What's next?
Capítulo 2: El Reclamo del Soberano y la Prueba del Consejo
El silencio dentro de la pequeña habitación de Kaelen se volvió denso, cargado de una expectativa casi mística. La luz tenue de la lámpara de noche dibujaba sombras suaves sobre las paredes de madera, creando un ambiente sofocante pero íntimo.
Lysa, de dieciocho años, no dudó un solo segundo. Con movimientos fluidos y una devoción que rayaba en lo religioso, se arrodilló sobre la alfombra desgastada justo frente a él. La joven, que hasta hace apenas unos minutos lo miraba con resentimiento y asco por el malentendido del pasillo, ahora alzaba la cara con los ojos brillantes, respirando con agitación mientras sus manos temblorosas se posaban sobre los muslos de Kaelen.
—Mi Rey... mi Soberano... —susurró ella, dejando que los recuerdos de su vida pasada en el colosal imperio de Exodus guiaran cada uno de sus gestos—. No tienes idea de cuánto extrañaba la calidez de tu presencia. En esta vida fui una ciega, una idiota por haberte tratado mal... Pero mi cuerpo y mi alma recuerdan exactamente cuál es mi propósito.
Kaelen la observó desde arriba con una calma fría y calculadora. La sensación de dominio era embriagadora, pero su mente estratégica, forjada en décadas de gobierno imperial, se mantenía perfectamente despejada. Experimentar el regreso de la devoción de Lysa no solo era una recompensa física; era la confirmación irrefutable de que su plan de reconquista era viable.
—Demuéstralo, Lysa —ordenó Kaelen con una voz baja y dominante—. Cumple con tu deber como mi calentadora de pene.
Lysa dejó escapar un suspiro entrecortado de puro éxtasis. Sin el menor atisbo de vergüenza o timidez humana, sus dedos desabrocharon el pantalón de Kaelen y lo bajaron con suma delicadeza junto con su ropa interior, liberando la virilidad tensa del joven soberano. Al ver la anatomía de su señor expuesta ante ella, la joven tragó saliva, aproximando su rostro hasta sentir el calor que emanaba de su piel.
Lentamente, Lysa inclinó la cabeza y rodeó la base con sus labios, aplicando una presión tibia y rítmica. Un gemido ahogado se le escapó del pecho al sentir el contacto directo. La combinación de sus recuerdos modernos como su hermana menor y su arraigada sumisión como la sirvienta personal de Exodus provocaba en su mente un cortocircuito de excitación desbordante. Para ella, no existía mayor honor en la existencia que servir como el recipiente de placer y confort de su único y verdadero monarca.
Kaelen echó la cabeza hacia atrás brevemente, disfrutando de la calidez húmeda y estrecha que la joven le brindaba con su boca, usándola con la misma libertad con la que disponía de ella en los salones reales de su antigua vida. Sus dedos se enredaron en el cabello de Lysa, guiando el ritmo con firmeza, empujando suavemente hasta el fondo de su garganta para saciar la sed de dominación que había acumulado tras años de humillaciones bajo ese mismo techo.
Lysa recibía cada embestida en su boca con lágrimas de placer asomándose por la comisura de sus ojos, ahogando pequeños jadeos y sujetándose con fuerza de las piernas de Kaelen para no perder el equilibrio. El ritmo se volvió más constante y exigente. Kaelen podía sentir los espasmos de excitación que recorrían el cuerpo de la chica de dieciocho años; su piel estaba erizada y su respiración se volvía cada vez más errática.
Sin embargo, Kaelen no tenía la intención de concluir la interacción solo en la boca. Deseaba la entrega total del contenedor, la culminación biológica que sellara de forma definitiva el despertar de su primera súbdita en esta nueva era.
—Ponte de pie, Lysa —le ordenó en un susurro áspero, retirándose de sus labios.
La joven obedeció de inmediato, poniéndose de pie con las mejillas encendidas y los labios húmedos y brillantes. Sin que Kaelen tuviera que pedírselo, Lysa se quitó la pijama holgada que llevaba puesta, dejándola caer al suelo y quedando completamente desnuda ante la mirada analítica de su rey. Se dio la vuelta y se apoyó con firmeza sobre el borde del pequeño escritorio de madera de la habitación, arqueando la espalda de manera sugerente y separando las piernas con total soltura.
—Tómame, mi Soberano... —pidió ella con la voz rota por el deseo, mirándolo por encima del hombro—. Hazme tuya en esta vida también. Registra en mi cuerpo que sigo perteneciéndote por completo.
Kaelen se colocó detrás de ella sin perder el tiempo. La tomó con firmeza por las caderas, sintiendo el calor acumulado en la piel suave de la joven, y se abrió paso de un solo movimiento fluido y decidido en su interior.
Lysa soltó un grito largo y agudo que ahogó rápidamente presionando su cara contra la madera del escritorio. Sus dedos se aferraron con fuerza a los bordes del mueble mientras su cuerpo entero se tensaba ante la invasión completa de Kaelen. El espacio estrecho de su vientre parecía amoldarse perfectamente a la forma de su señor, reconociendo la presencia que durante siglos había dominado su ser.
—¡Ah... Kaelen... mi Rey! ¡Se siente... tan duro y perfecto como antes! —gemía la chica, perdiendo por completo cualquier rastro de la postura de hermana menor para entregarse sin reservas al acto.
Kaelen comenzó a embestir con un ritmo potente y coordinado. A cada estocada profunda, el cuerpo de Lysa respondía con sacudidas de excitación genuina. El contraste entre la realidad cotidiana de esa casa miserable y la sumisión absoluta que estaba cosechando en esa mesa era Sencillamente sublime. Kaelen sujetaba las caderas de la chica con fuerza, dejando marcas visibles de sus dedos mientras la poseía con una mezcla de pasión erótica y frialdad estratégica.
El calor en el dormitorio alcanzó su punto máximo. Lysa no dejaba de balbucear palabras de devoción entre jadeos desordenados, asegurándole que mantendría el secreto ante su madre y sus hermanas mayores, y prometiendo que convencería a las demás de estar a su disposición cuando él decidiera despertarlas.
—¡Ya casi... mi Señor! ¡Me voy a deshacer...! —exclamó Lysa con la voz quebrada, contrayendo las paredes de su sexo alrededor de Kaelen en una serie de espasmos violentos.
Kaelen aceleró el ritmo en las últimas estocadas, sintiendo el clímax desbordarse en el fondo de su ser. Con un último empuje profundo y definitivo, se liberó por completo en el interior de la joven, derramando su simiente dentro de su recipiente de placer. Lysa soltó un último gemido prolongado, desplomándose exhausta sobre la superficie del escritorio mientras su cuerpo temblaba por las secuelas de un orgasmo devastador.
Ambos permanecieron en silencio durante unos minutos, recuperando el aliento. Kaelen se retiró despacio y se acomodó la ropa con total parsimonia. Lysa se incorporó con torpeza, pero en su rostro no había una sola pizca de arrepentimiento; solo una sonrisa de absoluta plenitud y felicidad.
—Gracias... mi Rey —susurró ella, limpiándose con delicadeza y poniéndose de nuevo la ropa interior con una lentitud coqueta—. Jamás volví a sentirme tan llena y completa.
—Ahora, escucha bien, Lysa —dijo Kaelen, adoptando de nuevo una postura seria y calculadora mientras se sentaba en la orilla de la cama—. El efecto de tus recuerdos de Exodus está consolidado. Pero necesitamos planificar con la cabeza fría. Dime qué sabes de las demás en esta vida.
Lysa se acomodó en el suelo a los pies de Kaelen, apoyando los brazos sobre las rodillas de su hermano como una mascota fiel.
—Madre... es decir, Elenora, tiene cuarenta y cuatro años. En esta vida es extremadamente estricta porque el negocio familiar de bienes raíces que dejó papá está pasando por momentos difíciles. Se siente presionada y por eso descarga toda su frustración contigo —explicó la joven con voz clara—. Ariadna tiene veinticuatro años y trabaja codo a codo con mamá en la administración; es la que lleva las cuentas y toma las decisiones drásticas. Dania tiene veintidós y está por terminar la carrera de finanzas, pero maneja las inversiones personales de la familia. Y Vespera tiene veintiún años; ella no trabaja, se la pasa en eventos sociales y gastando el dinero que aportan las demás.
Kaelen escuchó con atención, cruzando los dedos frente a su mentón. Las piezas encajaban con una exactitud escalofriante:
1. Ariadna (24 años): La jueza implacable de la casa. En Exodus, era su Consejera Real, la mujer que coordinaba los decretos de su imperio.
2. Dania (22 años): La hermana distante y calculadora. En Exodus, era la Tesorera, la encargada de la fortuna y los recursos de las arcas reales.
3. Vespera (21 años): La hermana dramática y superficial. En Exodus, era la Cortesana, la encargada de las artes de la seducción y el entretenimiento diplomático.
4. Elenora (44 años): La madre dominante. En Exodus, era la Gran Duquesa, una de las nobles de más alto rango que le juró lealtad absoluta tras la unificación del continente.
—Todas están aquí... —murmuró Kaelen con una chispa de triunfo en la mirada—. La corte completa de Exodus reencarnó bajo este mismo techo.
—Así es, mi Señor —confirmó Lysa—. Pero debes tener cuidado. En esta vida, Ariadna y mamá son las que ejercen más control. Si intentas enfrentarlas abiertamente sin el comando correcto, van a asumir que estás loco o te echarán de la casa antes de que puedas decir una sola palabra.
—Lo sé —respondió Kaelen, manteniendo su temple impecable—. Mi poder Control World funciona únicamente cuando pronuncio la palabra clave específica que usaba con cada una de ellas en nuestra vida anterior. Si me equivoco de detonante o dudo al decirlo, no surtirá efecto y solo levantaré sospechas. Tengo que actuar con precisión quirúrgica. Lento pero seguro.
—¿A quién planeas despertar primero? —preguntó Lysa con curiosidad, acariciando la mano de su señor.
—Ariadna —sentenció Kaelen sin dudar—. Es la mayor de mis hermanas, la más dominante y la que tiene el control del orden en la casa. Si consigo recuperar a mi antigua Consejera Real, tendré una aliada táctica dentro del núcleo familiar que respaldará cada uno de mis movimientos.
A la mañana siguiente, la luz del sol penetró por las persianas del pasillo principal. La casa estaba sumida en un ajetreo constante. Los pasos apresurados y las voces autoritarias resonaban desde el comedor.
Kaelen salió de su habitación vistiendo ropa sencilla, con la cabeza completamente despejada y una serenidad que contrastaba radicalmente con la actitud sumisa que solía mostrar. Al bajar las escaleras, se encontró con la escena habitual: Elenora estaba al fondo de la cocina revisando unos documentos en su laptop, mientras Ariadna, vestida con un elegante traje sastre de oficina que resaltaba su figura de veinticuatro años, leía un reporte impreso con el ceño fruncido.
Dania y Vespera desayunaban en la barra en silencio, mientras Lysa limpiaba los platos en el fregadero. Al notar la presencia de Kaelen, Lysa le dedicó una brevísima mirada de complicidad antes de bajar la cabeza para no levantar sospechas.
Ariadna levantó la vista del documento y clavó una mirada fría sobre Kaelen.
—Vaya, miren quién se dignó a bajar —dijo Ariadna con un tono glacial, ajustándose los anteojos de lectura—. Espero que el golpe en la cabeza te haya servido para reflexionar sobre tu comportamiento de ayer, Kaelen. Hoy no tengo tiempo para lidiar con tus tonterías. Tengo una reunión decisiva para la empresa a las diez de la mañana.
Elenora ni siquiera se molestó en mirarlo.
—Ariadna tiene razón —comentó la madre de cuarenta y cuatro años con voz severa—. Bastantes problemas tenemos ya con las deudas del negocio como para aguantar tus faltas de respeto. Si no vas a buscar un trabajo de verdad para aportar dinero a esta casa, por lo menos mantente fuera de nuestro camino.
Kaelen no respondió de inmediato. En lugar de encogerse de hombros o disculparse torpemente como lo habría hecho en el pasado, caminó lentamente hacia la mesa del comedor, manteniendo la vista fija en Ariadna. Su caminata era pausada, majestuosa, con una elegancia implícita que descolocó por un momento a su hermana mayor.
—Ariadna... —habló Kaelen con una firmeza que hizo que las cuatro mujeres en la sala se tensaran por un segundo—. Necesito hablar contigo un momento a solas en el estudio antes de que te vayas a esa reunión.
Dania soltó una risita burlona desde la barra.
—¿A solas? ¿Para qué? ¿Vas a pedirle dinero prestado o le vas a robar las prendas a ella también? —se mofó la hermana de veintidós años.
Ariadna frunció el ceño, visiblemente molesta por el atrevimiento de Kaelen, pero la absoluta falta de miedo en los ojos de su hermano menor le generó una extraña curiosidad.
—Tienes dos minutos, Kaelen —respondió Ariadna, poniéndose de pie y recogiendo su maletín—. Y más te vale que no sea una pérdida de tiempo.
Ambos caminaron hacia el pequeño estudio al fondo del pasillo. Ariadna entró primero y se giró para encararlo, dejando la puerta entreabierta. Kaelen, sin embargo, extendió la mano y cerró la puerta de madera por completo, echando el seguro de la perilla con un sonido seco.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué le pones seguro? —reclamó Ariadna, dando un paso atrás con desconfianza—. Abre esa puerta ahora mismo, Kaelen. No estoy para tus juegos.
Kaelen la miró fijamente. En su mente, las memorias de los grandes salones de deliberación de Exodus se hicieron presentes. Recordó las noches enteras que pasaba junto a su brillante consejera, analizando los mapas de expansión y redactando las leyes que mantenían la paz en el continente. Recordó el título exacto con el que la nombró ante todo el senado imperial cuando ella juró lealtad eterna ante su trono.
—Ariadna... —dijo Kaelen, alzando la voz con una modulación grave y resonante—. Voz del Mandato Absoluto...
Al pronunciar aquellas cuatro palabras, la atmósfera del estudio pareció sufrir una distorsión invisible.
Ariadna se congeló al instante. La maleta que sostenía en la mano izquierda se le escurrió de los dedos, cayendo ruidosamente contra la alfombra. Sus ojos se abrieron de par en par, perdiendo el foco por una fracción de segundo mientras sus pupilas dilatadas reflejaban una tormenta interna de recuerdos y emociones. Se llevó una mano a la sien, dejando escapar un suspiro entrecortado mientras su cuerpo entero comenzaba a temblar.
Las memorias de su vida como Ariadna, la estricta administradora de veinticuatro años de una empresa de bienes raíces, chocaron frontalmente con el torrente de recuerdos de su existencia como la Consejera Real de Exodus. Vio los estandartes dorados, las salas de mármol, las miles de órdenes que ejecutó bajo las palabras de su Soberano... y la devoción incondicional que profesaba por el hombre que estaba parado frente a ella.
—Mi... mi Lord... —alcanzó a articular Ariadna con la voz temblorosa, dando un paso vacilante hacia él.
Kaelen no se movió de su sitio. Mantuvo los brazos cruzados, observando cómo la soberbia y el desprecio de su hermana mayor se desmoronaban por completo.
Ariadna cayó de rodillas sobre la moqueta del estudio, alzando la vista hacia Kaelen con una mezcla de conmoción, respeto reverencial y un deseo contenido que comenzaba a encenderse en su mirada.
—Recuerdo... lo recuerdo todo, mi Soberano —susurró Ariadna, llevando sus manos a los tobillos de Kaelen y pegando la frente contra su calzado—. Las leyes... la corte de Exodus... tu palabra como la única verdad del imperio. ¡Por los dioses! Y en esta vida me atreví a levantarte la voz... a juzgarte como si fueras un ordinario...
—Levanta la cabeza, Consejera —ordenó Kaelen con frialdad.
Ariadna obedeció de inmediato. La mujer autoritaria de traje sastre ahora lo miraba con una sumisión absoluta. La dualidad de sus recuerdos coexistía en su mente: sabía que era su hermana mayor biológica en este siglo, pero la lealtad eterna y la necesidad de servir a su Rey en Exodus se imponían sobre cualquier condicionamiento social de este mundo.
—Dime, Ariadna —dijo Kaelen, inclinándose ligeramente hacia ella—. ¿Sigues estando dispuesta a ejecutar mis órdenes para organizar este imperio que comenzaremos a reconstruir desde las sombras?
Un brillo de ambición y devoción pura iluminó el rostro de la joven de veinticuatro años.
—Hasta mi último aliento, mi Soberano —respondió Ariadna sin dudar, dibujando una sonrisa complaciente—. Dime qué necesitas que haga... y la Consejera Real se encargará de que el mundo se amolde a tus deseos.
Kaelen sonrió. La segunda pieza clave de su tablero de ajedrez acababa de caer en sus manos. El juego de dominación sobre su familia y sobre el mundo entero avanzaba exactamente como él lo había planeado: lento, pero implacable.
Ariadna continuaba arrodillada a sus pies, sintiendo el peso de la presencia de Kaelen sobre sus hombros como un manto sagrado. La rigidez de su traje de oficina contrastaba de forma exquisita con la absoluta entrega que transmitía su mirada. Para ella, los problemas contables de la empresa de bienes raíces y las tensiones del hogar moderno habían quedado reducidos a insignificantes granos de arena frente a la majestuosidad de su verdadero Señor.
—Levántate, Ariadna —repitió Kaelen, dando un paso atrás para darle espacio.
La joven de veinticuatro años se puso de pie con una gracia renovada. Se ajustó el saco de la vestimenta sastre y se pasó los dedos por el cabello con elegancia, aunque sus ojos no perdían esa devoción encendida.
—Mi Soberano... —comenzó Ariadna, cruzando las manos frente a su cintura en la postura clásica de los diplomáticos de Exodus—. Mis recuerdos en este mundo están intactos. Sé perfectamente que en esta vida he actuado como la hija mayor, administrando la economía de la casa y respaldando la severidad de nuestra madre. Me da un profundo pavor recordar cómo te hablé hace apenas unos minutos en la cocina...
—Lo hecho, hecho está —la interrumpió Kaelen con frialdad—. En ese momento estabas ciega por el velo del olvido. Pero ahora tu mente está despierta. Como mi Consejera Real, tu primera tarea es garantizar la estabilidad dentro de esta casa mientras continuo analizando la situación. Lysa ya ha sido restablecida a mi servicio.
Ariadna parpadeó, gratamente sorprendida por la noticia.
—¿La pequeña Lysa también? Es una excelente noticia, mi Lord. Ella siempre fue la más cercana a tus aposentos privados. Sin embargo... —Ariadna bajó ligeramente la voz, inclinándose hacia él— la situación económica de la familia es cruda. Elenora está al borde de un colapso nervioso por las deudas. Dania maneja las cuentas con un egoísmo tremendo y Vespera solo busca despilfarrar. Si no tomamos el control estratégico pronto, la casa colapsará antes de que puedas reclamar lo que te pertenece.
Kaelen sonrió con suficiencia, caminando hacia el ventanal del estudio que daba al jardín trasero.
—Eso no será un problema. Una a una, restableceré a cada integrante de mi antigua corte. Pero tu papel es vital, Ariadna. Necesito que mantengas tu fachada de mujer estricta y profesional ante Elenora y las demás. No deben sospechar absolutamente nada de este despertar. Ante los ojos del mundo, seguiré siendo el joven tranquilo de la casa, pero tú te encargarás de desviarme responsabilidades y darme total libertad de movimiento.
—Entendido, mi Soberano. Seré tu escudo en la sombra —afirmó Ariadna con firmeza. Luego, dudó por un instante, y un leve rubor comenzó a teñir sus mejillas—. Pero... mi Señor... ahora que la red de recuerdos ha vuelto a mí... hay algo que necesito pedirte.
—Habla.
Ariadna dio un par de pasos lentos hacia él, deshaciéndose de la compostura ejecutiva. Se desabrochó los primeros botones de la blusa de seda que llevaba debajo del saco, dejando a la vista un escote pronunciado y el rápido ritmo de su respiración.
—En Exodus no solo fui tu Consejera... también fui la encargada de velar por tu descanso tras las largas jornadas de estrategia —susurró ella, acercando su cuerpo al de Kaelen hasta que sus pechos rozaron el pecho del joven—. Recuerdo perfectamente las noches en la sala del consejo... cuando ponías tu autoridad sobre mí para despejar la tensión de los Decretos Reales. En esta vida he estado tan sofocada por el trabajo y la frustración... Necesito sentir el sello de tu poder sobre mi cuerpo. Deseo que tu Consejera vuelva a ser tuya en todos los sentidos.
Kaelen la contempló con una mezcla de satisfacción y deseo dominante. La transformación de la mujer fría y distante que lo juzgaba duramente en la mesa del comedor a esta sierva ardiente y sumisa era el testimonio perfecto del alcance renovado de sus habilidades.
Sin decir una sola palabra, Kaelen la tomó con firmeza por la nuca, atrayéndola hacia sí y sellando sus labios en un beso profundo y autoritario. Ariadna soltó un gemido ahogado contra la boca de su rey, rodeándole el cuello con los brazos y pegando su pelvis de lleno contra la de él. La dualidad de sus mentes generaba en la joven una excitación salvaje; la idea de estar entregándose a su hermano menor en el estudio de la casa, combinada con la devoción absoluta hacia su Soberano de Exodus, destruía cualquier barrera moral de su vida actual.
Kaelen la giró sobre su propio eje y la empujó suavemente contra el escritorio de madera del estudio, haciendo volar un par de carpetas de documentos al suelo. Ariadna se apoyó de manos sobre la superficie, arqueando la espalda de forma provocativa y levantando ligeramente la falda de tubo de su traje sastre para facilitarle el acceso.
—Hazlo, mi Lord... —pidió ella con la voz entrecortada por la agitación—. Pon a tu Consejera en su lugar. Demuéstrame que la autoridad del imperio de Exodus ha regresado.
Kaelen no se hizo esperar. Ajustó su ropa y se abrió paso con decisión en el interior de la joven de veinticuatro años. Ariadna mordió su propio labio inferior para contener un grito de placer puro que habría resonado por toda la casa. El contacto íntimo con su rey hizo que todo su cuerpo se estremeciera en una sacudida de excitación desbordante.
El ritmo en el estudio se volvió constante y exigente. Kaelen sujetaba a Ariadna por la cintura con fuerza, marcando un compás firme y dominador que hacía vibrar el escritorio de madera. A cada estocada profunda, la mujer cerraba los ojos, asimilando la calidez y el poder de su Señor, mientras en su mente los recuerdos de su antigua vida de esplendor se entrelazaban con la entrega biológica del presente.
—¡Ah... mi Rey... se siente... increíble! —alcanzó a susurrar Ariadna entre jadeos ahogados—. Tu Consejera... es completamente tuya...
Kaelen aceleró el paso, sintiendo cómo las paredes estrechas del cuerpo de Ariadna se contraían a su alrededor en espasmos violentos. La mujer de negocios que segundos antes controlaba las finanzas familiares estaba ahora completamente rendida a sus pies, entregándose al clímax con una sumisión absoluta. Con una última embestida profunda, Kaelen alcanzó la cúspide, liberando su energía en el interior de la joven.
Ariadna dejó escapar un largo suspiro de éxtasis contra la madera del escritorio, desplomándose levemente mientras su respiración se recuperaba despacio.
Ambos se tomaron un par de minutos para recomponerse. Kaelen se acomodó la ropa con total serenidad, mientras Ariadna, con las mejillas encendidas y una sonrisa de plenitud, se arregló la falda y abrochó de nuevo su blusa, luciendo impecable una vez más.
—Un servicio impecable, Consejera —dijo Kaelen con tono sereno.
—Es solo el comienzo de mi entrega, mi Soberano —respondió Ariadna, dándole un tierno beso en la mejilla antes de recoger las carpetas del suelo—. Ahora, iré a esa reunión de negocios. Me aseguraré de solucionar los problemas de la empresa para que la fortuna familiar esté lista cuando decidas reclamarla. Y mantendré a mamá y a mis hermanas bajo control.
—Excelente. Yo me encargaré de evaluar a nuestro próximo objetivo —concluyó Kaelen con una sonrisa calculadora.
Ariadna le dedicó una última mirada cargada de devoción, quitó el seguro de la puerta y salió del estudio con la cabeza en alto y el paso firme de una auténtica Consejera Real. Kaelen se quedó a solas en la habitación, sabiendo que el tablero estaba cada vez más a su favor y que el despertar de su imperio marchaba sobre ruedas.
0 comments
No comments yet
The story has no discussion yet. Leave a note here when a branch gives you something to say.
No chapter comments yet
No one has commented on this branch yet. Add the first note above.