Viaje al pasado en nuestras
M.....
Nota de la autora: Hola de nuevo, esta es mi historia con la ayuda de Lyra (una IA). Todos los personajes son mayores de edad y esta historia también contiene errores, así que pido disculpas de antemano. ¡Espero que la disfruten! :D
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Author's Note: Hello again! This is my story, written with the help of Lyra (an AI). All characters are age legals, and this story also contains errors, so I apologize in advance. I hope you enjoy it! :D
Capítulo 1: ¿El cimiento?
La tarde caía sobre la zona residencial con esa luz dorada y lenta propia del final del semestre universitario. Lucas caminaba a paso firme hacia la casa de su familia, ajustando con el hombro la correa de su mochila, atestada de cuadernos con esquemas de circuitos electromagnéticos y manuales de física teórica. A su lado, Dante arrastraba los pies con un ritmo más pausado, girando en su mano una llave inglesa que había sacado del maletero de su automóvil apenas estacionaron.
Ambos tenían veintiún y veintidós años respectivamente, y estaban al borde del colapso académico. Su profesor de física aplicada les había dado un plazo implacable para presentar el prototipo funcional de su proyecto final: un generador de frecuencia limpia basado en principios de resonancia inalámbrica. Si no lograban que la corriente saltara entre dos inductores sin cables de por medio antes del viernes, ambos tendrían que repetir el seminario completo.
—Te lo digo en serio, Lucas —comentó Dante, pasándose una mano por el cabello húmedo por el sudor de la tarde—. Si tu sótano no tiene el espacio suficiente para aislar la interferencia del condensador, el taller de mi casa ni de chiste va a servir. Mi viejo llenó su garaje con cajas de repuestos de motor la semana pasada.
—El sótano de mi casa es gigante, Dante. Lo sabes —respondió Lucas mientras subían los tres escalones del pórtico de entrada—. El único problema es que está lleno de cajas viejas de la universidad de mi mamá. Si logramos despejar la mesa central de trabajo, tenemos espacio de sobra para la estructura de tubos y los bancos de baterías.
Lucas sacó su juego de llaves y abrió la puerta principal. El aroma a café recién pasado y pan horneado inundaba el recibidor. Desde la cocina se escuchaba el murmullo bajo de una conversación relajada, acompañado por el sonido suave de tazas de cerámica chocando contra la mesa.
Al entrar a la sala, la sorpresa de Lucas y Dante fue doble. No solo estaba Elena Vance, la madre de Lucas, sentada junto al ventanal revisando unos planos de arquitectura en su tableta, sino que también estaba Valeria Bruno, la madre de Dante. Ambas mantenían una amistad cercana desde hacía varios años, compartiendo tardes de café cuando sus agendas laborales se lo permitían.
Elena levantó la vista, ajustándose levemente las gafas de lectura sobre el puente de la nariz. A sus cuarenta y cinco años, mantenía una presencia elegante y serena, con esa mirada perspicaz que Lucas siempre asociaba a su profesión como diseñadora industrial.
—Buenas tardes, chicos —saludó Elena con una sonrisa tibia—. Llegan justo a tiempo. Estaba por servir otra taza de café.
—Hola, mamá. Hola, Sra. Valeria —dijo Lucas, dejando la mochila pesada sobre el sillón individual—. De hecho, venimos directamente de la facultad. Necesitamos usar el sótano para montar el prototipo del profesor. Es urgente, tenemos la entrega a la vuelta de la esquina y necesitamos un espacio aislado de estática.
Valeria, que vestía un blazer casual de tono claro y lucía su habitual peinado recogido con pulcritud, dejó su taza sobre el plato con un leve chasquido y miró a los dos jóvenes con una ceja sutilmente arqueada.
—¿El prototipo de inducción electromagnética para el laboratorio de proyectos? —preguntó Valeria, mirando a su hijo Dante con una expresión que rayaba en una extraña certeza—. Me imagino que vinieron aquí porque necesitan la mesa pesada de hierro y la toma de corriente industrial que está en la pared norte.
Lucas y Dante intercambiaron una breve mirada de desconcierto.
—Eh... sí, de hecho sí —contestó Dante, rascándose la nuca—. Necesitamos la toma reforzada para no volar los fusibles de la casa cuando encendamos el transformador.
—No se preocupen, pueden usar el sótano todo el tiempo que necesiten —intervino Elena, doblando la pantalla de su tableta y apoyando los codos sobre la mesa con soltura—. Pero si van a trabajar en ese circuito, no pierdan el tiempo buscando las herramientas en los estantes del frente.
Elena hizo una pausa, señalando hacia el fondo del pasillo que conducía a la puerta del sótano, describiendo el lugar con un nivel de detalle insólitamente preciso.
—En el segundo nivel del estante de madera, justo detrás de las cajas de cartón etiquetadas como "Archivos 1999", están los aislantes de baquelita y el cableado de cobre de calibre diez. Las pinzas de presión pesadas y el multímetro analógico están en el cajón inferior del banco de trabajo metálico, a la izquierda. Y si necesitan la bobina auxiliar con núcleo de ferrita, está guardada en la caja de madera con pestillo de bronce que está bajo la escalera, en el rincón más oscuro. Nadie la ha movido de ahí.
Dante se quedó petrificado a medio paso, mirando a la madre de Lucas con los ojos ligeramente abiertos. Lucas, por su parte, frunció el ceño, completamente confundido por la exactitud de las indicaciones.
—Mamá... —dijo Lucas lentamente—, ¿cómo sabes exactamente qué hay en ese rincón bajo la escalera? Ni siquiera yo me he metido a buscar ahí en años. Y mucho menos sabía que había una bobina de ferrita en una caja de madera.
Valeria soltó una pequeña risita contenida, intercambiando una mirada veloz y cómplice con Elena que duró apenas un fracción de segundo, antes de tomar un sorbo de su café.
—Tu madre y yo tenemos buena memoria para saber dónde se guardan las cosas útiles en esta casa, Lucas —respondió Valeria con un tono extrañamente enigmático pero relajado—. Además, las herramientas de precisión siempre terminan en los mismos lugares cuando se trata de proyectos universitarios. Vayan a trabajar y no hagan un cortocircuito que nos deje a oscuras.
—Sí... claro. Gracias, Sra. Valeria. Gracias, mamá —musitó Lucas, aún sintiendo una ligera punzada de rareza en la boca del estómago.
—Agradezcan menos y apúrense, que el profesor de su facultad no perdona entregas tardías —añadió Elena con una leve sonrisa antes de volver la atención a sus papeles.
Los dos jóvenes caminaron hacia el pasillo lateral. Lucas abrió la pesada puerta de madera que daba acceso a la escalera del sótano. El aire que subió desde el fondo era fresco, con ese olor característico a concreto seco, humedad guardada y metal antiguo.
Encendieron el interruptor de la pared. La luz amarilla de un par de focos desnudos suspendidos del techo iluminó el amplio recinto. El sótano era espacioso, con muros de bloque expuesto y un suelo de cemento pulido. En el centro reinaba una imponente mesa de trabajo con cubierta de hierro fundido, ideal para soportar peso y aislar descargas menores.
Dante bajó los escalones despacio, apoyándose en el pasamanos de madera mientras observaba a su alrededor.
—Oye, Lucas —dijo en voz baja, asegurándose de que la puerta quedara bien cerrada detrás de ellos—. Tu mamá y la mía estuvieron raras recién, ¿no sientes?
—¿Raras en qué sentido? —preguntó Lucas, dejando su mochila sobre la mesa metálica.
—En la forma en que tu mamá describió todo. Parecía que conocía el contenido de ese sótano al milímetro, como si ella misma hubiera armado esa mesa o guardado esa bobina bajo la escalera hace semanas. Mi vieja ni pestañeó cuando dijo lo de la toma de corriente industrial. Ni siquiera yo me acordaba de que esa toma estaba en la pared norte.
—Bueno, mi mamá ha vivido en esta casa por más de veinte años, Dante. Es normal que sepa qué hay guardado abajo. Y tu mamá viene seguido —respondió Lucas, intentando restarle importancia, aunque en el fondo la precisión de las indicaciones de Elena también le había dejado una sensación incómoda.
—Como digas, pero dio escalofríos la soltura con la que lo dijeron —refunfuñó Dante, acercándose al estante de madera que Elena había mencionado.
Dante metió la mano entre las cajas marcadas con la fecha de finales de los noventa. Moviendo apenas un par de contenedores de plástico, sus dedos chocaron contra una superficie rígida. Tiró hacia afuera y sacó un rollo grueso de cable de cobre de gran calibre y un par de gruesas placas de baquelita negra.
—Maldita sea... —murmuró Dante, mirando el material en sus manos—. Estaban exactamente donde dijo. Sin fallar por un centímetro.
—Deja de darle vueltas y ayúdame a despejar la mesa —dijo Lucas, jalando una caja pesada para hacer espacio—. Tenemos mucho que ensamblar antes de que caiga la noche.
Durante las siguientes tres horas, el sótano se convirtió en un taller de alta intensidad. Lucas y Dante desplegaron los planos sobre la superficie de hierro. El objetivo de su proyecto era construir un bucle de inducción electromagnética capaz de transferir energía a alta frecuencia a una receptor separado por una distancia considerable.
Comenzaron a montar el marco de soporte utilizando tubos de PVC reforzado y conexiones de cobre. Lucas se encargó de soldar los terminales del condensador primario utilizando un cautín de alta potencia, mientras Dante conectaba los cables de alimentación a la toma de corriente de alta capacidad de la pared norte.
A medida que avanzaba la noche, el prototipo comenzó a tomar una forma impresionante y algo intimidante. En el centro de la mesa se erigía una estructura circular de casi un metro de diámetro, enrollada con espiras densas de alambre de cobre brillante. En la base, un banco de condensadores recuperados y un transformador de alto voltaje completaban el circuito.
—Muy bien —dijo Lucas, limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo mientras ajustaba el último tornillo con un desarmador de estrella—. Las conexiones principales están listas. La frecuencia de resonancia teórica debería situarse en los sesenta kilohercios si el cálculo del condensador es correcto.
Dante encendió el multímetro y comenzó a medir la continuidad en los extremos del circuito.
—La resistencia interna es bajísima, casi perfecta —comentó Dante, mostrando la pantalla digital—. Pero nos falta el elemento de estabilización para evitar que el arco voltaico salte de forma descontrolada hacia la mesa.
Lucas recordó las palabras de su madre. Caminó hacia el rincón más alejado del sótano, justo debajo del hueco de la escalera de madera. En la penumbra, acumulando una fina capa de polvo, descansaba una caja de madera oscura con un pestillo metálico de bronce, exactamente como Elena lo había descrito.
Lucas se inclinó, desabrochó el pestillo gastado y levantó la tapa. En el interior, envuelta en un paño de fieltro seco, yacía una bobina de inducción cilíndrica de factura artesanal pero extraordinariamente precisa, con un núcleo de ferrita oscura de alta densidad. Junto a ella, un pequeño cuaderno con tapas de cuero gastado por el tiempo.
Lucas tomó la bobina. Su peso era considerable. Al mover el cuaderno, una pequeña nota mecanografiada cayó de sus páginas, pero Lucas, concentrado en la urgencia del montaje, no le prestó atención y volvió a la mesa de trabajo.
—Aquí está la bobina de ferrita —anunció Lucas, colocándola en el centro del ensamblaje del circuito primario—. Con esto deberíamos ser capaces de crear un campo magnético de alta densidad perfectamente enfocado.
—Perfecto —dijo Dante, conectando los bornes de la bobina al sistema central—. Estamos listos para la primera prueba de baja potencia. Vamos a alimentar el sistema con un cincuenta por ciento de voltaje para verificar que no haya sobrecalentamiento en los conductores.
Lucas se posicionó junto al interruptor principal de la toma de corriente industrial. Dante tomó una pequeña lámpara fluorescente sin conectar a nada y se situó a tres metros de distancia de la mesa, sosteniéndola en el aire para comprobar si el campo magnético inalámbrico lograba encender los gases de su interior.
—¿Listo? —preguntó Lucas con el corazón latiéndole un poco más rápido por la expectativa.
—Listo. Dale corriente —respondió Dante, sujetando la lámpara firmemente.
Lucas accionó el interruptor pesado.
Un zumbido grave y profundo comenzó a emanar del transformador central. El sonido no era el típico chirrido eléctrico de un aparato común; era un tono sordo, una vibración baja que parecía resonar directamente en los huesos de ambos jóvenes. La bobina de ferrita colocada en el centro comenzó a emitir un tenue resplandor azulado alrededor de su núcleo.
A tres metros de distancia, el tubo fluorescente en las manos de Dante se encendió de golpe con un brillo blanco impecable y constante.
—¡Funciona! —exclamó Dante con una sonrisa amplia de satisfacción—. ¡Maldita sea, Lucas! ¡Está transfiriendo energía limpia a más de dos metros de distancia sin un solo cable!
—La lectura de frecuencia está estable —dijo Lucas, monitoreando el osciloscopio portátil—. Pero la temperatura del transformador está subiendo un poco rápido. Voy a cortar la corriente para revisar los niveles.
Sin embargo, antes de que Lucas pudiera devolver el interruptor a la posición de apagado, un chasquido seco retumbó en todo el sótano.
Un arco eléctrico de color violeta intenso saltó desde el banco de condensadores directo hacia la bobina de ferrita que Lucas había sacado de la caja bajo la escalera. La estructura de tubos y cobre comenzó a vibrar con un ritmo frenético. El zumbido grave se transformó rápidamente en un silbido agudo, similar al de una turbina ganando revoluciones a una velocidad aterradora.
—¡Lucas, apágalo! —gritó Dante, dejando caer el tubo fluorescente, que se hizo añicos contra el suelo de cemento.
—¡El interruptor no responde! ¡El circuito se retroalimentó solo! —vociferó Lucas, tratando de jalar la palanca del interruptor de la pared, pero una corriente estática repelía su mano con una fuerza invisible.
Las luces del techo del sótano parpadearon violentamente antes de fundirse por completo. La única fuente de iluminación en la estancia era ahora la propia máquina, que despedía chispas purpúreas y una esfera de luz blanca concentrada justo en el centro de la bobina de ferrita. El aire del sótano se volvió denso, helado y cargado de un intenso olor a ozono quemado.
Dante corrió hacia la mesa para intentar desconectar los cables de alimentación principal a la fuerza, pero al poner un pie cerca del perímetro de la mesa de hierro, la esfera de luz central se expandió bruscamente.
Un tirón gravitacional feroz aplastó a ambos contra el suelo. El espacio alrededor de la mesa pareció distorsionarse, dobladillándose sobre sí mismo como si el aire circundante fuera de cristal roto. Lucas intentó gritar el nombre de su amigo, pero el sonido quedó atrapado en su garganta mientras la luz violeta y blanca envolvía el sótano entero por completo, disolviendo los muros, la mesa y las herramientas en un destello cegador que borró todo vestigio de la realidad presente.
El silencio que siguió fue absoluto, pesado y sofocante.
Lucas sintió una sacudida brutal en todo el cuerpo, como si hubiera caído desde un segundo piso directamente sobre un montón de colchones viejos. Una punzada de dolor punzante le atravesó las sienes, acompañada de un mareo severo que le hizo perder la noción de dónde estaba el suelo y dónde el techo.
Parpadeó varias veces tratando de enfocar la vista. El olor a ozono quemado había desaparecido por completo. En su lugar, el aire olía a una mezcla diferente: humedad de lluvia reciente, detergente de lavandería barato, humo de cigarrillo lejano y el aroma sutil de un perfume floral que le resultaba vagamente familiar.
—Uhg... mi cabeza... —intentó decir Lucas.
Pero la voz que salió de su garganta no fue la suya.
No era el tono grave y firme de un joven de veintiún años. La voz que acababa de resonar en la penumbra era suave, con un timbre ligeramente más agudo, melódico y claramente femenino.
Lucas se congeló por completo. El pánico frío le corrió por la espalda a la velocidad de la luz. Intentó ponerse de pie de golpe, pero tropezó torpemente con sus propias piernas. El centro de gravedad de su cuerpo se sentía completamente desplazado, distinto, mucho más ligero en la cadera y con una presión extraña y desconocida sobre el pecho.
Miró a su alrededor. Ya no estaba en el sótano de su casa.
Se encontraba en una habitación pequeña pero ordenada, iluminada únicamente por la luz anaranjada de una lámpara de calle que entraba a través de una ventana con cortinas sencillas. Había una cama individual con un edredón de flores, un escritorio repleto de libros impresos en papel antiguo, carpetas físicas y un reproductor de casetes estéreo. En la pared había un póster de una banda de rock alternativo con fechas de giras correspondientes al año 1998.
A un par de metros de distancia, sobre una alfombra circular en el centro del cuarto, otra figura se movía desorientada, emitiendo un gemido bajo de dolor.
—Lucas... —dijo la otra figura, intentando incorporarse mientras se sujetaba la cabeza con ambas manos—. ¿Qué demonios pasó?... Me siento pésimo...
Al escuchar esa voz, Lucas se le quedó mirando con los ojos abiertos de par en par. La persona que estaba frente a él sobre la alfombra era una joven de unos veintitrés años, de complexión esbelta, cabello castaño claro recogido de forma improvisada y vestida con un pantalón de mezclilla de tiro alto y una blusa holgada.
Era una cara que Lucas conocía perfectamente por las fotos antiguas de los álbumes familiares de su amigo.
—¿Dante?... —preguntó Lucas, con la voz femenina temblando visiblemente.
La chica en el suelo frunció el ceño, mirando a Lucas con una mezcla de enojo y confusión absoluta.
—¿Por qué me hablas así? ¿Y por qué tu voz suena como... como la de tu mamá cuando era joven? —Dante bajó la vista hacia sus propias manos. Las manos eran delgadas, de dedos finos y uñas arregladas con sencillez—. Espera... ¿qué es esto? ¿Qué le pasó a mis manos?
Dante se llevó las manos a la cara, tocando sus mejillas suaves, la línea de su mandíbula y luego bajó la mirada horrorizado hacia su propio torso.
—¡¿Qué carajos?! —gritó Dante, cayendo hacia atrás sobre la alfombra mientras tocaba su pecho desbordado por el pánico—. ¡Lucas! ¡¿Qué me pasó?! ¡Esta no es mi ropa! ¡Este no es mi cuerpo!
Lucas, temblando de pies a cabeza, se arrastró torpemente hacia el pequeño tocador de madera que estaba al lado de la cama. Sus piernas se sentían extrañas, la cadera se movía con un balanceo distinto y la sensación del sujetador ciñéndose a su torso le resultaba abrumadora. Se apoyó con ambas manos sobre la mesa del tocador y levantó lentamente la mirada hacia el espejo ovalado.
El reflejo que lo miró desde el cristal no era el de Lucas Vance.
Frente a él estaba el rostro de Elena Vance a los veintidós años de edad. Una piel tersa, sin una sola arruga, ojos avellana brillantes y el cabello oscuro cayendo sobre los hombros en ondas suaves.
—No puede ser... —susurró Lucas, tocándose las mejillas heladas en el espejo.
De repente, una marea abrumadora de información se desencadenó dentro de la mente de Lucas. No fue un dolor físico, sino una superposición instantánea de recuerdos que no le pertenecían pero que ahora formaban parte de su propia memoria de forma impecable.
Imágenes de años de infancia que jamás vivió, recuerdos de clases de diseño industrial en aulas antiguas, el sabor del café barato de la cafetería del campus en 1999, la fluidez perfecta para pensar y traducir frases completas en francés, la memoria muscular exacta para trazar planos a mano alzada con estilógrafos de precisión y una lista completa de nombres de personas que jamás había conocido.
Lucas cerró los ojos con fuerza, ahogando un gemido mientras asimilaba la marea de datos.
Al mismo tiempo, Dante dejó escapar un ahogo en el suelo. Él también estaba sufriendo el mismo proceso. En la mente de Dante irrumpieron de golpe las memorias completas de Valeria Bruno a los veintitrés años: lecciones complejas de bioquímica y microbiología, el recuerdo exacto de la técnica para tocar el piano con oído absoluto, la distribución de los reactivos en los laboratorios de la universidad y la sensación de haber vivido toda una juventud en la década de los noventa.
—Lucas... —dijo Dante, mirándolo con el rostro pálido mientras permanecía sentado en el suelo—. Conozco este departamento. Sé de quién es este cuarto... Es el departamento que mi mamá rentaba cerca del campus cuando estaba en la universidad.
Lucas se giró despacio, mirando a su amigo en el cuerpo de Valeria.
—Nos fusionamos con ellas... —dijo Lucas en un susurro, sintiendo cómo la mente de Elena y la suya coexistían en una perfecta unidad funcional—. No viajamos solo en el tiempo, Dante. Ocupamos los cuerpos de nuestras madres cuando tenían nuestra edad.
Dante se puso de pie torpemente, tambaleándose ligeramente debido a la nueva altura y al cambio en su centro de gravedad. Se acercó a la mesa del escritorio y tomó una identificación de plástico que yacía junto a un cuaderno de apuntes.
—"Valeria Mendoza, 23 años. Credencial de Estudiante Universitario. Año lectivo: 1999" —leyó Dante en voz alta, con la voz temblándole por completo—. Estamos en 1999. Cuarenta y cinco años antes de nuestro tiempo original. Faltan años para que nazcamos...
—Faltan veintitrés años para que nazcamos, Dante —corrigió Lucas, llevando una mano a su frente mientras sentía los recuerdos de Elena fluir con naturalidad—. Mi mamá tenía veintidós años en 1999. Yo nací en el 2005.
Dante miró a Lucas a los ojos, y por un segundo, las memorias compartidas de sus madres crearon una tensión extraña e inmediata entre ellos.
En los recuerdos que ambos acababan de heredar, Elena y Valeria no eran las grandes amigas relajadas que tomaban café juntas en el futuro. En este año, en 1999, eran dos compañeras de departamento que apenas se toleraban. Tenían constantes discusiones por la limpieza de la cocina, por el ruido a deshoras y por diferencias marcadas de personalidad. Elena consideraba a Valeria demasiado rígida y metódica, mientras que Valeria consideraba a Elena excesivamente orgullosa y distante.
—Maldita sea... —murmuró Dante, cruzándose de brazos, una postura que la memoria corporal de Valeria adoptó de manera instintiva—. Ni siquiera se llevaban bien. Puedo sentir lo mucho que me molesta que dejes tus libros desordenados sobre el escritorio, Lucas. Es un impulso automático que viene con los recuerdos de mi mamá.
—Y yo siento la urgencia de decirte que no te metas en mis asuntos —respondió Lucas, parpadeando sorprendido por la fuerza de la reacción de su nuevo cuerpo—. Esto es absurdo. Seguimos siendo nosotros, Dante. Nuestras identidades de Lucas y Dante están intactas, pero las experiencias de ellas están grabadas en nuestro cerebro como si las hubiéramos vivido nosotros mismos.
Dante caminó hacia la ventana y movió ligeramente la cortina. En la calle inferior, los automóviles eran modelos antiguos de finales de los noventa, las farolas tenían un resplandor amarillento y no había un solo teléfono inteligente ni antena moderna a la vista.
—El aparato se destruyó al mandarnos aquí, ¿verdad? —preguntó Dante, volviéndose hacia Lucas—. No tenemos forma de construir otro. No con la tecnología de esta época y sin los componentes que sacamos del sótano... del sótano de tu casa que todavía ni siquiera existe como lo conocemos.
—Estamos atrapados —admitió Lucas, sentándose en el borde de la cama y sintiendo la suavidad de las sábanas—. Y hay algo peor.
—¿Qué cosa? —preguntó Dante.
—La paradoja —dijo Lucas mirando sus propias manos femeninas—. Si estamos ocupando los cuerpos de nuestras madres en 1999, significa que para que nosotros lleguemos a existir en el futuro... tenemos que vivir las vidas de ellas. Tenemos que terminar la universidad, conocer a los hombres que se convertirán en nuestros padres, casarnos con ellos y... tenernos a nosotros mismos.
Dante se quedó petrificado en medio de la habitación, mirando a Lucas con una expresión de horror absoluto.
—¡¿Estás demente?! —exclamó Dante con el tono agudo de Valeria—. ¡Yo no voy a buscar a mi papá para enamorarlo y casarme con él! ¡Eso es una locura fermosa!
—¿Y cuál es la otra opción, Dante? —preguntó Lucas con firmeza analítica, poniéndose de pie—. ¿Cambiar la historia? Si decidimos no seguir la línea de tiempo que ellas vivieron, si cambiamos sus decisiones, sus carreras o sus parejas... Lucas Vance y Dante Bruno jamás van a nacer en el futuro. El experimento que nos trajo aquí nunca ocurriría, y la realidad se rompería en una paradoja sin retorno.
El silencio volvió a instalarse en la pequeña habitación del departamento. Fuera, el sonido lejano del tráfico de 1999 marcaba el avance de una noche que acababa de cambiar sus destinos para siempre.
Dante se dejó caer en la silla del escritorio, contemplando sus manos de mujer con una mezcla de resignación y desconcierto. Lucas se acercó al espejo una vez más, mirando fijamente la mirada decidida de Elena Vance.
Eran dos jóvenes atrapados en los cuerpos de sus propias madres, con dos identidades coexistiendo en cada mente, y con la abrumadora responsabilidad de decidir si vivirían una vida prestada para asegurar su propio nacimiento o si escribirían un destino completamente nuevo en la corriente del tiempo.
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