What's next?
Capitulo 2
El silencio en el estacionamiento subterráneo era espeso, interrumpido únicamente por el leve crepitar del motor del auto al enfriarse. La penumbra del lugar acentuaba la atmósfera íntima dentro del habitáculo.
Mike miró a Alis, quien permanecía inclinada sobre la consola central con los pantalones desabrochados y la sudadera entreabierta. La tentación de ceder ahí mismo era enorme; la sangre le hervía en las venas y la presión en sus pantalones era casi dolorosa.
—Lo vamos a hacer aquí mismo, en el auto —dijo Mike, intentando mantener la voz firme mientras echó el asiento del conductor hacia atrás para ganar espacio.
Alis lo miró a los ojos, con la respiración entrecortada y las mejillas encendidas en un rojo intenso. Aunque su devoción por él era absoluta, esbozó una sonrisa tímida y le puso una mano suave sobre la rodilla.
—Mike... en el auto va a ser muy incómodo —susurró ella, mordiéndose el labio inferior—. Los asientos estorban, no nos vamos a poder mover bien y mi departamento está a solo cinco minutos de aquí. Vivo completamente sola, nadie nos va a molestar, tengo una cama enorme y ahí voy a poder darte todo lo que quieras sin restricciones. Por favor, vamos a mi casa, es mucho mejor.
La lógica de Alis era irrebatible. Mike tragó saliva, consciente de que un espacio privado y una cama amplia harían que la experiencia fuera mil veces mejor para ambos.
—Está bien, vamos a tu departamento —asintió Mike, enderezándose en el asiento.
Alis dejó escapar un suspiro de alivio cargado de expectación y se acomodó la ropa rápidamente para no llamar la atención durante el trayecto, aunque no se molestó en abrocharse del todo los pantalones. Mike encendió el motor de nuevo, sacó el auto del subterráneo y tomó la rampa hacia la avenida principal.
Durante los cinco minutos que duró el viaje, Mike mantuvo una mano en el volante y la otra sobre el muslo de Alis. Ella apretaba su pierna contra la mano de él, acariciándole los dedos con suavidad y soltando pequeños gemidos cada vez que el auto pasaba por un bache y la presión aumentaba. Mike mantenía la boca cerrada, repasando mentalmente cada pensamiento para no decir absolutamente nada en voz alta. Su poder era demasiado peligroso y no podía arriesgarse a soltar otra frase que alterara el entorno.
Finalmente, llegaron a un edificio de departamentos moderno y tranquilo. Mike estacionó el vehículo en el cajón de visitas. Bajaron a toda prisa, casi corriendo hacia el elevador. Dentro de la cabina metálica, la tensión erótica era insoportable; Alis no dejó de pegarse a él por la espalda, rozando sus pechos contra el brazo de Mike mientras el marcador de pisos subía lentamente.
Llegaron al cuarto piso. Alis sacó las llaves con manos temblorosas, abrió la puerta del departamento 4B y ambos entraron.
El departamento de Alis era recogido, ordenado y con una clara estética otaku: repisas llenas de figuras de acción, pósters de anime encuadrados en las paredes y una gran pantalla frente a un sillón espacioso en la sala de estar. El aroma del lugar era una mezcla de lavanda y el mismo perfume dulce que Alis llevaba en la piel.
Alis cerró la puerta con llave y echó el cerrojo. Se giró hacia Mike, quien se había quedado de pie en medio de la sala mirando a su alrededor.
—Mike... —dijo ella, apoyando la espalda contra la puerta y comenzando a juguetear con las cintas de su sudadera—. ¿Quieres que me ponga algo especial primero? Tengo varios cosplays en el armario... puedo vestirme de alguna waifu que te guste, de conejita, de sirvienta, de lo que tú me pidas.
Mike se giró hacia ella. La luz natural que entraba por el ventanal de la sala iluminaba la silueta de Alis. A pesar de la ropa holgada, la revelación de la mañana y la cercanía en el auto habían dejado claro el tesoro que escondía debajo.
—No —respondió Mike con voz grave, cuidando sus palabras—. Primero quiero verte así, tal como eres. Ya después habrá tiempo para lo demás.
Alis soltó una pequeña risita llena de sumisión y deleite.
—Lo que tú digas, mi amor...
Sin quitarle la mirada de encima, Alis comenzó a desnudarse. Levantó la sudadera gris gigante por encima de su cabeza y la dejó caer al suelo sin cuidado. Quedó únicamente en su sujetador de encaje negro. Luego, con un movimiento lento y provocativo de caderas, se bajó los pantalones junto con las calcetas, dejándolos en el piso y dando un paso fuera de ellos.
Ahora vestía solo la lencería negra. El contraste entre la piel blanca de su abdomen plano, la pronunciada curva de sus caderas y la firmeza de sus muslos era impactante. Alis llevó las manos a la espalda, desabrochó el broche del sujetador y dejó que las tiras cayeran por sus hombros. Sus pechos, voluminosos, firmes y coronados por pezones oscuros y erguidos por la excitación, quedaron completamente al descubierto, rebotando ligeramente con su respiración agitada.
Finalmente, se tomó de los bordes de sus bragas negras y las bajó lentamente por sus piernas.
Alis quedó totalmente desnuda en medio de la sala. Su cuerpo era una obra de arte: una figura de reloj de arena perfecta, fruto del ejercicio constante que realizaba en secreto. En su entrepierna, un monte de Venus pulcramente cuidado mostraba sus labios genitales brillantes, empapados de una humedad transparente que se desprendía lentamente debido al deseo acumulado durante toda la mañana.
Mike sintió que la cabeza le daba vueltas. La visión de su amiga otaku, completamente desnuda, ofreciéndose a él sin reservas, era la fantasía más salvaje que jamás hubiera imaginado.
Sin perder tiempo, Mike se quitó la playera y se desabrochó el pantalón. Se despojó de la ropa y de su interior en un par de movimientos rápidos.
Al liberarse, su pene emergió completamente erecto, mostrando un tamaño y un grosor imponentes, venoso y palpitante por la acumulación de sangre.
Alis fijó la mirada en la entrepierna de Mike y se congeló. Sus ojos se abrieron de par en par, sus pupilas se dilataron y un jadeo fuerte se le escapó de la garganta. La vista de semejante miembro, listo para poseerla, fue el detonante final que su cuerpo hiperestimulado no pudo resistir.
—Ah... ¡Dios mío! —gritó Alis, llevándose las manos a la boca.
Las piernas le temblaron violentamente. Un espasmo intenso le recorrió la pelvis y, sin que Mike siquiera la hubiera tocado, Alis sufrió un orgasmo repentino y demoledor. Sus muslos se apretaron involuntariamente mientras su vagina se contraía en oleadas de placer, expulsando un chorro de flujo cristalino que le resbaló por la parte interna de las piernas hasta el suelo. Se dejó caer de rodillas sobre la alfombra de la sala, jadeando desesperadamente, con los ojos entrecerrados y la lengua rozando sus labios.
—Solo de verlo... me corrí... —balbuceó Alis, mirando hacia arriba con devoción—. Es enorme, Mike... es perfecto... Por favor, no me hagas esperar más. Tómame aquí mismo.
Mike no aguantó más. Avanzó hacia ella, la tomó suavemente por los hombros y la levantó del suelo. La llevó hasta el sillón principal de la sala, acomodándola de espaldas sobre los cojines mullidos. Alis abrió las piernas de par en par de inmediato, exponiendo su sexo húmedo y palpitante, ansiosa por recibirlo.
Mike se posicionó entre sus muslos. Tomó su miembro con una mano y guio la punta glande contra los labios empapados de Alis. La temperatura de su piel era ardiente.
—¿Estás lista? —preguntó Mike en un susurro.
—Entra ya... hazme tuya, Mike —rogó ella, rodeándole la cintura con sus piernas tonificadas.
Mike se empujó hacia adelante lentamente. La entrada de Alis estaba tan apretada y húmeda que la cabeza de su pene se deslizó con un sonido húmedo y placentero. Alis echó la cabeza hacia atrás sobre el respaldo del sillón, soltando un gemido largo y agudo mientras sentía cómo la carne de Mike la dilataba centímetro a centímetro.
Mike continuó presionando con firmeza hasta meter el miembro por completo, asentando sus caderas contra el trasero de Alis. La sensación de calidez y estrechez era indescriptible; las paredes internas de la vagina de Alis lo abrazaban con fuerza, contrayéndose rítmicamente alrededor de su asta.
—Dios... Alis... qué bien se siente —exclamó Mike, apretándole las caderas con ambas manos.
—¡Sí! ¡Se siente increíble! —gritó Alis, aferrándose a los brazos de Mike mientras las lágrimas de placer se le juntaban en las comisuras de los ojos—. ¡Estás todo adentro! ¡Tu pene está adentro de mí!
Mike comenzó a marcar un ritmo lento pero profundo, saliendo casi hasta la punta para volver a embestir con fuerza hasta el fondo. Cada estocada producía un chasquido húmedo que resonaba en toda la estancia. Las curvas de Alis rebotaban sobre el sillón con cada golpe de caderas; sus pechos grandes se balanceaban de forma hipnótica frente a los ojos de Mike.
Incapaz de resistirse, Mike se inclinó sobre ella y atrapó uno de sus pezones duros con la boca, succionando con fuerza mientras mantenía el embate constante abajo. Alis arqueó la espalda, soltando un alarido de puro éxtasis y enredando sus dedos en el cabello de Mike.
—¡Así, Mike! ¡Más fuerte! ¡Usa mi cuerpo como tú quieras! —gemía Alis sin cesar, fuera de sí por la intensidad del acto.
El ritmo aumentó de velocidad. Mike aceleró las estocadas, volviéndose más agresivo y constante. La combinación de la fricción húmeda, el calor de la habitación y la sumisión absoluta de Alis lo estaba llevando rápidamente al límite. Alis acompañaba cada embestida con pequeños empujones de su propia cadera, buscando que él penetrara aún más profundo.
—Me voy a correr, Alis... —advirtió Mike, sintiendo la tensión acumulándose en la base de su espina dorsal.
—¡Sí! ¡Lléname! ¡Déjalo todo adentro de mí, Mike! ¡Hazme tuya completamente! —le suplicó Alis con la voz quebrada por el orgasmo inminente.
Mike dio tres estocadas finales, rápidas y profundas, clavándose hasta la matriz de la chica. Se sostuvo con fuerza de los bordes del sillón y liberó una potente descarga de semen hirviente directamente en el fondo de la vagina de Alis.
Alis gritó de placer al sentir la marea caliente inundándole el vientre, sufriendo un segundo orgasmo consecutivo que hizo que su vagina colapsara en espasmos violentos alrededor del miembro de Mike. Los dos se quedaron inmóviles durante varios segundos, unidos por la entrepierna, respirando de manera agitada y sudorosa en el silencio de la sala.
Mike se dejó caer despacio sobre el cuerpo de Alis, apoyando la cabeza en su hombro mientras su pulso comenzaba a estabilizarse. Alis lo rodeó con los brazos y las piernas, acariciándole la espalda con ternura y besándole la mejilla repetidamente.
—Gracias, Mike... —susurró Alis al oído de él, con una sonrisa radiante de satisfacción pura—. Gracias por reclamar lo que siempre ha sido tuyo.
El silencio cálido de la tarde envolvía el departamento. Mike abrió los ojos lentamente, sintiendo las sábanas suaves de la cama principal sobre su piel desnuda. No recordaba en qué momento se habían trasladado del sillón de la sala a la recámara, pero el agotamiento posterior al sexo salvaje que había tenido con Alis lo había dejado completamente noqueado durante un par de horas.
Se incorporó en el colchón, refregándose los ojos y desperezándose. Miró a su alrededor; la habitación estaba ordenada, inundada por la luz anaranjada del atardecer que entraba por la ventana. Alis no estaba a su lado.
Mike se levantó de la cama, se puso sus calzoncillos y su pantalón con calma, dejando el torso al descubierto, y caminó descalzo por el pasillo hacia la zona de la cocina, de donde provenía un aroma delicioso a carne asada, especias y arroz recién cocinado.
Al asomarse, vio a Alis de espaldas frente a la estufa. Vestía únicamente una de las camisas de vestir de Mike, que le quedaba bastante holgada, dejándole los muslos completamente descubiertos y revelando que no llevaba nada debajo. Mantenía el cabello recogido en un moño desordenado mientras movía un sartén con una cuchara de madera.
Al sentir los pasos descalzos de Mike, Alis se giró con una sonrisa radiante y los ojos brillándole de felicidad.
—¡Hola, dormilón! —saludó con voz alegre—. Justo a tiempo. Ya casi está lista la comida, solo faltaba que se dorara bien la carne. Me imagino que debes tener un hambre de perros después de todo lo de hoy.
Mike caminó hacia ella y se apoyó contra la barra de la cocina, observándola atentamente. A pesar del cansancio físico, Alis lucía revitalizada, con un tono sonrosado en la piel y una calma absoluta.
—Alis... —empezó Mike, midiendo su tono con cautela mientras recordaba el frenesí de la mañana—. Quería preguntarte algo... ¿Realmente lo disfrutaste? Es decir... ¿no te sientes arrepentida de nada de lo que pasó?
Alis apagó el fuego de la estufa, dejó la cuchara de madera a un lado y se acercó a él sin dudarlo. Puso ambas manos sobre el torso desnudo de Mike, alzando la cabeza para mirarlo fijamente a los ojos con una devoción total.
—¿Arrepentida? —preguntó ella, soltando una risita suave—. Mike, fue la experiencia más grandiosa y perfecta de toda mi vida. No me arrepiento de absolutamente nada. Te dije que todo mi cuerpo y mi ser te pertenecen, y que lo hayas reclamado hoy fue lo mejor que me ha pasado. Me haces increíblemente feliz.
La sinceridad en sus palabras era tan aplastante que Mike solo pudo exhalar un suspiro de alivio. Su poder, por terrorífico que fuera al alterar la realidad, había creado un vínculo en el que Alis no sentía conflicto ni trauma alguno, sino una satisfacción plena y un amor incondicional.
—Me alegra escuchar eso —dijo Mike, dándole un beso suave en los labios, lo que hizo que Alis soltara un pequeño gemido de placer y se pegara un segundo más a él antes de separarse.
—Bueno, ¡a comer antes de que se enfríe! —anunció ella con energía, sirviendo dos platos generosos de comida y llevándolos a la pequeña mesa del comedor diario pegada a la cocina.
Mike se sentó en una de las sillas mientras Alis servía dos vasos con agua fría. Se acomodó enfrente de él y, agarrando el control remoto, encendió la pequeña televisión montada en la pared de la cocina para tener algo de ruido de fondo mientras comían.
En la pantalla apareció un programa de variedades y entretenimiento en vivo. Los conductores hablaban alegremente sobre temas de familia y sociedad, mostrando reportajes sobre la importancia de la crianza y la amistad que debe existir entre padres e hijos.
Mike comenzó a comer con verdadero apetito; la comida de Alis estaba deliciosa. El ambiente era tranquilo, casi hogareño.
De pronto, el programa cortó a un segmento especial: una entrevista exclusiva en estudio con la célebre estrella de la música pop mundial, Taylor Swift. La cantante aparecía luciendo elegante, sonriente y respondiendo a las preguntas de la conductora sobre su carrera y su vida personal.
Alis masticó un bocado de carne, miró la televisión y luego volvió la vista hacia Mike con curiosidad juguetona.
—Oye, Mike... viendo todo esto de las familias y eso... ¿a ti te gustaría tener hijos algún día?
Mike hizo una pausa con el tenedor a medio camino de la boca. Se quedó pensando unos segundos, sopesando la pregunta.
—La verdad... no lo sé aún —contestó Mike con honestidad—. Somos jóvenes, todavía estamos en la facultad. Es algo en lo que no he pensado mucho.
Alis sonrió con picardía, apoyando los codos sobre la mesa y acomodando su mentón sobre sus manos, mirándolo con un brillo divertido en los ojos.
—Te imaginas... no sé, ¿te imaginas que algún famoso o famosa fuera tu hijo o hija? —bromeó ella, soltando una risita tonta—. Por ejemplo, ¡que la mismísima Taylor Swift, la que está ahí en la tele, fuera tu hija adoptada desde hace muchísimos años! Y que te amara con locura... no sé, que te amara así como yo te amo a ti...
Alis se detuvo un segundo, dándose cuenta del absurdo de su propio planteamiento, y sacudió la mano riéndose de sí misma.
—Pero espera, ¡qué tontería digo! Eso sería superraro e imposible, si ella es mucho mayor que tú...
Mike, que estaba distraído disfrutando de la comida y divertido por la ocurrencia disparatada de su amiga, no procesó el riesgo de lo que estaba a punto de salir de su boca. Con la guardia completamente baja y el tono juguetón contagioso de la conversación, soltó en voz alta entre risas:
—Pues para tu información, Taylor Swift siempre ha sido mi hija adoptada, y ella me ama exactamente así como tú me amas.
El tiempo pareció congelarse en el microsegundo exacto en que la última sílaba abandonó sus labios.
A Mike se le cayó el tenedor de la mano, chocando contra el plato con un chasquido metálico que resonó como una alarma en sus oídos. Un sudor frío, helado y paralizante le cubrió el cuerpo al instante. El impacto de lo que acababa de decir le golpeó el cerebro como un mazo.
"¡NO! ¡NO, NO, NO! ¡Maldita sea, lo volví a hacer!", gritó la voz de la cordura en su mente, mientras se llevaba las manos a la boca aterrorizado. "¡Decreté algo en voz alta otra vez!"
Mike clavó los ojos en la pantalla de la televisión con la respiración cortada, rezando internamente para que su poder no fuera capaz de reescribir la historia de una celebridad mundial a escala global.
Pero el universo no perdonaba.
En la pantalla del televisor, la entrevista continuó sin interrupciones visuales, pero el contexto de la conversación dio un giro abrupto e irrefutable. La conductora sonrió hacia la cámara y le hizo una pregunta a la cantante:
—Taylor, has hablado en múltiples ocasiones sobre cómo tu carrera dio un giro definitivo gracias a la figura paterna en tu vida. ¿Qué nos puedes decir sobre tu padre adoptivo?
Taylor Swift, en la pantalla, suavizó la mirada. Una expresión de devoción, cariño incondicional y una fascinación profunda iluminó su rostro. Se acomodó el micrófono y habló con la voz cargada de un sentimiento transparente:
—Bueno... la verdad es que si no fuera por el amor, la guía y el apoyo incondicional de mi padre adoptivo, yo no sería absolutamente nada de lo que soy hoy. Él lo es todo para mí —dijo la cantante, sonriendo hacia la cámara—. A pesar de la diferencia de circunstancias, él siempre ha estado ahí para mí de una manera tan profunda... Lo amo con todo mi corazón, con una devoción que va mucho más allá de todo. Le debo mi vida entera a Mike.
En la parte inferior de la pantalla del televisor, la barra de noticias desplegó un faldón en letras doradas que decía: "Taylor Swift habla sobre el amor incondicional hacia su padre adoptivo, Mike."
Mike se quedó completamente petrificado en su silla, con los ojos abiertos como platos y la boca entreabierta por el shock.
La realidad del mundo entero se había reescrito en un abrir y cerrar de ojos. Las biografías en internet, los registros legales, los libros de historia de la música y la memoria de millones de personas en el planeta ahora contenían la verdad incontrovertible de que Mike, un estudiante universitario de veintitantos años, era el padre adoptivo legal de la estrella pop más grande del mundo desde hacía años, y que ella sentía por él un amor incondicional, absorbente y devoto, calcado del mismo sentimiento que Alis profesaba hacia él.
Alis, sentada enfrente de él, miró la televisión y luego giró la cabeza hacia Mike. No había sorpresa en su rostro, ni confusión. En su mente reescrita, eso siempre había sido la norma absoluta.
—Awww... —suspiró Alis con ternura, juntando las manos sobre el pecho—. Qué lindo es escuchar a Taylor hablar así de ti en televisión nacional, Mike. Siempre he sabido lo mucho que te adora y lo orgullosa que está de ser tu hija adoptiva. Es tan dulce la forma en que te ama...
Mike sintió que la cabeza le daba vueltas. El peso de su poder era aterradoramente ilimitado. No importaba la lógica del tiempo, no importaba la edad de las personas, no importaba la distancia ni la fama; cualquier frase que él formulara como una verdad objetiva sobre el mundo se convertía en la realidad incontestable para el universo entero.
Tragó saliva con dificultad, tratando de que las manos no le temblaran sobre la mesa.
—Sí... —alcanzó a articular Mike con la voz casi seca, esforzándose por no perder el control—. Ella... siempre ha sido muy cariñosa conmigo...
Mientras Alis continuaba comiendo tranquilamente y comentando los detalles del programa, el teléfono celular de Mike, que estaba sobre la mesa al lado de su vaso, comenzó a vibrar intensamente.
La pantalla del teléfono se iluminó con una llamada entrante por videollamada internacional.
El nombre en la pantalla no dejaba lugar a dudas: Taylor Swift.
Mike miró el teléfono como si fuera una bomba de tiempo a punto de estallar. Miró a Alis, quien le sonrió animadamente.
—¡Contéstale! De seguro estuvo viendo la repetición del programa o quiere saber cómo estás —dijo Alis con total naturalidad.
Con el corazón latiéndole a mil por hora en el pecho, Mike deslicó el dedo por la pantalla y contestó la videollamada, acercando el teléfono a su rostro.
La imagen en alta definición de la cantante apareció en la pantalla de su celular. Estaba en lo que parecía ser el camerino del estudio de televisión. Al ver el rostro de Mike, la expresión de Taylor se transformó al instante: una sonrisa radiante y enamorada se dibujó en sus labios, y sus ojos azules se iluminaron con un amor intenso y desbordante.
—¡Hola, papá! ¡Hola, mi amor! —saludó Taylor con una voz dulce, llena de cariño y devoción pura—. ¡Acabo de salir de la entrevista! ¿Alcanzaste a verla? Estaba pensando en ti durante toda la grabación... Necesitaba decirte lo mucho que te amo y lo desesperada que estoy por ir a verte.
El cerebro de Mike sufrió un cortocircuito. Escuchar a una estrella mundial llamarlo "papá" y al mismo tiempo expresarle un amor tan profundo e incondicional directamente a la cámara era una sensación surrealista que desafiaba toda cordura.
—Hola... Taylor —logró decir Mike, midiendo cada milímetro de sus palabras con pánico extremo para no estropear más las cosas—. Sí... vimos la entrevista. Estuviste... estuviste muy bien.
—¡Me alegra tanto que te haya gustado! —exclamó ella, acomodándose el cabello detrás de la oreja mientras lo miraba a través de la pantalla con una mirada cargada de adoración—. Ya terminé con todos mis compromisos de prensa por hoy. Mandé preparar el jet privado; salgo para allá en un par de horas. No puedo pasar una noche más lejos de ti, Mike... Necesito estar a tu lado, abrazarte y demostrarte todo este amor que te tengo.
Alis se inclinó hacia el teléfono con una sonrisa amigable.
—¡Hola, Taylor! —saludó Alis hacia la pantalla—. Aquí estamos comiendo. ¡Te esperamos para la cena si llegas temprano!
—¡Hola, Alis! —respondió Taylor con amabilidad y una naturalidad pasmosa—. Qué bueno que estás cuidando de él. Guárdame un poco de comida, ¡llegaré volando!
Mike se quedó petrificado mientras la videollamada se despedía con un beso volado de Taylor hacia la pantalla antes de colgar.
Mike bajó el teléfono lentamente y lo dejó sobre la mesa. La realidad lo había sobrepasado por completo: en unas pocas horas, la artista más famosa del planeta estaría aterrizando para ir directamente a su encuentro, motivada por un amor e irrazonable devoción que él mismo había creado por accidente al soltar una frase juguetona.
Miró a Alis, quien le sonreía con tranquilidad mientras terminaba su plato.
Mike se dijo a sí mismo, con un juramento de hierro grabado a fuego en su mente, que jamás en la vida volvería a hablar en broma. De ahora en adelante, cada palabra que saliera de su boca tendría que ser calculada con la precisión de un cirujano, porque el mundo entero estaba a merced de su voz.
El departamento quedó en un relativo silencio tras el fin de la videollamada, pero la mente de Mike era un hervidero de pensamientos caóticos que no le daban tregua. Mientras Alis recogía los platos de la pequeña mesa de la cocina con total parsimonia, tarareando una melodía de anime, Mike permanecía sentado en la silla, apoyando las sienes sobre sus manos.
El pánico moral y la incredulidad se disputaban el control de su cabeza.
"A ver, piensa, imbécil...", se repetía a sí mismo en un grito interno, sintiendo cómo un sudor frío le recorría la columna. "Si mi palabra reescribió la historia entera a nivel global... ¿qué diablos pasó con mi familia? ¿A ellos les pasó exactamente lo mismo que a la gente de la televisión y a Alis?"
Tragó saliva. La lógica aterradora de su poder no dejaba espacio a excepciones. Si él había decretado que Taylor Swift siempre había sido su hija adoptiva, la realidad se ajustaba de manera impecable para hilar los cabos sueltos.
"Dios mío...", pensó, sintiendo un escalofrío. "Mi madre... mi madre ahora resulta que es la abuela de una celebridad mundial. Y mis hermanas... mi hermana mayor, que tiene 25 años, y la menor, que tiene 19... ¡ahora son las tías de Taylor Swift! ¡Una chica que es mayor que ellas en la vida real! ¿Cómo carajos encaja eso en sus cabezas? ¿Taylor las conoce? ¿Han convivido? ¿Ha ido a comer a mi casa los domingos?"
La sola idea de imaginarse a su madre sirviéndole caldo de pollo a Taylor Swift en el comedor de su casa en el vecindario mientras sus hermanas le pedían boletos para sus conciertos resultaba tan surrealista que le rozaba la locura. Pero sabía que para ellas, esa era la absoluta y única verdad. No habría dudas, no habría preguntas sobre la cronología ni sobre las edades. La realidad simplemente existía así porque él lo había dicho.
Se llevó una mano a la cara, exhalando un largo suspiro. No tenía forma de comprobarlo sin llamar por teléfono, y no quería arriesgarse a hablar con su madre o sus hermanas en ese momento de pánico, temiendo que se le escapara alguna otra frase absurda que complicara aún más las cosas.
—Bueno... toca esperar —murmuró en un hilo de voz casi imperceptible, cuidando de no pronunciar nada que pudiera sonar como un decreto.
El tiempo comenzó a transcurrir en una extraña burbuja de calma expectante. Para distraerse de la tormenta mental y de la inminente llegada de la cantante, Mike y Alis se instalaron en la sala de estar. Encendieron la pantalla grande y pusieron una maratón de películas.
Alis se acomodó directamente sobre el regazo de Mike. Llevaba puesta únicamente una playera holgada de él y sus bragas. La cercanía física y la docilidad incondicional de la chica actuaron como un bálsamo para los nervios de Mike.
Mientras en la pantalla se reproducían las escenas de las películas, la mano de Mike se deslizó de forma natural por debajo de la tela de la playera. Acarició la piel suave y tibia del abdomen de Alis, subiendo lentamente hasta envolver uno de sus pechos grandes y firmes. Alis dejó escapar un suspiro placentero, apoyando la cabeza en el hombro de él y arqueando ligeramente la espalda para facilitarle el acceso.
Mike amasó su pecho con suavidad, sintiendo cómo el pezón de la chica se endurecía al instante bajo sus dedos. Poco a poco, su otra mano descendió por el muslo de Alis, deslizándose por el borde de sus bragas hasta encontrar su entrepierna. La vagina de Alis continuaba tibia y sensible por el sexo de la mañana. Mike comenzó a masturbarla de manera lenta y pausada, introduciendo apenas la yema de dos dedos entre sus labios mojados, frotando su clítoris con un ritmo suave que hacía que Alis soltara pequeños gemidos ahogados contra su cuello.
—Mmm... Mike... qué rico... —susurró Alis, moviendo sutilmente las caderas sobre los dedos de él, disfrutando de cada caricia sin presionar para ir más allá.
Pasaron así casi siete horas. El sol se ocultó por completo fuera del departamento, dejando la sala iluminada únicamente por el resplandor azulado de la televisión. La mezcla de la estimulación física, los mimos y las películas ayudó a que Mike recuperara cierta frialdad mental, aunque la tensión no desaparecía del todo.
De pronto, el sonido agudo y claro del timbre de la puerta principal rompió el ambiente íntimo de la estancia.
Un chasquido eléctrico pareció recorrer la espalda de Mike. La hora había llegado.
—¡Llegó! —exclamó Alis con entusiasmo, separándose del regazo de Mike con una sonrisa radiante.
Ambos se arreglaron rápidamente. Alis se acomodó la playera y se puso unos pantalones cortos cómodos que tenía a la mano, mientras que Mike se puso una camiseta limpia y se calzó los tenis en un par de segundos.
Alis caminó hacia la puerta principal con paso ligero. Al llegar, se empinó ligeramente y miró por el mirador óptico de la puerta. A través del cristal angular, se podía ver la figura inconfundible de Taylor Swift, vistiendo un atuendo casual pero elegante, con lentes oscuros levantados sobre su rubia cabellera y flanqueada discretamente por dos escoltas de seguridad que permanecían a unos metros en el pasillo del edificio.
Alis no dudó ni un segundo y giró la cerradura, abriendo la puerta de par en par.
—¡Taylor! ¡Llegaste! —saludó Alis con total calidez y alegría.
—¡Alis! ¡Hola! —respondió la cantante con una sonrisa enorme y genuina.
Sin la menor sombra de protocolo o distancia, Taylor se adelantó y envolvió a Alis en un abrazo apretado y afectuoso. Las dos chicas se abrazaron como si se conocieran de toda la vida, riendo suavemente antes de separarse.
—Pasa, pasa, estás en tu casa —dijo Alis, haciéndose a un lado y haciendo un gesto hacia los escoltas, quienes asintieron con la cabeza y se quedaron apostados en el pasillo exterior antes de que Alis cerrara la puerta y le echara el seguro.
Taylor dejó su bolso de marca sobre la mesita del recibidor y caminó hacia el interior de la sala. Al ver a Mike de pie junto al sillón, sus ojos azules se iluminaron con un destello de devoción y alivio absoluto.
—¡Papi! —exclamó Taylor, acortando la distancia a pasos rápidos.
Se arrojó prácticamente a los brazos de Mike, rodeándole el cuello con fuerza y pegando su cuerpo al de él en un abrazo apretado. Mike se quedó congelado por un microsegundo ante la sensación irreal de tener a la estrella pop más famosa del mundo llamándolo "papi" y abrazándolo con la ternura de una hija profundamente enamorada de su figura paterna. Poco a poco, Mike le correspondió el abrazo, rodeándole la cintura con los brazos mientras sentía el aroma a perfume costoso y el calor de su piel.
—Hola, Taylor... qué bueno que llegaste con bien —dijo Mike, midiendo cada inflexión de su voz para mantener un tono sereno.
Taylor se separó apenas unos centímetros, manteniendo las manos apoyadas sobre los hombros de Mike y mirándolo directamente a los ojos con una mirada cargada de un cariño incondicional y devoto.
—No sabes lo cansada que estaba, pero no podía esperar ni un minuto más para verte —dijo Taylor, dejando escapar un suspiro de agotamiento acumulado por los viajes y las entrevistas—. De hecho... ay, papi, no sabes lo indecisa que estaba cuando aterricé.
—¿Indecisa por qué? —preguntó Mike con curiosidad.
—Estaba pensando seriamente en si irme directo a la casa donde vives con mi abuela y mis tías, o si venirme para acá, al departamento de Alis —explicó ella con total naturalidad, mientras se quitaba los zapatos de tacón y se dejaba caer sobre el sillón de la sala con un gesto de descanso—. Pero luego me acordé de la videollamada de la tarde. Me di cuenta de que estabas aquí con Alis y dije: 'No, seguro van a estar juntos'.
Taylor miró a Mike y luego a Alis con una sonrisa pícara y juguetona, cruzándose de brazos mientras se acomodaba en los cojines.
—De seguro ya han tenido sexo todo el día, ¿verdad? —bromeó Taylor, soltando una risita suave pero dejando entrever un ligero tono de celos inocentes y caprichosos—. ¡Ay, no es justo! Yo también quiero... yo también quiero estar contigo así, papi.
Mike sintió que el corazón le daba un vuelco en el pecho. La forma en que ella combinaba la palabra "papi" con una declaración implícita de deseo y posesividad demostraba exactamente el alcance del decreto que había soltado en la cocina: Taylor lo amaba con la misma devoción absorbente y romántica que Alis.
Alis se acercó al sillón y se sentó al lado de Taylor, dándole una palmadita afectuosa en el muslo.
—Bueno, es que nos extrañábamos mucho —dijo Alis sonriendo sin el menor celo, integrando a Taylor como parte natural del mismo círculo de afecto alrededor de Mike—. Pero tú también eres de él, Taylor.
Taylor sonrió con dulzura, aunque soltó un pequeño bostezo y se estiró sobre el respaldo del mueble, cerrando los ojos por un instante.
—Lo sé... pero la verdad, ahorita estoy súper agotada —admitió la cantante, pasándose una mano por la frente—. El vuelo, las ruedas de prensa y todo el ajetreo me tienen muerta. Así que eso tendrá que ser más después, cuando haya descansado bien.
Mike dejó escapar un invisible suspiro de alivio. Al menos por esa noche, no tendría que lidiar con la intensidad de una nueva situación erótica mientras intentaba procesar todo lo que estaba ocurriendo.
Taylor abrió los ojos y miró a Mike con una expresión suplicante y tierna, casi como una niña pequeña pidiendo un favor especial.
—Oye, papi... ¿mañana podemos ir a ver a mi abuela y a mis tías? —preguntó ella con la voz suave—. De verdad quiero ir a la casa a visitarlas, abrazar a mi abuela y platicar con mis tías un rato. Las extraño mucho a ellas también. ¿Sí, papi? ¿Vamos mañana temprano?
Mike se quedó mirando la cara de Taylor Swift. La propuesta era el paso inevitable: enfrentarse al impacto de su poder en su propia casa, ver con sus propios ojos cómo su madre actuaba como la abuela de Taylor y cómo sus dos hermanas jóvenes asumían el rol de tías de una súper estrella internacional.
Sabiendo que no podía evitar la realidad que él mismo había construido, Mike asintió con la cabeza, manteniendo una sonrisa tranquila.
—Claro que sí, Taylor —respondió Mike con firmeza y calma—. Mañana temprano vamos a la casa a ver a tu abuela y a tus tías.
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