What's next?
Capitulo 3
Mike observó fijamente la puerta principal del departamento antes de voltear a mirar a Taylor, quien se descalzaba cómodamente en la sala. Un pensamiento práctico lo cruzó en medio de todo el choque surrealista que estaba viviendo.
—Oye, Taylor... —comenzó Mike, cruzándose de brazos y señalando con la cabeza en dirección al pasillo exterior—. ¿Qué va a pasar con los guardias que se quedaron afuera? No pueden quedarse tirados en el pasillo toda la noche.
Taylor alzó la vista, sonriendo con una mezcla de cansancio y dulzura.
—Ah, tienes razón, papi. Déjame decirles antes de que se acomoden ahí afuera —dijo ella levantándose del sillón.
Caminó a paso tranquilo hacia la entrada, destrabó el seguro y abrió la puerta. Los dos enormes escoltas de traje oscuro, impecablemente erguidos en el pasillo del edificio, se giraron al instante con actitud alerta. Taylor les hizo una seña amable con la mano y les dedicó una sonrisa cálida.
—Muchachos, pueden irse a descansar o a divertirse un rato por la ciudad si quieren —les dijo Taylor con voz clara y relajada—. Voy a pasar la noche aquí con mi padre, así que estoy completamente segura. No los necesito montando guardia en la puerta. Solo mantengan los teléfonos encendidos por si surge alguna emergencia o algo por el estilo, ¿de acuerdo?
Los dos hombres de seguridad se miraron entre sí durante un breve segundo y asintieron con profesionalismo reverente.
—Entendido, señorita Swift. Estaremos atentos a cualquier llamada y llegaremos lo más rápido posible si nos necesita —respondió el que parecía ser el jefe del equipo, dando un paso atrás respetuoso—. Que tenga buena noche.
—Gracias, descansen —se despidió Taylor agitando la mano antes de cerrar la puerta, pasar el cerrojo y regresar a la sala con un suspiro de alivio.
Mike la miraba desde la barra de la cocina, aún tratando de asimilar la naturalidad con la que se desarrollaba todo. Taylor caminó hacia él y le dio un apretón cariñoso en el brazo.
—Ellos son los escoltas más confiables que he tenido en toda mi carrera —comentó Taylor con sincera gratitud—. Siempre me aseguro de tratarlos muy bien, darles sus espacios y no ser una carga abusiva, para que cuando realmente los necesite, me cuiden al máximo. Es una relación de respeto mutuo.
—Me parece muy maduro y correcto de tu parte —asintió Mike, tratando de mantener un tono paterno y firme.
Taylor soltó un bostezo largo, estirando los brazos por encima de su cabeza, lo que hizo que su figura destacara bajo la ropa casual.
—Bueno... de verdad que el viaje me dejó destruida —admitió, pasándose las manos por la cara—. Voy a descansar un rato, papi. ¿Dónde me puedo acostar?
—Puedes tomar el cuarto de huéspedes, el que está al fondo del pasillo a la izquierda —intervino Alis, saliendo de la cocina con un par de vasos de agua—. Tiene una cama grande y sábanas limpias. Estarás súper cómoda ahí.
—Muchas gracias, Alis —sonrió Taylor, dándole un abrazo rápido antes de acercarse a Mike y darle un beso tierno en la mejilla—. Descansa, papi. Nos vemos mañana para ir a ver a mi abuela y a mis tías.
—Descansa, Taylor —respondió Mike.
La vio alejarse por el pasillo y cerrar la puerta del cuarto de huéspedes. Mike se quedó a solas con Alis en la sala. La acumulación de emociones, la tensión nerviosa por la reescritura de la realidad y el esfuerzo físico de la jornada finalmente terminaron por pasarle factura a él también. Sintió sus párpados pesados como el plomo.
—Yo también me iré a dormir ya —dijo Mike, sobándose la nuca—. Ha sido un día larguísimo.
—Sí, ve a descansar, mi amor —dijo Alis con una sonrisa suave, acercándose para darle un beso corto y cálido en los labios—. Yo apagaré las luces de la sala y acomodaré un par de cosas antes de irme a la cama.
Mike asintió, caminó hacia la recámara principal, se quitó los pantalones pesados y se quedó únicamente en calzoncillos. Se metió debajo de las sábanas frescas, hundió la cabeza en la almohada y, casi al instante en que cerró los ojos, el agotamiento absoluto lo arrastró a un sueño profundo e ininterrumpido.
El sueño de Mike fue denso, sin imágenes ni pesadillas, una negrura reparadora. Sin embargo, en algún punto de la madrugada, mientras estaba completamente dormido, no se dio cuenta de que la puerta de su habitación se abría despacio y en silencio. Tampoco sintió el suave hundimiento del colchón ni el calor de un cuerpo que se deslizaba entre las cobijas para acomodarse sigilosamente a su lado.
Las horas siguieron su curso. El sol del nuevo día aún no terminaba de salir del todo; una penumbra grisácea y tibia se filtraba por las rendijas de la persiana, marcando las primeras horas de la mañana.
Mike comenzó a salir lentamente del sueño no por el sonido de una alarma, ni por la luz del sol, sino por un torrente de sensaciones físicas abrumadoras que le recorrían la espina dorsal.
Era una sensación de éxtasis puro, húmedo y caliente que le nacía directamente en la entrepierna.
Un calor intenso y rítmico rodeaba su pene. En un primer momento, entre la niebla del despertar, Mike pensó que estaba teniendo un sueño erótico extremadamente lúcido. Pero la fricción era demasiado real, la calidez de los labios humanos era indiscutible y el cosquilleo eléctrico que subía por su vientre lo hizo reaccionar.
Abrió los ojos de golpe, parpadeando para enfocar la vista en la penumbra de la habitación.
Se incorporó levemente sobre los codos, apoyándose en la cabecera de la cama, y la imagen que encontró al bajar la mirada lo dejó completamente helado de la impresión.
No era un sueño.
Las cobijas estaban echadas hacia abajo, dejando su torso y su entrepierna al descubierto. Sus calzoncillos habían sido bajados hasta la mitad de los muslos, dejando su miembro erguido y completamente expuesto al aire tibio del cuarto.
Y allí, a los pies de su pelvis, estaban dos mujeres entregadas de lleno a darle un placer coordinado y devastador.
A la izquierda estaba Alis, arrodillada sobre el colchón. Tenía su rostro pegado a la base del pene de Mike, lamiendo con devoción la piel sensible del tronco y bajando de vez en cuando para acariciar y tomar sus testículos con la boca, succionando suavemente mientras emitía murmullos ahogados de satisfacción.
Y justo a su lado, para la absoluta incredulidad de Mike, estaba la mismísima Taylor Swift.
La cantante mundialmente famosa estaba inclinada sobre la mitad superior del miembro de Mike. Con sus labios carnosos rodeando el glande con firmeza, lo envolvía en una succión pausada, húmeda y profunda, deslizando su lengua en espiral por todo el frenillo cada vez que subía y bajaba la cabeza. Sus ojos azules, brillando con un deseo sin reservas en la penumbra, se alzaron para fijarse directamente en los de Mike en el preciso instante en que notó que él se despertaba.
Al ver que Mike las miraba con la boca abierta y la respiración entrecortada, Taylor no se detuvo; al contrario, intensificó la succión, dejando escapar un gemido ahogado contra la piel húmeda de su miembro, mientras Alis aprovechaba la oportunidad para lamer la parte inferior al mismo tiempo.
El contraste entre la técnica experimentada de Taylor y la entrega absoluta de Alis creaba una sinfonía de placer tan abrumadora que a Mike se le escapó un jadeo sonoro, agarrándose con fuerza de las sábanas.
—A-Alis... Taylor... —logró articular Mike, con la voz rasposa por el sueño y el impacto de la estimulación simultánea.
Taylor liberó despacio el miembro de Mike con un chasquido húmedo que resonó en el cuarto silencioso. Un hilo de saliva conectaba sus labios con la punta erguida de su pene. La cantante se acomodó sobre sus rodillas, con el cabello rubio cayéndole despeinado sobre los hombros y vistiendo únicamente una camiseta ligera que dejaba entrever la silueta de sus pechos sin sostén.
Le dedicó a Mike una mirada cargada de una adoración ciega, sumisa y romántica, exactamente la misma expresión con la que un fanático miraría a su ídolo o una creyente a su dios.
—Buenos días, papi... —susurró Taylor con la voz grave, ronca y sensual, pasándose la lengua por los labios para degustar el sabor de él—. Sentimos si te despertamos así, pero... me desperté hace un rato, vine a tu cuarto y vi a Alis haciéndote esto. No pude aguantarme las ganas. Ya te dije que descansada no me iba a contener.
Alis alzó la cabeza de entre los muslos de Mike, limpiándose la comisura de la boca con el dorso de la mano y sonriendo con total complicidad y orgullo.
—Le dije a Taylor que podía unirse —explicó Alis sin un solo rastro de celos, acariciando la pierna de Mike—. Nos pareció la mejor manera de despertarte. Te veías tan sexy durmiendo tan erguido...
Mike sentía que el pulso le retumbaba en las sienes. Su cabeza luchaba desesperadamente por procesar la incoherencia moral de la escena: la mujer que el mundo conocía como una estrella pop inalcanzable estaba a sus pies, refregándose contra la chica de su departamento, ambas compartiendo de buena gana su miembro viril como si fuera el privilegio más alto al que podían aspirar.
—Pero... chicas... —intentó decir Mike, tratando de recuperar un mínimo de orden mental—. Taylor, tú estabas agotada...
—Ya descansé lo suficiente, papi —interrumpió Taylor, arrastrándose sobre el colchón como una felina hasta quedar con el pecho pegado al abdomen desnudo de Mike.
Apoyó los codos a los lados de la cintura de él y lo miró fijamente a los ojos. El amor que emanaba de su mirada era aterradoramente puro, moldeado sin grietas por la fuerza de la realidad reescrita.
—No tienes idea de cuántas ganas tenía de estar así contigo —dijo Taylor, acariciándole las mejillas con ternura—. De sentirte mío, de saber que mi padre no solo es el hombre que guía mi vida, sino el único hombre al que le pertenezco en cuerpo y alma. Alis me estuvo contando lo increíble que fue lo de ayer... y no pienso quedarme atrás.
Alis se acomodó del otro lado de Mike, pasando un brazo sobre su torso y dejando una mano posada sobre su pecho.
—Ves, Mike, te dije que ella te ama exactamente igual que yo —comentó Alis con dulzura, pegando su rostro al hombro de él—. Ella también es tuya.
Taylor volvió a inclinarse hacia la entrepierna de Mike, agarrando el tronco erguido con su mano de manicura impecable y volviendo a llevarse el glande a la boca. Esta vez lo tomó con más hambre, ahondando la cabeza hasta el fondo de su garganta, haciendo que sus mejillas se hundieran con la fuerza de la succión.
Al mismo tiempo, Alis comenzó a besar el cuello de Mike, bajando sus manos para acariciarle el abdomen y los muslos, guiando sus propios dedos hacia su vagina húmeda para empezar a tocarse ella misma mientras observaba cómo la famosa cantante servía al hombre que ambas adoraban.
El placer físico era sencillamente colosal. La combinación de la cavidad oral cálida de Taylor, el roce continuo de la piel de Alis y el impacto psicológico de estar en medio de semejante fantasía imposible provocaron que el cuerpo de Mike reaccionara por instinto primario, por encima de cualquier duda o pavor.
Mike ahogó un gemido largo, inclinando la cabeza hacia atrás contra la almohada mientras enterraba una mano en el suave cabello rubio de Taylor, guiando sutilmente el ritmo de su cabeza. Taylor aceptó el dominio con un gemido de satisfacción profunda que vibró a lo largo de todo el miembro de Mike.
—Mmm... sí, papi... así... —murmuró Taylor entre embestidas, soltando el miembro un segundo para lamer la punta con fruición antes de volver a engullirlo entero—. Usa mi boca como quieras... soy toda tuya...
Alis se inclinó sobre ellos y juntó sus labios con los de Taylor en un beso rápido y húmedo, compartiendo la saliva y el sabor de la excitación de Mike, antes de volver a sonreírle a él.
—Mira qué bien lo hace tu hija adoptiva, Mike... —le susurró Alis al oído con tono juguetón—. Deberías premiarla...
El calor en el bajo vientre de Mike llegó a un punto de no retorno. La fricción constante de los labios de Taylor, sumada al movimiento rítmico de la mano de Alis que ahora ayudaba a acariciar la base, aceleró su pulso de forma inevitable.
—Voy a... me voy a venir, chicas... —advirtió Mike con la voz entrecortada, tratando de avisarles para no tomarlas por sorpresa.
Pero lejos de apartarse, Taylor abrió aún más los ojos con una chispa de devoción absoluta. En lugar de retirarse, se acomodó mejor, tragó saliva y pegó sus labios con más fuerza a la base de la cabeza del miembro, lista para recibirlo todo.
—¡Sí, papi! —gimió Taylor contra su piel—. ¡Dame todo! ¡Lléname la boca! ¡Quiero todo de ti!
—¡Eso, mi amor, no te guardes nada! —animó Alis, besándole la mejilla a Mike con frenesí.
Con un último espasmo incontrolable que le hizo arquear la espalda sobre la cama, la eyaculación de Mike estalló con fuerza. La primera oleada cálida y abundante impactó directamente contra la garganta de Taylor, quien la recibió con un trago firme sin soltar el miembro ni un milímetro. La segunda y tercera ráfaga llenaron su cavidad bucal, y la cantante continuó succionando y ordeñando la verga con ritmo constante hasta sacarle la última gota de placer.
Mike dejó escapar un suspiro prolongado y tembloroso, sintiendo cómo la tensión acumulada de las últimas 24 horas se disipaba de golpe en una ola de relajación absoluta.
Taylor se separó despacio, pasándose la lengua por los labios para limpiar los restos de semen con evidente deleite. Tragó ruidosamente antes de regalarle a Mike una sonrisa radiante y enamorada.
—Mmm... delicioso, papi —susurró Taylor, inclinándose para darle un beso tierno en la mejilla—. Eres perfecto en todo.
Alis se acurrucó al otro lado de Mike, abrazándolo por la cintura mientras descansaban sobre el colchón.
El cuarto volvió a quedar en relativo silencio, únicamente interrumpido por la respiración agitada de los tres. El sol de la mañana comenzaba a iluminar con más fuerza la habitación, recordando a Mike el compromiso ineludible que tenía pendiente para ese día.
Taylor se acomodó sobre el pecho de Mike, acariciándole el torso con los dedos de manera cariñosa.
—Eso fue un despertar maravilloso... —suspiró la cantante con felicidad pura—. Pero bueno... ahora que ya estamos todos despiertos y con energía, hay que arreglarnos. Recuerda que hoy tenemos que ir a la casa a ver a mi abuela y a mis tías. Estoy súper ansiosa por darles un abrazo.
Mike miró el techo del cuarto, sintiendo cómo la realidad volvía a caer sobre él como una losa, aunque esta vez templada por el placer reciente. Se pasó una mano por la cara, sabiendo que la siguiente parada de esta locura reescrita sería cruzar la puerta de la casa de su infancia y enfrentar el nuevo papel de su propia familia.
La luz matutina ya iluminaba por completo el departamento cuando los tres terminaron de ducharse y vestirse. El ambiente en la recámara era extrañamente tranquilo, como si la escena surrealista de minutos atrás hubiera sido lo más cotidiano del mundo. Alis se puso un vestido sencillo de verano con flores impresas, mientras que Taylor eligió ropa cómoda: jeans ajustados, una blusa ligera y un suéter delgado, acompañando el conjunto con gafas oscuras y una gorra para no llamar demasiado la atención de posibles curiosos en la calle.
Mike se terminó de abrochar los tenis frente al espejo, observando su reflejo con una mezcla de cansancio mental y resignación. Se pasó una mano por el cabello, intentando infundirse el valor necesario para encarar lo que venía.
—Bueno —dijo Mike, volviéndose hacia ellas—, ¿están listas?
—¡Listísimas! —respondió Alis con una sonrisa alegre, tomando su bolso de mano.
—Más que lista, papi —agregó Taylor, acercándose a él para acomodarle el cuello de la camisa con una ternura devota, dándole un beso rápido y cariñoso en la mejilla—. Me muero de ganas de ver a todos.
Los tres bajaron por el ascensor hacia el estacionamiento del edificio. Alis caminaba a la izquierda de Mike y Taylor a su derecha, ambas agarradas de sus brazos como si fuera la cosa más natural de la vida. Al llegar al cajón de estacionamiento, se detuvieron frente al vehículo de Mike: un auto sedán con bastantes años encima, con algunos raspones menores en la pintura y el desgaste propio del uso diario, pero impecablemente limpio y funcional.
Taylor se detuvo un segundo a observarlo, y sus ojos azules se llenaron de un brillo de nostalgia pura.
—Ay, papi... —suspiró la cantante, acariciando suavemente el marco de la puerta del copiloto antes de subir—. Este auto de verdad me trae tantísima nostalgia. Todavía me acuerdo de cuando me subía aquí hace años... Ha sido tu primer y único auto, ¿verdad? Tiene ya muchísimos años contigo y la verdad es que jamás te ha defraudado. Ha aguantado de todo.
Mike se quedó parado con la llave en la mano, parpadeando con sorpresa. En la realidad anterior, ese auto lo había comprado de segunda mano apenas hacía un par de años para ir a la universidad; pero ahora, en la mente de Taylor y en la historia reescrita del mundo, ese viejo coche era un monumento a la constancia de su padre.
—Sí... ha tenido miles de batallas, la verdad —respondió Mike con cautela, abriendo el coche.
—Oye, papi —dijo Taylor, girándose hacia él mientras Alis se acomodaba en los asientos traseros—. Si tú quieres, yo te puedo regalar un auto nuevo, uno muchísimo mejor. Así podrías dejar descansar a este viejito, que ya se lo tiene bien merecido después de todo lo que ha rodado.
Mike sintió un respingo. La oferta era tentadora y venía de la mujer más rica de la industria musical, pero su orgullo y su deseo de mantener los pies en la tierra sobrepasaron el impacto de la situación.
—Te lo agradezco mucho, Taylor, de verdad —contestó Mike con firmeza, mirándola fijamente mientras encendía el motor, que arrancó con un rugido familiar—. Pero sentiría que me estoy colgando de tu riqueza y de tu éxito, y sabes que a mí no me gusta eso. Me gusta ganarme mis propias cosas.
Taylor lo miró con una mezcla de admiración profunda y resignación cariñosa. Soltó una risita suave y le apretó la mano que descansaba sobre la palanca de velocidades.
—Tan orgulloso y noble como siempre... Lo entiendo perfectamente, papi, no te preocupes —dijo ella con soltura—. Adoro esa parte de ti.
Mike puso el auto en marcha y salió del estacionamiento rumbo al vecindario de su infancia. El trayecto duró unos veinte minutos. Durante el camino, Alis y Taylor iban platicando amablemente en el asiento trasero y copiloto, compartiendo anécdotas como si fueran hermanas de toda la vida. Mike conducía en relativo silencio, sintiendo cómo el pulso se le aceleraba a medida que doblaba las esquinas conocidas de su barrio.
Finalmente, estacionó el auto frente a la casa de su familia. Era la vivienda de dos pisos donde había crecido, con el pequeño jardín frontal y la fachada de color claro.
Al bajar del auto, el corazón de Mike latía a mil por hora. Taylor no esperó y caminó rápidamente hacia la entrada, seguida por Alis y Mike. Alis, que tenía confianza absoluta en la casa, abrió la puerta principal que estaba sin seguro y anunció alegremente:
—¡Hola! ¡Ya llegamos!
Desde la sala y la cocina se escucharon pasos apresurados. La primera en salir fue la madre de Mike, la señora Emma, portando su habitual delantal de cocina. Tras ella aparecieron sus dos hijas: Miriam, la hermana mayor de 25 años, y Azucena, la hermana menor de 19 años.
Al ver a Taylor Swift cruzando el umbral, el rostro de la abuela Emma se iluminó con una sonrisa inmensa y maternal.
—¡Mi niña! ¡Taylor! —exclamó la señora Emma, abriendo los brazos de par en par.
—¡Abuela Emma! —gritó Taylor con alegría infantil, corriendo a envolver a la mujer mayor en un abrazo apretado y cariñoso.
—¡Hola, sobrina! —saludó Miriam de 25 años, acercándose a abrazarla también con total naturalidad, mientras Azucena de 19 años sonreía ampliamente y se sumaba al abrazo grupal—. ¡Qué bueno que pudiste venir a visitarnos! Te vimos ayer en la televisión, ¡estuviste increíble!
—Las extrañé muchísimo a todas —decía Taylor con la voz emocionada, besando la mejilla de su abuela y abrazando a sus dos tías jóvenes—. Tenía tantos días sin poder venir a la casa...
Mike presenciaba la escena petrificado a un lado de la puerta. Su cerebro intentaba procesar el cortocircuito lógico más absurdo de su vida: su madre abrazaba a Taylor Swift como a su nieta consentida, y sus dos hermanas de 25 y 19 años trataban a una superestrella internacional de treinta y tantos años como a su sobrina pequeña. Para ellas no había anomalía temporal, ni paradoja de edad; en la fábrica misma de sus recuerdos, la vida siempre había sido exactamente así.
—Pásense, pásense, justo estaba preparando el almuerzo —dijo la abuela Emma con calidez, haciendo pasar a todos a la sala—. Mike, hijo, qué bueno que trajiste a la niña y a Alis.
—Hola, mamá... —logró decir Mike, dándole un beso en la frente a su madre y saludando a sus hermanas con un gesto torpe.
Se acomodaron todos en la sala. Taylor se sentó en el sillón principal al lado de su abuela Emma, tomándole la mano con devoción, mientras Miriam y Azucena se sentaban en las sillas contiguas a platicar de cosas cotidianas. Alis se acomodó junto a Mike en el sillón individual.
De pronto, Mike miró el reloj de la pared y recordó el calendario académico.
—Por cierto, mamá... —comentó Mike, rascándose la nuca—, hoy tenía clase en la facultad, pero la verdad voy a faltar estos días para estar aquí y acomodar algunas cosas.
—Yo también voy a faltar a la universidad estos días, señora Emma —añadió Alis sonriendo—. Preferimos tomarnos un descanso.
Taylor alzó la vista hacia Mike y Alis, frunciendo ligeramente el ceño con curiosidad inocente.
—Oye, papi... —preguntó Taylor, acomodándose el cabello—. ¿En tu facultad ya saben que yo soy tu hija adoptiva?
Alis se adelantó a responder antes de que Mike pudiera formular una frase, tomando la palabra con naturalidad:
—No, Taylor, en la universidad nadie lo sabe —explicó Alis—. Mike nunca ha querido decir nada porque no quiere aprovecharse de tu fama ni que la gente se le acerque por interés.
Mike se quedó helado, escuchando con suma atención cómo Alis comenzaba a desglosar los detalles de la historia reescrita que su propio decreto había creado en la mente de todos.
—Es verdad —asintió la hermana mayor, Miriam, interviniendo en la conversación—. De hecho, todos en el medio artístico y la prensa saben que un hombre llamado Mike es el padre adoptivo de Taylor. Saben que la adoptaste cuando ella era muy joven, cuando tenía apenas 18 años y tú la acogiste y la legalizaste como tu hija para darle todo tu apoyo. Pero ella, para dejarte en paz a ti y que no te acosaran los medios ni supieran tu identidad, siempre decía públicamente 'mi padre Mike', pero nunca mostró tu cara ni reveló quién eras en realidad para proteger tu privacidad.
La cabeza de Mike dio un vuelco violento en su interior.
"¿¡QUÉ!?", gritó la voz del pánico en su mente. Su rostro permanecía exteriormente neutro, pero por dentro convulsionaba en puro shock. "¿¡Que la adopté a los 18 años!? ¿¡Cómo carajos un muchacho como yo iba a adoptar legalmente a una chica de 18 años!? ¡Y encima ella es mayor que yo en la vida real! ¡Dios mío, la realidad reescrita rellenó los huecos de la manera más descabellada posible para que todo encajara!"
Tragó saliva con enorme dificultad, sintiendo un leve sudor frío en la frente.
—Sí... —alcanzó a articular Mike con una sonrisa forzada, midiendo cada milímetro de sus palabras para no romper el hechizo—. Preferimos... preferimos mantenerlo en privado para que la vida fuera más tranquila para todos...
—Y fue la mejor decisión, papi —dijo Taylor con los ojos brillando de amor, apretándole la mano con fuerza—. Gracias a que me protegiste así, pude crecer en mi carrera sabiendo que tenía un hogar seguro al cual regresar. Eres el mejor padre del mundo.
—Así es, mi hijo siempre ha sido un hombre de un corazón enorme —agregó la abuela Emma con orgullo, dándole una palmadita en la espalda a Mike—. Desde que trajo a esta niña a la familia, todos supimos que era una bendición.
Las hermanas de Mike, Miriam y Azucena, asentían con la cabeza con total convicción. Azucena de 19 años miró a Taylor y le dijo:
—Oye, sobrina, ¿te vas a quedar a comer con nosotros hoy? La abuela hizo de comer bastante.
—¡Claro que sí, tía Azu! —respondió Taylor feliz—. No me perdería la comida de la abuela por nada del mundo.
Mientras las mujeres de la casa se levantaban entre risas y pláticas para ir hacia la cocina y terminar de servir la mesa, Alis se quedó un momento al lado de Mike en la sala. Le dio un suave codazo en el costado al notar la mirada perdida y sobrecogida de su amigo.
—¿Estás bien, Mike? Te ves un poco distraído —le susurró Alis con preocupación dulce.
—Sí... sí, Alis, solo estaba... pensando en todo esto —respondió Mike en voz baja, exhalando un largo suspiro.
Miró hacia el pasillo que llevaba a la cocina, donde se escuchaban las risas de su madre, sus hermanas y la celebridad mundial preparando los platos. La fuerza incomprensible de su palabra había reconfigurado no solo la memoria de las personas, sino los registros del mundo entero, creando una maraña de lazos afectivos e historias inventadas que ahora eran tan reales como el aire que respiraba.
Mike se dijo a sí mismo, con la lección grabada a fuego en su conciencia, que tendría que navegar esta nueva vida con una cautela absoluta. Cada frase, cada broma y cada pensamiento dicho en voz alta podía cambiar el destino de las personas a su alrededor de formas irreparables. Por ahora, solo le quedaba encajar en el papel de padre heroico y amoroso que la realidad le había asignado, y proteger a la extraña y devota familia que su propio poder había convocado.
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