What's next?
4.-
Erick cruzó la puerta de madera atravesando el marco sin tocarlo, flotando a medio metro del suelo justo detrás de las dos chicas. La sala de su casa estaba sumida en una penumbra pesada. Las persianas apenas dejaban pasar hilos de luz dorada que iluminaban las motas de polvo en el aire. El olor a flores viejas de los arreglos funerarios y el aroma a café cargado llenaban la estancia.
En el centro de la sala, sobre la mesa de centro, descansaba una fotografía de Erick con un marco negro y una vela encendida a su lado.
Cinthya y Darla caminaron lentamente por el pasillo, casi en punta de pié, como si estuvieran entrando a un templo sagrado. Cinthya, al ver el retrato de Erick en la mesa, soltó un gimoteo sordo, se llevó la mano a la boca y volvió a desplomarse de rodillas sobre la alfombra gastada. Darla se inclinó de inmediato a su lado, buscando su mano para apretarla con fuerza.
—Ahí está... míralo, Darla... —susurró Cinthya con la voz completamente rota, contemplando la foto con una mirada fija, casi desquiciada de devoción—. Dios mío, qué guapo era... Tenía esa mirada tan profunda, tan masculina... Y pensar que pude haber estado en sus brazos, sintiendo su cuerpo sobre el mío...
—Lo sé, Cinthya... lo sé —respondió Darla, llorando en silencio mientras se pasaba los dedos por el rostro desgastado por el dolor implantado—. Si tan solo le hubiera dicho que cada vez que se sentaba frente a mí en el aula, yo no podía concentrarme imaginando cómo sería tener su pene dentro de mi vagina... ¿Por qué fuimos tan cobardes?
La madre de Erick, Elena, caminó hacia la pequeña cocina contigua para servir un par de vasos con agua, escuchando los susurros que venían de la sala. Tenía la cabeza hecha un lío. Primero Rose, la vecina madura y respetable que juraba haber guardado un amor pasional y en secreto por su hijo; luego Daniela y Eleonor, de quienes se había enterado por una llamada rápida de la universidad donde le contaron el escándalo que se había armado en los pasillos; y ahora estas dos muchachas adineradas que lucían trajes de miles de dolares arrodilladas en su vieja alfombra, llorando por la virilidad y el amor de Erick.
Elena regresó a la sala con una bandeja de metal y colocó los vasos sobre la mesa, justo al lado de la vela.
—Muchachas, por favor, siéntense en el sofá —pidió Elena con tono agotado, pero intentando ser hospitalaria—. No se queden en el suelo.
Cinthya se levantó torpemente, secándose las lágrimas con la manga de su blusa cara sin importar que la estropeara.
—Señora Elena... no queremos ser una molestia —dijo Cinthya acomodándose en la orilla del sillón, con las manos temblando sobre sus muslos—. Pero necesitamos que entienda por qué estamos aquí. Erick no solo era un muchacho servicial... era el único hombre que logró despertar en nosotros un deseo verdadero. Nosotras queremos hacernos cargo de todo. Lo que usted necesite: los gastos del funeral, la hipoteca de la casa, si quiere mudarse a un lugar mejor... Mi padre tiene dinero de sobra y yo voy a disponer de mis cuentas para que a la madre del hombre que amo nunca le falte nada.
—Yo también, Sra. Elena —añadió Darla de inmediato, sentándose al lado de Cinthya con la mirada encendida—. Mi familia tiene propiedades. Puedo transferirle lo que necesite. Solo queremos estar cerca de usted... sentir que al cuidarla a usted, estamos cuidando una parte de Erick.
Erick flotaba cerca del techo, cruzado de brazos y con una ceja levantada. La escena era tan absurda que rozaba lo surrealista. Las dos chicas que solían burlarse de su ropa limpia pero vieja, proponiendo ahora mantener a su madre y pagar todas las deudas de la casa solo para saciar la culpabilidad y la devoción fantasma que él les había implantado.
Sin embargo, la curiosidad de Erick sobre lo que pasaría después crecía a cada segundo. ¿Qué ocurriría cuando Rose se enterara de que había más mujeres? ¿Qué pasaría cuando Elora llegara a la casa?
No tuvo que esperar mucho.
A través de la ventana de la sala, Erick vio acercarse una figura a paso apresurado por la banqueta. Era Elora. Llevaba la blusa ligeramente desalineada, el cabello recogido de forma improvisada y una mirada fija en la fachada de la casa. Había corrido desde su departamento, impulsada por la necesidad imperiosa de confesar lo que su mente creía que era su gran amor no correspondido.
Elora subió los escalones del porche sin dudarlo un segundo y empujó la puerta de entrada, que había quedado entreabierta.
—¡Señora Elena! —exclamó Elora al cruzar el umbral, con la respiración agitada y el pecho subiendo y bajando violentamente.
Elena se puso de pie de golpe, sobresaltada por la interrupción.
—¿Otra más?... —murmuró Elena para sí misma, con los ojos abiertos de par en par.
Elora no se percató al principio de la presencia de Cinthya y Darla. Se acercó directamente a la madre de Erick, tomándola de los puños con una fuerza inesperada.
—Señora... perdóneme por entrar así —dijo Elora, con la voz temblando por el esfuerzo físico y la emoción reprimida—. Mi nombre es Elora. Voy en la facultad con Erick... bueno, iba con él. No podía quedarme en mi departamento ni un minuto más. Acabo de tener una revelación en mi habitación... Sentí la presencia de Erick, sentí su recuerdo tan fuerte que mi cuerpo no lo soportó... Llegué al orgasmo pensando únicamente en él, en su toque, en la forma en que me habría tomado si yo se lo hubiera permitido... ¡Tenía que venir a decirle que yo amaba a su hijo con toda mi alma!
Cinthya y Darla se pusieron de pie al mismo tiempo. En lugar de indignarse o reclamar que Elora estuviera hablando de algo tan explícito frente a la madre de Erick, sus rostros mostraron una extraña mezcla de empatía absoluta y reconocimiento.
—¿Tú también sentiste ese llamado? —preguntó Cinthya dando un paso hacia Elora, con los ojos anegados en nuevas lágrimas.
Elora se giró, sorprendida de ver a las dos chicas más populares de la facultad en esa pequeña sala.
—¿Cinthya?... ¿Darla? ¿Qué hacen ustedes aquí? —preguntó Elora, confundida por un instante.
—Estamos aquí por la misma razón que tú —respondió Darla con amargura y comprensión—. Nosotras también lo amábamos... Nosotras también nos quedamos con el deseo quemándonos por dentro al saber que Erick se fue sin probar nuestros cuerpos.
Elora parpadeó, y la secuela productiva en su cerebro hizo el trabajo de reescritura en una fracción de segundo. En lugar de ver a Cinthya y Darla como rivales o intrusas, su mente justificó que un hombre tan increíble como Erick (según la ilusión) naturalmente habría despertado esa misma pasión salvaje en otras mujeres.
—Dios mío... —susurró Elora, abrazando a Cinthya de golpe—. No estoy sola... Él... él nos cambió a todas, ¿verdad?
—Sí, Elora... él era único —dijo Cinthya devolviéndole el abrazo con fuerza, mientras las tres chicas comenzaban a llorar juntas en el centro de la sala, consolándose mutuamente por la pérdida del mismo hombre y por el deseo insatisfecho que compartían.
Elena se dejó caer de nuevo en el sillón, con las manos en las sienes, completamente superada por la situación.
—Esto no puede ser real... —musitaba la mujer, mirando la foto de su hijo y luego al grupo de mujeres que lloraban abrazadas—. Erick... ¿qué les hiciste a estas muchachas?
Erick, desde el aire, comenzó a reír en silencio. La regla de su poder se estaba cumpliendo al pie de la letra: la confrontación entre las personas poseídas no generaba peleas ni dudas, sino una unión obsesiva y empatía absoluta basada en el deseo común que les había implantado. Tenía a su madre confundida, a sus enemigas arrodilladas a sus pies y a una red de mujeres dispuestas a todo por su memoria.
Pero Erick sabía que esto era apenas el comienzo. Aún había más mujeres en la facultad, en el vecindario y en la ciudad, y la idea de expandir su "culto" fantasmal era demasiado tentadora para dejarla pasar.
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