What's next?
5.-
Erick observaba la escena suspendido a pocos centímetros del techo de la sala. La iluminación amarilla de la vela encendida proyectaba sombras alargadas sobre las paredes desgastadas, mientras el murmullo de los sollozos de Cinthya, Darla y Elora llenaba la estancia. Lo que al principio parecía una simple cadena de reacciones aisladas se estaba transformando en una estructura caótica pero perfectamente cohesionada por la ilusión que él mismo había sembrado.
En medio del abrazo colectivo que compartían las tres chicas frente a la mesa de centro, Cinthya rompió el contacto de golpe. Se limpió el rímel corrido de las mejillas con el dorso de la mano y dio un paso hacia atrás, respirando con dificultad. Sus ojos, rojos por el llanto, reflejaban una determinación inquebrantable que no daba espacio a la duda.
—No nos podemos quedar solo llorando —dijo Cinthya con la voz firme pero rasposa—. Decir que lo amábamos y que nos arrepentimos no sirve de nada si no hacemos algo real por la familia de Erick. Él era el sostén, el muchacho que tenía todo un futuro por delante... No voy a permitir que su madre pase necesidades.
Darla asintió de inmediato, sacando de su bolso de marca un pañuelo limpio para secarse el rostro.
—Tienes razón, Cinthya. Si no pudimos entregarle nuestros cuerpos y nuestro amor cuando él estaba vivo, lo mínimo que podemos hacer es entregarle todo nuestro respaldo a su señora madre —aseguró Darla, mirando a Elena con una devoción casi religiosa.
Elena, sentada en la orilla del sillón, levantó las manos en un ademán de negación, visiblemente abrumada por la intensidad de la conversación.
—Muchachas, por favor, no es necesario nada de esto... Yo no les estoy pidiendo nada —dijo Elena con la voz apagada, con los ojos fijos en la alfombra—. Erick era un buen hijo, pero no quiero que ustedes se comprometan de esta manera por un pesar...
—¡No es un pesar, Sra. Elena! ¡Es una necesidad! —exclamó Cinthya, sacando su teléfono inteligente de última generación del bolsillo de su pantalón deportivo.
Sin perder un solo segundo, buscó en su lista de contactos y presionó el botón de llamada, activando el altavoz del aparato para que el tono de marcación resonara en medio del silencio de la sala. Erick se deslizó hacia abajo, quedando flotando justo sobre el hombro de Cinthya para escuchar con lujo de detalle.
Al tercer tono, la voz grave, autoritaria y madura de su padre, un reconocido empresario naviero de la región, contestó la llamada desde el otro lado de la línea.
—¿Cinthya? ¿Qué pasó, hija? Me habló Farid hecho un demonio diciendo tonterías sobre ti y un escándalo en la cancha de la universidad. ¿En dónde estás? ¿Qué fue lo que ocurrió? —demandó el hombre con tono molesto pero preocupado.
Cinthya apretó el teléfono con ambas manos, dejando escapar un sollozo ahogado que hizo que su padre guardara silencio de inmediato.
—Papá... Farid es un idiota y no me importa nada de lo que te haya dicho —comenzó a decir Cinthya con una convicción que rayaba en el delirio—. Te llamo porque necesito que me escuches bien. Acaba de fallecer el único hombre al que verdaderamente he amado en mi vida. Se llamaba Erick... y por cobarde, por orgullo y por miedo al qué dirán, nunca le dije lo que sentía. Nunca dejé que me tomara como su mujer, papá... y se fue sin saber que yo habría dado mi vida entera por ser suya.
Al otro lado de la línea se produjo un silencio sepulcral. El padre de Cinthya pareció quedarse helado ante la declaración explícita de su hija.
—Cinthya... ¿de qué demonios estás hablando? ¿Quién es ese muchacho? ¿Estás ebria? —preguntó el empresario, bajando el tono a uno de profunda desconcertación.
—¡No estoy ebria, papá! ¡Estoy sufriendo! —chilló Cinthya, haciendo que el altavoz distorsionara su voz en la pequeña sala—. Estoy en la casa de su madre, la Sra. Elena. Es una familia humilde y Erick era todo para ella. Si de verdad me quieres y quieres que no me vuelva loca de la culpa, necesito que mandes a tu equipo de abogados y a tu contador ahora mismo. Quiero que liquiden la hipoteca de esta casa, quiero que transfieras un fondo de manutención mensual para la Sra. Elena y que cubras absolutamente todos los gastos funerarios y de representación legal que se necesiten. ¡Quiero que le des todo el dinero que sea necesario!
—Hija, por favor, cálmate... No puedes pedirme que transfiera sumas de dinero a una familia que ni conozco solo por una locura momentánea...
—¡Si no lo haces, juro por la memoria de Erick que me voy de la casa hoy mismo! —sentenció Cinthya con una frialdad absoluta—. Renuncio a la universidad, renuncio a las tarjetas y me vengo a vivir a este barrio a trabajar de lo que sea para mantener a la madre de Erick. Es lo único que me queda de él, papá. O me apoyas con tus recursos para respaldar a la familia del hombre que amaba, o te olvidas de que tienes hija.
Erick, flotando a su lado, abrió la boca sorprendido por el chantaje emocional y la determinación radical de Cinthya. La "secuela productiva" en la mente de la chica había reescrito sus prioridades de forma tan extrema que estaba dispuesta a renunciar a su propia vida de lujos con tal de rendir tributo a la falsa memoria de su amor por él.
Al otro lado de la línea, el padre de Cinthya soltó un suspiro pesado, derrotado por el pánico de perder a su única hija.
—Está bien... está bien, Cinthya, no hagas ninguna locura —dijo el empresario con tono resignado—. Pásame la dirección exacta de la casa. Voy a enviar a mi asistente personal con un cheque firmado y pediré a los abogados que revisen la situación de la propiedad hoy mismo. Pero por favor, tranquilízate y no te muevas de ahí.
—Gracias, papá... Es lo mínimo que puedes hacer por el hombre que habría sido tu yerno —dijo Cinthya antes de colgar la llamada sin esperar respuesta.
Sin dar tiempo a que la madre de Erick pudiera procesar lo que acababa de escuchar, Darla dio un paso al frente y sacó su propio teléfono. Sus ojos brillaban con la misma luz febril de competencia y devoción.
—Mi turno —dijo Darla, marcando el número de su madre, una renombrada arquitecta y accionista de la ciudad.
El tono sonó un par de veces antes de que una voz femenina, refinada y sobria, respondiéndose al teléfono.
—¿Darla? Cariño, estoy en medio de una reunión de mesa directiva. ¿Es urgente?
—Mamá, salte de esa reunión ahora mismo —dijo Darla sin el menor rodeó, hablando con una frialdad que dejó maza a la mujer del otro lado—. Estoy con Cinthya en la casa de Erick. Erick falleció hace dos días.
—¿Erick? ¿El muchacho del que me hablaste hace tiempo que iba en tu facultad? ¿El que dijiste que te parecía un insolente?
—¡Le mentí a todo el mundo, mamá! —exclamó Darla, elevando la voz mientras se pasaba la mano por la cintura, apretando su propia falda al recordar las sensaciones que Erick le había inducido en el campus—. Decía que me caía mal porque me moría de ganas de que me agarrara contra los casilleros. Me derretía por él, mamá... Soñaba con entregarle mi virginidad, con ser su mujer y tener sus hijos. Se fue y nunca supo que yo lloraba en las noches deseando que me usara como quisiera.
La madre de Darla guardó silencio por unos segundos, claramente atónita por la crudeza con la que su hija le hablaba sobre sus deseos íntimos.
—Darla... por el amor de Dios, estás en altavoz o alguien te está escuchando? ¿Por qué me dices esas cosas tan explícitas? —reclamó la mujer con tono avergonzado.
—¡Porque es la verdad y no me importa quién me escuche! —respondió Darla con firmeza—. Cinthya ya puso a su padre a pagar la hipoteca y los gastos de la casa. Yo no me voy a quedar atrás. Necesito que mandes a la constructora de la familia. Quiero que remodelen esta casa por completo, que cambien los muebles, que instalen sistemas de seguridad y que le pongan una renta vitalicia a la madre de Erick a nombre de nuestra firma. Quiero que el apellido de la familia esté ligado al sustento de la madre de Erick para siempre.
—Darla, estás hablando de gastar cientos de miles de dolares en una propiedad ajena...
—Si no lo mandas autorizar en los próximos diez minutos, voy a vender el auto que me regalaste el mes pasado y voy a vaciar mi cuenta de fondos de la universidad para entregarle el efectivo en mano a la Sra. Elena —amenazó Darla sin pestañear—. Hazlo, mamá. Hazlo si no quieres que venda todas mis cosas y me vuelva una vagabunda por la memoria del hombre que amaba.
La madre de Darla, abrumada por la actitud suicida y obsesiva de su hija, cedió casi de inmediato.
—Está bien, Darla... Voy a hablar con el director de obras para que vaya a inspeccionar la casa esta misma tarde. Pero por favor, no vendas nada y espérame ahí, voy para allá en cuanto termine esta llamada.
Darla colgó el teléfono y miró a Cinthya con una sonrisa triste pero satisfecha. Ambas chicas, que horas antes eran la cúspide del materialismo y la vanidad, acababan de poner los recursos millonarios de sus respectivas familias al servicio completo de la madre de Erick.
Elora las miraba desde la esquina de la sala, con las manos apretadas contra el pecho, impresionada por el nivel de entrega de las dos jóvenes adineradas.
—Ustedes... de verdad lo amaban tanto como yo —murmuró Elora con lágrimas en los ojos.
—Todas lo amábamos, Elora —respondió Cinthya, acercándose para tomarle las manos—. Y ahora nos vamos a asegurar de que la madre del hombre que nos hizo sentir verdaderas mujeres nunca vuelva a pasar un solo día de tristeza o carencia.
Elena se llevó ambas manos a la cara y comenzó a llorar en silencio, completamente sobrepasada por la ola de acontecimientos surrealistas que se estaban desarrollando en la pequeña sala de su casa. La llegada de abogados, constructores y fondos millonarios estaba a punto de cambiar su vida para siempre, todo gracias a la extraña y oscura devoción que su difunto hijo había dejado sembrada en aquellas mujeres.
Erick flotaba en el centro de la habitación, cruzado de brazos, soltando una carcajada espectral que nadie podía escuchar. Su existencia como fantasma acababa de tomar un rumbo colosal: no solo tenía el control sobre los cuerpos y las mentes de las chicas que quisiera, sino que ahora estaba convirtiendo a su modesta familia en el centro de un imperio de devoción financiado por la élite de la ciudad.
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