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3.-

Chapter 3 by K45

Erick floto por detrás de Cinthya mientras la chica terminaba de abrocharse la falda y ajustarse el top con manos temblorosas. La arrogante joven que solía mirar a todos por encima del hombro estaba ahora completamente quebrada, con el maquillaje corrido por las lágrimas y la respiración aún agitada por la intensidad del orgasmo que Erick le había provocado dentro del vestidor. Verla en ese estado de sumisión y culpa le producía a Erick una satisfacción indescriptible. Decidió acompañarla de cerca, flotando justo por encima de su hombro para presenciar el desarrollo de los acontecimientos.

Cinthya empujó la puerta del área VIP y salió al pasillo exterior que conectaba las instalaciones deportivas con el Campus Central. Caminaba a paso apresurado, manteniendo la mirada baja para evitar el contacto visual con los estudiantes que aún murmuraban sobre el espectáculo grotesco que había dado en las gradas.

Sin embargo, al llegar al cruce de la plaza principal, una figura le cortó el paso de golpe.

Era Darla. Darla pertenecía al mismo círculo exclusivo de Cinthya: una chica alta, de cabello negro impecablemente peinado, vestida con ropa de diseñador y con un carácter igual de pesado y superficial. Darla llevaba los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión que mezclaba la indignación con la incredulidad absoluta.

—¡Cinthya! —exclamó Darla, tomándola con fuerza del brazo para obligarla a detenerse—. ¿Se puede saber qué demonios te pasa? ¡Todo el mundo está hablando de lo que hiciste en la cancha! Farid está furioso, rompió el casillero a patadas y se fue del campus. ¿Te volviste loca o qué? ¡Gritarle a todo el mundo sobre ese muerto... sobre Erick! ¡Un tipejo de clase baja con el que jamás te cruzaste más que para burlarte de él!

Cinthya intentó soltarse del agarre, con los ojos llenos de lágrimas.

—No lo entiendes, Darla... tú no sabes lo que yo sentía... —alcanzó a articular Cinthya con la voz quebrada.

—¡Claro que no lo entiendo! ¡Es una vergüenza para nuestro grupo! —reclamó Darla alzando la voz, atrayendo la atención de varios alumnos que circulaban cerca—. ¿De verdad te humillaste así por él? ¡Es absurdo! ¡Era un insignificante!

Erick, que observaba la escena suspendido en el aire a escasos centímetros de ellas, sintió un chispazo de irritación al escuchar a Darla referirse a él en esos términos. La soberbia de esa chica exigía un escarmiento inmediato.

—Vaya, parece que tenemos a otra candidata —murmuró Erick con una sonrisa fría.

Sin perder un segundo, se impulsó hacia adelante y se introdujo directamente en el pecho de Darla.

La transición fue fluida y dominante. El cuerpo de Darla se tensó de inmediato; el aire frío entró en sus pulmones mientras Erick tomaba el control absoluto de su sistema nervioso, sus cuerdas vocales y sus movimientos. La expresión de superioridad en el rostro de Darla se borró de golpe, reemplazada por una mirada perdida y un suspiro profundo que heló el ambiente.

Erick hizo que Darla soltara el brazo de Cinthya y se llevara ambas manos a la cara, conteniendo un sollozo repentino.

—Dios mío... Cinthya... lo siento tanto... —dijo la voz de Darla, transformándose de la altanería a una vulnerabilidad absoluta e inexplicable.

Cinthya parpadeó, desconcertada por el cambio radical de su amiga.

—¿Darla?... —susurró Cinthya.

Erick utilizó la garganta de Darla para continuar el discurso, asegurándose de que la voz resonara con la suficiente potencia para que los estudiantes de los alrededores escucharan cada palabra:

—Te juzgué mal, amiga... Fui una hipócrita —dijo Darla, dejando caer las manos para revelar un rostro afligido y un llanto incipiente—. Te encaré porque tenía envidia... envidia de que tú tuvieras el valor de gritar lo que sientes. La verdad es que te entiendo perfectamente... Yo también tenía un amor secreto por Erick.

Los murmullos entre los estudiantes alrededor aumentaron de intensidad de inmediato. Cinthya abrió la boca, sorprendida, pero sin dudar un solo segundo de la veracidad de lo que escuchaba, pues su propia mente alterada por la "secuela" encontraba perfecto sentido en que otra mujer amara al mismo hombre.

—¿Tú... tú también lo amabas? —preguntó Cinthya con la voz temblorosa.

—¡Sí! ¡Lo amaba en silencio! —exclamó Darla por obra de Erick, llevándose una mano al pecho y apretándose el escote de la blusa—. Cada vez que lo veía pasar por los pasillos... solo de imaginar su pene me mojaba por completo. Soñaba con que me agarrara en el salón vacío, que me levantara la falda y me tomara sin piedad. Me moría de ganas de sentirlo dentro de mí... y ahora se ha ido... ¡Se fue y jamás podré saber lo que era ser suya!

Para elevar el nivel de humillación, Erick hizo que Darla pasara la mano libre por debajo de su falda ajustada, metiendo los dedos entre sus muslos para sobársela violentamente en medio de la plaza Central del campus. La chica soltó un gemido prolongado, echando la cabeza hacia atrás mientras su cuerpo se estremecía por el estímulo inducido.

—¡Ahhh! ¡Erick, mi amor! ¡Mírame! ¡Mira cómo me pongo solo de pensar en ti! —gritaba Darla a través del control de Erick, mientras las lágrimas le corrían por las mejillas y su mano continuaba el movimiento desesperado sobre su entrepierna.

Cinthya, lejos de alterarse o pelear, se acercó a Darla y la abrazó por los hombros, uniendo su llanto al de su amiga.

—Darla... no sabía que tú sufrías lo mismo que yo —dijo Cinthya entre sollozos—. Era un hombre tan maravilloso... todas debimos habérselo dicho cuando estaba vivo...

Satisfecho por haber destruido la reputación de Darla y haberla integrado a la misma ilusión, Erick se desprendió de su cuerpo, regresando a su forma fantasmal e invisible.

Darla quedó de pie, respirando con dificultad, con la mano aún bajo la falda y la cara completamente descompuesta. La "secuela productiva" reescribió su memoria al instante. La chica no sintió la menor confusión sobre lo que acababa de hacer o decir; en su mente, el deseo reprimido por Erick era una verdad innegable que llevaba guardando durante meses.

—Cinthya... tenemos que ir juntas —dijo Darla con la voz quebrada, ajustándose la ropa con manos temblorosas—. Tenemos que ir a ver a su madre. Tenemos que pedirle perdón por haber sido tan ciegas y ofrecerle todo nuestro apoyo... Es lo único que nos queda de él.

—Sí... vamos juntas —asintió Cinthya, tomando la mano de Darla con desesperada empatía.

Erick contemplaba la escena flotando desde lo alto. Las dos chicas más engreídas de la universidad, que en vida lo trataron como a un cero a la izquierda, caminaban ahora tomadas de la mano, llorando desconsoladamente y compartiendo una fijación obsesiva por su recuerdo. La red de mujeres manipuladas crecía a pasos agigantados, y la casa de su madre estaba a punto de convertirse en el escenario del encuentro más caótico de todos.

Erick flotó justo por encima del techo del lujoso convertible de Cinthya mientras las dos chicas subían a toda prisa. Darla ocupó el asiento del copiloto, secándose las lágrimas con un pañuelo de seda que rápidamente quedó manchado de rímel, mientras Cinthya encendía el motor con manos temblorosas. El trayecto hacia el vecindario de Erick se desarrolló en un silencio denso, interrumpido únicamente por los sollozos ahogados de ambas y el sonido del viento.

Al cabo de quince minutos, el automóvil se adentró en las calles estrechas del barrio modesto donde Erick había vivido toda su vida. El contraste entre el ostentoso vehículo y las fachadas desgastadas de las casas era evidente. Cinthya estacionó el convertible justo frente a la residencia de la familia de Erick.

El lugar lucía sombrío. Las cortinas de la planta baja estaban echadas, impidiendo el paso de la luz del sol, y sobre la puerta de entrada colgaba un moño negro de luto que se mecía ligeramente con la brisa. El ambiente que rodeaba la propiedad era pesado, cargado de una tristeza palpable.

Erick atravesó el techo del automóvil y flotó hacia la entrada, posicionándose en el porche para observar la llegada de sus dos compañeras. Cinthya y Darla bajaron del vehículo acomodándose la ropa con cierta torpeza, mostrando una actitud sumisa y temerosa que jamás habrían exhibido en vida de Erick.

Cinthya avanzó primero y dio tres golpes suaves a la puerta de madera.

A los pocos segundos, la puerta se abrió lentamente. Al otro lado apareció la madre de Erick. Tenía los ojos hinchados por el llanto constante de los últimos días, el cabello recogido de forma apresurada y un semblante marcadamente agotado. Al abrir la puerta, la mujer observó con desconcierto a las dos jóvenes vestidas con prendas costosas que permanecían de pie en su entrada.

—¿Sí? ¿A quién buscan? —preguntó la madre de Erick con voz débil y apagada.

Cinthya dio un paso adelante y cayó de rodillas sobre el piso del porche, juntando las manos en un ademán de súplica. Darla la imitó de inmediato, arrodillándose a su lado sobre el concreto frío.

—Señora... por favor, perdónenos —comenzó a decir Cinthya con la voz entrecortada y los ojos anegados en lágrimas—. Somos compañeras de la universidad de Erick... Mi nombre es Cinthya y ella es Darla. Venimos a pedirle perdón desde el fondo de nuestro corazón.

La madre de Erick retrocedió un paso, sorprendida por la reacción desmedida de las dos chicas.

—Pero... ¿perdón de qué, muchachas? Yo no las conozco...

—Fuimos unas tontas, Sra. Elena —intervino Darla, tomando la palabra con desesperación mientras las lágrimas le corrían por las mejillas—. Durante mucho tiempo ocultamos lo que sentíamos por su hijo. Por inmadurez y orgullo lo tratamos mal, cuando la realidad es que estábamos profundamente enamoradas de él... Los dos amábamos a Erick con locura.

La mujer se llevó una mano a la boca, sin poder dar crédito a lo que escuchaba. Recordaba perfectamente que apenas unas horas antes, Rose, la vecina madura del barrio, le había confesado exactamente lo mismo entre sollozos.

—¿Ustedes... también? —murmuró la madre, confundida.

—¡Sí! —exclamó Cinthya, levantando la vista con mirada febril—. Erick era el hombre de nuestras vidas. Deseábamos entregarle todo... nuestro cuerpo, nuestro futuro. Queríamos ser suyas por completo y no tuvimos el valor de decírselo en vida. Ahora que se ha ido, no nos queda nada. Venimos a ponernos a su disposición, Sra. Elena. Queremos ayudarla financieramente, apoyarla en lo que necesite, ser como sus hijas... Es la única forma en que podemos mantener vivo el recuerdo del hombre que amamos.

Desde el techo del porche, Erick observaba la escena cruzado de brazos, disfrutando cada segundo del espectáculo. Ver a las dos jóvenes más engreídas de la facultad arrodilladas en el piso de su casa, llorando y suplicando el perdón de su madre mientras le ofrecían dinero y servidumbre, era la culminación de la transformación que su poder había logrado.

La madre de Erick las miró con una mezcla de lástima e incomprensión, tratando de asimilar cómo su hijo, a quien siempre creyó un joven tranquilo y reservado, había dejado un rastro de pasiones tan intensas y extremas entre mujeres de perfiles tan distintos.

—Muchachas, levántense del suelo, por favor... —dijo la madre con tono suave pero abrumado—. Pasen adentro... no pueden estar así en la calle.

Cinthya y Darla se pusieron de pie rápidamente, secándose las lágrimas con torpeza, y entraron a la casa sombría, dispuestas a rendir culto a la memoria del joven que, en su mente alterada, consideraban el único amor de sus vidas. Erick sonrió en su forma fantasmal y se deslizó tras ellas hacia el interior de la vivienda, sabiendo que la reunión apenas comenzaba.

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