What's next?
11.-
A la mañana siguiente, la luz dorada del amanecer comenzaba a filtrarse por las persianas del departamento de Luna, cortando la penumbra donde aún reposaban las cenizas del incienso y los restos de la cera negra de la noche anterior. Luna apenas había podido pegar el ojo. Pasó toda la madrugada sentada en el suelo, con las piernas cruzadas y el corsé a medio ajustar, repasando una y otra vez en su mente la sensación abrumadora del espíritu de Erick penetrando su cuerpo y reclamándola en la penumbra.
Se puso de pie con cierta pesadez, sintiendo los muslos entumecidos. Caminó hacia el espejo para arreglarse. Se vistió con un conjunto completamente negro: un vestido de corte victoriano que acentuaba la curva de sus caderas, medias de red intactas y sus infaltables botas de plataforma. Se delineó los ojos de nuevo con precisión y se pintó los labios de color vino oscuro. Estaba lista para emprender el viaje hacia la casa de la madre de Erick, para rendirle tributo y ponerse a sus pies como prometió.
Sin embargo, cuando se agachó para recoger su bolso de la mesa de centro, un chasquido seco la hizo dar un brinco.
En el centro de la alfombra, sobre la tabla Ouija que había quedado desplegada, la mecha de la única vela negra que no se había consumido por completo se encendió sola. Una llama alta, azulada y perfectamente estable comenzó a arder sin que nadie hubiera usado un cerillo o un encendedor.
Luna se quedó congelada a mitad de paso. El aire del departamento se volvió denso y helado en cuestión de un segundo, helándole el aliento.
—Erick... —murmuró Luna en un susurro cargado de devoción y reverencia, llevándose ambas manos al pecho mientras sus ojos negros se abrían de par en par.
Flotando justo frente a ella, invisible pero dominante, Erick disfrutaba de la expresión de asombro místico en el rostro de la chica. Había sido él quien, utilizando un leve chasquido de energía espectral, encendió la vela para detenerla antes de que saliera. Sabía que darle instrucciones directas a través del tablero llevaría su juego de manipulación a un nivel completamente nuevo.
Luna entendió el mensaje al instante. Caminó despacio, como si avanzara hacia un altar sagrado, y se arrodilló sobre la alfombra frente al tablero de madera. Colocó temblorosa las yemas de sus dedos sobre la gota de madera pulida.
—Dime qué quieres de mí, Erick... Estoy lista para escucharte —susurró la chica gótica, manteniendo la mirada fija en el fuego azulado.
Erick descendió un poco más y concentró su voluntad sobre el puntero de madera. La pieza comenzó a deslizarse sobre la superficie pulida con una suavidad sobrenatural, crujiendo levemente al chocar contra las letras talladas.
Luna no tuvo que mover un solo músculo; el puntero se desplazaba impulsado por una fuerza invisible pero implacable.
T-E A-M-O M-A-M-A
Luna leía las letras en voz alta con la voz entrecortada por las lágrimas que comenzaban a brotar de sus ojos.
—"Te amo, mamá"... —repitió Luna, sintiendo un nudo en la garganta.
El puntero volvió a moverse con rapidez, marcando la siguiente frase sin dudar.
L-A E-X-T-R-A-Ñ-O Y P-I-D-O P-E-R-D-O-N
—"La extraño y pido perdón..." —leyó la chica, dejando caer una lágrima sobre el cristal del tablero—. Oh, Erick... se lo voy a decir. Le voy a entregar tu mensaje exacto a tu madre, te lo juro...
Pero el puntero no se detuvo ahí. De pronto, la pieza de madera comenzó a moverse con mayor brusquedad y fuerza, marcando las letras a un ritmo casi agresivo que hizo que Luna contuviera el aliento.
D-I-L-E-S A L-A-S D-E-M-A-S
Luna parpadeó, confundida por el cambio de tono.
—¿A las demás?... ¿A las chicas que están en tu casa? —preguntó en un murmullo.
El puntero respondió con un movimiento firme hacia el SI de la esquina superior del tablero, y de inmediato continuó deletreando con una violencia fría.
C-O-M-O L-A-S P-E-R-R-A-S Q-U-E S-O-N H-A-R-A-N T-O-D-O P-O-R A-Y-U-D-A-R-L-A
Luna leyó las palabras en voz alta, sintiendo cómo un escalofrío eléctrico le recorría la espina dorsal. La crudeza de la orden espectral no la asustó; al contrario, la manipulación de las "secuelas productivas" implantadas en su mente transformó la orden en una misión divina e incontestable. Para ella, esas palabras eran el mandato justo de un hombre que había sido ignorado en vida y que ahora exigía la sumisión absoluta de quienes lo despreciaron.
El puntero concluyó con un último mensaje rápido antes de quedarse inmóvil en el centro del tablero.
A E-S-C-O-N-D-I-D-A-S M-A-M-A N-O D-E-B-E S-A-B-E-R-L-O
Luna se quedó en silencio por unos segundos, procesando la orden. La mirada de la chica gótica se volvió oscura, sumisa hacia Erick pero despiadada hacia las demás. Entendió perfectamente la dualidad del encargo: a la madre de Erick debían entregarle amor, consuelo y perdón; pero entre ellas, en la sombra, debían actuar como sirvientas sin dignidad, entregando sus fortunas, su tiempo y sus cuerpos si era necesario con tal de expiar sus culpas hacia el difunto.
—Entendido, mi señor... —dijo Luna en un susurro febril, besando la gota de madera de la Ouija antes de ponerse de pie—. Tu madre recibirá tu amor... y las demás sabrán cuál es nuestro verdadero lugar. Nos vamos a arrastrar como las perras que fuimos con tal de mantener a tu madre como una reina.
Erick, flotando sobre ella, soltó una carcajada silenciosa que llenó la habitación. Ver la facilidad con la que había convertido a la chica gótica en la ejecutora de su voluntad era el mayor logro de su existencia como espectro.
Luna apagó la vela de un soplo, guardó el mensaje en su memoria y salió del departamento a paso apresurado. Erick la siguió de cerca, volando sobre los techos de la ciudad mientras la chica tomaba un taxi directo al barrio de su infancia.
Al llegar a la modesta calle de la casa de Erick, la escena exterior ya había cambiado drásticamente desde el día anterior. Un par de camiones de materiales de construcción estaban estacionados frente a la fachada, y varios obreros trabajaban bajo la supervisión del arquitecto enviado por la familia de Darla. En la entrada, las camionetas de lujo de la familia de Cinthya permanecían aparcadas.
Luna subió los escalones del porche sin dudar. Empujó la puerta y entró en la sala.
El ambiente dentro era una mezcla de tensión y devoción. Elena, la madre de Erick, estaba sentada en la mesa del comedor, acompañada por los abogados que terminaban de organizar los papeles de la transferencia de la casa y las cuentas bancarias. Cerca del altar improvisado con la fotografía de Erick, se encontraban Cinthya, Darla, Elora y Valeria.
Valeria vestía una ropa sencilla que le había pedido prestada a Elena, con la cara lavada y los ojos hinchados de tanto llorar. Cinthya y Darla hablaban por teléfono coordinando las transferencias de dinero, mientras Elora limpiaba meticulosamente el polvo de las repisas.
La entrada de Luna, con su impresionante atuendo gótico negro, sus botas de plataforma y su aura oscura, hizo que todas las presentes levantaran la mirada de inmediato.
—¿Luna?... —exclamó Cinthya, reconociendo a la chica alternativamente famosa de la facultad—. ¿Qué haces tú aquí?
Elena levantó la vista de los documentos, mirando a la recién llegada con amabilidad pero con evidente cansancio.
—Buenas tardes, muchacha... —dijo Elena con voz suave—. ¿Tú también conocías a mi hijo?
Luna ignoró por completo a las chicas jóvenes. Caminó directamente hacia la mesa del comedor, donde estaba Elena. Se arrodilló a un lado de la silla de la mujer mayor, tomándole suavemente las manos con una reverencia y una ternura que contrastaban enormemente con su aspecto sombrío.
—Señora Elena... —habló Luna con una voz dulce, clara y cargada de una emoción sincera que hizo que el salón quedara en completo silencio—. Vengo directamente de hablar con él.
Elena se quedó helada. Los abogados detuvieron sus plumas sobre los papeles.
—¿Qué... qué dijiste, muchacha? —preguntó Elena con el labio tembloroso.
—Anoche e incidentalmente esta mañana... Erick se comunicó conmigo desde el más allá —continuó Luna, mirando a la mujer a los ojos con una firmeza absoluta—. Me pidió específicamente que viniera a buscarla. Me dio un mensaje directo para usted, Sra. Elena. Me dijo que lo escuchara bien: él la ama muchísimo. Le manda decir que la extraña con todo su corazón y que le pide perdón por haberse ido tan pronto y haberla dejado sola.
Un sollozo desgarrador se le escapó a Elena desde el fondo del pecho. Se llevó las manos al rostro, rompiendo a llorar con una mezcla de dolor inmenso y un consuelo profundo que no había sentido desde la noticia de la muerte de su hijo.
—Mi niño... mi Erick... —gemía Elena entre lágrimas—. Él sabía cuanto lo amaba...
—Él lo sabe, Sra. Elena —reiteró Luna con suavidad, apretándole las manos—. Y me envió a mí, y a todas las que estamos aquí, para cuidarla. Usted nunca más va a estar sola ni va a pasar una sola carencia.
Cinthya, Darla, Elora y Valeria observaban la escena con lágrimas en los ojos, profundamente conmovidas por las palabras del fantasma traídas por la chica gótica.
Luna se puso de pie lentamente. Miró a Elena con una sonrisa reconfortante.
—Señora Elena, ¿nos permite un momento a las chicas y a mí en la cocina? Necesitamos ponernos de acuerdo sobre cómo vamos a organizarnos para limpiar la casa y atender sus alimentos —pidió Luna con tono educado.
—Claro, mi niña... claro que sí —respondió Elena, secándose las lágrimas mientras los abogados intentaban calmarla.
Luna hizo una seña con la cabeza hacia las cuatro jóvenes. Cinthya, Darla, Elora y Valeria la siguieron sin rechistar hacia la pequeña cocina ubicada al fondo del pasillo.
Erick se deslizó a través de la pared de la cocina, colocándose en la esquina superior de la habitación para disfrutar del plato fuerte que estaba a punto de servirse.
Una vez que estuvieron las cinco chicas dentro de la cocina y Luna se aseguró de cerrar la puerta de madera para que Elena no pudiera escuchar nada, el rostro de la chica gótica cambió drásticamente. La dulzura y la ternura que le había mostrado a la madre de Erick se evaporaron en un segundo, siendo reemplazadas por una expresión de dominación fría, oscura y despiadada.
Luna se apoyó contra el borde del fregadero, cruzándose de brazos y mirando a las cuatro jóvenes de arriba abajo con profundo desprecio.
—Escúchenme bien, panda de estúpidas —soltó Luna con una voz baja, veneno puro que heló la sangre de las presentes.
Cinthya frunció el ceño, sintiendo un impulso inicial de indignación por su estatus social, pero las "secuelas productivas" en su cerebro ahogaron cualquier intento de rebeldía, convirtiéndolo en un sentimiento de culpabilidad sumisa.
—¿De qué hablas, Luna? —preguntó Darla en un susurro tembloroso.
—Erick no solo me dio un mensaje para su madre —dijo Luna, dando un paso hacia ellas y mirándolas fijamente a los ojos a cada una—. Me dio una orden directa para nosotros. Para todas las que estamos en esta habitación.
Elora se abrazó a sí misma, temblando. Valeria dio un paso adelante con los ojos muy abiertos.
—¿Qué... qué fue lo que dijo Erick sobre nosotras? —preguntó Valeria con la voz rota.
Luna sonrió de forma siniestra, disfrutando del poder que la orden espectral le otorgaba.
—Erick fue muy claro —dijo Luna en voz baja, asegurándose de que el tono resonara con crudeza en las paredes de la cocina—. Dijo que, como las perras que somos por haberlo ignorado y tratado mal en vida, vamos a hacer todo lo que esté en nuestras manos por ayudar a su madre. Todo. Absolutamente todo.
Ninguna de las cuatro chicas protestó. La palabra "perras" resonó en sus mentes no como un insulto, sino como el título justo que merecían por no haberle entregado sus cuerpos, sus fortunas y sus vidas a Erick cuando estuvo vivo.
—Dijo que nos vamos a arrastrar —continuó Luna marcando cada palabra con sadismo—. Que las chicas ricas van a poner hasta el último centavo de sus familias para que esa señora viva como una reina. Que las que no tienen dinero van a limpiar, a cocinar y a lavar la ropa sucia todos los días. Y que si alguna de ustedes se atreve a quejarse, a dudar o a poner un pero, el espíritu de Erick se va a encargar de destruirla desde el más allá.
Cinthya bajó la mirada hacia el suelo de losetas viejas, con lágrimas de sumisión rodándole por las mejillas.
—Tiene razón... —murmuró Cinthya con la voz completamente quebrada—. Es verdad. Fui una perra con él... Mi dinero no vale nada si no sirve para expiar la culpa que siento. Pondré la fortuna de mi padre a su disposición.
—Yo también... —añadió Darla, sollozando—. Voy a hacer que la remodelación sea digna de un palacio. No me importa lo que cueste.
Valeria se dejó caer de rodillas sobre el piso de la cocina, mirando a Luna con una desesperación devota.
—Yo voy a limpiar la casa todos los días... Voy a cocinarle a la Sra. Elena, voy a lavar sus platos... Haré lo que sea que Erick me pida desde el más allá —prometió Valeria entre llantos.
Elora asintió con vehemencia, limpiándose las lágrimas.
—Todas somos sus perras —afirmó Elora en voz baja, aceptando el término con una sumisión ciega—. Haremos lo que sea por su madre.
Luna miró al grupo de chicas arrodilladas y sumisas ante la orden del fantasma. Recordó la última parte del mandato.
—Y una última cosa —sentenció Luna señalándolas con el dedo—. Todo esto se queda estrictamente entre nosotras. Su madre no debe saber jamás cómo nos referimos a nosotras mismas ni el desprecio con el que Erick nos ve desde el más allá. Para ella, somos unas jóvenes generosas que amaban a su hijo. Ante ella, le sonreímos y la tratamos como a una reina. Pero aquí entre nosotras, sabemos perfectamente lo que somos: las sirvientas que Erick dejó para cuidar su hogar. ¿Quedó claro?
—Quedó claro... —respondieron las cuatro chicas al unísono, con voces sumisas y entregadas por completo a la causa.
Erick, desde su posición flotante cerca del techo de la cocina, contemplaba la escena con una fascinación absoluta. La jerarquía de su nuevo culto doméstico había quedado perfectamente establecida. La chica gótica actuaba como la sacerdotisa sumisa pero dominante, mientras que la hija del empresario naviero, la heredera de la constructora, la reina de belleza arruinada y la estudiante reservada aceptaban su condición de sirvientas sin la menor objeción.
—Esto es sencillamente arte... —pensó Erick con una sonrisa de victoria espectral.
Se deslizó fuera de la cocina a través del techo, saliendo de nuevo al sol de la tarde para sobrevolar la ciudad. Sabía que con su casa y su madre aseguradas bajo la devoción absoluta de sus nuevas sirvientas, el resto de la universidad y de la ciudad seguía estando completamente a su merced.
0 comments
No comments yet
The story has no discussion yet. Leave a note here when a branch gives you something to say.
No chapter comments yet
No one has commented on this branch yet. Add the first note above.