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Chapter 10 by K45

Erick flotó en el aire, fascinado por la determinación que acababa de plantar en la mente de Luna. La idea de que una chica gótica estuviera dispuesta a mover cielo y tierra para invocarlo desde el más allá le producía un morbo irresistible. Decidió que la universidad podía esperar un momento: no se perdería por nada del mundo la travesía de Luna en su intento por contactar con su espíritu.

La siguió desde las alturas mientras la joven abandonaba el campus a paso firme. Sus botas de plataforma resonaban con fuerza contra la banqueta. Aunque mantenía el delineador corrido por las lágrimas y la falda desordenada, no le importaba en absoluto la atención que atraía. En su mente, alterada por el dominio del fantasma, solo existía una meta: encontrar las herramientas necesarias para abrir un canal con el plano astral.

Luna caminó varias calles hasta llegar a un barrio antiguo del centro de la ciudad, donde las fachadas coloniales daban paso a locales pequeños y oscuros. Se detuvo frente a un establecimiento con un letrero de madera gastada que rezaba: La Sombra del Destino - Artículos Esotéricos y Ocultismo.

Erick se deslizó a través del techo de la tienda, tomando posición en una de las vigas superiores del local para observar la escena desde arriba. El lugar olía intensamente a copal, mirra y cera quemada. Los estantes estaban abarrotados de frascos con hierbas, cuarzos, figuras de resina, mazo de cartas del tarot y libros viejos de encuadernación de cuero.

Detrás del mostrador se encontraba una mujer madura de rostro enjuto y ojos afilados, envuelta en un chal tejido.

—Buenas tardes... —dijo la comerciante con voz pausada, mirando a Luna de arriba abajo—. Pareces una chica que busca algo muy específico.

Luna se acercó al mostrador sin rodeos. Apoyó ambas manos sobre la madera vieja, mirando a la mujer con una fijación casi febril.

—Necesito hablar con alguien que acaba de morir —dijo Luna sin titubear, con la voz rasposa por el llanto previo—. Necesito la tabla Ouija más efectiva que tenga, velas negras de cera de abeja, incienso de sangre de dragón y lo necesario para un ritual de invocación de espíritus recientes.

La mujer del mostrador alzó una ceja, sorprendida por la contundencia de la joven.

—Niña, el plano de los muertos no es un juego de universidad —advirtió la mujer con tono grave—. Invocar a un alma reciente puede atraer entidades indeseadas si no sabes lo que haces.

—No me importa nada de eso —interrumpió Luna, sacando su billetera y dejando varios billetes sobre el mostrador sin molestarse en contarlos—. Él se fue sin saber lo que sentía por él. Me moría de ganas de ser suya en vida y por mi cobardía lo dejé ir. Si tengo que vender mi alma o arriesgarme a lo que sea con tal de escuchar la voz de Erick una sola vez, lo voy a hacer. Deme las cosas ahora mismo.

Desde el techo, Erick soltó una leve risilla espectral. La convicción ciega con la que Luna aceptaba los riesgos de la brujería casera con tal de pedirle perdón le parecía el colmo del entretenimiento.

La comerciante, al ver el dinero y la mirada desorbitada de la chica, suspiró y se dio la vuelta. Regresó un minuto después con una caja de madera barnizada en tono oscuro que contenía una tabla espiritista de acabado artesanal, un paquete de velas negras gruesas y un tazón de bronce con incensarios.

—Usa esto en un lugar cerrado, a oscuras, a la medianoche —dijo la mujer mientras envolvía las cosas—. Y ten cuidado con lo que llamas.

Luna tomó el paquete con fuerza contra su pecho, como si llevara un tesoro incalculable, y salió de la tienda a toda prisa.

Erick la siguió flotando a través de las calles hasta llegar a su departamento. Luna vivía en un segundo piso de un edificio antiguo. Al entrar, cerró la puerta con seguro y echó el pestillo. Su departamento reflejaba fielmente su personalidad: paredes pintadas de gris oscuro, pósters de bandas de metal gótico, luces de neón morado y repisas llenas de libros de arte y figuras alternativas.

Sin perder un solo segundo, Luna caminó hacia el centro de la sala. Apartó la mesa de centro para dejar espacio libre sobre la alfombra negra. Se arrodilló, dejando el paquete en el suelo, y comenzó a preparar la habitación para la medianoche.

Erick se acomodó flotando cerca de la lámpara del techo, cruzándose de brazos mientras observaba la meticulosidad con la que la chica preparaba todo.

Luna colocó la tabla Ouija de madera en el centro de la alfombra. Acomodó cuatro velas negras en cada una de las esquinas del tablero y encendió el incienso de sangre de dragón, llenando el ambiente con un humo denso y de aroma dulzón. Apagó todas las luces del departamento, dejando la estancia iluminada únicamente por el parpadeo tenue de las llamas negras.

Se miró al espejo del pasillo por un instante. Se arregló un poco el cabello negro y morado, se pintó de nuevo los labios de color vino oscuro y se ajustó el corsé de encaje, asegurándose de que sus curvas quedaran bien marcadas.

—Si va a venir mi espíritu... quiero que me vea bonita —murmuró Luna para sí misma, con una mezcla de tristeza y excitación que le hacía temblar las manos.

Se arrodilló de nuevo frente a la tabla Ouija. La falda plisada se le subió levemente por los muslos al acomodarse sobre la alfombra. Colocó las yemas de los dedos de ambas manos sobre la gota de madera pulida que servía como puntero.

Erick miró la hora en el reloj de pared del pasillo: faltaban apenas unos minutos para la medianoche.

Luna cerró los ojos, respiró hondo para calmar el temblor de su pecho y comenzó a recitar sus invocaciones en el silencio penumbroso del departamento.

—Erick... si estás en algún lugar de este espacio... por favor escucha mi voz —comenzó a decir Luna con la voz temblorosa pero cargada de una pasión desesperada—. Soy Luna... la chica gótica de la facultad... la tonta que te miraba de lejos y se moría de ganas de que te acercaras a ella...

El puntero de madera sobre la tabla no se movió ni un milímetro, pero el ambiente en la habitación se volvió notablemente más frío por la mera presencia de Erick suspendido sobre ella.

—Sé que fui una cobarde en vida —continuó Luna, dejando caer un par de lágrimas que brillaron con el reflejo de las velas—. Me moría de vergüenza de que no te gustara mi cuerpo, de que mis caderas o mi ropa negra te parecieran demasiado... Pero ahora daría lo que fuera por sentir tus manos sobre mí. Si puedes oírme, Erick... dame una señal. Mueve esto, apaga una vela... haz lo que sea, pero no me dejes con este arrepentimiento devorándome el alma.

Erick sonrió en la oscuridad espectral. Decidió que era momento de darle exactamente la "señal" que estaba pidiendo, pero a su propio estilo.

En lugar de mover torpemente la pieza de madera sobre la tabla Ouija, Erick descendió lentamente del techo, posicionándose justo detrás del cuerpo arrodillado de la chica. Extendió sus brazos incorpóreos y se arrojó contra la espalda de Luna, penetrando de nuevo en su cuerpo de golpe.

Las llamas de las cuatro velas negras vacilaron violentamente como si una corriente de aire helado hubiera cruzado la habitación.

Luna ahogó un grito cuando sintió la invasión repentina en su sistema nervioso. Su espalda se arqueó de golpe hacia atrás, la gota de madera salió disparada fuera de la tabla y sus manos terminaron apoyándose con fuerza contra el suelo.

—¡Erick! —gritó el cuerpo de Luna, utilizando su propia voz pero bajo el dominio absoluto del fantasma.

Erick tomó el control total de sus extremidades, de su voz y de sus sensaciones. Hizo que Luna se llevara ambas manos a la cabeza, desordenándose el cabello oscuro mientras se arqueaba en medio de la alfombra rodeada por las velas encendidas.

—¡Estás aquí! —exclamó la voz de Luna entre risas histéricas y lágrimas inducidas por la manipulación del espectro—. ¡Sentí tu frío! ¡Sentí cómo entraste en mi cuerpo!

Erick no perdió el tiempo. Utilizó las manos de la joven para romper el corsé de encaje negro por el frente, haciendo saltar los broches de metal que cayeron sobre la tabla Ouija. Expuso sus senos firmes al aire frío de la habitación, haciéndola gemir a todo volumen mientras sus propios dedos amasaban su carne con desesperación.

—¡Sí! ¡Toma mi cuerpo desde el más allá, Erick! —gritaba Luna bajo el yugo de la posesión, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos extraviados en la penumbra de la sala—. ¡Usa este cuerpo gótico que nunca me atreví a ofrecerte en vida! ¡Hazme tuya en el plano espiritual! ¡Soy tu perra, tu devota, lo que tú quieras!

Erick hizo que la chica se levantara la falda por completo, arrodillándose con las piernas abiertas frente a la luz de las velas negras. Obligó a sus dedos a buscar su entrepierna por debajo de la lencería oscura, estimulándose con un ritmo frenético y salvaje en medio del espacio consagrado a su invocación.

—¡Ahhh! ¡Erick! ¡Siento tu presencia dentro de mí! —gemía la voz de Luna, estremeciéndose entera mientras la estimulación forzada la llevaba al límite—. ¡Gracias por responder a mi llamado! ¡Prometo que mañana mismo voy a buscar a tu madre! ¡Voy a llevarle flores, voy a darle dinero, voy a ponerme a sus pies para que sepa que la chica gótica que ignorabas en la escuela ahora vive solo para servir a su memoria!

Erick llevó al cuerpo de Luna a un orgasmo explosivo y convulsivo que la hizo colapsar de frente sobre la alfombra, apagando dos de las velas negras con el movimiento brusco de sus brazos. El cuerpo de la chica quedó temblando, cubierto de sudor y cera derramada, respirando de forma pesada en la oscuridad.

Satisfecho con la demostración de poder y el espectáculo de la invocación frustrada, Erick se salió del cuerpo de Luna con un impulso hacia el aire, quedando suspendido cerca del techo.

Luna permaneció tendida sobre la alfombra. Con la partida del fantasma, las "secuelas productivas" reescribieron su experiencia en el acto. En su mente, no había duda de que el ritual había sido un éxito absoluto: el espíritu de Erick había descendido, había tomado posesión de su cuerpo para reclamarla y le había dejado la tarea clara de unirse a las demás mujeres que ya cuidaban de su madre.

Se incorporó lentamente en la oscuridad, tocándose el pecho desnudo y la falda desordenada con una sonrisa de devoción casi mística.

—Viniste... mi Erick vino a mí... —murmuró Luna entre sollozos de felicidad febril—. Mañana mismo voy a tu casa... Voy a conocer a tu madre y voy a ponerme a su servicio para siempre.

Erick, desde las alturas, contempló a la chica gótica comenzar a vestirse en la penumbra con la firme convicción de arrodillarse al día siguiente en la sala de su casa. La lista de devotas de su culto familiar sumaba una integrante más, y la diversión apenas estaba comenzando.

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