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12.-

Chapter 12 by K45

Erick flotaba pacíficamente sobre la cocina, contemplando la absoluta sumisión con la que las cinco mujeres aceptaban su nuevo rol en el mundo. Sin embargo, su mente espectral, estimulada por el dominio absoluto que ejercía sobre las vidas de quienes lo rodearon, exigía un nuevo matiz de control. No le bastaba con que entregaran sus riquezas y se redujeran a sirvientas del hogar de su madre; quería sellar su devoción de una forma todavía más íntima, permanente y perversa.

Fue entonces cuando la mirada de Erick se posó sobre la repisa superior de la cocina. Allí, cubierta por una leve capa de grasa y polvo acumulado por los años, descansaba una vieja radio analógica de plástico gris que su madre usaba cada mañana para escuchar el noticiero y la música ranchera mientras preparaba el almuerzo.

Un chispazo de inspiración maligna cruzó la conciencia de Erick.

—Vamos a darle un toque más teatral a esto —pensó con una sonrisa espectral.

Concentrando su energía, Erick envió una descarga electromagnética hacia el aparato. Las perillas de volumen y sintonía giraron bruscamente por sí solas. La luz roja del dial se encendió de golpe y los parlantes emitieron un chasquido sordo seguido de una ráfaga de estática estridente que hizo que Luna, Cinthya, Darla, Elora y Valeria dieran un brinco, ahogando un grito de sorpresa.

Las chicas se pegaron contra la pared de la cocina, mirando a la radio con los ojos abiertos de par en par. La estática cesó de manera repentina y la radio comenzó a cambiar de estación a una velocidad frenética, saltando de frecuencia en frecuencia, cortando voces de locutores, fragmentos de comerciales, emisiones de noticias y trozos de canciones para ir ensamblando, palabra por palabra, un mensaje con audio retaceado y robótico, al más puro estilo del sistema de comunicación de Bumblebee en Transformers.

La voz fragmentada y compuesta por múltiples locutores resonó en la pequeña cocina con un eco helado que erizó la piel de las presentes:

—[Estática] ¡ESCUCHEN... ATENTAMENTE... PERRAAAS! [Corte de señal de noticiero] —la primera frase combinó la voz de un locutor de deportes con el grito de un comercial de autos—. UNA... REGLA... SAGRADA... [Corte a estación de música romántica] JAMAIS... DEBEN... ROMPER...

Cinthya se llevó las manos a la boca, temblando de la cabeza a los pies. Luna se cayó de rodillas frente a la repisa, juntando las manos en actitud de oración.

—[Estática] PROHIBIDO... DEFINITIVAMENTE... [Corte a locutora de noticias] TENER... SEXO... CON... OTROS... HOMBRES... [Corte a anuncio radial] ¡NUNCA... MÁS! —continuó la radio, alterando los tonos de voz entre agudos y graves de manera inquietante.

La radio hizo una pausa de un segundo, emitida únicamente por el sonido de un latido del corazón tomado de un radionovela, antes de continuar con la sentencia definitiva:

—[Estática] SOLO... TIENEN... PERMITIDO... [Corte a canción pop] TOCARSE... Y... TENER... SEXO... [Corte a locutor nocturno] ENTRE... USTEDES... MISMAS... [Corte a voz dramática] SI... UN... HOMBRE... LAS... TOCA... [Corte a efecto de sonido de explosión] LA... MALDICION... LAS... DESTRUIRA...

La radio soltó un último chasquido de estática violento y las luces del dial se apagaron por completo, dejando la cocina envuelta en un silencio sepulcral, donde solo se escuchaba la respiración agitada y convulsiva de las cinco mujeres.

Luna se volvió hacia las demás, con los ojos brillando en una mezcla de terror místico y devoción fanática.

—Lo escucharon... —susurró la chica gótica con la voz rasposa—. Es su voluntad. Ningún otro hombre volverá a tocarnos. Nuestros cuerpos le pertenecen únicamente a su memoria y a la expiación de nuestras culpas. Solo entre nosotras podremos buscarnos si el deseo nos quema, pero nadie más nos tocará jamás.

—Entendido... —murmuró Cinthya, bajando la cabeza con una sumisión absoluta—. Lo juro por mi vida... ningún hombre me volverá a poner una mano encima.

Darla, Valeria y Elora asintieron en silencio, sellando en sus mentes la prohibición impuesta por el espectro a través del collage de voces radiales.

Satisfecho por el impacto de su pequeño truco, Erick decidió dejarlas asimilando el mandato en la penumbra de la cocina. Se deslizó a través de la pared del pasillo y volvió a la sala principal para comprobar cómo se encontraba su madre.

Elena permanecía sentada a la mesa del comedor. Los abogados ya se habían retirado al vehículo exterior para preparar las firmas finales de las escrituras, dejando a la mujer a solas con sus pensamientos. Elena sostenía entre sus manos temblorosas un retrato de Erick cuando era un niño de primaria. Las lágrimas le rodaban en silencio por las mejillas arrugadas, cayendo sobre el cristal del marco. La tristeza que la embargaba era un peso real, denso y desgarrador que ni los millones de pesos transferidos ni las promesas de remodelación podían aliviar del todo. Extrañaba a su hijo; extrañaba su voz, sus pasos en la casa, su presencia física.

Erick se acercó a ella, flotando a su lado. Extendió una mano espectral y la posó suavemente sobre el hombro de su madre. Aunque Elena no podía verlo, sintió un repentino y cálido soplo de aire que le trajo una leve sensación de paz, haciéndola suspirar y secarse los ojos con el borde de su suéter.

Pasaron exactamente cinco minutos de doloroso silencio en la estancia.

De pronto, la puerta de la cocina se abrió con lentitud. Las cinco chicas salieron en fila india, avanzando hacia la sala con pasos silenciosos y una actitud que rayaba en la veneración religiosa.

Cinthya, Darla, Elora, Valeria y Luna se aproximaron a la mesa donde estaba Elena. Frente a la mujer mayor, la diferencia de clases, el orgullo universitario y la vanidad social habían desaparecido por completo. Siguiendo la orden que se les había dado a escondidas, se arrodillaron en semicírculo alrededor de la silla de Elena, formando una custodia de sumisión y servicio.

Valeria, con el rostro lavado y la ropa prestada, fue la primera en hablar, tomando la mano izquierda de Elena con infinita delicadeza.

—Señora Elena... ya nos organizamos —dijo Valeria con voz dulce y respetuosa—. Yo me voy a encargar de cocinarle todos los días y de mantener la casa limpia. No tiene que volver a levantar un solo plato.

Cinthya tomó la otra mano de la mujer.

—Los abogados ya terminaron los trámites —añadió la joven adinerada—. La casa es completamente suya, libre de deudas, y la asignación mensual ya está activa. Además, los obreros afuera tienen órdenes de empezar mañana a dejar este lugar como el hogar que usted y Erick siempre merecieron.

Luna, erguida sobre sus rodillas con su impresionante presencia gótica, miró a Elena con una solemnidad absoluta.

—Nosotras estamos aquí para lo que usted necesite, Sra. Elena —dijo Luna—. Somos las guardianas del legado de su hijo. Si necesita llorar, nosotras lloraremos con usted; si necesita ayuda, nosotras nos arrastraremos para dársela.

Elena miró a las cinco jóvenes arrodilladas a sus pies, sintiendo que el vacío inmenso en su pecho se llenaba de un consuelo extraño pero poderoso. No sabía lo que había ocurrido en la cocina, ni las órdenes implacables que el espíritu de su hijo les había impuesto a escondidas, pero en ese momento vio a cinco muchachas dispuestas a entregar su vida por la memoria de Erick.

—Gracias, mis niñas... gracias —alcanzó a decir Elena con la voz entrecortada, abrazando a Valeria y a Cinthya mientras las demás se acercaban para rodearla.

Desde lo alto de la estancia, suspendido cerca del techo, Erick contemplaba el cuadro perfecto: su madre consolada y protegida, rodeada por el grupo de mujeres que en vida lo ignoraron o despreciaron, ahora convertidas en sus más fieles y devotas servidoras, privadas para siempre de cualquier otro hombre y dedicadas exclusivamente a expiar sus culpas ante su fantasma.

Erick sonrió con una frialdad victoriosa. Su vida terrenal había terminado, pero su verdadero reinado acaba de comenzar.

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