasta llegar al arco que conectaba con la sala. La escena que me esperaba superaba cualquier previsión.
Las persianas estaban semiabiertas, dejando pasar hilos de luz dorada que cruzaban el mármol. Sentadas en el gran sofá central se encontraban Nicol y Any. No había rastro de ropa ejecutiva ni de atuendos cotidianos. Ambas vestían batas cortas de seda transparente —Nicol en un tono tinto profundo y Any en negro azabache— que apenas cubrían sus hombros y dejaban adivinar la firmeza de sus senos y la curvatura de sus caderas sin el menor filtro. Ambas sostenían copas de vino tinto en la mano, esperándome con una calma calculada. Yanezbi no estaba por ninguna parte; la casa era completamente nuestra.
—Llegas justo a tiempo, Bruno —dijo Nicol con esa voz agudo-femenina que ahora proyectaba la cadencia descarada de Mateo. Cruzó una pierna sobre la otra, haciendo que la seda se abriera a lo largo de su muslo desnudo.
—Pensamos que te quedarías haciendo tiempo en la facultad —añadió Any, dejando su copa sobre la mesa de centro con un suave chasquido metálico. Se pasó la mano por el cuello, apartando su cabello castaño para dejar al descubierto la línea suave de su garganta—. Pero nos alegra ver que eres puntual cuando se trata de tus compromisos.
Me quedé de pie a unos pasos de ellas, quitándome la mochila del hombro y dejándola caer al piso. Las recorrí con la mirada despacio, apreciando el espectáculo visual de dos mujeres espectaculares dispuestas para mí en medio de la sala. Sin embargo, un detalle cruzó por mi mente, un recuerdo claro de las conversaciones que había escuchado a escondidas y de las razones por las que la verdadera Nicol se había separado de mi padre seis años atrás.
Se me dibujó una sonrisa irónica en el rostro mientras cruzaba los brazos sobre el pecho.
—Vaya bienvenida... —dije, dando un par de pasos hacia la mesa de centro—. Pero hay algo que me causa bastante curiosidad. Hace seis años, la razón oficial para arruinar un matrimonio y cambiar de vida fue que la sola idea de la intimidad heterosexual, de tener un pene dentro de la vagina, les causaba una repulsión absoluta. Dijeron que los hombres no les interesaban en lo más mínimo y que sus preferencias eran estrictamente lesbianas. ¿No se supone que odiaban la anatomía masculina en sus cuerpos?
Nicol y Any se miraron durante un segundo. Lejos de molestarse o ponerse a la defensiva, ambas soltaron una carcajada baja y sensual que resonó por toda la estancia.
—Ah, la ironía de las leyes del alma... —suspiró Nicol, inclinándose hacia adelante para apoyar sus codos sobre las rodillas, dejando que el escote de su bata se abriera aún más—. Tienes que entender cómo funciona esta carne, Bruno. Cuando Mateo y Emanuel tomaron estos recipientes, las memorias y los traumas de las verdaderas Nicol y Any estaban ahí. La repulsión que Nicol sentía por tu padre en sus últimos meses era por mi, pero al fusionarnos, todo ese marco mental se fracturó.
—La mente original quería hombres, pero nosotros mujeres —intervino Any, poniéndose de pie con una lentitud felina y caminando hacia mí con el contoneo hipnótico de sus caderas—. Pero adentro seguimos siendo dos hombres de treinta y ocho años que saben perfectamente lo que se siente desear a una mujer. Al chocar esas dos fuerzas dentro de un mismo cerebro, la biología femenina terminó ganando terreno de una forma salvaje. El estrógeno, las hormonas, la memoria de la piel... todo terminó moldeándose.
Any llegó hasta donde yo estaba, deteniéndose a escasos centímetros. Extendió su mano, de uñas perfectamente arregladas, y rozó con la yema de sus dedos el borde de mi mandíbula, bajando despacio hacia el cuello de mi camisa.
—Ya no nos importa la etiqueta de antes —murmuró Any, mirándome a los ojos con una chispa de lujuria pura—. Nos volvimos bisexualmente voraces. Conservamos la atracción por las mujeres porque Yanezbi y otras chicas nos divierten, pero la memoria biológica de estos cuerpos clama por la firmeza de un hombre. Y saber que eres tú, el chico de la casa, el que nos tiene bajo su control, despierta un morbo al que ni Mateo ni Emanuel pueden ni quieren resistirse.
—En resumen —completó Nicol desde el sofá, poniéndose de pie y desatando el cinturón de su bata tinto, dejándola caer al suelo para quedar completamente desnuda bajo la luz dorada del atardecer—: el cuerpo pide lo que pide, y nosotras no pensamos negarnos al placer.
La seda negra de la bata de Any también se deslizó por sus hombros, revelando sus senos firmes, su cintura estrecha y la piel canela de su abdomen. La visión de ambas, despojadas de cualquier pudor y entregadas por completo a la dinámica del pacto, me provocó un sacudón de adrenalina en la sangre.
—Si esa es la explicación... me parece perfecto —dije con voz firme, quitándome la chaqueta y la camiseta de un solo tirón para arrojarlas sobre el sillón.
Any no esperó un segundo más. Se pegó a mi cuerpo con avidez, rodeando mi cuello con sus brazos suaves y atrapando mis labios en un beso hambriento, cargado de humedad y legados de deseo reprimido. La sensación de su lengua explorando mi boca mientras sus pechos presionaban contra mi torso desnudo hizo que mi pulso se acelerara al instante. Mientras nos besábamos, las manos de Any bajaron con urgencia hacia la hebilla de mi cinturón, desabrochándolo con una destreza admirable y desatando mis pantalones para dejarlos caer a mis tobillos.
Nicol se aproximó por mi costado. Sus manos frías y delgadas recorrieron mi espalda, bajando por mis glúteos y muslos con una caricia pausada y experta. Se arrodilló despacio frente a mí sobre la alfombra, manteniendo la vista fija en mi rostro mientras liberaba mi pene ya erguido.
—Mira nada más... —susurró Nicol con una sonrisa maliciosa dibujada en sus labios rojos—. El 'hijo' demostrando de lo que es capaz.
Nicol envolvió la base de mi miembro con una mano suave mientras inclinaba la cabeza hacia adelante. La calidez de su boca me rodeó en un abrazo húmedo y estrecho, succionando con un ritmo lento y profundo que me sacó un gemido sofocado desde el fondo del pecho. La contradicción mental era aplastante y adictiva: la mujer que me había criado, la madre abnegada y sobreprotectora, me estaba dominando con la boca, mientras en el fondo de sus ojos verdes brillaba la astucia amoral de Mateo disfrutando de cada segundo de la sumisión de su nuevo cuerpo.
Any rompió el beso de nuestras bocas para bajar el rastro de sus besos por mi cuello, mi clavícula y mis abdominales, rindiéndose a la par con Nicol. La combinación de las dos trabajando sobre mi piel creó una tormenta de sensaciones físicas que nubló por completo cualquier resto de pensamiento lógico.
—Súbanse al sofá —ordené con voz grave, tomando a Any por la cintura para marcar el ritmo.
Ambas obedecieron sin dudarlo. Se trasladaron hacia el amplio sofá de cuero oscuro. Nicol se recostó de espaldas sobre los cojines, abriendo las piernas con una disposición absoluta que dejaba ver la humedad brillante de su intimidad. Any se colocó a su lado, arrodillándose sobre el cuero para quedar a la altura de mi rostro mientras yo me acomodaba entre las piernas de mi "madre".
Me Incliné sobre Nicol, sujetando con firmeza sus caderas mientras alineaba mi miembro con su entrada. Al sentir el roce inicial, Nicol echó la cabeza hacia atrás, soltando un suspiro largo y tembloroso que hizo vibrar su garganta.
—Hazlo de una vez, Bruno... —jadeó Nicol, clavando sus uñas en la piel de mis hombros—. Demuéstrale a Mateo lo que se siente habitar este cuerpo.
Empujé hacia adelante con fuerza constante, penetrando la vagina de Nicol por completo de un solo movimiento fluido. La estrechez y el calor de su interior me envolvieron apretadamente. Nicol soltó un gemido agudo y prolongado que resonó por toda la sala, echando la pelvis hacia arriba para recibir el impacto mientras la memoria muscular de su cuerpo reaccionaba con una avidez biológica irrefrenable.
Comencé a marcar un ritmo firme y acelerado, embistiendo contra ella con una cadencia profunda. Cada impacto producía un chasquido húmedo que llenaba el espacio. Nicol gemía sin contención, cerrando los ojos por momentos mientras sus manos recorrían mi espalda y sus piernas se enredaban alrededor de mi cintura para estrechar la unión.
A mi lado, Any no se quedó como una simple espectadora. Se inclinó sobre mi hombro, acariciando mi pecho y mi cuello mientras pegaba su rostro al mío para besarme con frenesí. Al mismo tiempo, extendió su mano hacia abajo, acariciando el punto de unión entre Nicol y yo, dejando que sus dedos se empaparan del placer compartido.
—Maldita sea... —jadeó Any contra mis labios, interrumpiendo el beso para mirar cómo mi cuerpo penetraba al de Nicol—. Se siente increíble solo de verlo... El cuerpo de esta mujer se está contrayendo alrededor de ti como si estuviera loco.
—Tú sigues, Emanuel —respondí entre respiraciones agitadas, sujetando el muslo de Nicol con más fuerza mientras aumentaba la velocidad de las embestidas.
Nicol ahogó un grito de éxtasis en el respaldo del sofá, arqueando la espalda por completo mientras un orgasmo devastador la sacudía de pies a cabeza. Los músculos de su vagina se contrajeron violentamente alrededor de mi miembro, apretándome con una intensidad que casi me hace perder el control. Me mantuve dentro de ella unos segundos más, disfrutando de las réplicas de su clímax, antes de retirarme despacio, dejando a Nicol tendida sobre el cuero, respirando con dificultad y con una sonrisa de absoluta satisfacción en el rostro.
Sin perder un solo segundo, tomé a Any por las caderas y la hice girar sobre el sofá, colocándola de espaldas a mí, apoyada sobre sus manos y rodillas. La vista de su figura desde atrás era imponente: sus caderas anchas, la curva pronunciada de sus glúteos y la piel canela de su espalda baja expuesta por completo.
Me posicioné detrás de ella, sujetándola con firmeza por la cintura, y alineé la punta de mi miembro con su intimidad, que ya se encontraba completamente empapada por la excitación del momento.
—Vamos a ver si Any tiene la misma resistencia —dije con voz áspera.
Empujé con decisión, penetrando la vagina de Any de un solo golpe profundo. Any ahogó un chillido agudo, clavando los dedos en el cuero del sofá mientras echaba la cabeza hacia atrás. Su interior me apretó con una fuerza abrumadora, respondiendo de inmediato al estímulo físico con espasmos automáticos.
—¡Dios...! —gritó Any entre jadeos desordenados—. ¡Se siente tan jodidamente bien...! El cuerpo de esta mujer es una maldita esponja para el placer...
Comencé a embestir contra ella con un ritmo feroz y constante. El sonido de los cuerpos chocando y los jadeos de Any retumbaban en las paredes de la sala. Nicol, recuperando poco a poco el aliento, se incorporó sobre el sofá y se acercó a nosotras. Se posicionó frente a Any, tomando su rostro entre las manos para besarla profundamente en la boca, compartiendo el sabor y el éxtasis del momento mientras yo continuaba dominando a Any desde atrás.
La escena era un caos de sensualidad y perversión: Nicol y Any besándose apasionadamente en el cuero oscuro, entrelazando sus lenguas y sus caricias, mientras mi cuerpo las unía físicamente en una sola dinámica de poder. La mente de Mateo y la de Emanuel estaban completamente sometidas a la experiencia biológica de sus recipientes femeninos, rindiéndose al dominio que Bruno ejercía sobre sus vidas y sus anatomías.
—Aumenta el ritmo, Bruno... —rogó Any entre el beso de Nicol, moviendo sus caderas hacia atrás para buscar más profundidad en cada impacto—. ¡Hazme venir a mí también!
Acepté el desafío, sujetando a Any por la cintura con ambas manos y acelerando las embestidas hasta un punto frenético. La sala parecía haberse vuelto un horno. El calor, el sudor brillando sobre la piel de los tres y el eco descontrolado de las respiraciones marcaban el camino hacia el desenlace inevitable. Any comenzó a temblar violentamente debajo de mí, soltando un gemido agudo y desgarrador mientras su segundo clímax la alcanzaba con la fuerza de una ola marina, apretando mi miembro con espasmos ininterrumpidos.
Sentí que mi propio límite había llegado. Con un último impulso profundo, me mantuve dentro de Any mientras la ola del clímax me recorría desde la base de la espalda hasta la nuca. La sensación de liberación fue pura y devastadora, llenando su interior con fuerza mientras ambas mujeres gemían exhaustas debajo de mi peso.
Nos quedamos en esa posición durante largos segundos, unidos y buscando recuperar el aire mientras el pulso de la excitación comenzaba a bajar gradualmente.
Finalmente me retiré despacio. Any se dejó caer de costado sobre el sofá, con el cabello desordenado cubriéndole parte del rostro y la respiración aún agitada. Nicol se recostó a su lado, abrazándola por los hombros mientras ambas me miraban desde el sillón con una mezcla de agotamiento, respeto y complacencia amoral.
Me vestí despacio, disfrutando de la sensación de triunfo que me llenaba el pecho. El acuerdo no solo estaba firme, sino que se consolidaba con cada día que pasaba. Tenía la riqueza, el control absoluto de la casa y el acceso ilimitado a las dos mujeres más espectaculares que podría haber deseado.
—Tienen razón... —dije con una sonrisa fría mientras me abrochaba los pantalones y me giraba para mirarlas—. La bisexualidad les sienta bastante bien.
Nicol soltó una risita suave y agotada, acomodándose sobre los cojines junto a Any.
—Eres un monstruo, Bruno... —murmuró Nicol, cerrando los ojos para descansar—. Pero un monstruo con el que da gusto convivir.
Dejé a las dos mujeres descansando en la sala y subí las escaleras hacia mi habitación. Al entrar, me acerqué a la ventana y miré hacia el horizonte nocturno de la ciudad. El juego estaba en su punto más alto, las fichas se movían exactamente como yo quería y el futuro con July me esperaba pacientemente al final del camino.
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