El Ladrón

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Chapter 1 by K45

Nota de la autor: Hola de nuevo, esta es mi historia con la ayuda de Lyra (una IA). Todos los personajes son mayores de edad y esta historia también contiene errores, así que pido disculpas de antemano. ¡Espero que la disfruten! :)

Historia escrita en español

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Author's Note: Hello again! This is my story, written with the help of Lyra (an AI). All characters are age legals, and this story also contains errors, so I apologize in advance. I hope you enjoy it! :)

Story written in Spanish

Capítulo 1: Eco en el pasillo

Dicen que cuando convives durante años con alguien bajo el mismo techo, terminas encariñándote o, como mínimo, acostumbrándote a sus manías. Ese es un dicho que mi madre, Nicol, suele repetir cada vez que tiene la oportunidad. Tiene 42 años, pero aparenta bastante menos gracias a la buena vida que ha llevado últimamente. A mis 24 años, me sigue tratando con el mismo celo sobreprotector de siempre, algo que a veces me resulta molesto, pero no puedo negar que tiene su lado positivo: me quiere, me cuida y siempre ha estado dispuesta a respaldarme en todo.

Sin embargo, hay algo en todo esto que jamás ha terminado de cuadrarme del todo: la ridícula cantidad de dinero que maneja.

Hace seis años, la vida en la casa dio un vuelco absoluto. Mi madre se divorció de mi padre de forma repentina. La razón que dio en su momento nos dejó a todos desencajados: afirmó de un día para otro que los hombres ya no le interesaban en lo absoluto, que la sola idea de la intimidad heterosexual, tener un pene en su vagina le causaba repulsión y que sus preferencias se orientaban únicamente hacia las mujeres. Para mi padre y para mí fue un choque absurdo, considerando que había estado casada durante años y me había tenido a mí.

Por cuestiones de logística y trabajo, mi padre no tenía un domicilio fijo en ese entonces, así que me quedé a vivir con ella. Fue por esa época cuando Nicol comenzó su relación con Yanezbi, una mujer de 41 años, atractiva, de presencia imponente y con un trato increíblemente afectuoso hacia mí. Yanezbi me aceptó de inmediato, tratándome casi como a un hijo.

El verdadero dilema para un tipo de mi edad no era la convivencia en sí, sino lo que no podía evitar escuchar ni ver. Más de una vez el silencio de la casa se rompía con los jadeos y murmullos de sus noches juntas. Y peor aún: en más de una ocasión terminé cruzándomelas por los pasillos o en la piscina en circunstancias donde la ropa sobraba. Mentiría si dijera que me resulta indiferente. Ver a dos mujeres tan espectaculares en ese estado provoca sensaciones difíciles de ignorar, por mucho que una de ellas sea la mujer que me dio la vida. Es un pensamiento tabú, un impulso retorcido que me eriza la piel cada vez que la mente se me va por ese camino. Ambas me han dicho entre risas que lo que necesito con urgencia es buscarme una novia, sin sospechar siquiera lo que me pasa por la cabeza cuando las miro.

Todo este equilibrio extraño se desmoronó hace apenas dos días.

Había salido por la tarde y regresé a la casa entrada la noche. Entré con cuidado, quitándome los zapatos en el recibidor y avanzando en completo silencio, convencido de que la casa estaba vacía. Me disponía a ir a la cocina a buscar algo de tomar cuando escuché la voz de mi madre proveniente de su habitación. La puerta no estaba completamente cerrada; dejaba pasar un hilo de luz hacia el pasillo en penumbra.

Al principio me detuve, pensando que simplemente estaba hablando por teléfono con Yanezbi. Pero a medida que me acerqué a unos metros de la puerta, la conversación tomó un rumbo completamente ajeno. La voz al otro lado del altavoz pertenecía a Any.

Conocía a Any perfectamente. Era la hermana mayor de Auriel, uno de mis mejores amigos de la universidad. Any siempre había sido una mujer impresionante, y en su momento a todos nos tomó por sorpresa enterarnos de que también era lesbiana.

—¿Cuánto nos queda disponible en esa cuenta? —escuché que preguntaba Any a través del altavoz.

—Quedan unos 8.7 millones de dólares —respondió mi madre, Nicol, con una frialdad y una serenidad que me helaron la sangre.

Me quedé paralizado en el pasillo. ¿Ocho millones? ¿De dónde demonios salía semejante fortuna?

—Hay que bajarle al ritmo, Nicol —insistió Any con un resoplido—. Desde que asumimos esta vida y empezamos a figurar como Nicol y Any, nos hemos gastado más de 5.3 millones. No podemos seguir dilapidándolo así. Deberíamos mover una parte a inversiones más seguras. Digo, aunque ya tenemos varios activos puestos a nombre del cuerpo de Nicol, no hay que confiarse.

Se me erizó el vello de los brazos. ¿Al nombre del cuerpo? ¿Qué clase de término era ese? Apoyé la espalda contra la pared junto a la puerta, intentando procesar las palabras mientras mi corazón empezaba a martillear contra mi pecho.

—No te preocupes tanto, Any —dijo mi madre con una risita suave—. Hemos disfrutado estos seis años como nunca. Quién diría que terminaríamos con tanto dinero y en estas condiciones después de la persecución.

—Cierto... —respondió Any, y a través del teléfono se escuchó un gemido sofocado y extraño—. Ah... maldita sea. Me pica la vagina... El cuerpo de esta mujer es una verdadera puta, te lo juro. Con la novia que tengo he tenido sexo tres veces hoy y sigo necesitando más. Extraño lo que hacíamos juntas... quiero volver a acostarme contigo, Nicol.

—Yo también lo extraño —contestó mi madre sin tapujos—. El cuerpo de Nicol sabe hacer cosas increíbles. Si supieras la habilidad que tiene para chupar un pene... el hombre que probara esto sentiría la gloria misma. Pero bueno, ahora nos toca disfrutar el lado femenino de la vida.

Un gemido más agudo resopló del altavoz. Any se estaba masturbando en medio de la llamada.

—Dios... sí... me vine sólo de sobarme los pechos y rozarme abajo —jadeó Any—. Qué locura pensar que de no haber sido por aquel conjuro cuando la policía nos tenía acorralados, estaríamos muertos o en la cárcel. Matar a las verdaderas Nicol y Any y quedarnos con sus vidas, sus nombres, sus cuerpos y la fortuna... fue la mejor jugada de nuestras vidas.

Mis ojos se abrieron de par en par. La respiración se me cortó en la garganta.

—Emanuel y Mateo... —murmuró mi madre con una mezcla de nostalgia y burla—. Esos éramos antes. Dos tipos de 38 años huyendo por sus vidas. Y míranos ahora: ricas en cuerpo, dinero y estatus. Lo único jodido es que al tomar estos recipientes lo adquieres todo: las memorias, los ademanes, las pulsiones y los gustos. Por eso tenemos un amor por los hombres, pero nosotros no vamos a tener un hombre, asi terminamos siendo tan lesbianas algo que no eran ellas.

Me llevé una mano a la boca para evitar emitir cualquier sonido. El suelo parecía desvanecerse bajo mis pies.

Las dos mujeres con las que había convivido los últimos seis años —la mujer a la que llamaba madre y la hermana de mi amigo— no eran quienes decían ser. Eran dos hombres, dos criminales prófugos llamados Mateo y Emanuel, viviendo dentro de sus cuerpos, disfrutando de su dinero, de sus memorias y de su anatomía.

Se hizo un silencio breve en la habitación, roto únicamente por la respiración pausada de mi "madre". Me quedé allí, en la penumbra del pasillo, sintiendo cómo la realidad que conocía acababa de romperse en mil pedazos.

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