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Capítulo 2: La penumbra

Chapter 2 by K45

La luz anaranjada del farol exterior cruzaba las persianas, proyectando sombras alargadas sobre la pequeña sala del departamento. El ambiente entre ellos seguía denso, saturado no solo por la increíble revelación del viaje en el tiempo, sino por la sobrecarga sensorial que implicaba habitar anatomías que no les pertenecían. El peso en el pecho, la textura de la ropa de fibra sintética de finales de los noventa y la agudeza con la que sus nuevos sentidos percibían cada corriente de aire hacían que la realidad fuera imposible de ignorar.

Lucas permanecía apoyado contra el borde del marco de la puerta de la habitación, cruzado de brazos en una postura defensiva que contrastaba de manera extraña con la silueta esbelta y delicada de Elena Vance. En su cabeza, las dos corrientes de pensamiento continuaban acomodándose: su mente de estudiante de ingeniería, fría y estructurada, intentaba calcular las probabilidades de estabilizar una paradoja temporal, mientras que la memoria biológica de su madre aportaba una calma instintiva que pugnaba por tomar el control.

Dante, en cambio, no lograba mantenerse quieto. Caminaba en círculos alrededor de la pequeña mesa de centro del salón, dando zancadas torpes con las piernas largas y estilizadas de Valeria. Las sandalias de tacón bajo que llevaba puestas resonaban contra el suelo de madera con un chasquido rítmico que denotaba su nerviosismo.

—No podemos simplemente aceptar esto, Lucas —dijo Dante, pasándose una mano por el cabello castaño que ahora le caía en ondas sobre los hombros—. Es matemáticamente descabellado. Estamos hablando de convertirnos en nuestras propias madres durante décadas. Vivir sus carreras, sus relaciones... ¿Tienes idea de lo que significa interactuar con la gente de esta época sin meter la pata?

—Significa sobrevivir, Dante —respondió Lucas con la voz suave de Elena, aunque manteniendo un tono firme y severo—. Las memorias están ahí. No tenemos que adivinar nada. Tu cerebro y el mío tienen ahora mismo registrada toda la información académica y personal que ellas poseían hasta este día exacto de 1999. Si mañana tenemos que ir a la facultad, sabremos exactamente a qué aula entrar y qué profesores nos van a dar clase. La cuestión no es si podemos interpretar el papel, sino si debemos hacerlo hasta el final.

—¿Hasta el final? —Dante se detuvo de golpe y lo miró con los ojos muy abiertos, llenos de una mezcla de incredulidad y reproche—. ¡"Hasta el final" implica concebirnos a nosotros mismos! ¿Te estás escuchando? Es una locura conceptual. Ni siquiera la teoría de bucles cerrados de física cuántica contempla algo tan... visceral.

Lucas suspiró, inclinando la cabeza hacia atrás contra el marco de madera. La fricción entre ambos no era solo el desacuerdo lógico entre dos amigos de la universidad; la propia memoria emocional de los cuerpos que ocupaban alimentaba la discusión. Elena siempre había visto a Valeria como una persona propensa a la histeria cuando las cosas salían de su esquema metódico, mientras que Valeria consideraba a Elena una fría calculadora que minimizaba los riesgos emocionales.

Dante se llevó una mano al cuello, desabrochando el primer botón de su blusa de lino. El aire de la noche se sentía sofocante dentro del pequeño departamento.

—Es que no lo entiendes... me siento sofocado —murmuró Dante.

Apretando los dientes con frustración, Dante llevó ambas manos hacia su propio torso. En un gesto instintivo por aliviar la opresión de la prenda interior a la que no estaba acostumbrado, ahuecó sus manos directamente sobre sus pechos, presionándolos con cierta fuerza hacia arriba para ajustar la tela.

Sin embargo, la sensibilidad nerviosa del cuerpo de Valeria a los veintitrés años era algo para lo que la mente masculina de Dante no estaba preparada en absoluto. Al aplicar esa presión repentina sobre la firmeza de su nuevo busto, una descarga de calor eléctrico recorrió directamente su espina dorsal, cortándole la respiración de golpe.

—¡Aah-h! —un gime agudo y ronco se le escapó a Dante desde el fondo de la garganta, resonando con una fuerza insospechada en la quietud del departamento.

El sonido fue tan claro y cargado de una estimulación involuntaria que la sala pareció quedarse en absoluto vacío por un segundo.

Lucas dio un respingo visible contra el marco de la puerta. Al levantar la vista y ver a Dante inclinado ligeramente hacia adelante, con las manos aún sobre su propio pecho y la boca entreabierta respirando agitadamente, un rubor intenso y traicionero escaló de inmediato por el cuello y las mejillas de Lucas, tiñendo la piel clara de Elena de un rojo carmesí encendido.

—¡Dante! ¡¿Qué demonios te pasa?! —exclamó Lucas, desviando la mirada a toda prisa hacia la pared lateral, sintiendo cómo el corazón dentro de su propio pecho femenino comenzaba a latir con una aceleración bochornosa—. ¡Controla tus impulsos, por el amor de Dios!

Dante se quedó petrificado, soltando su torso de inmediato como si hubiera tocado metal al rojo vivo. Sus propias mejillas ardían en un tono idéntico al de Lucas. Se miró las manos temblorosas, absolutamente impactado por la velocidad y la intensidad con la que el sistema nervioso de Valeria había reaccionado a un simple toque.

—Yo... ¡yo no quería hacer eso! —balbuceó Dante, con la voz de Valeria quebrándose ligeramente mientras intentaba recuperar la compostura—. Solo quería acomodarme esta porquería de sujetador. ¡No sabía que la piel de esta zona estuviera tan absurdamente sensible!

—Pues ten más cuidado —musitó Lucas, aún sin mirarlo directamente, abanicándose el rostro con una mano para tratar de aplacar el bochorno que le recorría todo el cuerpo—. Estamos en cuerpos hiperbiológicos de mujeres jóvenes. Cualquier estímulo va a disparar respuestas que ni tú ni yo podemos controlar si no nos conducimos con disciplina.

Dante dejó escapar un largo suspiro, dejándose caer pesadamente sobre el sofá de tapicería verde que ocupaba el centro de la estancia. Cruzó los brazos apretadamente sobre el regazo, tratando de mantener las manos alejadas de su propio cuerpo para evitar otra sorpresa similar. Sin embargo, al mirar fijamente el suelo de madera y contemplar la figura de Lucas —que lucía impecable y madura en la piel joven de Elena—, una mueca de extraña comprensión empezó a dibujarse en el rostro de Dante.

—Oye, Lucas... —dijo Dante en voz baja, con un tono mucho más serio y reflexivo que disipó de golpe la tensión vergonzosa de hace un instante.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó Lucas, volviendo la vista hacia él con cautela, aunque todavía con los pómulos levemente rosados.

Dante apoyó los codos sobre las rodillas, inclinándose hacia adelante. Miró a su amigo a los ojos con una mezcla de melancolía y revelación.

—Estaba pensando en lo que dijiste sobre si debemos o no seguir la línea del tiempo... sobre si ellas estaban predestinadas a ser esto —empezó Dante, pasando la punta de la lengua por sus labios secos—. Y me acabo de acordar de algo. Algo que pasó hace dos años, cuando todavía estábamos en el presente.

Lucas frunció el ceño, intrigado a su pesar.

—¿A qué te refieres?

—Era un fin de semana —continuó Dante, hablando despacio, como si estuviera desenterrando un archivo traspapelado en su memoria—. Tu madre había ido a mi casa por la tarde. Se supone que iban a revisar unos documentos sobre la remodelación del centro comunitario. Tú no estabas, habías salido con unos compañeros del taller a comprar componentes. Mi papá tampoco estaba en la ciudad.

Lucas escuchaba en silencio, sintiendo cómo la memoria de Elena reaccionaba con una leve punzada de anticipación en el pecho, aunque la mente de Lucas como hijo no registraba ningún evento fuera de lo común en esa fecha.

—Yo había bajado a la cocina a buscar algo de tomar —prosiguió Dante, mirando sus propias manos en el cuerpo de Valeria—. La puerta de la biblioteca de la casa estaba entreabierta. No había luces encendidas, solo la luz que entraba por el tragaluz del pasillo. Iba a pasar de largo, pero escuché un susurro... un murmullo muy bajito, como de alguien que estaba conteniendo el aliento.

—Me asomé por la rendija —dijo Dante, mirando fijamente a Lucas—. Y las vi. Tu madre y la mía estaban de pie junto al estante de libros antiguos. No estaban hablando de trabajo, Lucas. Estaban completamente pegadas la una a la otra.

Lucas abrió la boca para interrumpir, pero la voz se le congeló en la garganta.

—Vi cómo tu madre tenía a la mía acorralada contra la madera —dijo Dante con una precisión fría y descriptiva—. La estaba besando en la boca. No era un beso de despedida ni un afecto amigable; era un beso profundo, lento, desesperado. Y no solo eso... la mano de tu madre estaba metida por debajo de la blusa de la mía, agarrándole el pecho con una fuerza que le hacía arquear la espalda. Y la mano de mi madre... mi madre tenía la mano metida por dentro del pantalón de la tuya, sujetándola directamente de la vagina.

El silencio que cayó sobre la sala tras las palabras de Dante fue aplastante, casi físico.

A Lucas le dio un vuelco el corazón. Las mejillas, que apenas se estaban enfriando, volvieron a arder con una intensidad abrasadora, pero esta vez acompañada por una sobrecarga de información que estalló dentro de su cerebro. Al escuchar la descripción explícita de Dante, las memorias bloqueadas de Elena Vance se desbloquearon como una compuerta rota.

De pronto, Lucas no solo escuchó el relato; recordó la sensación. Recordó la textura de la piel de Valeria bajo sus dedos, el aroma a perfume de jazmín que emanaba de su cuello, el calor húmedo entre sus muslos y la presión sofocante de un deseo reprimido durante más de dos décadas que finalmente había estallado en esa biblioteca a oscuras.

Lucas se llevó ambas manos a la cabeza, ahogando un gemido de pura confusión mental. La superposición de identidades amenazaba con volverlo loco: por un lado, era el hijo respetuoso que veía a la amiga de su madre con la distancia propia de un conocido; por el otro, era Elena Vance, sintiendo la memoria física de la pasión, el tacto y la intimidad compartida con la mujer que ahora estaba sentada frente a él en el cuerpo de Dante.

—Dios mío... —susurró Lucas, apoyándose contra la pared porque las piernas de Elena amenazaban con doblarse bajo su peso—. Dios mío, Dante...

Dante lo miraba con una mezcla de comprensión trágica y fascinación morbosa.

—En ese momento, cuando las vi hace dos años, no lo entendí —dijo Dante—. Pensé que era un desliz, que quizás el estrés o los años de conocerse las habían llevado a algo raro. Me dio tanta vergüenza que me fui en silencio a mi cuarto y nunca se lo dije a nadie. Ni siquiera a ti. Pero ahora... ahora que estamos aquí, en sus cuerpos, sintiendo cómo funciona su cabeza y su memoria...

Lucas levantó la vista lentamente. Sus ojos avellana, los ojos de Elena, estaban dilatados por el impacto de la deducción que acababa de formularse en su mente de ingeniero.

—Si ellas ya lo habían hecho en el futuro... —empezó Lucas, hablando con una lentitud casi mística—, si ellas guardaban ese secreto tan profundo cuando nosotros éramos niños...

Las piezas del rompecabezas del bucle temporal encajaron con un chasquido aterrador dentro de su cabeza. La precisión con la que supieron dónde estaban las herramientas en el sótano, la mirada cómplice que se intercambiaron antes de que ellos bajaran, la frialdad con la que aceptaron que trabajaran en la máquina...

—Entonces... —dijo Lucas, tragando saliva con la garganta seca—... en el futuro, cuando nosotros eramos nosotros... ¿nuestras madres ya eran nosotros?

Dante se quedó petrificado en el sofá, procesando la frase.

—¿Qué estás diciendo? —musitó Dante en un hilo de voz.

—Que el bucle nunca se rompió, Dante —explicó Lucas, dando dos pasos hacia adelante, impulsado por una lucidez amarga—. Cuando nosotros estábamos creciendo en las décadas del 2000 y 2010, las mujeres que nos criaron, las que nos daban el desayuno, las que nos mandaban a la escuela... ya habían pasado por esto. Ellas eran nosotros habiendo completado el viaje. Vivieron toda su juventud como Elena y Valeria, se casaron con nuestros padres para darnos a luz, nos criaron para que nos convirtiéramos en los estudiantes de física que construirían la máquina... y cuando finalmente nos vieron bajar a ese sótano, sabían exactamente lo que nos iba a pasar porque ellas lo habían vivido cuarenta y cinco años atrás.

Dante se pasó las manos por el rostro, dejando escapar un gemido ahogado de pura desesperación.

—Es una serpiente que se muerde la cola... —dijo Dante con la voz amortiguada entre sus dedos—. No hay un 'antes' y un 'después'. Siempre fuimos nosotros. Ellas siempre fuimos nosotros.

—Y por eso se besaron en esa biblioteca hace dos años —añadió Lucas, sintiendo cómo el recuerdo de la piel de Valeria quemaba en sus propios dedos de Elena—. No eran dos amigas teniendo un desliz. Éramos tú y yo... o lo que quedó de nosotros después de vivir décadas en estos cuerpos, reencontrándonos en la vejez y recordando quiénes fuimos en el origen.

La revelación cayó sobre ambos como una losa de hormigón. La idea de una línea temporal modificable se evaporó por completo, dejando al descubierto una estructura rígida, impecable y aterradora en la que cada acción, cada pensamiento y cada atracción futura ya estaban grabados en el tejido del tiempo.

Dante levantó la mirada hacia Lucas. La sombra del pánico inicial había comenzado a dar paso a una resignación extraña, alimentada por los impulsos biológicos y las emociones compartidas que los cuerpos de Elena y Valeria ejercían sobre sus mentes.

—Entonces... no tenemos elección —dijo Dante en voz baja, ajustándose la blusa con una mano que ya no temblaba tanto—. Si intentamos escapar de esto, la realidad simplemente no se sostiene. Lucas Vance y Dante Bruno no existirían para construir la máquina que nos mandó aquí.

—No tenemos elección —asintió Lucas, caminando despacio hasta el centro de la sala y dejándose caer en el sillón individual frente al sofá de Dante—. Para que el futuro exista, tenemos que ser Elena y Valeria de manera absoluta. Tenemos que ir a la universidad mañana, aprobar los exámenes, conocer a los hombres que serán nuestros padres... y aceptar todo lo que viene con ello.

Dante miró a Lucas a los ojos. En la penumbra del departamento de 1999, la barrera entre lo que eran y lo que estaban destinados a ser comenzó a borrarse definitivamente. La amistad de dos estudiantes de ingeniería del siglo XXI se entrelazaba ahora de forma indisoluble con la compleja, íntima y predestinada relación de las dos mujeres cuyos nombres y cuerpos habitarían para siempre.

—Mañana empieza el semestre —dijo Dante, dejando escapar una pequeña sonrisa amarga que pertenecía por completo a la gesticulación habitual de Valeria—. Y según los recuerdos que tengo en la cabeza, tenemos una clase de microbiología a las ocho de la mañana.

—Y según los míos —respondió Lucas, apoyando la espalda en el sillón con la elegancia natural de Elena—, te toca hacer el café por la mañana, porque en este departamento, en 1999, esa siempre ha sido tu responsabilidad.

Dante soltó una carcajada suave, agudizada por el timbre femenino de su voz, y se reclinó contra los cojines del sofá, contemplando el techo iluminado por la luz de la calle mientras el tiempo, implacable y cerrado sobre sí mismo, continuaba su curso.

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