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Capítulo 2: La verdad sobre la mesa y las reglas del alma

Chapter 2 by K45

El aire dentro del pasillo se sentía denso, casi irrespirable, como si la presión atmosférica hubiera cambiado de golpe en toda la casa. Mantenía la mano sobre la boca mientras mi espalda seguía rígida contra la pared de yeso. Dentro de la habitación, el tono de la conversación telefónica bajó un par de decibeles, volviéndose una charla casual sobre gastos menores y planes para el fin de semana, pero para mí ya nada volvería a sonar "casual". Cada palabra, cada risa que salía de la boca de la mujer a la que había llamado madre durante toda mi vida, sonaba ahora como una frecuencia distorsionada.

Emanuel y Mateo. Dos fugitivos de treinta y ocho años. Dos hombres que habían tomado el control absoluto de las vidas de Nicol y Any, borrando cualquier rastro de quienes solían ser las verdaderas dueñas de esos cuerpos.

Sentí un escalofrío helado recorrer mi espina dorsal, descendiendo despacio por la columna hasta hacer vibrar mis piernas. Sin embargo, a medida que el shock inicial comenzaba a disiparse, la confusión le cedió el paso a una extraña corriente de adrenalina. La moral tradicional, esa respuesta instintiva que debería haberme llevado a salir corriendo de la casa o a llamar aterrado a las autoridades, no apareció. En su lugar, un pensamiento frío, casi metódico, se instaló en mi cabeza con absoluta claridad: si la realidad era una farsa tan elaborada, no tenía sentido seguir jugando con sus viejas reglas. Tenía las cartas ganadoras en la mano, y no pensaba desperdiciar semejante jugada.

Retrocedí un par de pasos sin hacer el menor ruido, utilizando el marco de la pared para amortiguar el peso de mis pisadas. Avancé en penumbras por el corredor principal hasta llegar a la puerta de entrada. Con un movimiento rápido y controlado, abrí la chapa metálica y la dejé golpear con una intensidad calculada contra el tope, simulando que apenas acababa de cruzar el umbral.

—¡Ya llegué! —exclamé con voz firme, marcando un tono cotidiano mientras me despojaba de la chaqueta y la arrojaba sobre el perchero de la entrada.

En la habitación de Nicol se escuchó un leve movimiento de sábanas y el chasquido característico de una llamada finalizada precipitadamente. Unos segundos después, los pasos suaves de mi "madre" resonaron sobre la madera del pasillo. Nicol apareció en el marco de la puerta, acomodándose la bata de seda negra que apenas cubría las curvas pronunciadas de sus muslos y el escote pronunciado de su pecho. Lucía impecable, fresca, con esa belleza madura que siempre llamaba la atención de cualquiera. Mirarla ahora, sabiendo la identidad de quien gobernaba ese rostro, provocaba una desconexión mental alucinante.

—Bruno, mi amor, no te escuché llegar —dijo ella, esbozando una sonrisa tibia mientras se acercaba a mí—. Pensé que te quedarías más tiempo en la universidad o con los chicos.

—Se canceló la reunión —respondí sin parpadear, fijando la vista directamente en sus ojos verdes—. Pero me alegra haber regresado temprano. Resulta que la casa estaba bastante entretenida.

Nicol ladeó la cabeza con una mueca de suave desconcierto, ajustando el cinturón de su bata con ambas manos.

—¿A qué te refieres? ¿Pasó algo?

No respondí de inmediato. Me tomé mi tiempo, cruzándome de brazos y caminando despacio hacia la isla de la cocina. La luz cálida de la barra iluminaba los ángulos de la estancia, creando un contraste acentuado entre nosotros. Me apoyé de espaldas contra el granito, sosteniéndole la mirada con una frialdad que ella jamás me había visto sostener.

—Estaba en el pasillo hace cinco minutos, Nicol. O mejor dicho... Mateo —solté con una calma absoluta, dejando caer el nombre verdadero como si fuera una piedra sobre un espejo de agua.

El rostro de la mujer se congeló al instante. Toda la calidez materna, la sutileza de sus gestos y la postura relajada se desvanecieron en una fracción de segundo. Sus pupilas se dilataron por completo y el color de sus mejillas pareció evaporarse, dejándola pálida bajo la luz halógena. Se quedó inmóvil, paralizada a mitad del pasillo, con las manos aún aferradas a la seda de su bata.

—¿De... de qué demonios estás hablando, Bruno? —intentó responder, pero su voz traicionó la compostura, saliendo en un tono rasposo y desajustado—. Creo que estás confundido o estás escuchando cosas que no...

—Ocho punto siete millones de dólares restantes —la interrumpí, marcando cada sílaba con precisión matemática—. Cinco punto tres millones gastados en seis años desde que asumieron las identidades. Emanuel masturbándose al otro lado de la línea en el cuerpo de Any. Y la revelación de que dos criminales de treinta y ocho años usaron un conjuro para deshacerse de dos mujeres y quedarse con todo. ¿Aún te parece que estoy confundido?

El silencio que siguió fue atronador. El ligero zumbido del refrigerador era el único sonido que llenaba la casa. Durante diez interminables segundos, Nicol no se movió. Podía ver el engranaje de su mente trabajando a mil revoluciones por minuto: la evaluación de riesgos, la búsqueda de una salida, la alarma biológica de un criminal acorralado. Sus ojos recorrieron la distancia hacia la puerta principal y luego volvieron hacia mí, midiendo mi estatura, mi postura y el hecho de que me encontraba completamente tranquilo.

Poco a poco, la rigidez en sus hombros cedió. Una exhalación larga y pesada brotó de sus labios rectos, un suspiro cargado de resignación pero también de una extraña soltura, como quien se quita una máscara sumamente pesada después de llevarla puesta durante años.

Su postura cambió por completo. Sus hombros cayeron ligeramente hacia atrás, la inclinación delicada de su cabeza se volvió más recta y la forma en que cruzó las piernas al dar un paso hacia la isla tenía una cadencia mucho más tosca, calculada y masculina, generando un contraste espeluznante con el físico voluptuoso y femenino que habitaba.

—Vaya... —murmuró Nicol, con un timbre de voz que, aunque físicamente seguía siendo agudo y femenino, ahora proyectaba una entonación completamente diferente, descarada y directa—. Supongo que fui una descuidada con la puerta. Un error de novato.

—Bastante descuidada —asentí, manteniendo mi postura relajada—. Especialmente cuando hablas de cómo mataron a mi verdadera madre y a la hermana de mi amigo.

Nicol soltó una risita seca, caminó hacia la cava de vinos junto a la cocina, tomó una copa de cristal y se sirvió un chorro generoso de tinto sin pedir permiso. Se llevó la copa a los labios, tomó un trago largo y me miró por encima del borde con una fijeza perturbadora.

—Mira, Bruno…—dijo, apoyando los codos sobre la barra de granito, muy cerca de mí—. Te seré completamente franco. Si estuvieras aterrado, ya habrías salido corriendo de esta casa a buscar a la policía. Si estuvieras buscando venganza, no te habrías tomado el tiempo de encararme a solas en la cocina con esa sonrisa en la cara. Así que dime de una vez: ¿cuál es tu juego?

Sonreí ligeramente. Me gustaba que fuera directo; después de todo, bajo esa piel hermosa vivía un tipo curtido en la calle.

—Mi juego es simple —dije, acortando la distancia entre los dos hasta quedar a medio metro de su rostro—. No voy a ir con la policía. No voy a denunciar nada de lo que escuché. Me parece que la vida que armaron aquí es una obra maestra de la supervivencia. Pero yo no me voy a quedar mirando desde la banca como si fuera un simple espectador inocente. Si ustedes se quedaron con la fortuna y los cuerpos, yo quiero entrar al juego.

Nicol levantó una ceja, claramente intrigada por mi respuesta.

—¿Entrar al juego? ¿En qué sentido?

—En todos los sentidos —respondí sin vacilar—. Quiero una parte de esos recursos para manejarme con absoluta libertad. Y segundo... bueno, tú sabes perfectamente lo que he sentido durante estos seis años viendo cómo te paseas por la casa con Yanezbi. Sabes lo que pasa por mi cabeza. Y ahora que sé que no llevo tu sangre, que eres un tipo de treinta y ocho años ocupando el recipiente de una mujer hermosa, las barreras morales sencillamente no existen para mí. Quiero mis momentos contigo. Y quiero mis momentos con Any.

La reacción de Nicol fue una mezcla de asombro y diversión sin filtro. Se echó hacia atrás, apoyando la espalda en la estantería mientras soltaba una carcajada sonora, una risa femenina en sonido pero profundamente cínica en intención.

—Pero qué hijo de perra resultaste ser... —dijo negando con la cabeza, observándome de arriba abajo con una mirada renovada—. Todo este tiempo haciéndote el muchacho tranquilo y obediente, y resulta que tenías las garras bien guardadas. Te atrae el morbo de la situación, ¿eh? Saber que estás tocando el cuerpo de tu madre, pero sabiendo que adentro hay un viejo criminal gozando de cada caricia. Es verdaderamente enfermizo, Bruno. Me encanta.

—Es el trato —marqué la pauta con voz firme—. Aceptas las condiciones o la información empieza a filtrarse donde no debe.

Nicol tomó otro trago de vino, saboreándolo despacio antes de hablar.

—Tranquilo, vaquero. No hay necesidad de amenazas. Emanuel y yo hemos hecho cosas peores para mantenernos a salvo. Además, para serte honesto, el cuerpo de esta mujer tiene instintos biológicos que a veces son insoportables de ignorar. Desde que nos fusionamos, las hormonas de Nicol y la memoria de su piel reaccionan a estímulos de una forma salvaje. No me vendría mal un poco de variedad en esta casa, y Any va a volverse loca cuando se entere de esto. Le encanta la adrenalina.

—Perfecto —dije, sintiendo cómo una ola de calor me recorría el cuerpo al ver que la primera fase de mi plan estaba completamente asegurada—. Pero hay algo más que necesito saber. Algo crucial.

Nicol entornó los ojos, adoptando una pose más seria.

—¿Qué cosa?

—Quiero saber cómo demonios lo hicieron —solté, fijando mi atención en cada detalle de su rostro—. Escuché lo que dijeron sobre el conjuro, sobre la fusión y cómo adquirieron los recuerdos, las habilidades y las manías de Nicol y Any. Quiero la explicación completa de qué es exactamente ese proceso de body swap o posesión.

Nicol suspiró, dejando la copa sobre la barra. Se cruzó de brazos, ajustándose la bata sobre el pecho mientras la expresión de su rostro se tornaba considerablemente más densa, cargada de un misticismo oscuro.

—No es un juego de magia de feria, Bruno —comenzó a explicar con voz pausada y grave—. Es una antigua disciplina mística, un ritual de posesión y fusión de almas que Mateo y yo descubrimos hace años, mucho antes de que la policía nos pisara los talones. Cuando estuvimos acorralados aquella noche, no teníamos opción. Si nos atrapaban, nos esperaba la cadena perpetua o una bala en la cabeza. Usamos el conjuro como última medida de emergencia.

—¿Cómo funciona exactamente? —pregunté, aproximándome más para no perder ningún detalle.

—El ritual requiere la presencia física del objetivo y un vínculo de sangre o contacto fluido en un punto focal determinado —explicó Nicol, señalándose la sien con el índice de la mano derecha—. Una vez que pronuncias las palabras y desatas la energía del conjuro, tu alma no solo expulsas o aplastas la de la otra persona. Se produce una fusión espiritual completa. Tu esencia principal y tu conciencia permanecen al mando del timón, pero la estructura del alma huésped se descompone y se amalgama con la tuya.

Se detuvo un instante, mirando sus propias manos, observando la textura fina de sus dedos y las uñas pintadas con esmalte oscuro.

—Por fuera —continuó—, el mundo ve el cuerpo intacto de la persona original. Pero por dentro, tú absorbes absolutamente todo de ella. Sus recuerdos más profundos desde la infancia, sus traumas, sus habilidades físicas, sus ademanes, el tono de su voz y, lo más importante, su orientación sexual y sus instintos biológicos. Yo entré a este recipiente siendo Mateo, un tipo heterosexual de casi cuarenta años. Pero en el instante en que me fusioné con el alma de Nicol, absorbí su atracción visceral por tu padre, su memoria muscular para el sexo y su amor por esta casa. La persona original desaparece como entidad independiente; queda atrapada dentro de ti, sirviendo como el combustible de la nueva identidad.

—Es un borrado completo de la víctima —murmuré, procesando la magnitud de semejante magia.

—Exactamente —asintió Nicol—. Y hay dos reglas de oro que debes entender muy bien, Bruno. La primera es que el proceso es completamente irreversible. No hay marcha atrás. Una vez que te fusionas, la carne y el alma se amoldan a la nueva forma para siempre. La segunda regla es aún más estricta: solo se puede realizar una sola vez por persona. El alma humana solo soporta el impacto de una fusión en toda su existencia. Si intentas hacerlo una segunda vez, tu mente se colapsa y el cuerpo muere en el acto.

Nicol se acercó a mí, apoyando una de sus manos frías y suaves sobre mi hombro. El tacto de su piel, combinado con el conocimiento de la criatura que habitaba en su interior, me produjo una descarga eléctrica por toda la columna.

—Por eso Emanuel y yo terminamos así —añadió con una sonrisa amarga—. Cuando la policía nos rodeó la noche del escape, no tuvimos tiempo de elegir. Nicol y Any estaban en el lugar equivocado en el momento equivocado. Eran dos mujeres hermosas, sí, pero no era nuestro plan original terminar viviendo como dos lesbianas de cuarenta años. Tuvimos que actuar en segundos, lanzar el conjuro y adaptarnos a la carne que nos tocó. Fue una decisión apresurada, pero nos salvó la vida y nos dio una fortuna. Y ahora estamos atrapados en estos cuerpos para siempre.

Me quedé en silencio durante unos largos segundos, analizando cada palabra, cada regla y cada implicación de la fusión de almas. El concepto no solo era fascinante; era la herramienta definitiva para moldear el destino a voluntad. La idea de tomar la vida de alguien más, sus memorias, su físico y su estatus sin dejar un solo rastro destruía cualquier límite impuesto por la naturaleza.

—Es increíble... —musité, dejando que una sonrisa lenta se dibujara en mi rostro.

Nicol me miró con atención, detectando de inmediato el brillo calculating que se encendió en mis ojos. Se inclinó ligeramente hacia mí, reduciendo la distancia entre nuestras caras.

—Conozco esa mirada, Bruno —dijo en un murmullo sospechoso—. ¿Por qué tantas preguntas sobre el ritual? No me digas que...

Le sostuve la mirada sin pestañear, sintiendo cómo la decisión se asentaba con firmeza en mi interior.

—Quiero hacerlo yo también —declaré con absoluta convicción—. Quiero aprender el conjuro. Quiero hacer la fusión.

Nicol abrió los ojos de par en par, tomándose un momento para digerir mis palabras. Luego soltó una risa leve, esta vez cargada de una advertencia genuina.

—¿Te has vuelto loco? Te acabo de decir que es definitivo, Bruno. Te acabo de decir que te cambia la vida por completo y que no hay retorno. Si lo haces, dejas de ser quien eres. Te transformas en otra cosa.

—Lo sé perfectamente —respondí, cruzándome de brazos—. Y por eso mismo no voy a cometer el mismo error que cometieron ustedes. No voy a hacerlo deprisa ni acorralado por nadie. Voy a elegir exactamente al recipiente perfecto.

Nicol me observó durante un buen rato, estudiando la frialdad de mi tono. Se pasó la mano por el cabello negro, soltando un suspiro largo mientras caminaba de regreso hacia la barra para tomar su copa.

—Es una locura... pero supongo que no puedo juzgarte, considerando quién soy yo —dijo, mirándome con una mezcla de respeto y curiosidad—. Pero si realmente vas a tomar ese camino, tienes que pensarlo muy bien, Bruno. Tienes que analizar cada detalle de la persona que vas a elegir, porque te vas a quedar en su piel hasta el día en que te mueras. No puedes equivocarte.

—No me voy a equivocar —aseguré con voz firme—. Ya tengo a alguien en mente.

—¿Ah sí? —preguntó Nicol, alzando una ceja con intriga mientras daba un pequeño trago a su vino—. ¿Y se puede saber quién es la desafortunada?

Me apoyé de nuevo contra el granito de la barra, dejando que la imagen de la chica viniera a mi mente con total claridad. La anatomía escultural, el estilo oscuro, la personalidad definida.

—Se llama July —dije con una sonrisa pausada—. Es una compañera de mi facultad en la universidad. Es una chica gótica, tiene un cuerpo impresionante porque se la pasa haciendo ejercicio y entrenando todos los días. Y lo mejor de todo es que sus gustos, su música, su forma de ver la vida y sus pasiones son prácticamente idénticas a las mías. Si me fusiono con ella, los cambios en mi mentalidad no van a ser un choque traumático; simplemente seré yo en la versión física más espectacular que podría desear.

Nicol soltó un silbido bajo, negando suavemente con la cabeza.

—Una gótica fit... Vaya, sí que tienes gustos exigentes. Pero dime una cosa: si ya la tienes elegida, ¿piensas hacer el cambio de inmediato?

—Para nada —respondí de inmediato, dejando ver la estrategia detrás de mi plan—. No tengo ninguna prisa. Primero voy a disfrutar de mi vida actual como Bruno. Voy a aprovechar los recursos, el dinero que tenemos y, sobre todo, voy a disfrutar del pacto que acabamos de hacer tú, Emanuel y yo. Voy a tener mi tiempo con ustedes dos, voy a gozar de este cuerpo tuyo y del de Any todo lo que quiera. Y cuando sienta que ya exprimí esta etapa al máximo, cuando esté completamente listo para dar el salto definitivo... entonces les pediré que me enseñen el conjuro para tomar a July.

Nicol me miró durante unos segundos en completo silencio. Poco a poco, una sonrisa descarada, sensual y cómplice comenzó a dibujarse en sus labios rojos. Se acercó a mí lentamente, dejando la copa sobre la mesa, y extendió la mano para acomodarme el cuello de la camisa con una delicadeza cargada de tensión erótica.

—Eres un demonio, Bruno... o mejor dicho, un verdadero estratega —murmuró cerca de mi oído, dejando que el aroma de su perfume y el calor de su respiración me erizaran la piel—. Me gusta cómo piensas. Disfrutar del banquete antes de cambiar de mesa. Emanuel va a quedar fascinado con esta idea.

Se echó hacia atrás, mirándome a los ojos con una chispa peligrosa.

—Mañana mismo voy a llamar a Any para que venga a la casa. Le explicaremos todo el panorama y cerraremos este trato como se debe. Pero esta noche... esta noche es el comienzo del juego, Bruno. Y me parece que ya hemos hablado demasiado.

La tensión en la cocina alcanzó su punto máximo. El secreto estaba fuera, el pacto estaba sellado, y las reglas del tablero habían cambiado para siempre.

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