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Capítulo 2: Esporas en la penumbra y el calor del invernadero

Chapter 2 by K45

La neblina blanca y helada no se disipó hacia la calidez de su propia habitación. En su lugar, se comprimió bruscamente alrededor de los sentidos de Izuku, envolviéndolo en un aire denso, húmedo y con un marcado aroma a tierra mojada, musgo y vegetación silvestre.

5:00 AM.

Izuku abrió los ojos de golpe. No había luz artificial de taller ni reflejos invisibles. La penumbra en la que se encontraba estaba tenuemente iluminada por un pequeño tragaluz que dejaba ver el cielo estrellado de la madrugada.

Al intentar llevarse una mano a la cara, sintió una marcada diferencia de estatura. Su centro de gravedad era bajísimo. Extendió los brazos y vio unas manos pequeñas, con dedos cortos y delicados. Se incorporó en la cama, notando la suavidad de un camisón holgado de algodón que caía sobre un cuerpo menudo, de caderas estrechas pero sorprendentemente curvas, y un pecho firme que se amoldaba al tejido con naturalidad.

Se levantó con pasos cortos y ligeros. Al llegar al espejo del baño de la pequeña habitación de los dormitorios de la Clase B, encendió la luz de tono cálido.

Un mechón espeso y castaño le cubría prácticamente toda la parte superior del rostro. Al apartar el flequillo con los dedos, reveló unos ojos grandes, de tono rojizo y expresivos, enmarcados por una tez pálida y unas mejillas ligeramente sonrosadas.

Frente a él estaba Kinoko Komori. A sus 21 años, la estudiante del curso de héroes de la Clase B conservaba esa apariencia tierna y pequeña, pero su figura adulta había desarrollado curvas sutiles e inquietantes debajo de sus ropas holgadas.

En el instante en que Izuku apoyó ambas manos sobre el borde de la pila de porcelana, la marea de información colisionó contra su conciencia.

Una sobrecarga de recuerdos, conocimientos científicos y memoria biológica inundó su mente a toda velocidad. En cuestión de segundos, Izuku absorbió el catálogo completo de micología avanzada de Kinoko: la taxonomía exacta de miles de especies de hongos, la química orgánica para sintetizar esporas alucinógenas, venenosas, estimulantes o curativas, la capacidad de acelerar la germinación en ambientes húmedos y el control fino de las colonias que brotaban de su propio cuerpo. Además, se sumaron sus vivencias en la Clase B, su manejo táctico del espacio y la intimidad de sus pensamientos más guardados.

Izuku se sujetó la cabeza con ambas manos menudas mientras los recuerdos se asentaban.

—Komori-san... de la Clase B... —murmuró, escuchando su propia voz: un tono agudo, dulce y ligeramente cantarín, casi infantil a simple vista, pero capaz de transmitir una frialdad absoluta si se lo proponía.

Pasó sus dedos por la textura de sus labios pequeños y luego bajó las manos por su torso, acariciando la cintura breve y las piernas suaves de la chica. Sintió un cosquilleo eléctrico recorrer su piel: al activar mentalmente el Quirk de Hongos por primera vez, pequeñas esporas bioluminiscentes de un tono rojizo comenzaron a brotar suavemente de la punta de sus dedos, iluminando la penumbra del baño.

Izuku parpadeó, sintiendo una mezcla de fascinación y turbación.

«¿Por qué no volví a mi cuerpo? Ya pasaron las doce... ¿Acaso el invento de Hatsume no se detuvo?», pensó con un destello de inquietud. Sin embargo, antes de que el pánico pudiera instalarse, el flujo de habilidades recién adquiridas y la química de su nuevo cuerpo llenaron sus sentidos con un impulso diferente. Tenía una nueva vida en sus manos para explorar.

8:30 AM.

Izuku pasó la primera parte de la mañana experimentando en el invernadero privado del edificio de la Clase B, un espacio climatizado, saturado de vapor y humedad ideal para el cultivo.

Combinando la mente estratégica de Izuku con el dominio botánico de Kinoko, descubrió que podía crear colonias microbianas invisibles en el aire capaces de alterar la temperatura corporal de quienes las inhalaran, actuando como un afrodisíaco natural de rápida absorción. Modificó la vestimenta habitual de Komori: en lugar de su vestido rojo holgado, creó usando las esporas de estructura rígida un conjunto ceñido al cuerpo con un escote pronunciado en la espalda y una falda extremadamente corta que apenas cubría el nacimiento de sus muslos, combinándolo con medias altas de color negro que resaltaban la palidez de sus piernas.

Sabía exactamente dónde estaría su cuerpo masculino. A las 11:00 AM, el Izuku en piloto automático acudiría al invernadero central de la universidad para recoger muestras de suelo para un proyecto de ecología del campus.

10:55 AM.

El ambiente dentro del invernadero principal de la UA era sofocado, denso y caluroso, con las gotas de condensación cayendo rítmicamente desde las cúpulas de vidrio.

Izuku (en el cuerpo de Kinoko) esperaba pacientemente al fondo del pabellón de orquídeas, con las manos cruzadas a la espalda y los ojos ocultos tras el espeso flequillo castaño.

El Izuku masculino entró al lugar caminando a paso lento, con la mirada perdida en su cuaderno de notas, actuando en ese estado autómata y dócil. Al sentir la presencia en el pasillo, levantó la cabeza.

—¿Komori-san? Ah... hola. No sabía que la Clase B tenía acceso a este sector hoy... —dijo el peliverde, rascándose la nuca con torpeza.

Izuku no respondió con palabras. Liberó una densidad imperceptible de esporas estimulantes en el aire húmedo del invernadero. En cuestión de segundos, el aire que respiró el Izuku masculino se volvió denso y cálido, acelerando su pulso y enviando una ola de calor directo a su entrepierna.

—Midoriya-kun... —susurró la voz dulce y aguda de Kinoko, dando pasos cortos pero firmes hacia él—. Vine a mostrarte una especie muy especial... una que solo florece bajo mucha presión y calor.

Antes de que el chico en piloto automático pudiera reaccionar al cambio de temperatura de su cuerpo, Izuku usó la agilidad de la chica para tomarlo de la chaqueta deportiva y arrastrarlo hacia el depósito de compostaje y herramientas del invernadero, un espacio cerrado de madera, saturado del aroma de la tierra y aislado del exterior.

11:15 AM - 1:40 PM.

La puerta de madera trancó con un pesado pasador de hierro. El vapor del agua retenida en el ambiente hacía que la piel de ambos brillara con una capa fina de sudor.

Izuku empujó a su versión masculina contra los sacos de sustrato orgánico. La apariencia frágil y pequeña de Kinoko contrastaba de manera brutal con la mirada dominante y el control absoluto que Izuku ejercía sobre ella.

—Komori-san, la temperatura de este lugar... me siento raro... —balbuceó el Izuku masculino, tratando de aflojarse el cuello de la camiseta mientras su erección comenzaba a remarcarse con violencia bajo el pantalón debido al efecto de las esporas.

—Es el ambiente perfecto para que crezca algo salvaje —murmuró ella con una sonrisa traviesa.

Izuku se desabrochó el frente de la vestimenta, dejando al descubierto sus pechos menudos pero firmes, coronados por pezones erectos por la humedad del ambiente. Se subió la falda corta, revelando que no llevaba ropa interior debajo, solo la piel pálida de sus muslos marcados por las medias altas.

Se subió al regazo del Izuku masculino mientras este permanecía sentado sobre los sacos. La diferencia de tamaño era evidente: la pequeña figura de Kinoko encajaba perfectamente entre las piernas del peliverde. Sin perder un segundo, la mano de Kinoko bajó la cremallera del pantalón del chico, liberando su miembro rígido y caliente.

Izuku inclinó la cabeza y atrapó los labios de su yo masculino en un beso profundo y húmedo. La lengua de Kinoko, pequeña y rápida, jugaba con la del chico mientras sus manos pequeñas estimulaban la base del miembro con un apretón firme. Las esporas en la piel de Kinoko producían un leve cosquilleo eléctrico que aumentaba la sensibilidad del peliverde al triple.

Sin más demora, Izuku se posicionó sobre él. Guió la cabeza del miembro masculino hacia su propia entrada húmeda y estrecha. Se dejó caer con lentitud, dejando salir un gemido agudo y ahogado cuando la masculinidad del peliverde abrió paso en su interior.

El ajuste era estrecho, sofocante. Las paredes vaginales de Kinoko, estimuladas por el micro-cultivo de esporas afrodisíacas que ella misma controlaba, se contraían con una fuerza rítmica desmedida alrededor del miembro de Izuku.

—Ah... M-Midoriya... se siente tan lleno... —jadeó Izuku utilizando la voz aguda de Komori, apoyando sus manos pequeñas sobre los hombros anchos del chico para ganar impulso.

Izuku comenzó a cabalgarlo con un ritmo rápido y constante. La combinación de la flexibilidad de la chica con el control muscular de su pelvis hacía que cada movimiento descendente hincara el miembro hasta el fondo de su cérvix. El sonido de los cuerpos impactando resoplaba en la pequeña habitación de madera, mezclado con el goteo constante de las tuberías de vapor.

El Izuku masculino, completamente sobrecargado por el efecto de las sustancias en el aire y la presión apretada del sexo de Komori, sujetó la cintura pequeña de la chica con ambas manos, levantándola ligeramente para clavar sus embestidas desde abajo con fuerza brutal. Las piernas de Kinoko temblaban descontroladas mientras se rodeaba de pequeñas esporas bioluminiscentes que brotaban de su espalda producto del éxtasis.

El clímax las alcanzó tras más de dos horas de ritmo ininterrumpido. Izuku sintió cómo las paredes internas de Kinoko colapsaban en un orgasmo violento y espasmódico, justo cuando su cuerpo masculino se convulsionaba liberando una cantidad masiva de semen espeso que inundó por completo el vientre de la pequeña estudiante de la Clase B.

5:30 PM.

Por la tarde, Izuku utilizó los conocimientos botánicos y la red de contactos de Kinoko con laboratorios agrícolas para registrar a su nombre una patente de fertilización rápida basada en esporas, asegurándose una fuente de ingresos masiva e indetectable. Caminó por el campus con una postura llena de seguridad, dejando a los estudiantes de la Clase B desconcertados por la aura magnética y provocativa que irradiaba la normalmente reservada Komori.

11:58 PM.

Izuku estaba recostado en la cama del dormitorio de la Clase B, vistiendo solo una bata corta. Miraba el techo, sintiendo el cansancio físico en los músculos menudos de Kinoko, pero disfrutando de la inmensa cantidad de conocimientos sobre micología, química y combate que ahora formaban parte de su propia mente.

Pensaba que al dar las doce finalmente regresaría a su vida normal, creyendo que lo de Toru y Kinoko solo habían sido episodios aislados causados por la falla de la máquina.

A las 12:00 AM exactas, el sonido del reloj de la pared se congeló. El ambiente del cuarto se disolvió en una masa de niebla blanca e infinita.

En ese instante, la reescritura de memoria se ejecutó en la mente de Kinoko Komori. Mañana, al despertar, Kinoko no sabría que había sido poseída. En sus recuerdos, ella misma había decidido vestirse de forma provocativa, ella misma había atraído a Midoriya al invernadero para tener ese encuentro salvaje y ella misma había registrado la patente agrícola. Se despertaría convencida de que esos deseos nacieron de su interior, sintiendo una obsesión física e inquebrantable hacia Izuku Midoriya.

En la neblina blanca, la conciencia de Izuku flotó de nuevo, esperando ver su propio cuerpo.

Pero la niebla no cedió. Comenzó a reorganizarse alrededor de una nueva estatura, una nueva fragancia y un nuevo conjunto de recuerdos que empezaron a desplegarse en su cabeza.

El bucle acababa de atrapar a su tercera víctima.

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