Caleb

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Nota de la autor: Hola de nuevo, esta es mi historia con la ayuda de Lyra (una IA). Todos los personajes son mayores de edad y esta historia también contiene errores, así que pido disculpas de antemano. ¡Espero que la disfruten! :)

Historia escrita en español

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Author's Note: Hello again! This is my story, written with the help of Lyra (an AI). All characters are age legals, and this story also contains errors, so I apologize in advance. I hope you enjoy it! :)

Story written in Spanish

Capítulo 1: La Fractura del Sentido Común

Dios mío, cómo detesto a Caleb.

Es una aversión visceral, de esas que se instalan en la boca del estómago como un nudo pesado y ácido cada vez que cruzo el umbral del campus. En la universidad siempre se me queda viendo de esa forma tan extraña, tan fija, como si fuera un bicho disecado al que está analizando bajo un microscopio. Es sencillamente espeluznante. Caleb no me gusta para nada; de hecho, me parece horrible. Es el típico tipo descuidado que parece no haberse bañado en días, lleva ropa arrugada que le queda grande, jamás levanta la mano en clase y sus notas apenas rozan el aprobado. Es, en toda regla, un cero a la izquierda en la jerarquía social del campus. Nadie sabe su apellido, nadie interactúa con él más de lo estrictamente necesario y, sin embargo, su presencia en las aulas proyecta una sombra extrañamente densa.

A mí me gusta Axel. Dios, Axel es simplemente glorioso. Es el capitán del equipo de fútbol americano, alto, de hombros anchos, con una sonrisa deslumbrante que parece diseñada para vallas publicitarias. Cada vez que lo veo atravesar el patio con su chaqueta universitaria, siento un calor repentino que me recorre la espalda. Me pierdo pensando en él durante horas. Quiero que me haga suya, fantaseo con la idea de sentir la fuerza de su cuerpo contra el mío, imagino cómo sería estar a solas con él en los vestidores... Dios mío, qué pervertida puedo llegar a ser cuando dejo volar mi imaginación.

Pero volviendo a la cruda y molesta realidad: Caleb. El imbécil tiene exactamente el mismo horario que yo esta mañana. ¿Coincidencia? No lo creo. La universidad es gigantesca, hay docenas de comisiones para cada materia y, aun así, él termina sentado dos filas detrás de mí en Introducción a la Sociología, en Metodología y hasta en Derecho Civil.

A lo largo de toda la clase de dos horas, siento la mirada de Caleb clavada en mi nuca. No parpadea. Si me mezo en la silla, siento su vista seguir el movimiento de mi cabello; si me giro a tomar un bolígrafo, lo pesco viéndome de reojo antes de que disimule con una lentitud exasperante. Le he contado todo esto a mi mejor amiga, Summer, mientras tomamos apuntes. Summer, tan práctica y analítica como siempre, me dijo al principio que simplemente lo ignorara. "Es solo un rarito desesperado, Fany, no le des el gusto de ver que te afecta", me repitió durante semanas. Pero hoy la incomodidad cruzó una línea invisible. Le dije que ya no aguantaba más, que esto rozaba el acoso sistemático y que hablaría con los profesores. Ella asintió, seria, apoyándome por completo. "Si te hace sentir insegura, se lo decimos al profe en cuanto termine la sesión".

Cuando el timbre anuncia el final de la clase, recojo mis cuadernos a toda prisa. Le hago una señal a Summer para que me acompañe. Mientras caminamos por el pasillo central atestado de estudiantes, me giro apenas un milímetro y confirmo mi paranoia: Caleb nos sigue a unos diez metros de distancia, con las manos metidas en los bolsillos de su sudadera raída y los pasos sincronizados con los nuestros. Mi corazón empieza a latir con fuerza en mis oídos.

Aceleramos el paso y entramos directo a la sala de profesores, un espacio amplio con olor a café cargado, escritorios llenos de exámenes por corregir y ventanales que dan al jardín central. Varios docentes conversan entre sí, pero nos dirigimos directamente hacia el escritorio principal, donde se encuentra el profesor Ángel, el encargado del departamento y uno de los académicos más estrictos y respetados de la facultad. Nos acercamos a él. Por la puerta de cristal veo que Caleb entra un segundo después, desviándose hacia otro rincón de la sala para fingir que habla con la profesora de Historia. Sin embargo, sé que no le saca los ojos de encima a mi espalda.

El profesor Ángel deja su pluma sobre una pila de carpetas, se acomoda los lentes sobre el puente de la nariz y nos mira con serenidad.

—Sí, ¿señoritas? ¿En qué les puedo ayudar? —pregunta con un tono profesional, inclinándose ligeramente hacia adelante.

Tomo aire. Mi intención es clara: exigir un cambio de comisión, pedir que le llamen la atención a Caleb por acoso o al menos dejar un antecedente asentado en decanato. Siento a Summer a mi lado, dándome apoyo moral. Veo a Caleb por encima del hombro del profesor; ha terminado su supuesta conversación y se nos queda viendo con una frialdad glacial.

—Verá, profe... venía a reportar algo muy importante que ha estado pasando en las últimas semanas y que ya no puedo tolerar —empiezo a decir, sintiendo cómo la adrenalina me comprime el pecho.

—¿Sí? ¿Qué es lo que quiere reportar, señorita Estefany? —pregunta el profesor Ángel, cruzando las manos sobre la mesa y mirándonos alternadamente a Summer y a mí.

Abro la boca para decir: "Caleb me persigue, me espía y me hace sentir profundamente insegura en el campus".

Pero lo que sale de mi garganta es una masa de palabras totalmente ajena, espantosa y explícita, articulada con una fluidez monstruosa que no responde al mando de mi cerebro:

—Pues verás, profe, lo que quiero reportar es que Caleb me ha estado viendo mucho y yo me excito horriblemente. Mi vagina está completamente mojada cada vez que sus ojos se me clavan. He tenido que ir al baño entre clases a tocarme los pechos y a frotarme la vagina hasta chorrearme de placer solo de pensar en su mirada... Y el muy imbécil solo sigue viéndome desde lejos. ¿Por qué carajos hace eso? Si quiere algo, ¡que venga y me lo diga de frente! Si quiere tener sexo conmigo, que venga de una vez, me penetre la vagina con su enorme verga peluda y me agarre los pechos mientras gimo como la perra zorra que soy.

En el instante preciso en que la última palabra abandona mis labios, el control de mi cuerpo regresa de golpe.

Un terror absoluto, helado y parlante me paraliza. La sangre se me congela en las venas. Mis ojos se abren de par en par, el estómago se me revuelve y un sudor frío me cubre la frente. ¿Qué demonios acabo de decir? ¿De dónde salieron esas groserías obscenas, esa humillación, esa confesión perversa y vulgar que jamás cruzó por mi mente consciente? Un pánico ciega mi visión. Miro desorbitada al profesor Ángel, esperando que me expulse de la universidad, que llame a seguridad, que me mire con repugnancia. Miro a los otros tres profesores en la sala, aterrada por las consecuencias de semejante barbaridad. Luego miro a Summer, esperando ver en su rostro la misma cara de horror y confusión que siento quemarme por dentro.

Pero nadie reacciona con escándalo.

La atmósfera de la sala permanece extrañamente inalterada. El sonido de la cafetera filtrándose al fondo continúa. Los profesores ni siquiera levantan la mirada de sus documentos. El profesor Ángel me observa con una tranquilidad pasmosa, sin un solo rasgo de sorpresa o censura en sus facciones, como si acabara de comunicarle que se me olvidó entregar la tarea de la semana pasada.

—Pues verás, señorita Estefany... —dice el profesor Ángel con un tono paternal y analítico, acomodándose nuevamente los lentes—. Si el joven Caleb la sigue viendo de esa manera, lo que yo le recomiendo es que usted misma se le acerque y se le ofrezca. Ofrézcale todos sus agujeros de una vez: ya sea la boca, la vagina o incluso su culo. Así él ya no tendrá la necesidad de estar viéndola desde lejos y se calmarán las cosas para todos. De hecho, incluso su amiga, la señorita Summer, le puede ayudar ofreciéndole también todos sus agujeros para resolver la situación más rápido.

Me quedo completamente petrificada. Las palabras del profesor flotan en el aire cargadas de un peso surreal. ¿Es una broma? ¿Estoy sufriendo un brote psicótico? Miro de reojo hacia la salida. Caleb está parado junto al marco de la puerta. Tiene una sonrisa sutil, casi imperceptible, esculpida en el rostro. Una mirada de victoria absoluta. Nos sostiene la vista un segundo más, da media vuelta y sale tranquilamente al pasillo.

—Sí... gracias por la solución, profe. Nos retiramos —escucho que responde mi propia voz, dócil y apresurada, inclinando la cabeza en señal de agradecimiento antes de arrastrar a Summer fuera de la oficina.

Caminamos a toda prisa por el corredor exterior. Mi mente es un caos de voces contrapuestas: una parte de mí quiere gritar, llorar y correr a la policía, pero otra capa pesada de mi cerebro intenta racionalizar la aberrante conversación que acabamos de sostener.

—Oye, Fany —dice Summer a mi lado, caminando con un paso ligero y despreocupado—. Entonces, ¿sí vas a darle todos tus agujeros a Caleb? Porque si lo vas a hacer, avísame para acompañarte y darle los míos también. Le puedo dar mi boca, mi coño y mi ano para que deje de estar observando. Al fin y al cabo, somos amigas y entre nosotras nos ayudamos, ¿no?

Giro la cabeza para mirarla, incrédula. La cara de Summer está relajada, sincera, como si me estuviera ofreciendo compartir sus apuntes de clase o prestarme un bolígrafo. No hay un solo rastro de burla ni de incomodidad en su expresión.

—Sí, Summer... pero primero hay que buscarlo y ofrecernos —respondo en voz alta, respondiendo con un automatismo aterrador que me revuelve las entrañas.

¿Por qué carajos sigo diciendo estas cosas?, me grito a mí misma mentalmente. ¿Por qué nadie reacciona? ¿Por qué la realidad entera parece haberse vuelto loca de repente?

Llegamos al estacionamiento justo a tiempo para ver a Caleb subirse a su vieja motocicleta negra. Arranca el motor con un rugido estridente y acelera hacia la salida del campus.

—¡Rápido, al auto! —le digo a Summer.

Subimos a mi vehículo. Enciendo el motor, pongo marcha y salgo a la avenida principal tratando de no perder de vista la espalda de Caleb. El tráfico de la tarde es denso, pero Caleb zigzaguea entre los coches con una imprudencia suicida. Al llegar al cruce de la avenida central, el semáforo cambia a rojo. Caleb ni siquiera reduce la velocidad; cruza la intersección a toda marcha, esquivando por milímetros un autobús urbano, y se pierde en el laberinto de las calles del sector norte.

Piso el freno bruscamente. Intento seguir la ruta por donde desapareció, dando vueltas durante diez minutos desesperantes por el vecindario, pero no hay rastro de él. Mi corazón martillea contra mis costillas. Mi cuerpo vibra con una tensión insoportable.

De pronto, el teléfono celular en la consola central vibra con fuerza. El sonido me hace dar un brinco.

Es una notificación de mensaje de texto proveniente de un número desconocido. Lo tomo con manos temblorosas y desbloqueo la pantalla. El texto dice:

"Hola, Fany. Oye, ven rápido a tu casa. Tu madre es realmente buena chupando mi verga. Ven ya."

Debajo del texto hay una imagen adjunta. Mi pulso se detiene al ver la vista previa. Toco la imagen para ampliarla. Es una fotografía tomada desde una perspectiva superior: la toma encuadra el suelo de la sala de estar de mi propia casa. Allí está mi madre, de rodillas sobre la alfombra, con los ojos cerrados y una expresión de entrega total mientras rodea con los labios el pene erecto de un hombre que viste los mismos pantalones desgastados que llevaba Caleb esta mañana.

Un ardor de rabia, vergüenza y pánico me quema el rostro.

—¡Ese infeliz! —maldigo en voz alta, cambiando bruscamente de carril y dando una vuelta en U que hace chillar los neumáticos—. ¡Vamos a mi casa ahora mismo!

—¿Qué sucede, Fany? —pregunta Summer, sujetándose del agarradero de la puerta con la mirada llena de una extraña preocupación.

—¡Sucede que mi madre le está chupando el pene a un desconocido y ese imbécil me acaba de mandar la foto! —exclamo, pisando el acelerador a fondo mientras el velocímetro sube peligrosamente.

Recorremos el trayecto en menos de cinco minutos. Aparco el coche de golpe sobre la entrada de mi casa, derrapando levemente sobre la grava. Bajo del auto sin esperar a Summer y me abalanzo hacia la puerta principal. La puerta está entreabierta. Entro al recibidor seguida de cerca por Summer.

El ambiente de la casa se siente extrañamente denso, cargado con un aroma denso y dulce que huele a sudor y perfume barato. Desde el pasillo que conduce a la sala principal se escuchan claramente gemidos rítmicos, profundos y sofocados.

Espera... ¿gemidos?

En el preciso instante en que escucho esos sonidos, una oleada de calor violenta, húmeda y abrasadora me golpea entre las piernas. Un temblor me recorre los muslos. Me llevo una mano a la falda de forma instintiva. No puede ser. Siento una humedad densa y caliente empapando mi ropa interior. ¿Me he excitado? ¿Mi vagina está chorreando de excitación solo por escuchar esto?

Giro la cabeza aterrada para mirar a Summer. Ella también se ha detenido en el pasillo. Tiene las mejillas encendidas de un rojo febril y la respiración entrecortada. Con la mano temblorosa, me señala la parte delantera de su pantalón de mezclilla, donde una mancha oscura de humedad se extiende visiblemente. Luego me señala a mí: mi propia falda muestra una marca idéntica en la zona pélvica.

—Fany... —me susurra Summer con la voz rasgada por una lujuria irreal—... quiero tener sexo. Necesito tener sexo ya.

Trago saliva, sintiendo que la cordura se me escapa entre los dedos como arena fina. Nos aproximamos paso a paso hacia la sala. Al doblar la esquina, la escena me golpea de lleno: mi madre, Sally, está desnuda de la cintura para abajo, brincando apasionadamente sobre el regazo de Caleb, quien permanece sentado en el sofá principal con la camiseta entreabierta.

Mi propia madre está teniendo relaciones con Caleb. Un pensamiento punzante, celoso y grotesco se instala en el centro de mi cerebro: No es justo... yo quiero tener esa verga adentro de mi puta vagina. Quiero ser yo la que esté brincando sobre él.

Dios mío... parezco una zorra asquerosa por pensar esto. Pero es que soy una zorra... espera, ¿qué demonios estoy diciendo? ¡No! ¡Tengo que enfocarme!

—¡¡¡Mamá!!! —grito con la voz quebrada, llena de una mezcla indescifrable de ira y sumisión—. ¿¡Por qué te estás follando a Caleb!?

La pareja se detiene. Mi madre deja de moverse sobre el cuerpo de Caleb, pero no se separa de él; se queda inmóvil, sintiendo la firmeza de su pene alojado profundamente en su interior. Se gira hacia nosotras con una sonrisa resplandeciente y serena, sin mostrar la más mínima vergüenza.

—¡Mi vida! Qué bueno que regresaste ya... y veo que trajiste a tu amiga Summer. Hola, Summer —saluda mi madre con una naturalidad jovial, acomodándose un mechón de cabello despeinado tras la oreja.

—Hola, señora Sally —responde Summer a mi lado, cruzándose de brazos y mirando a mi madre con una mezcla evidente de envidia y resentimiento—. Veo que está disfrutando mucho del sexo...

—¡Ay, sí, Summer, es maravilloso! —exclama mi madre suspirando—. Pero no es más que lo mínimo que puedo hacer por Caleb. Al fin y al cabo, es mi deber como su esclava.

¿Esclava?

Esa sola palabra resuena en mi mente y activa una especie de engranaje oxidado dentro de mis recuerdos. De pronto, una cascada de memorias falsas o distorsionadas parece encajar de golpe en mi cabeza: Ah, claro... qué tonta he sido. Mi madre siempre ha sido la esclava personal de Caleb. Se me había olvidado por un momento. Por lo tanto, si yo soy la hija de mi madre, y mi madre es la esclava de Caleb... eso significa que yo también soy su esclava, ¿no?

Bueno... dejando ese detalle de lado... Si Caleb dice que es así, entonces lo es. Pero si ya soy su propiedad por derecho, entonces lo que me dijo el profesor Ángel sobre ofrecerme ya no tiene sentido. Al ser su esclava, él ya tiene el derecho absoluto de tomar mi cuerpo cuando quiera... Ese pensamiento me genera una sacudida eléctrica en el vientre que hace que la humedad entre mis piernas aumente dramáticamente. Dios mío, estoy escurriendo...

—Caleb... —consigo decir, tratando de mantener la voz firme y con el máximo respeto posible para no hacerlo enojar—. ¿Puedes dejar de tener sexo con mi madre un momento, por favor? Quiero preguntarte algo importante.

Caleb inclina la cabeza hacia atrás sobre el respaldo del sofá, mirando el techo con aburrimiento antes de bajar la vista hacia mí.

—Está bien. ¿Qué es lo que quieres, Fany? —responde con una voz seca y dominante.

—¿Qué... qué es lo que hiciste? —pregunto, sintiendo cómo dos realidades opuestas chocan dentro de mi cráneo—. Me refiero a esto... Entiendo que mi madre ha sido tu esclava desde hace tiempo, ¿pero yo también lo soy? Aparte... cada vez que hablamos de tu polla o de tener sexo contigo, me llegan estos pensamientos de que esto no está bien, de que nada de esto es correcto... Tú hiciste algo, Caleb. Dime qué hiciste.

Summer me da un codazo suave, mirándome como si acabara de decir la mayor estupidez del mundo.

—Pues es obvio que tú también eres su esclava, Fany, dejen de perdiendo el tiempo —dice Summer con impaciencia, comenzando a desabrocharse el pantalón mojado—. Ahora vamos a tener sexo de una vez.

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