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Capítulo 6: Sombras del pasado y el rostro de la cazadora

Chapter 6 by K45

El sol de la tarde proyectaba destellos dorados sobre el asfalto cuando salí de los terrenos de la universidad. El ambiente era fresco, con esa brisa característica que anunciaba el cambio de estación. Metí las manos en los bolsillos de mi chaqueta y comencé a caminar por la ruta habitual hacia casa, dejando que los pensamientos sobre la jornada de clases se desvanecieran lentamente. La rutina académica ya me importaba muy poco; mi mente estaba fija en el engranaje de poder que habíamos montado, en la fortuna y en los cuerpos que me esperaban.

Sin embargo, a mitad del trayecto, en una de las esquinas concurridas cerca de la plaza central, el flujo de transeúntes disminuyó debido a un pequeño tumulto. Un grupo de tres personas estaba apostado junto a la acera, deteniendo a la gente de manera educada pero insistente. A primera vista parecían encuestadores o promotores, pero algo en su postura rígida, en sus movimientos calculados y en la forma en que escrutaban los rostros de cada peatón me puso en alerta.

Eran dos hombres corpulentos y, en el centro de ellos, una hermosa mujer de melena pelirroja impecable, lentes oscuros de diseñador y un traje sastre gris que denotaba autoridad y peligro.

Me detuve un instante, evaluando la situación. Tenía que pasar exactamente por ahí para seguir mi camino a casa, así que decidí avanzar con naturalidad, manteniendo la mirada al frente. A medida que acortaba la distancia, la mujer dio un paso al frente y extendió la mano con elegancia, bloqueando mi camino con suavidad.

—Disculpa, joven. ¿Podrías regalarme un segundo de tu tiempo? —su voz era firme, clara, con un matiz de urgencia contenida.

Me detuve con total parsimonia, girándome hacia ella con una expresión de fingida curiosidad.

—¿Sí? ¿De qué se trata? —pregunté, manteniendo el pulso completamente estable.

La mujer me sostuvo la mirada a través de los cristales oscuros antes de abrir una pequeña carpeta de cuero que sostenía en la mano izquierda. De su interior extrajo dos fotografías impresas a color y las colocó frente a mí, sosteniéndolas con firmeza. En las imágenes aparecían dos rostros masculinos distintos, ambos con facciones de hombres en su tercera década de vida.

—Estamos buscando a estas personas —dijo la pelirroja, observando cada gesto de mi rostro con atención—. El hombre de la izquierda se llama Emanuel; el de la derecha, Mateo. Ambos tendrían actualmente unos treinta y ocho años. ¿Los has visto por aquí? ¿Te suena familiar alguno de estos nombres o rostros?

Miré las fotos fijamente. Eran ellos. Los verdaderos rostros de los criminales que ahora habitaban los cuerpos de Any y de mi "madre". Pero mi rostro no traicionó ni un solo músculo. Adopté una expresión de genuina duda, ladeando ligeramente la cabeza.

—No, la verdad es que no me suenan de nada... Nunca los había visto —respondí con absoluta naturalidad—. ¿Son familiares suyos o algo así? ¿Por qué los busca la policía?

La mujer esbozó una sonrisa sutil y fría.

—Digamos que tenemos cuentas pendientes con ellos desde hace mucho tiempo —respondió, guardando las fotografías en la carpeta—. Pero dime una cosa, jovencito: ¿vives por esta zona? ¿Hay lugares solitarios o fincas grandes por aquí donde alguien pudiera ocultarse sin llamar la atención?

Aproveché el momento para girar la tortilla a mi favor y sembrar una duda que me permitiera medir el nivel de amenaza real al que nos enfrentábamos.

—Mire, yo vivo a unas cuantas calles de aquí, pero en esta zona todos nos conocemos —dije, arqueando una ceja con aparente preocupación—. Oiga... una pregunta, si me permite: ¿esas personas son peligrosas? Lo digo porque si andan sueltos por aquí y representan algún riesgo para la comunidad, la verdad es que me preocupa. No quisiera que pasara algo malo en el vecindario.

La mujer me miró fijamente durante un par de segundos más.

—No te preocupes demasiado por eso, chico —concluyó con seguridad—. Solo estamos haciendo unas indagaciones privadas. Si llegaras a ver a alguien que encaje con estas descripciones, te agradecería que no intentes hacer nada por tu cuenta. Son escurridizos. Gracias por tu tiempo.

—De nada, suerte con su búsqueda —respondí con una sonrisa amable, girándome con parsimonia y retomando mi camino a casa.

Mientras caminaba las últimas calles que me separaban de la residencia, la adrenalina comenzó a asentarse en mi cabeza, transformándose en un cálculo frío. Aquella mujer era en realidad el detective que los perseguía hace seis años, solo que ahora su conciencia y su alma habitaban en el cuerpo de una mujer que antes era una madre con una hija. Y los dos hombres corpulentos que la acompañaban no eran agentes comunes: eran los dos perros rastreadores que los cazaban en aquella época, cuyos cuerpos humanos actuales albergaban las almas de aquellos canes.

Empujé la puerta principal de la casa con la llave, ingresando al recibidor. El ambiente estaba en completo silencio. Dejé la mochila sobre la consola y caminé de prisa hacia la sala. Allí estaban ambas, sentadas en el sofá, compartiendo una copa de vino. Al verme entrar con el rostro tenso, la actitud relajada de ambas se desvaneció al instante.

—Vienes con cara de haber visto un fantasma, Bruno —dijo Nicol, poniéndose de pie con la elegancia fluida de Mateo—. ¿Qué pasa? ¿Sucedió algo en la universidad?

—No es la universidad —repliqué, cerrando la puerta corrediza—. Vengánse para acá. Tenemos un problema muy serio.

Any dejó su copa de cristal sobre la mesa de centro con un golpe seco y se incorporó de inmediato.

—Habla de una vez, chico. ¿Qué tipo de problema?

—Me los topé en el camino de regreso —solté sin rodeos, fijando la vista en ambas—. Había un grupo preguntando por la calle, enseñando fotografías a la gente. Dos hombres de traje y una mujer. Los están buscando.

El efecto de mis palabras fue fulminante. El color pareció evaporarse del rostro de Nicol y los ojos de Any se abrieron de par en par.

—¿Una mujer? —preguntó Any, con un tono de voz lleno de pánico latente—. ¿Cómo era? Descríbela exactamente, Bruno.

—Era una mujer hermosa, de una presencia imponente —describí con precisión—. Peliroja, con una melena impecable, lentes oscuros de diseñador, un traje sastre gris y un cuerpo bastante cuidado. Andaba con dos tipos corpulentos detrás de ella.

El silencio que siguió fue absoluto. Nicol se quedó completamente petrificada, llevando una mano temblorosa hacia sus labios. Any soltó una maldición sorda.

—Mierda... —susurró Any con voz rasposa—. No puede ser ella. ¿Cómo demonios nos encontró?

—¿De quién están hablando? —exigí saber, acortando la distancia—. ¿La conocen?

Nicol exhaló un suspiro largo y tembloroso, dejándose caer de nuevo sobre el sofá.

—Sí, la conocemos perfectamente, Bruno —respondió con un tono sombrío—. Esa mujer de la que hablas... es el detective que casi nos atrapa aquella noche, hace seis años, antes de que tuviéramos que usar el conjuro por primera vez.

—¿Un detective? —pregunté, sintiendo la sorpresa—. ¿Ella los perseguía desde antes?

—Era su caso personal —intervino Any, caminando nerviosa de un lado a otro—. Estaba obsesionada con nosotros. Cuando la policía aún no llegaba y él nos seguía de cerca, nos acorraló. Vimos a una madre con su hija y decidimos usar el conjuro con ella para crear una brecha de tiempo y escapar. ¡Pero no sabíamos que los perros rastreadores de los detectives también nos venían siguiendo los pasos! Así que tuvimos que hacer lo mismo con los dos perros, usándolos con dos hombres para ganar más terreno. Ese tiempo fue crucial para que la policía se acercara más y, en medio del caos, nos topamos con la verdadera Nicol y la verdadera Any, usando el conjuro con ellas para terminar en los cuerpos que tenemos ahora.

—Espera —procesé la información con rapidez—. ¿Me estás diciendo que el detective ahora está atrapado en el cuerpo de esa mujer, que era madre, y los dos hombres que la acompañan son los malditos perros rastreadores convertidos en humanos?

—Exactamente —confirmó Nicol con los ojos abiertos de terror—. Ella era el detective. Y si nos sigue buscando después de todo este tiempo y después de haber ocupado el cuerpo de una mujer con una hija, significa que conoce perfectamente la naturaleza del ritual.

Me crucé de brazos, recordando cada detalle de mi encuentro con ella en la esquina.

—Si esa mujer conoce el conjuro y sabe que al cambiar de recipiente se pueden heredar habilidades, recuerdos, estatus y una apariencia física deslumbrante como en la que ahora habita... entonces nosotros debemos tener mucho más cuidado —dije con voz firme—. Si ella se adaptó tan bien a ese cuerpo de mujer y sigue la pista con sus dos perros convertidos en hombres, no nos va a dar tregua.

Nicol y Any me miraron sorprendidas por la serenidad con la que asumí la noticia. Poco a poco, la desesperación en sus rostros fue cediendo el paso a una resignación calculadora.

—Tienes toda la razón, Bruno —concedió Nicol, poniéndose de pie con decisión—. Si el detective está aquí y sabe de lo que somos capaces, se moverá con inteligencia. Tendremos que estar un paso adelante.

—Pero no nos vamos a esconder —añadió Any con una sonrisa cínica—. Ya no somos los fugitivos de antes. Tenemos recursos, esta casa, la fortuna... y te tenemos a ti.

Las miré a ambas con una seguridad absoluta. El tablero de ajedrez se había vuelto peligroso, pero la emoción de enfrentar a nuestro cazador era el aliciente perfecto para lo que vendría.

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