El Soberano

Exodus

Chapter 1 by K45

Nota de la autora: Hola de nuevo, esta es mi historia con la ayuda de Lyra (una IA). Todos los personajes son mayores de edad y esta historia también contiene errores, así que pido disculpas de antemano. ¡Espero que la disfruten! :D

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Author's Note: Hello again! This is my story, written with the help of Lyra (an AI). All characters are age legals, and this story also contains errors, so I apologize in advance. I hope you enjoy it! :D

Capítulo 1: El Despertar del Soberano

El crujido de la madera vieja de la casa resonaba con una familiaridad exasperante. Para Kaelen, de veinte años recién cumplidos, aquel hogar no era más que una jaula decorada con el desprecio diario de las mujeres que compartían su misma sangre.

Todo había comenzado apenas veinte minutos antes en el pasillo del segundo piso. Kaelen caminaba hacia el cuarto de lavado con los brazos cargados de ropa sucia que su hermana menor, Lysa de dieciocho años, había dejado tirada como de costumbre en medio del paso. Su intención era simplemente evitar que alguien tropezara, pero el destino tenía un sentido del humor bastante retorcido. Justo cuando doblaba la esquina sosteniendo la pila de prendas —entre las cuales sobresalía un encaje rosa perteneciente a la joven—, la puerta del piso superior se abrió de golpe.

—¡Mamá! ¡Ariadna! ¡Miren lo que está haciendo este enfermo! —el grito de Lysa cortó el aire como un látigo.

En cuestión de segundos, el pasillo se llenó con la presencia intimidante del resto de la familia. Elenora, la madre de cuarenta y cuatro años, bajó los escalones con la mirada cargada de un disgusto frío y severo. A su lado acudieron sus tres hermanas mayores: Ariadna, de veinticuatro años, con esa postura autoritaria que siempre adoptaba para juzgarlo; Dania, de veintidós años, cruzada de brazos y mostrando una sonrisa burlona de absoluta superioridad; y Vespera, de veintiuno años, quien dramáticamente se llevaba una mano al pecho fingiendo un horror exagerado.

—¿Otra vez con tus marranadas, Kaelen? —sentenció Elenora con una voz desgarrada por la amargura—. No te basta con ser un inútil que no aporta nada a esta casa, ¿ahora también tienes que acosar la intimidad de tu propia hermana?

—Mamá, escúchame, solo estaba juntando la ropa que dejó en el suelo para que nadie se cayera... —intentó explicar Kaelen, retrocediendo un paso mientras apretaba los dientes.

—¡Mentiroso! —intervino Ariadna, dando un paso al frente con el rostro desencajado por la indignación—. Te atrapamos con las manos en la masa. Eres una vergüenza para esta familia. Desde que papá murió no has hecho más que estorbar, y ahora sales con esto.

—Siempre me pareció un pervertido de lo peor —añadió Dania con desdén, ajustándose el cabello—. Qué asco me da compartir techo contigo.

—Deberíamos sacarlo a la calle de una buena vez —aportó Vespera con frialdad—. Es un peligro tener a alguien así cerca de nosotras.

El tribunal familiar avanzaba sobre él, acorralándolo contra el inicio de la escalera. Los gritos, las acusaciones infundadas y la humillación constante que llevaba aguantando durante años formaron un nudo de rabia reprimida en la garganta de Kaelen.

—¡Que les digo que solo estaba limpiando el pasillo, carajo! —gritó Kaelen, dando un paso en falso hacia atrás para intentar alejarse del grupo.

El talón de su zapatilla resbaló torpemente con el borde del primer escalón. Perdió el equilibrio de inmediato. El tiempo pareció congelarse por una fracción de segundo mientras su cuerpo caía de espaldas por el tramo de escaleras. Intento sujetarse del barandal, pero sus dedos solo atraparon el aire. Su cabeza impactó con una fuerza seca y brutal contra el filo de la esquina inferior.

Un chasquido sordo resonó en la planta baja, seguido por una oscuridad absoluta.

El dolor no vino de golpe. Fue más bien una marea lenta que se retiraba, dejando tras de sí una claridad mental tan vasta y profunda que amenazaba con aplastar su cráneo.

Kaelen abrió los ojos despacio. El techo inclinado de su pequeña habitación fue lo primero que reconoció. Estaba acostado sobre su cama, con una compresa de agua fría sobre la frente y un dolor punzante en la nuca. Sin embargo, el malestar físico era completamente insignificante comparado con la tormenta de imágenes, conocimientos y sensaciones que rugían en el interior de su cerebro.

Se incorporó lentamente, llevándose una mano a la cabeza mientras dejaba caer la compresa sobre sus piernas. Miró sus propias manos, delgadas y marcadas por el cansancio de una vida de privaciones en esta era moderna.

—Entonces... ¿ese era yo? —murmuró para sí mismo en un susurro cargado de un asombro indescriptible.

Los recuerdos no eran un sueño difuso; eran una realidad paralela tan nítida como el aire que respiraba. Él no era simplemente Kaelen, el joven humillado y marginado por su familia biológica. En su vida pasada, él había sido el Gran Soberano del Imperio de Exodus, la nación más próspera, colosal y poderosa que jamás hubiera pisado la tierra. Había sido un rey adorado sin reservas por millones de súbditos, un monarca que gobernó una era de paz absoluta sin necesidad de derramar una sola gota de sangre en batallas absurdas.

Y el secreto de su grandeza no residía en un ejército invencible, sino en su don único y absoluto: Control World.

Kaelen recordó la naturaleza exacta de aquella habilidad legendaria. Con solo activar su poder y pronunciar una orden, una palabra o un título dirigido a una persona, la realidad misma se amoldaba a sus deseos. Sus palabras se convertían en una verdad incuestionable que se grababa de forma permanente en el alma y la mente del individuo. Gracias a ello, había sometido pacíficamente a reinos enteros, transformando a enemigos potenciales en siervos devotos y leales.

"Todavía me acuerdo de ti...", pensó Kaelen, pasando una mano por su rostro mientras una sonrisa sumamente calculadora comenzaba a dibujarse en sus labios. "Mi pequeña sirvienta personal. La que mantenía mi pene calientito dentro de su coño a dondequiera que yo fuera en la corte real..."

Sin embargo, tras analizar su estado actual, Kaelen exhaló un largo suspiro. Al cerrar los ojos e intentar canalizar el flujo mágico que antes dominaba su cuerpo, sintió un vacío absoluto. El don original de Control World como tal no estaba activo en este mundo moderno. No podía simplemente mirar a un desconocido en la calle y convertirlo en su siervo con una palabra. En esta vida, era un humano común y corriente, viviendo en una casa donde era tratado como la peor de las escorias.

—Qué ironía tan miserable —musitó, apretando los puños con rabia—. Fui el hombre más poderoso y querido del mundo, y ahora soy esto... un chico atrapado en una casa llena de mujeres insufribles con una vida de mierda.

De pronto, un par de golpes suaves y dudosos sonaron al otro lado de la puerta de madera.

—¿Adelante... —dijo Kaelen, recuperando la compostura e impostando una voz neutral.

La puerta se abrió despacio. La figura de Lysa se recortó bajo la luz del pasillo. La joven de dieciocho años vestía una pijama holgada y traía los brazos cruzados sobre el pecho, mostrando una postura visiblemente incomoda. Sus ojos mostraban una mezcla de culpa y recelo mientras daba un par de pasos hacia el interior de la habitación.

—Kaelen... yo... —comenzó a decir Lysa, dudando antes de continuar—. Vine a ver cómo estabas. Mamá dijo que no tenías nada roto, pero te diste un golpe muy fuerte. Solo quería... quería disculparme por lo de hace rato. Pensé que de verdad estabas siendo un pervertido con mi ropa interior...

Al escucharla, la sangre de Kaelen dio un vuelco. La misma chica que horas antes había armado un escándalo para que toda la casa lo pisoteara, ahora venía a dar una disculpa vacía para limpiar su propia conciencia. La rabia de su vida pasada como soberano, combinada con el resentimiento acumulado en esta era, hizo combustión en su pecho.

—¡Casi me muero por esa puta pendejada, Lysa! —escupió Kaelen, alzando la voz con un tono severo que jamás le había escuchado usarle a ella.

La joven dio un brinco del susto, abriendo los ojos de par en par. La autoridad fría y cortante en la mirada de Kaelen la tomó completamente desprevenida. El miedo se reflejó de inmediato en el rostro de la chica, quien dio un paso atrás hacia la puerta, dispuesta a salir corriendo.

Kaelen cerró los ojos un segundo y respiró hondo, evaluando la situación. Sabía que no ganaba nada alterándose de esa manera. Necesitaba mantener un perfil bajo.

—Esta bien... —dijo Kaelen, bajando el tono de su voz a una cadencia mucho más tranquila pero firme—. Disculpas aceptadas. Yo también tuve la culpa por agarrar tus cosas sin avisar.

Lysa se detuvo en seco en el umbral de la puerta, soltando un leve suspiro de alivio al ver que la tensión disminuía.

—Está bien... me alegro de que estés mejor —murmuró ella, girándose para marcharse.

En ese instante, la mente de Kaelen se inundó con el recuerdo nítido de los aposentos reales de Exodus. Recordó la voz de su antigua sirvienta, la forma en que se arrodillaba ante él y el apodo exacto con el que solía referirse a ella cuando requería de sus servicios más íntimos. Sin pensarlo demasiado, llevado por un impulso casi instintivo de sus recuerdos recuperados, a Kaelen se le escapó una sola palabra en voz alta:

—Calentador de pene...

El tiempo pareció detenerse en la habitación.

Lysa se congeló por completo a mitad de paso. Su cuerpo se puso rígido como una estatua. Un segundo después, se llevó ambas manos a la cabeza con desesperación, dejando escapar un pequeño gemido de dolor mientras sus rodillas cedían, haciéndola caer de hinojos sobre el suelo de madera.

—¡Lysa! —Kaelen se levantó de la cama de un salto, alarmado por la reacción instantánea. Se acercó a ella rápidamente, pensando que se trataba de un ataque o una secuela del susto.

Sin embargo, antes de que pudiera tocarla, la joven levantó la cabeza. La mirada de Lysa ya no mostraba duda, confusión o el desprecio cotidiano con el que solía verlo. Sus ojos brillaban con una devoción profunda, casi mística, acompañada de un matiz de éxtasis desbordante.

—Mi Rey... —susurró Lysa con una voz suave, entrecortada y temblorosa—. ¡Mi Rey... de verdad eres tú!

Kaelen se quedó completamente paralizado en su sitio, congelado por la sorpresa.

Aquel apelativo, la entonación exacta y la forma sumisa en que lo miraba desde el piso eran idénticas a las de su antigua sirvienta personal de la corte de Exodus.

—¿Lysa...? —alcanzó a pronunciar él, tratando de asimilar lo que estaba presenciando.

—Por favor, mi Señor, cierra la puerta —pidió ella de inmediato, levantándose con una agilidad impresionante y empujando la madera con cuidado hasta echar el seguro con un movimiento rápido y silencioso.

La joven se giró hacia Kaelen y, sin dudarlo un solo segundo, se hincó nuevamente frente a él, abrazando sus piernas y pegando su mejilla contra los pantalones de su hermano.

—No puedo creerlo... la memoria de mi vida pasada en Exodus ha vuelto por completo —explicó Lysa, alzando la cara para mirarlo con unos ojos brillantes cargados de adoración—. Recuerdo todo, mi Rey. Recuerdo cómo te servía en el palacio, cómo mantenía tu miembro cálido y satisfecho en cada rincón del imperio... Y al mismo tiempo tengo todos los recuerdos de esta vida como tu hermana menor. Sé lo mal que te he tratado en esta casa, lo injusta que fui hace unos momentos... ¡Por favor, castígame como desees, mi Soberano! Soy tuya, completamente tuya.

Kaelen sintió que el corazón le latía con fuerza en el pecho. Las piezas del rompecabezas comenzaron a encajar en su mente con una precisión milimétrica.

Su habilidad Control World no había desaparecido del todo; se había transformado. Aunque ya no podía dominar a desconocidos a voluntad, las almas de aquellas personas que habían pertenecido a su corte en Exodus y que habían reencarnado en este mundo seguían vinculadas al sello de su poder. Al pronunciar la palabra o el comando específico que utilizaba con ellas en su vida anterior, la barrera del olvido se rompía al instante.

El resultado era una conciencia dual perfecta: el individuo conservaba todos sus recuerdos, vivencias y personalidad de esta vida actual, pero la lealtad absoluta, la devoción incondicional y el deseo de sumisión de su vida pasada en Exodus se imponían sobre todo lo demás.

"Esto cambia todo...", pensó Kaelen, sintiendo cómo una ola de poder y satisfacción le recorría la espina dorsal mientras observaba a la chica a sus pies. "Las personas de mi vida pasada reencarnaron a mi alrededor... Solo tengo que buscar quiénes eran, pronunciar sus desencadenantes, 'despertarlas' una por una y volverán a ser mías."

Kaelen acarició suavemente el cabello de Lysa, sintiendo el calor de su piel y la respiración agitada de la joven contra su pierna. La chica soltó un pequeño jadeo de placer ante el más mínimo roce de la mano de su rey.

—Levántate, Lysa —ordenó Kaelen con una voz serena pero dotada de un peso indiscutible.

La joven se puso de pie al instante, manteniendo la cabeza ligeramente inclinada en señal de absoluto respeto.

—Escúchame con atención —continuó Kaelen, mirando fijamente a los ojos de su hermana menor—. Por ahora, nadie más debe enterarse de esto. Mi mente recuperó la memoria hace apenas unos minutos tras el golpe. En esta vida soy un simple joven sin recursos, y si actuamos de forma precipitada, la gente de este mundo nos tomará por locos o intentará encerrarnos. ¿Entiendes lo que te digo?

—Perfectamente, mi Rey —respondió Lysa sin dudar, juntando sus manos frente a su abdomen—. Fui una tonta en esta vida al no darme cuenta de quién eras, pero ahora que mi mente está despejada, protegeré tu secreto con mi propia vida. Actuaré como tu hermana sumisa en privado y mantendré la fachada ante las demás cuando sea necesario.

Kaelen asintió, satisfecho con la inteligencia y rápida adaptación de la joven. Su naturaleza meticulosa y paciente, moldeada durante décadas de gobierno en Exodus, le dictaba que debía avanzar con absoluta cautela. "Lento pero seguro", se dijo a sí mismo. No tenía prisa. El juego apenas estaba comenzando.

Sus pensamientos volaron de inmediato hacia el resto de las mujeres de la casa. Elenora, la madre que lo despreciaba; Ariadna, la hermana mayor que actuaba como una jueza implacable; Dania, la hermana calculadora y burlona; y Vespera, la dramática cortesana de la familia.

Si Lysa, su sirvienta personal, había reencarnado como su hermana menor... era extremadamente probable que el resto de su familia biológica también guardara las almas de personas de Exodus?.

Una sonrisa oscura y llena de expectación se dibujó en el rostro de Kaelen. La vida miserable que le habían hecho pasar en esa casa estaba a punto de cobrar un giro radical. Una a una, iría descubriendo las palabras clave para romper sus mentes, despertarlas y reclamar la lealtad y el sometimiento que le pertenecían por derecho divino.

—Dime, Lysa... —habló Kaelen, cruzando los brazos mientras observaba el cuerpo erguido de la joven de dieciocho años—. Supongo que, como en los viejos tiempos, recuerdas perfectamente cuál es tu primera función para mantener reconfortado a tu Soberano, ¿verdad?

Lysa esbozó una sonrisa sumamente coqueta y devota. Sus ojos se fijaron directamente en la entrepierna de Kaelen mientras se llevaba las manos al borde de su pijama.

—Es el mayor honor de mi vida volver a cumplir con mi deber, mi Rey —susurró ella, dando un paso al frente para acortar la distancia.

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