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Capítulo 2: La Quiebra de la Voluntad

La atmósfera en la sala de estar de mi propia casa no era simplemente pesada; era densa, sofocante y estaba cargada de un tufo metálico y dulzón a sudor, sexo y fluidos corporales. El aire mismo parecía haber cambiado de densidad, como si la lógica del mundo exterior se hubiera detenido en seco al cruzar el umbral de la puerta principal.

Mi madre continuaba ahí, sobre la pequeña alfombra del centro de la sala, con las rodillas apoyadas contra la madera pulida y los muslos completamente abiertos. No mostraba ni una sola gota de vergüenza o recato; al contrario, su rostro estaba bañado en un sudor brillante y sus ojos, desorbitados y vidriosos, reflejaban una devoción vacía que me revolvió el estómago. No se había movido ni un milímetro. Seguía conectada a Caleb, sientiendo su carne dentro de la suya, mientras él permanecía sentado en el sofá con una compostura escalofriante, como un rey absoluto descansando sobre su trono improvisado.

A mi lado, Summer respiraba de forma agitada y entrecortada. Podía oír el chasquido húmedo de sus labios resecos y la fricción desesperada de sus piernas al frotarse la una contra la otra. Una mancha oscura y extendida ya había empapado la parte frontal de sus jeans, revelando lo ridículamente excitada que estaba. Sus ojos no buscaban los míos en busca de apoyo o cordura; estaban fijos en la entrepierna de Caleb, en la unión explícita entre él y mi madre, con una fascinación rabiosa y muerta de hambre.

—¿Qué... qué carajos es lo que nos hiciste? —exigí, intentando que mi voz sonara firme, amenazante y llena de la autoridad que se supone debía tener en mi propia casa. Pero el resultado fue patético: mi voz salió temblorosa, aguda y entrecortada, betraying la marea de sensaciones traicioneras que hervían en mi vientre.

Sentía cómo las pulsaciones de mi corazón resonaban directamente entre mis piernas. Mi vagina latía con una fuerza rítmica e incontrolable, contrayéndose sola, segregando un flujo constante y caliente que ya había traspasado mi ropa interior y comenzaba a sentirse frío sobre la piel de mis muslos. Era una tortura física y mental. Mi cabeza me gritaba que tomara un jarrón, una silla o cualquier objeto pesado para golpear a Caleb y sacarlo a patadas de mi hogar, pero mis brazos se sentían de plomo, pesados y torpes, reacios a ejecutar cualquier orden que fuera en contra de la presencia de ese sujeto.

—Sé perfectamente cómo ha sido mi madre siempre —continué, dando un paso tambaleante hacia adelante, apretando los puños hasta que las uñas se me clavaron dolorosamente en las palmas—. Sé que ella ha tenido sus momentos desordenados, pero esto es diferente. ¡Yo no soy así! ¡Yo tengo control sobre mi propia mente! ¿Por qué demonios estoy pensando estas guarradas? ¿Por qué mi cuerpo reacciona como si fuera una puta desesperada cada vez que te miro a la cara? ¡Tú hiciste algo en la universidad! ¡Usaste algo contra nosotros!

Caleb me miró. No se inmóvilizó, no intentó cubrirse ni mostró el más mínimo atisbo de incomodidad por estar desnudo de la cintura para abajo frente a la hija de la mujer a la que estaba frollando. Esbozó una sonrisa lenta, perezosa y cargada de una superioridad aplastable. Tenía esa mirada oscura, una cuenca profunda y sin fondo que parecía absorber cualquier vestigio de razonamiento lógico a su alrededor.

—No he hecho nada que ustedes no desearan desde el primer instante en que me vieron, Fany —respondió Caleb con una voz grave, rasposa y con una cadencia tan tranquila que hizo que mi cuero cabelludo hormigueara. Hizo un movimiento lento con las caderas, hundiéndose un poco más en el cuerpo de mi madre, lo que provocó que ella soltara un gemido agudo y sumiso, echando la cabeza hacia atrás.

—¡Eso es una puta mentira! —grité, aunque mis piernas flaquearon peligrosamente. El roce de la mezclilla contra mi entrepierna súper sensible me envió una descarga eléctrica directo a la espina dorsal—. ¡Te odiaba! ¡Te odio! ¡Eres un idiota asqueroso que no se baña y que ni siquiera saca buenas notas! ¡Iba a reportarte con el profesor Ángel para que te expulsaran! ¡Le pedí ayuda a la autoridad y él actuó como un desquiciado mental! ¡Me dijo que la única solución era ofrecerte todos mis agujeros! ¡Mi boca, mi coño, mi culo! ¡Dijo que Summer debía hacer lo mismo! ¡Nada de esto tiene sentido! ¡El mundo no funciona así!

—El profesor Ángel es un hombre sumamente sabio y racional, Fany —interrumpió mi madre desde el suelo.

La voz de mi madre no tenía el tono maternal que yo había escuchado durante toda mi vida. Era una voz plana, endulzada por una perversión servil, como la de una marioneta que disfruta de sus hilos. Levantó la vista hacia mí, con el cabello desordenado pegado a las mejillas por el sudor y los labios brillantes de saliva y fluidos.

—No seas grosera ni insolente con tu amo —continuó ella, mirándome con una lástima fingida—. Mira lo maravilloso que es Caleb. Lo que él nos ofrece no es un castigo ni una locura; es la verdadera libertad. La libertad de dejar de fingir que somos mujeres puras o dignas. Nos da la oportunidad de ser lo que realmente nacimos para ser: perras sumisas, esclavas dispuestas a ser usadas y llenadas por él. Si él quiere tu boca, tu vagina o tu ano, deberías caer de rodillas y agradecerle que un hombre como él se digne a poner sus ojos en una insignificante como tú.

Escuchar esas palabras salir de la boca de la mujer que me dio la vida me congeló la sangre. Esta era la misma persona que me había enseñado modales, la que me regañaba si usaba un escote demasiado pronunciado o si decía una grosería en la mesa. Verla allí, arrodillada, convertida voluntariamente en una alfombra humana, disfrutando cada pulgada de la carne de Caleb, provocó una grieta profunda en mi psique.

Pero lo más aterrador no fue el asco. Lo más aterrador fue el eco que sus palabras dejaron en mi mente.

¿Y si tiene razón? —un pensamiento intrusivo, venenoso y abrasador se filtró por la grieta de mi mente—. ¿Y si todo mi odio hacia Caleb no era más que una defensa estúpida? ¿Y si esta necesidad física que me está quemando por dentro es mi verdadera naturaleza saliendo a la superficie? Míralo... él ni siquiera tiene que esforzarse. Todos se someten. Los profesores, mi madre, mi amiga... ¿Por qué tendría yo que luchar contra algo que se siente tan ridículamente bien?

Un jadeo pesado rompió el silencio tenso de la sala. Summer se había adelantado dos pasos. Tenía ambas manos metidas dentro de la cintura de sus jeans, apretándose la vulva con una desesperación descarada, gimiendo abiertamente sin importarle que yo estuviera a su lado.

—Caleb... por favor... —suplicó Summer con la voz rota por una lujuria desbordada. Cayó de rodillas sobre la alfombra, justo al lado de mi madre, mirando el miembro de Caleb con los ojos desorbitados y la boca entreabierta—. Si Fany es demasiado tonta para entenderlo todavía... úsame a mí primero. Hazme lo que quieras. Lámeme, úsame la boca, méteme esa verga enorme por donde te dé la gana. No puedo más... me quema la vagina, siento que me voy a derretir si no me follas ahora mismo. Quiero ser tu esclava también. Trátame como a una basura, úsame como a una zorra y lléname hasta que no pueda volver a ponerme de pie.

Ver a mi mejor amiga —la chica inteligente, reservada y crítica con la que solía estudiar y hablar de chicos guapos como Axel— suplicando de esa manera tan degrante, terminó por destruir los últimos pilares de mi resistencia.

El ambiente se volvió irresistiblemente tóxico. El calor en mi vientre se transformó en un incendio voraz. Mi cuerpo entero temblaba, no de miedo, sino de una expectación primaria y salvaje. Sentí cómo mis propios dedos, actuando con una autonomía escalofriante, se desvinculaban de mi control consciente y se desorganizaban para desabrochar el botón de mis pantalones. Bajé el cierre con un chasquido metálico que sonó como un disparo en la habitación.

—Mírate, Fany —dijo Caleb, fijando su mirada directamente en mis ojos.

Esa mirada era como un gancho de acero clavado en el centro de mi cerebro. Sentí cómo mi capacidad de razonar, de cuestionar y de recordar quién era se disolvía por completo, reemplazada por un mandato absoluto, dulce y sofocante: Sometimiento.

—Dices que me odias —continuó él con una tranquilidad aplastante—, dices que soy horrible y feo... pero tus propios dedos ya están buscando alivio. Tu propio cuerpo reconoce a su dueño antes de que tu tonta cabeza lo acepte. Ven aquí. Acércate a tu madre y a tu amiga. Ponte de rodillas y aprende de una vez por todas cuál es tu verdadero lugar en este mundo.

Mis manos se deslizaron por debajo de la tela de mi ropa interior. El contacto de mis dedos contra mi piel húmeda y ardiendo desencadenó una descarga de placer tan violenta que dejé escapar un gemido agudo y desvergonzado. Un fluido espeso y caliente cubrió mis yemas al instante. Mi mente dejó de resistirse. La Fany que quería ir a la universidad, la Fany que soñaba con el capitán del equipo de fútbol, la Fany que se indignaba ante la vulgaridad... todas ellas murieron en ese preciso segundo.

—Sí... —susurré, y ni siquiera fui capaz de reconocer el tono sumiso, ronco y completamente roto de mi propia voz—. Sí, Caleb... tienes razón... soy tu esclava... por favor, úsanos a todas...

Di un paso al frente, tambaleándome, dejando caer mis pantalones hasta los tobillos mientras la cordura terminaba de abandonar la habitación, dispuesta a unirme al círculo de carne, sudor y sumisión que aguardaba a los pies de mi nuevo dueño.

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