Mike
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Nota de la autora: Hola de nuevo, esta es mi historia con la ayuda de Lyra (una IA). Todos los personajes son mayores de edad y esta historia también contiene errores, así que pido disculpas de antemano. ¡Espero que la disfruten! :)
Historia escrita en español
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Author's Note: Hello again! This is my story, written with the help of Lyra (an AI). All characters are age legals, and this story also contains errors, so I apologize in advance. I hope you enjoy it! :)
Story written in Spanish
Capítulo 1
El sol apenas comenzaba a colarse por las persianas de la habitación de Mike, proyectando líneas doradas sobre la pared gastada. Se dio la vuelta en la cama, refregándose los ojos con pesadez. Tenía la cabeza pesada, envuelta en esa niebla extraña que deja un sueño demasiado lúcido. En su mente aún resonaba una voz retumbante, casi bíblica o de sistema de videojuego, que le decía con absoluta gravedad: "A partir de este instante, cada palabra que salga de tu boca, cada decreto que formules o lógica que afirmes sobre el mundo, se convertirá en la verdad absoluta de la realidad."
Mike dejó escapar una risita tonta mientras se sentaba en el borde del colchón.
—Claro que sí, cómo no —murmuró para sí mismo, desperezándose y sintiendo el crujido de sus huesos—. Como si esas cosas pasaran. Malditos sueños ruidosos.
Se puso una playera cualquiera, unos pantalones cómodos y bajó las escaleras guiado por el inconfundible aroma a café recién hecho y pan tostado. Al llegar a la cocina, la escena era la de todas las mañanas: un caos familiar perfectamente coordinado.
Su madre Emma estaba junto a la estufa volcando hot cakes en un plato grande, mientras que sus dos hermanas ocupaban la mesa del comedor. Miriam la mayor de 25 años, una chica estresada por la universidad que siempre tenía los ojos pegados a su laptop, y Azucena la menor de 19 años, que peleaba con el cereal mientras revisaba vídeos en su teléfono con el volumen ridículamente alto.
—Buenos días, dormilón —saludó su madre sin girarse del todo, usando la espátula para acomodar el desayuno—. Apúrate que se te hace tarde para la facultad. Hay jugo en la jarra.
—Buenos días, ma —contestó Mike, tomando una tostada al vuelo y dándole un mordisco mientras buscaba sus llaves en la barra—. Hola, par de parásitos.
—Cállate, Mike —gruñó su hermana mayor sin levantar la vista de la pantalla.
—Ni me hables, que hueles a sueño —añadió la menor, sacándole la lengua.
Mike sonrió. Todo normal, todo en su sitio. El sueño no había sido más que una digestión pesada de la cena de anoche. Se terminó el café de un trago rápido, le dio un beso en la mejilla a su madre y agarró su mochila.
—¡Me voy! ¡Regreso en la tarde!
—¡Con cuidado, hijo! ¡No te vayas corriendo por las escaleras! —le gritó su madre desde la cocina.
Al cruzar la puerta principal, el aire fresco de la mañana le dio de lleno en la cara. El vecindario estaba tranquilo, con el murmullo lejano del tráfico de la ciudad. Mike caminó por el sendero del jardín delantero y, al llegar a la acera, se topó con la casa de al lado.
Allí estaba la Sra. Brenda, la vecina de unos treinta y tantos años. Estaba agachada regando los rosales del frente, vistiendo un pantalón de mezclilla ajustado y una blusa de tirantes que dejaba poco a la imaginación cuando se inclinaba. Brenda estaba casada con el Sr. Anderson, un tipo canoso, aburrido y ridículamente millonario que trabajaba todo el día en el sector financiero y apenas pasaba tiempo en casa. La pareja no tenía hijos, y Brenda pasaba la mayor parte del tiempo sola en esa enorme casa.
Mike se detuvo un segundo a mirarla de reojo mientras ajustaba la correa de su mochila. La verdad era que la mujer era un monumento.
Con el recuerdo del sueño aún rondándole la cabeza como un chiste privado, Mike se esbozó una sonrisa burlona y murmuró en voz baja, mirando la espalda de su vecina:
—Dios mío, esa mujer es tan sexy... En serio, ella no se casó con Anderson por gusto; fue puramente por dinero. En realidad, ella me ama a mí, está loca por mí y todo este tiempo ha estado pensando en tener sexo conmigo.
Mike soltó una risita ahogada por la estupidez de lo que acababa de decir, negó con la cabeza ante su propio chiste mental y echó a caminar a paso ligero hacia la parada del autobús, completamente ajeno a lo que acababa de desencadenar.
Lo que Mike no vio —porque ya se había dado la vuelta y caminaba de espaldas— fue cómo el cuerpo de Brenda se congeló instantáneamente en seco.
La manguera que sostenía se le resbaló de los dedos, dejando que el agua corriera limpiamente sobre el césped. La mente de Brenda sufrió un chasquido invisible pero devastador. Años de matrimonio cómodo pero apático con el Sr. Anderson se reescribieron en su memoria en cuestión de un milisegundo. De pronto, el dinero de su esposo no era más que un medio de supervivencia, una jaula dorada a la que se había sometido por pura conveniencia económica.
Sus ojos, repentinamente dilatados y brillantes con un deseo abrasador, se clavaron en la figura distante de Mike caminando por la acera. Brenda se llevó una mano temblorosa a los labios, sintiendo cómo un calor abrasador y húmedo le recorría la entrepierna. Los recuerdos que jamás habían existido florecieron en su cerebro con absoluta claridad: las noches enteras que pasaba tocándose en su cama King Size pensando únicamente en el cuerpo de ese muchacho, las miradas furtivas por la ventana deseando que él cruzara a su patio y la tomara sin piedad contra las paredes de la casa.
—Mike... —susurró Brenda, con la voz entrecortada y los pezones marcándose con dureza casi dolorosa contra la tela delgada de su blusa—. Dios mío... Mike, por fin... por fin me he dado cuenta...
Se llevó las manos a la cadera, apretando su propio cuerpo con desesperación mientras veía al joven subir al autobús a lo lejos. Respiraba agitada, los labios entreabiertos, jurándose a sí misma que hoy no pasaría de esa tarde sin meter a ese chico a su casa para entregarle absolutamente todo lo que el viejo de su marido jamás pudo sacarle.
Ajeno al terremoto hormonal que acababa de provocar en su vecindario, Mike bajó del autobús frente a las puertas del campus universitario. La facultad estaba llena de estudiantes caminando a toda prisa, conversando en grupos o terminando tareas a última hora sobre las bancas de piedra.
Mike caminó hacia el edificio principal y, cerca de la entrada, divisó una figura familiar. Era Alis.
Alis era su mejor amiga en la facultad. Era una friki otaku hecha y derecha: le apasionaba el manga, se pasaba horas hablando de videojuegos y siempre traía consigo alguna libreta de bocetos. Pero Alis tenía una particularidad que Mike conocía muy bien desde hacía tiempo. Detrás de esas sudaderas gigantes tres tallas más grandes de lo debido, sus pantalones holgados y sus lentes de armazón grueso, Alis escondía un cuerpo despampanante. Tenía una figura de reloj de arena perfecta, un pecho amplio y firme, y una cadera pronunciada con un trasero redondo fruto de una rutina de ejercicio constante que realizaba en secreto en su casa. Además, era una de las estudiantes más inteligentes de la carrera.
Ahí estaba ella, abrazando una carpeta contra su pecho, vistiendo una sudadera gris enorme que le llegaba casi a las rodillas.
—¡Hey, Alis! —saludó Mike aproximándose a ella.
Alis levantó la vista y le dedicó una sonrisa suave, acomodándose los lentes sobre el puente de la nariz.
—Hola, Mike. Llegas justo a tiempo. El profesor de Matemáticas Discretas anda de un humor de perros hoy.
Mike sonrió. La cercanía con ella y la inercia de su estado de ánimo juguetón de la mañana lo llevaron a querer bromear. Acercándose un poco, agachó la cabeza hacia su oreja y, con un tono socarrón y divertido, le susurró en voz baja:
—Ya sé por qué usas siempre esa ropa tan grande, Alis... La usas para que nadie vea el cuerpo que me pertenece para el sexo. Es solamente para mí.
Mike terminó la frase esperando inmediatamente el golpe habitual: un codazo en las costillas, un carpetazo en el hombro o el clásico "¡Qué asco das, Mike, cállate!" seguido de una risa torpe. Era el tipo de dinámica de confianza pesada que solían tener.
Pero el golpe no llegó.
Mike se separó sonriendo, listo para esquivar la agresión, pero al ver el rostro de Alis se quedó extrañado. La chica ni lo golpeó ni le reclamó. Simplemente se quedó parada en su sitio, congelada.
—Bueno, vámonos al salón o si no no nos van a dejar entrar a clase —dijo Mike despreocupadamente, dándose la vuelta para avanzar hacia las escaleras del edificio.
Lo que Mike no vio fue la metamorfosis silenciosa que ocurrió detrás de él.
Alis sintió cómo una corriente eléctrica le bajaba directamente por la columna vertebral hasta el vientre. Esas palabras no resonaron como una broma; resonaron como un decreto divino, una verdad objetiva que siempre había estado ahí pero que apenas acababa de ser formulada en voz alta. Su pulso se aceleró a mil por hora.
Detrás de sus lentes, sus ojos se abrieron de par en par, encendiéndose con una mezcla de devoción, sumisión y un deseo devorador. La ropa holgada que llevaba puesta de pronto le pareció una armadura sagrada: por supuesto que era para eso. ¡Cómo no se había dado cuenta antes! No usaba esa ropa por timidez o comodidad; la usaba por la responsabilidad sagrada de ocultar su verdadero cuerpo, un tesoro exclusivo reservado única y exclusivamente para las manos, la boca y la polla de Mike.
Alis apretó la carpeta contra sus pechos grandes —ahora repentinamente hipersensibles bajo la tela gruesa— y soltó un pequeño gemido ahogado. Sus piernas temblaron ligeramente. Miró la espalda de Mike mientras él subía el primer tramo de escaleras. La forma en que caminaba, la anchura de sus hombros... todo en él la hacía querer hincarse ahí mismo en medio del pasillo de la facultad, quitarse la sudadera para mostrarle las curvas que solo a él le pertenecían y rogarle que la usara como quisiera.
—Es... es tuyo... —murmuró Alis con la voz quebrada por el placer y la revelación, mordiéndose el labio inferior hasta casi hacerlo sangrar—. Siempre ha sido tuyo, Mike... Solo para ti...
Con los cheeks ardiendo en un rojo intenso y el corazón latiéndole desbocado contra las costillas, Alis caminó detrás de él, manteniendo una distancia respetuosa, sumisa, observando cada movimiento de sus caderas con una mirada hambrienta y fija.
Mike entró al aula de clases y se acomodó en su lugar de siempre, cerca de las ventanas del fondo. Se quitó la mochila y sacó su libreta. Alis entró unos segundos después y, en lugar de sentarse en su banca habitual junto a su grupo de amigas, caminó directamente hacia el asiento contiguo a Mike. Se sentó en silencio, ajustando la sudadera sobre sus muslos, pero Mike pudo notar por el rabillo del ojo que la chica no dejaba de mirarlo. Cada vez que él giraba la cabeza, ella le sostenía la mirada con una sonrisa extrañamente dócil y un rubor permanente en las mejillas.
"Qué raro se comporta hoy", pensó Mike, rascándose la nuca. "Capaz que no durmió bien por estar viendo anime hasta tarde".
La clase transcurrió con normalidad durante la primera hora. El profesor llenaba el pizarrón con ecuaciones complejas mientras el murmullo del tiza era el único sonido en el aula.
Mike empezó a sentir calor. El aula estaba un poco encerrada y el sol pegaba directamente sobre la ventana. Suspirando, se estiró en la silla, apoyó los codos sobre la mesa y miró la espalda del profesor. Se sentía aburrido, fatigado por la monotonía de la explicación.
En su mente, la conversación con Alis y el recuerdo de su vecina Brenda volvieron a cruzarse. Eran pensamientos tontos, fantasías impulsivas que cualquier tipo de su edad podía tener en un momento de distracción total.
"Si la vida fuera como esos mangas que lee Alis...", pensó Mike con una sonrisa entretenida.
Apoyó la barbilla en la palma de su mano y, sin pensarlo dos veces, musitó en un susurro apenas audible, un murmullo que apenas rozó el aire de la mesa:
—Honestamente, la escuela es una pérdida de tiempo cuando podrías tener a todas las mujeres de este lugar listas para complacerte. Debería ser una regla básica: cualquier mujer que me mire a los ojos tiene que sentirse irresistiblemente atraída por mí y desear nada más que ser parte de mi harén.
Mike soltó un ligero aire por la nariz, divertido por su propia estupidez mental, y volvió a tomar el bolígrafo para copiar lo que estaba en el pizarrón.
No pasaron ni diez segundos.
De repente, el ambiente dentro del salón de clases cambió drásticamente. El aire pareció volverse más denso, cargado de una tensión eléctrica y un perfume dulce e intangible.
El profesor en el pizarrón dejó de escribir. En la primera fila, dos chicas que siempre sacaban las mejores notas bajaron sus bolígrafos simultáneamente. A la izquierda de Mike, una chica de cabello corto que solía ignorar a todo el mundo giró lentamente la cabeza hacia él.
Mike sintió la repentina pesadez en el ambiente y levantó la vista de su cuaderno.
Al hacerlo, cometió el error de mirar directamente a la chica de cabello corto.
En cuanto sus ojos cruzaron miradas, la chica dio un respingo visible. Sus pupilas se dilataron al instante, la pluma se le resbaló de la mano cayendo al suelo con un chasquido sordo y un rubor violento le cubrió desde el cuello hasta las orejas. La muchacha cruzó las piernas con fuerza por debajo de la banca, dejando escapar un suspiro entrecortado mientras se llevaba una mano al pecho.
Mike parpadeó, confundido.
—¿Qué...? —murmuró.
Confundido por la reacción de la chica, Mike giró la cabeza hacia el otro lado del salón para ver si alguien más había notado lo mismo. Al hacerlo, su mirada chocó con la de la delegada del grupo, una mujer de carácter fuerte y formal que siempre traía el uniforme impecable.
Nuevamente, en cuanto los ojos de la delegada se conectaron con los de Mike, la chica se congeló. Su expresión dura se desmoronó por completo. Sus labios se entreabrieron, su respiración se volvió agitada y sus manos comenzaron a temblar sobre el escritorio. La delegada se ajustó la blusa con desesperación, sintiendo cómo un sudor frío y un calor abrasador le recorrían la piel, con la mente inundada de un único pensamiento absoluto: Necesito estar con él. Necesito que me mire así otra vez. Necesito ser suya.
Mike sintió que un sudor frío verdadero le empezaba a correr por la nuca.
"¿Pero qué carajos está pasando?", se dijo internamente, sintiendo que el corazón le daba un vuelco.
Desesperado por entender, miró hacia su derecha, directamente a Alis.
Alis ya lo estaba mirando. Y al cruzar miradas bajo el efecto recién decretado, la combinación de las dos verdades absolutas que Mike había creado en menos de dos horas colapsó en la mente de la chica. Alis no solo sentía que su cuerpo le pertenecía para el sexo; ahora la necesidad de formar parte de su harén y compartirlo con otras si él así lo deseaba se convirtió en un mandamiento supremo.
—Mike... —susurró Alis, apoyando ambas manos sobre la mesa de él y inclinándose hacia adelante. La sudadera holgada se le descorrió ligeramente del hombro, dejando ver la piel blanca y suave de su clavícula—. Si necesitas... si quieres que las demás también... yo puedo ayudarte... Yo soy tuya primero, pero si tú quieres a las demás... yo lo acepto...
Las palabras de Alis resonaron en los oídos de Mike como un martillazo.
El sueño de la mañana.
La voz retumbante.
La vecina Brenda congelada en el jardín.
Alis no golpeándolo y mirándolo como si fuera un dios.
Las chicas del salón reaccionando al instante en que las miraba a los ojos.
Un terror helado, mezclado con un choque brutal de adrenalina, recorrió todo el cuerpo de Mike. Las piezas del rompecabezas encajaron con una claridad aterradora.
"No... No puede ser...", pensó Mike, abriendo los ojos como platos mientras se pegaba al respaldo de su silla. "El sueño... no era un sueño."
Cada maldita palabra. Cada chiste. Cada murmuración impulsiva.
Todo lo que había dicho desde que pisó el suelo de su habitación esa mañana... se había vuelto realidad.
En ese momento, la chica de la primera fila se puso de pie bruscamente, haciendo retroceder su silla con un chirrido estridente que resonó en todo el salón.
—Profesor... —dijo la chica con la voz temblorosa, sin quitarle los ojos de encima a Mike—. No me siento bien... necesito... necesito hablar con Mike... afuera...
—¡No! —interrumpió la delegada del grupo, poniéndose de pie también, con la cara ardiendo de celos y deseo—. ¡Yo llegué a verlo primero! ¡Mike tiene que hablar conmigo!
El salón de clases comenzó a murmullos crecientes. Varias chicas más giraban la cabeza hacia atrás, buscando la mirada de Mike con una devoción casi hipnótica. Alis, a su lado, se levantó lentamente de su asiento, mirando a las otras alumnas con una expresión protectora pero sumisa, lista para organizar a las demás según los deseos de su dueño.
Mike sintió que la boca se le quedaba completamente seca. Se llevó las manos a la cabeza, mirando el caos que comenzaba a desatarse en el aula por culpa de una simple frase dicha al aire.
"¡Oh, dios mío!", gritó en su mente, temblando de arriba a abajo. "¿¡Qué demonios he hecho!?"
Mike sintió que un sudor helado le bajaba a chorros por las sienes mientras el cuchicheo en el salón amenazaba con convertirse en una verdadera trifulca. Las miradas de las chicas estaban fijadas en él con un hambre visceral, un nivel de fijación tan denso que casi se podía cortar con un cuchillo. La delegada y la chica de la primera fila continuaban levantándose, dispuestas a avanzar por el pasillo central, mientras otras alumnas giraban el torso de forma obsesiva en sus bancos.
El corazón de Mike latía a mil por hora contra sus costillas, golpeando como un tambor desbocado. Tenía que salir de ahí antes de que la situación se saliera completamente de control enfrente del profesor, quien observaba la escena paralizado con la tiza a medio camino del pizarrón.
—Pro-profesor... me siento fatal, necesito ir al baño —alcanzó a articular Mike, esforzándose desesperadamente por mantener la boca casi cerrada para no soltar otra palabra impredecible que pudiera deformar la realidad de una manera todavía más absurda.
Sin esperar una respuesta formal ni la autorización del docente, Mike agarró su mochila con brusquedad, colgándosela de un solo hombro, y miró de reojo a la chica que tenía al lado.
—Alis... sígueme. Vamos afuera —le ordenó en un tono bajo pero firme.
En cuanto la orden salió de sus labios, Alis reaccionó como si le hubieran aplicado una descarga eléctrica de pura obediencia. Se puso de pie de inmediato, dejando sus cuadernos olvidados sobre el escritorio sin que le importara lo más mínimo.
—Sí, Mike. A donde tú me digas —respondió ella con la voz suave, cargada de un tono sumiso que jamás en la vida le había escuchado.
Mike no perdió un solo segundo y echó a caminar a paso veloz hacia la salida del aula. Alis se pegó a su espalda como una sombra. La delegada del grupo intentó dar un paso al frente para interceptarlo, estirando una mano hacia su manga, pero Alis se cruzó de manera rápida en su camino, clavándole una mirada fría que dejó a la otra chica petrificada en su sitio antes de que pudieran cruzar el umbral del salón.
Una vez afuera, en la quietud del pasillo despejado, Mike apretó el paso buscando la salida más cercana que daba al estacionamiento de alumnos. Sentía la adrenalina corriéndole por las venas, un cóctel explosivo entre el pánico puro y una desconcertante turbación que no lograba asimilar.
Sin embargo, antes de poder alcanzar la puerta de cristal que daba al exterior, Alis aceleró sus pasos, lo rebasó suavemente y se interpuso en su camino, acorralándolo ligeramente contra una de las columnas de concreto del pasillo.
Ahí, sin la presencia de miradas chismosas, Alis dio un paso hacia adelante reduciendo la distancia entre ambos a cero. Apoyó ambas manos sobre el pecho de Mike y se pegó contra él. A pesar de llevar la sudadera gris gigante tres tallas más grande de lo debido, Mike sintió de lleno la presión firme y mullida de sus voluminosos pechos hundiéndose directamente contra su torso. La tela holgada no hacía absolutamente nada por ocultar el tamaño ni el calor que desprendía la chica.
Alis levantó la mirada por encima del armazón de sus lentes gruesos. Tenía las mejillas encendidas en un carmesí intenso y los ojos brillando con una mezcla de devoción total y una lujuria casi desesperada.
—Mike... por fin estamos solos —susurró ella, apretándose aún más contra él, haciendo que él sintiera la curvatura de sus caderas chocando contra su muslo—. Dime la verdad... ¿cómo te enteraste? Se supone que era mi secreto más guardado, nadie en toda la facultad lo sabía...
—Alis, tranquilízate un poco, déjame respirar... —alcanzó a balbucear Mike, tratando de echar la cabeza hacia atrás, pegándola a la columna de concreto.
—Es que no lo entiendo, pero al mismo tiempo tiene tanto sentido —continuó ella con la respiración entrecortada, ignorando por completo su intento de poner distancia—. Me he matado haciendo ejercicio en secreto en mi casa durante meses, cuidando mi cuerpo, comiendo bien... Y me ponía esta ropa horrible, gigante y espantosa justo para eso, para que ningún idiota en la universidad se diera cuenta del gran cuerpo que tengo. ¡Pensaba que era solo mi secreto! Pero tú lo sabías... Sabías que me estaba guardando así porque este cuerpo te pertenece a ti. Es solo para que tú lo disfrutes en el sexo...
Las palabras de Alis chocaban contra los oídos de Mike como ráfagas de vapor caliente. Sentir el peso de su pecho presionándolo, el aroma dulce de su perfume mezclado con el calor de su piel, y escuchar a su amiga friki —esa chica con la que solía debatir sobre anime y videojuegos— decir semejantes barbaridades con total seriedad, estaba haciendo estragos en el autocontrol de Mike.
—Alis, escucha, tenemos que salir de aquí primero —dijo él tragando saliva, sintiendo que la garganta se le secaba por completo—. Vamos a mi auto. Ahora mismo.
—Lo que tú ordene, Mike —asintió ella de inmediato, soltándolo apenas un centímetro pero manteniendo una cercanía sofocante mientras caminaban hacia el estacionamiento.
Cruzaron las puertas de cristal y salieron al aire fresco de la mañana. Mike sacó las llaves del bolsillo de su pantalón con manos temblorosas y presionó el control remoto. El seguro del sedán gris que tenía estacionado a unos metros chasqueó. Mike prácticamente se abalanzó sobre la puerta del conductor, se metió al interior y cerró bruscamente.
Alis no tardó ni dos segundos en abrir la puerta del copiloto, deslizarse hacia adentro y cerrar de un portazo seco.
El habitáculo del automóvil se transformó instantáneamente en una olla de presión. El aroma a vainilla de la fragancia de Alis inundó el espacio cerrado. Mike introdujo la llave en el encendido, puso en marcha el motor y metió la primera marcha para salir del cajón de estacionamiento antes de que alguna otra chica del salón decidiera bajar a buscarlo.
Maniobró el vehículo hacia la salida del campus y se incorporó a la avenida principal. Mientras mantenía las manos firmes sobre el volante y la mirada fija en el tráfico de la ciudad, podía sentir la mirada abrasadora de Alis clavada en su perfil.
De repente, el sonido del roce de telas gruesas resonó en el interior del auto.
Mike echó una rápida mirada de reojo hacia el asiento del copiloto y casi se le sale el volante de las manos.
Alis se había llevado las manos al dobladillo inferior de su sudadera gigante y la había levantado hasta la altura de las axilas, sosteniéndola con los codos. Debajo de la prenda holgada no llevaba ninguna playera, únicamente un sujetador de encaje negro que apenas lograba contener el volumen de sus pechos. Sus pezones se marcaban con una firmeza impresionante contra la tela delgada, mientras que el volumen de su escote se elevaba con cada una de sus respiraciones agitadas.
Pero no se detuvo ahí. Con la otra mano, desabrochó el botón de sus pantalones flojos y los bajó bruscamente hasta la mitad de los muslos, dejando al descubierto un vientre plano, perfectamente trabajado, y la tira delgada de sus bragas negras que se hundía en sus caderas anchas y curvadas.
—Alis... ¿¡qué demonios estás haciendo!? ¡Estoy manejando! —exclamó Mike, apretando el volante mientras sentía que la sangre se le escapaba directamente del cerebro para concentrarse en la entrepierna.
—¿Ya vas a reclamar lo que es tuyo, Mike? —preguntó ella con la voz temblorosa de deseo, acomodándose de lado en el asiento para que él pudiera verla mejor desde su ángulo—. Mira nada más... todo esto es tuyo. Mi pecho, mis caderas, todo. Te lo estuve guardando sin saber que tú ya lo sabías...
Alis metió un dedo por debajo de la tira de su sujetador, bajando ligeramente la copa para dejar expuesta la parte superior de su aureola. La visión era tan erótica y directa que a Mike se le acortó la respiración.
—Dime qué quieres que haga —prosiguió ella, con los ojos entrecerrados y los labios húmedos—. ¿Quieres que me desnude por completo aquí en el asiento? ¿O quieres que vayamos a mi casa y me vista de alguna waifu para ti? Puedo ponerme el cosplay que tú quieras, el de la conejita, el de la sirvienta... lo que sea. Vamos a tener sexo, ¿verdad? Dios mío... voy a tener tu pene adentro de mi vagina... por fin...
El impacto de esa última frase retumbó en la mente de Mike como un trueno. Sentir la temperatura dentro del vehículo subiendo bruscamente y ver a su amiga, que siempre vestía como un saquito de papas para ocultarse, enseñándole la lencería y rogándole por tener sexo, le provocó un cortocircuito mental.
Manejaba por la avenida en automático, cruzando semáforos mientras en su cabeza las ideas chocaban a mil kilómetros por hora.
"¿Qué carajos acaba de pasar?", pensó Mike en un grito interno, con las manos sudando sobre el cuero del volante. "Es real... El maldito sueño de esta mañana era cien por ciento real. Todo lo que digo... cada estúpida palabra que sale de mi boca se convierte en una verdad objetiva para el universo."
Un sudor frío le recorrió la espalda al recordar lo que le había dicho a la vecina Brenda esa misma mañana en el jardín, y luego lo que le murmuró a Alis en el pasillo, sumado al decreto colectivo que soltó en medio del salón sobre las mujeres que lo miraran a los ojos.
"Tengo que tener un cuidado brutal de ahora en adelante", se advirtió a sí mismo con severidad, entrando en pánico moral. "Si vuelvo a decir alguna pendejada sin pensar, puedo alterar la vida de cualquiera. No puedo ir por ahí soltando frases a lo loco, tengo que medir cada jodida palabra que pronuncie."
Sin embargo, a pesar del terror lógico y del dilema ético que se le venía encima, la realidad física del momento era innegable.
Echó otra mirada hacia el lado del copiloto. Alis continuaba ahí, con la sudadera levantada, enseñándole ese par de pechos monumentales que siempre había sospechado que tenía, moviendo ligeramente las caderas sobre el asiento mientras se pasaba la lengua por los labios de forma seductora. La oferta estaba servida en bandeja de plata. No era una fantasía, era real.
"Dios mío... es que la oferta de Alis...", pensó Mike, sintiendo que la erección dentro de sus pantalones se volvía dolorosamente rígida. "Si quiero... claro que quiero tener sexo con ella. Está increíble, tiene un cuerpazo de diosa y me lo está ofreciendo sin dudarlo."
Apretó el volante con más fuerza, tratando de ordenar sus pensamientos mientras tomaba la desviación hacia una zona más tranquila cerca de su departamento.
—Alis... —habló Mike, cuidando minuciosamente la inflexión y el contenido de sus palabras para no decretar nada raro por accidente—. ¿En serio quieres tener sexo conmigo? ¿Estás totalmente segura de esto?
Alis dejó escapar un gemido suave ante la sola pregunta y asintió con la cabeza de forma vehemente, acomodándose la ropa holgada con cierta prisa pero sin llegar a taparse del todo.
—¡Sí! ¡Claro que sí, Mike! —respondió ella de inmediato, con una convicción que no dejaba lugar a dudas—. Te lo estoy diciendo de verdad... Mi cuerpo, mi mente y todo lo que tengo es tuyo. Se suponía que mi cuerpo era un secreto que solo yo guardaba bajo esta ropa gigante, pero tú de alguna manera lo supiste... Sabías que me estaba reservando para ti. No sé cómo lo supiste, pero me alegra tanto que lo dijeras... No quiero nada más en este mundo que ser tuya.
Mike escuchó la sinceridad absoluta en la voz de la chica. Su poder había reescrito la percepción de Alis de tal manera que para ella, esto era la realización de su deseo más profundo y natural. No había culpa, no había duda; solo un deseo abrasador e incondicional de estar con él.
Mike giró el volante a la derecha y adentró el automóvil en la calle lateral que conducía hacia el estacionamiento de su edificio de departamentos. El motor del coche rugió suavemente mientras bajaba la rampa hacia el subterráneo, alejándose del ruido de la ciudad.
Apagó el motor en un cajón privado y el silencio cayó de golpe sobre ellos, roto únicamente por el sonido de sus respiraciones agitadas.
Mike se giró en el asiento para mirar de frente a Alis. La chica soltó la sudadera dejando que cubriera parte de su torso, pero sus pantalones continuaban entreabiertos, revelando la silueta de sus curvas.
—Alis... si hacemos esto —dijo Mike en voz baja, midiendo cada sílaba con precisión quirúrgica—, va a ser porque los dos lo queremos aquí y ahora. Sin arrepentimientos.
Alis sonrió con una dulzura cargada de picardía, se quitó los lentes de armazón grueso y los dejó sobre el tablero del auto. Sin la barrera de los cristales, sus ojos lucían aún más grandes y brillantes.
—Mike... no hay nada en este universo que desee más —susurró ella, inclinándose a través de la consola central hasta quedar a solo un par de centímetros de sus labios—. Llévame a tu cama... y hazme tuya de una vez.
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