What's next?
Cap 10
El calor de la mañana siguiente era sofocante, denso y sofocante, de esos que hacen que la piel se sienta pegajosa apenas sale el sol. Nos habíamos enterado temprano por un comunicado en el teléfono de que no habría clases en toda la semana debido a una falla general en la red eléctrica de la zona escolar y mantenimiento de las instalaciones. Eso nos dejaba a las cuatro con siete días libres por delante, atrapadas dentro de la casa sin nada urgente que hacer.
Para intentar combatir el bochorno, habíamos encendido el aire acondicionado de la sala, pero el viejo aparato apenas lograba mover el aire tibio, haciendo que la temperatura dentro de la casa siguiera siendo insoportable. Ante semejante clima, cualquier prenda de ropa estorbaba. Una a una nos fuimos despojando de las batas, la lencería y las camisetas hasta quedar las cuatro completamente desnudas en el centro de la sala, sobre el amplio tapete afelpado.
Éramos cuatro cuerpos femeninos expuestos sin reservas a la luz que entraba por el ventanal: yo, ocupando la anatomía alta, madura y hermosa de Valeria de veintidós años; Hugo, habitando la figura angelical y delgada de Sofía de diecinueve; Janeth, en el empaque exuberante y maduro de Elena de cuarenta y cuatro; y la mente de la pequeña perrita Labrador, encerrada en la deslumbrante y voluptuosa carne de veintiún años de la difunta Roxana.
La vista era impactante. La desnudez compartida, sumada al encierro, el calor sofocante y la falta de ocupaciones, empezó a cargar el ambiente con una tensión erótica palpable. Todas estábamos rozándonos la piel, sudando ligeramente y sintiendo una necesidad física que no tardó en manifestarse en la respiración agitada de cada una. La humedad entre nuestras piernas era el reflejo de unas ganas acumuladas que el clima solo hacía más intensas.
Janeth, en el cuerpo de Elena, fue la primera en romper la distancia. Recostada de lado sobre un par de cojines, usó sus manos de mujer madura para acariciar el muslo suave de Roxana, que estaba sentada con las piernas abiertas mirando al techo.
—Con este calor no se puede ni pensar, pero la carne pide lo suyo —murmuró Janeth con la voz rasposa de mi madre, pasando la lengua por sus labios carnosos mientras sus dedos bajaban hacia el sexo desnudo de la chica—. Mira nomás cómo estás de mojada, mi reina...
Roxana soltó un gimiendo agudo y gutural, contorsionando la cadera de inmediato hacia la mano de Janeth. La criatura canina no sabía disimular; sus instintos respondieron al instante al estímulo físico.
—¡Ah! ¡Elena toca a Roxana! —chilló la chica con la voz profunda de la novia muerta, arqueando la espalda y dejando ver sus pechos turgentes con los pezones erectos por la excitación—. ¡Roxana siente rico! ¡Roxana quiere más!
Hugo, en el cuerpo de Sofía, se giró hacia mí. Sus ojos claros brillaron con un deseo descarado mientras observaba la silueta de mi cuerpo de Valeria. Las piernas largas, mi vientre plano y mis pechos firmes estaban a centímetros de él.
—Valeria... —susurró Hugo con la voz agudísima de mi hermana menor, gateando sobre el tapete hasta quedar entre mis piernas—. Si nos vamos a pudrir de calor aquí encerradas toda la semana, hay que aprovecharlo bien.
Sin esperar respuesta, la boca de Sofía se pegó a mi muslo interior, repartiendo besos húmedos que fueron subiendo rápidamente. Solté un gemido ahogado cuando su lengua rozó mi clítoris, caliente y profundamente húmedo. La sensación me recorrió la espina dorsal como una descarga eléctrica. Agarré el cabello largo de Sofía con mis dedos, guiando su cabeza para que se apretara más contra mi entrepierna.
—Eso es... dale, Sofía... —gemí con la voz sensual de Valeria, abriéndome de piernas por completo sobre el tapete.
El salón se convirtió en un escenario de placer compartido sin ningún tipo de pudor. Janeth se inclinó sobre Roxana, pegando su boca a los pechos maduros de la novia mientras usaba dos dedos para penetrar con ritmo constante la vagina húmeda de la chica. Roxana jadeaba salvajemente, moviendo la cadera como un animal en celo, disfrutando del tacto experto de la mujer que habitaba la carne de Elena.
—¡Eso, perrita, muévete así para tu mami! —le decía Janeth entre jadeos, mientras la criatura soltaba alaridos de placer puro, restregando su rostro contra el hombro de Janeth.
Al mismo tiempo, la lengua de Hugo no daba tregua entre mis labios femeninos. Yo estaba al borde del orgasmo solo con el trabajo de su boca, sintiendo cómo la carne de Valeria respondía con una sensibilidad exquisita. No aguanté más la posición y me incorporé, tomando a Sofía por los hombros para girarla sobre el tapete.
—Ahora me toca a mí —dije con la voz agitada y sexy de la hermana mayor.
Me acomodé encima de Sofía en una postura de sesentainueve. Puse mi sexo húmedo directamente sobre la cara de mi hermana menor mientras bajaba mi propia cabeza hacia su entrepierna. La vagina de Sofía estaba goteando de excitación. Empecé a lamerla con firmeza, saboreando el jugo caliente de la figura de diecinueve años mientras ella devoraba mi clítoris con una desesperación maravillosa. Sus manos femeninas se agarraron con fuerza a mis nalgas, apretándome contra su rostro.
—¡Dios, Valeria! ¡Qué bien lamen esos labios! —gemía Hugo con la voz quebrada de Sofía, estremeciéndose viva debajo de mí mientras ambas nos entregábamos a un ritmo desenfrenado.
A un lado de nosotras, Janeth decidió subir la intensidad. Se colocó de espaldas sobre el tapete y jaló a Roxana por la cintura.
—Ven acá, hermosa —le ordenó Janeth—. Súbete encima de Elena y usa esa boquita.
Roxana, obediente a cualquier orden física que prometiera placer, se acomodó sobre el rostro de Janeth. La novia inclinó el torso y empezó a lamer la vagina madura de la carne de Elena con una torpeza desesperada pero sumamente placentera, moviendo la lengua como si estuviera tomando agua de un plato. Janeth soltó un grito de éxtasis al sentir la humedad de la chica joven, mientras usaba sus propias manos para acariciar los glúteos firmes de Roxana y guiarla.
—¡Ay, sí! ¡Esa lengua de perrita sabe exactamente dónde tocar! —exclamó Janeth con la voz de mi madre, arqueando la pelvis hacia arriba para clavarse más en la cara de Roxana.
La orgía entre las cuatro tomó una dinámica caótica y deliciosa. El calor del ambiente parecía fusionarse con el sudor de nuestros cuerpos desnudos. La sala olía a sexo, a perfume femenino y a la humedad de cuatro vaginas entregadas al placer sin límites.
En un momento de éxtasis pleno, Hugo llegó al orgasmo debajo de mí, soltando un chillido agudo y contorsionando las piernas de Sofía mientras su entrepierna se empapaba aún más. La descarga me hizo reaccionar a mí también; unos segundos después, un espasmo violento recorrió la carne de Valeria, haciéndome gemir fuerte mientras me coronaba sobre la cara de Sofía, bañándole la barbilla con mis jugos.
Sin darte tiempo a respirar, nos reorganizamos en el tapete. Janeth nos miró a ambas con los ojos nublados por el deseo.
—No se queden ahí solas, vengan para acá con la mamá —provocó Janeth, extendiendo sus brazos de mujer madura.
Hugo y yo nos arrastramos sobre el tapete hacia donde estaban Janeth y Roxana. Las cuatro nos juntamos en un enredo de brazos, piernas, pechos y sexos húmedos. Roxana se tumbó boca arriba, y tanto Sofía como yo nos colocamos a sus lados. Empecé a besar los pechos erguidos de la novia mientras Hugo le besaba la boca apasionadamente, usando la lengua para explorar la cavidad bucal de la chica. Mientras tanto, Janeth se colocó entre las piernas de las tres, usando ambas manos y su boca para turnarse entre la vagina de Sofía, la mía y la de Roxana.
—¡Roxana tiene a todas! ¡Roxana se siente llena de mimos! —gritaba la criatura, moviendo la cadera en todas direcciones mientras tres pares de manos y bocas la acariciaban al mismo tiempo.
El choque de nuestros cuerpos desnudos no daba tregua. Mi mano bajó hacia el sexo de Janeth, introduciendo dos de mis dedos largos de Valeria en la vagina caliente de la carne de mi madre, mientras ella le devoraba el clítoris a Sofía. Los gemidos, los roces de las pieles sudadas y los sonidos líquidos del sexo llenaban la estancia, acallando por completo el zumbido inútil del aire acondicionado.
Hugo tomaba la delantera con Roxana, frotando su propia vagina de Sofía contra la vagina de la novia en un tribadismo salvaje, restregando sus clítoris con fuerza hasta que ambas comenzaron a temblar al mismo tiempo, soltando alaridos de placer ahogados que retumbaban en las paredes de la casa.
—¡Valeria, mírame! ¡Mira cómo disfruto estar en este cuerpo de niña! —me gritaba Hugo en pleno clímax, con el rostro de Sofía completamente desencajado por el éxtasis.
Yo no me quedé atrás. Me acomodé sobre Janeth, frotando mi sexo de veintidós años contra el sexo maduro de la figura de Elena. Sentir la textura de la carne de mi madre bajo la mía, impulsadas por la mente de Janeth y la mía, nos llevó a un ritmo desenfrenado. Nos agarramos de los hombros, mirándonos a los ojos mientras nuestras caderas chocaban con fuerza, provocando un sonido húmedo y constante que nos aceleró el pulso.
—¡Eso, Valeria, dale duro a tu madre! —me incitaba Janeth con la voz rasposa y ahogada, entregada por completo al rol de prostituta que disfrutaba la carne que le había tocado.
Llegamos al orgasmo juntas, un clímax conjunto que nos dejó a las cuatro sofocadas, temblando sobre el tapete de la sala, con los cuerpos empapados en una mezcla de sudor y fluidos vaginales.
Nos quedamos tendidas en el suelo, completamente desnudas, formando un abanico de pieles femeninas. La respiración de las cuatro era agitada, el pecho de cada una subía y bajaba con fuerza mientras el calor de la mañana seguía apretando desde el exterior. Roxana estaba recostada con la cabeza sobre el estómago de Janeth, sonriendo con una estupidez placentera; Hugo descansaba con el brazo cruzado sobre mi pecho de Valeria, y yo miraba al techo, sintiendo el cansancio delicioso adueñarse de mis músculos.
La semana sin clases acababa de empezar, y el encierro en esa casa prometía ser una larga y ardiente rutina de placer sin frenos.
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La camioneta SUV negra dobló despacio en la última esquina del vecindario, avanzando a paso de hombre por la calle pavimentada que Moly conocía desde que era apenas una cachorra de tres meses. El sol de mediodía caía a plomo sobre el capó del vehículo, y el vapor del asfalto caliente deformaba levemente la vista del horizonte.
En el asiento del conductor, la diminuta figura de Sabrina Carpenter sostenía el volante con una firmeza impecable, manejando con la destreza que había asimilado de la memoria corporal de la famosa cantante. A su lado, el imponente cuerpo de Sydney Sweeney pegaba el rostro al cristal entintado, observando las fachadas conocidas de las casas con los ojos celestes brillándole de una emoción incontrolable.
—Sydney ve la casa... —murmuró la voz sensual y rasposa de la rubia voluptuosa, apretando las manos sobre sus muslos vestidos de mezclilla—. Está ahí a dos cuadras, Sabrina. La fachada blanca con el portón oxidado. Es la casa de Marcos.
—Sabrina la está viendo también —respondió la diminuta celebridad con la voz quebrada por la ansiedad, presionando suavemente el acelerador—. Sabrina siente que el corazón le va a reventar dentro del pecho. Ya estamos llegando, Sydney. Por fin.
Sabrina alineó la camioneta frente a la entrada de la vivienda y apagó el motor. El silencio dentro de la cabina se volvió denso, roto únicamente por el crujido del metal caliente del vehículo. Ambas se quedaron inmóviles durante unos segundos, contemplando la puerta de madera por la que tantas veces habían entrado y salido cuando solo eran una pequeña Poodle de cuatro patas.
—Sabrina y Sydney están muy, muy desesperadas —exclamó la pequeña rubia en un susurro chillón, llevándose las manos a la cara—. ¡Sabrina ya quiere salir corriendo y tumbar la puerta!
—Sydney también quiere salir ya —asintió la voluptuosa actriz, mordiéndose el labio inferior—. Pero Sydney se acuerda de la regla. Tenemos que checar que nadie vea. Hay que actuar como humanas inteligentes para no meter a Marcos en problemas.
Ambas giraron la cabeza disimuladamente, escudriñando la calle a través de los vidrios oscuros. La cuadra estaba completamente desierta por el calor insoportable; no había vecinos afuera ni autos pasando. Cuando confirmaron que la vía estaba limpia, ajustaron sus gorras sobre sus cabelleras rubias, se pusieron las gafas de sol de armazón grueso para cubrirse la mitad del rostro y abrieron las puertas de la SUV al mismo tiempo.
Caminaron a paso firme hacia la entrada. El calor de la calle les golpeó la piel, pero ninguna de las dos prestó atención al clima. Llegaron al pequeño porche, y Sydney levantó la mano de manicura perfecta para tocar la madera firme de la puerta. Dio tres golpes secos y pausados.
Dentro de la casa, el sonido de los golpecitos en la puerta retumbó en el pasillo como un estallido repentino, interrumpiendo abruptamente el estado de letargo en el que habíamos quedado las cuatro tras la intensa sesión en el tapete.
—¡Ayyy! ¿Quién carajos toca con este calor? —se quejó Janeth con la voz rasposa de mi madre, levantándose de golpe del suelo mientras se acomodaba a toda prisa la bata de casa sobre su cuerpo desnudo.
Hugo y yo reaccionamos de inmediato. Con el pulso todavía acelerado y la piel pegajosa por el sudor y los fluidos, nos pusimos de pie a toda prisa. Me ajusté la bata azul marino de mi hermana mayor Valeria, amarrando el cinturón de tela con un nudo ciego alrededor de mi cintura delgada, mientras Hugo se ponía la bata rosa que le pertenecía a Sofía y le acomodaba una franela ligera a Roxana para cubrirle el vestido rojo desordenado.
—Tranquilas, pónganse bien la ropa —susurré con la voz melódica de Valeria, pasándome las manos por el cabello para intentar dar una imagen decente—. No esperábamos a nadie.
Janeth caminó a paso rápido por el pasillo, acomodándose el escote de la bata de Elena, mientras Hugo, Roxana y yo la seguimos a un par de metros de distancia, curiosas por ver quién buscaba a la familia a esas horas.
Janeth quitó el seguro de la puerta y la abrió solo un par de pulgadas para asomarse. Afuera había dos mujeres jóvenes, vistiendo sudaderas holgadas de manga larga a pesar del calor agobiante, con gorras deportivas y gafas oscuras que les tapaban por completo la cara.
—¿Sí? ¿A quién buscan? —preguntó Janeth con la voz madura y desconfiada de mi madre.
Las dos desconocidas no respondieron de inmediato. En lugar de eso, la chica más alta empujó la puerta con una firmeza sorprendente pero educada, y ambas se deslizaron hacia el interior del recibidor con una agilidad pasmosa. Janeth dio un paso atrás por el impacto, y antes de que pudiera gritar, la chica más pequeña cerró la puerta de madera tras de sí y le pasó el seguro electrónico con una familiaridad inquietante.
—Oigan, ¿qué les pasa? ¡Esta es propiedad privada! —exclamé yo, dando un paso al frente para interponerme con el cuerpo alto de Valeria, mientras Hugo ponía a Roxana detrás de su espalda de Sofía.
Las dos mujeres se retiraron las gafas de sol y las gorras al mismo tiempo, dejando caer sobre sus hombros dos deslumbrantes cabelleras rubias. Ante nosotras quedaron expuestos los rostros de dos de las celebridades más cotizadas del mundo: Sydney Sweeney y Sabrina Carpenter.
Dentro de la cabeza de las dos visitantes, la mente dividida de Moly procesaba la escena con extrema cautela. A través de sus ojos humanos de celebridades, reconocieron de inmediato las figuras frente a ellas: la mujer madura era Elena, la chica alta de veintidós años era Valeria, y la jovencita de diecinueve era Sofía. Sin embargo, tras un año y medio de caos por El Gran Cambio, la Poodle sabía que los empaques no garantizaban nada. No sabían si las mentes adentro de esos cuerpos seguían siendo las de la familia de Marcos o si habían sido ocupadas por desconocidos o prostitutas.
Sabrina Carpenter dio un paso al frente, mirando fijamente a la chica alta que tenía la voz hermosa. Se le ocurrió la única prueba infalible, una frase íntima y absurda que solo su antiguo dueño solía susurrarle al oído cuando jugaban solos en la habitación antes del evento cósmico.
—Bola de nieve sabor vainilla de mi vida... —dijo Sabrina con una entonación dulce, clara y cargada de una nostalgia infantil.
El tiempo pareció congelarse en el pasillo de la casa.
Escuchar esas palabras exactas saliendo de la boca de la famosa cantante fue como un latigazo en mi memoria. Era la frase cariñosa y ridícula que yo mismo, cuando habitaba mi viejo cuerpo de hombre llamado Marcos, le decía a mi perrita Poodle cuando la abrazaba contra mi pecho.
Los ojos de Valeria se abrieron de par en par. La respiración se me cortó en la garganta.
—¿M-Moly...? —proferí en un hilo de voz melódica, llevando mis manos de mujer hacia mi boca.
Al escuchar la confirmación del nombre y notar la reacción instintiva de reconocimiento, el autocontrol de las dos celebridades se rompió en mil pedazos. Las dos mitades del animal no pudieron contenerse más.
—¡¡MARCOS!! ¡¡SÍ ES MARCOS!! —chilló Sabrina con una voz aguda y alegre, lanzándose de lleno contra mi pecho.
—¡¡MARCOS! ¡DÍOS MÍO, PENSAMOS QUE JAMÁS VOLVERÍAMOS A ENCONTRARNOS!! —gritó Sydney al mismo tiempo, abalanzándose también sobre mí con toda la fuerza de su cuerpo voluptuoso.
El impacto de las dos mujeres hermosas me hizo tambalear hacia atrás hasta golpear la pared del pasillo. Sabrina me rodeó la cintura con sus brazos delgados, pegando su rostro perfecto contra mi bata azul, mientras Sydney pasaba sus brazos exuberantes por encima de mis hombros, apretando sus pechos prominentes contra mi torso y llenándome las mejillas de besos desesperados y calientes. Las dos lloraban y reían a la vez, emitiendo pequeños gemidos de alivio que sonaban exactamente igual a los chillidos que daba mi perrita cuando regresaba de la escuela.
—¡Oigan, oigan! ¡Paren el carro! ¡Cálmense las dos! —intervino Janeth con la voz autoritaria de Elena, tomándolas por los hombros para intentar separarlas de mi cuerpo de Valeria—. ¡Nos van a tirar el muro! ¿Qué demonios está pasando aquí? ¿Quiénes son estas dos y por qué le están gritando 'Marcos' a mi hija Valeria?
Hugo, desde atrás con la cara de Sofía descompuesta por el shock, contemplaba la escena sin poder dar crédito a lo que veía. Roxana, por su parte, se limitaba a ladearle la cabeza a las dos rubias, olfateando el aire con curiosity.
Logré zafarme suavemente del abrazo sofocante de las dos celebridades, respirando con dificultad y arreglándome la bata. Miré a Janeth y luego a Hugo.
—Cálmense todos... —dijo la voz melodiosa de Valeria, intentando poner orden mientras me limpiaba una lágrima de alegría que se me había escapado—. Si dijeron esa frase... es porque verdaderamente son ella.
Me giré hacia Sydney Sweeney y Sabrina Carpenter, quienes permanecían de pie en medio del recibidor, tomadas de la mano, mirándome con una devoción absoluta en sus ojos azules.
—A ver... explíquense bien —les pedí con firmeza, cruzándome de brazos con la elegancia natural de mi figura de veintidós años—. ¿Qué hacen las dos aquí? Y sobre todo... ¿por qué las dos dicen ser mi perrita?
Sabrina dio un paso adelante, acomodándose la sudadera y tomando la palabra con la voz afinada que movía masas en la industria musical, pero cargada con la inocencia de la mascota que solía ser.
—Sabrina va a explicar todo... bueno, yo voy a explicarlo —corrigió la cantante, recordando pasar a primera persona al ver que había más gente en la sala—. El día que ocurrió El Gran Cambio, cuando la onda del púlsar atravesó la ciudad, el cuerpo original de Moly estaba en la casa. Mi mente de perrita fue arrancada de mi cuerpito de Poodle blanca al mismo tiempo que las mentes de ustedes. Pero la energía nos dividió. Por un error del evento, la conciencia de Moly no cayó en un solo ser humano... se dividió exactamente en dos partes iguales.
Sydney Sweeney asintió con seriedad, dando un paso al frente para complementar la historia con su voz rasposa y sensual.
—Una mitad de la mente de Moly cayó en el cuerpo de Sydney Sweeney en un hotel de lujo en Los Ángeles, y la otra mitad cayó en el cuerpo de Sabrina Carpenter en Nueva York —continuó la actriz sensual—. Al principio estábamos aterrorizadas. No sabíamos caminar en dos patas, no sabíamos hablar, intentábamos comer del suelo y chillábamos porque extrañábamos a Marcos. El mundo humano era gigante y aterrador para nosotros.
—¿Y cómo terminaron juntas? —preguntó Hugo con la voz agudísima de Sofía, dando un paso adelante con evidente intriga.
—El instinto nos buscó —respondió Sabrina, mirando a Hugo con curiosidad pero concentrándose de nuevo en mí—. Los cuerpos de estas dos celebridades tenían memorias, teléfonos y contactos. A los pocos meses, la parte de Moly en Sydney y la parte de Moly en Sabrina sintieron una atracción magnética. Logramos ponernos en contacto por redes sociales sin que los manejadores lo supieran y organizamos un encuentro en secreto en un penthouse.
Sydney soltó una risita suave y coqueta, pasándose una mano por el busto prominente que la sudadera apenas lograba disimular.
—Cuando nos encontramos y nos tocamos por primera vez, las dos mitades de Moly volvieron a conectarse —explicó la voluptuosa rubia—. Descubrimos que al masturbarnos juntas y al tener sexo prolongado entre nosotras, la memoria corporal de estos dos cuerpos famosos fluía de golpe hacia nuestra mente dividida. Aprendimos a hablar, aprendimos a actuar como mujeres refinadas, asimilamos los recuerdos de la cantante y de la actriz, y entendimos cómo funciona la sociedad de los humanos.
—En cuanto tuvimos el control total de estas anatomías y de sus cuentas bancarias, supimos lo que teníamos que hacer —añadió Sabrina con una sonrisa devota—. Sabíamos que el único que nos había querido de verdad en esta vida era Marcos. Compramos una camioneta a escondidas en efectivo, evitamos las cámaras, manejamos toda la noche cruzando carreteras secundarias y vinimos directamente aquí para buscarte.
El silencio en la sala era sepulcral. Janeth se pasó una mano por la frente de mi madre Elena, completamente abrumada por la historia, mientras Hugo miraba a las dos celebridades desnudas bajo sus sudaderas con la boca abierta.
—O sea que... —murmuró Hugo usando la voz de Sofía—. ¿Las dos mujeres más deseadas de internet son en realidad la Poodle blanca de Marcos dividida en dos?
—Así es —afirmó Sydney con orgullo, dando un paso hacia mí y tomando mis manos delicadas de Valeria—. No nos importa que ahora estés en este cuerpo de mujer alta y hermosa, Marcos. Nosotras sabemos que el alma que vive adentro es la tuya. Vinimos porque las dos vaginas de Sabrina y de Sydney, y todos estos pechos famosos que ves aquí, son tuyos y solo tuyos para siempre.
Me quedé contemplando a las dos rubias espectaculares que estaban a mis pies. La historia era completamente descabellada, pero la certeza en sus miradas y la frase secreta no dejaban lugar a dudas. Mi antigua mascota, la pequeña Moly que solía correr tras una pelota en esa misma sala, había regresado encarnada en dos de los cuerpos más codiciados del planeta, dispuesta a entregármelo todo en este nuevo y retorcido mundo que acabábamos de empezar a habitar.
El ambiente en la estancia quedó suspendido en un sopor denso, cargado por el calor sofocante que se colaba a través de las cortinas y por el impacto de la revelación que acababa de retumbar entre las paredes de la casa. Me quedé inmóvil en el centro de la habitación, sintiendo cómo el tejido suave de mi bata azul marino rozaba la piel de mis piernas de Valeria. Miré fijamente a las dos celebridades que tenía enfrente: la figura exuberante y escultural de Sydney Sweeney, con su escote prominente insinuándose bajo la sudadera entreabierta, y la silueta diminuta, perfecta y delicada de Sabrina Carpenter, cuyos ojos celestes brillaban con una devoción ciega e incondicional hacia mi persona.
Janeth rompió el silencio soltando un resoplido largo con la voz madura de mi madre Elena, pasándose las manos de uñas pintadas por la frente sudorosa.
—No me me jodas... —murmuró Janeth, negando con la cabeza mientras se cruzaba de brazos, dejando que el escote de la bata de casa se le abriera un poco—. Esto ya raya en lo absurdo. O sea que las dos güeras más caras del internet, las que salen en las noticias y en los espectaculares de la carretera, ¿resultaron ser la jodida perrita Poodle que se la pasaba meándose en la alfombra de la entrada?
—¡Moly no se meaba en la alfombra! —chilló Sabrina de inmediato, dando un pisotón pequeño sobre el suelo con sus tenis de marca, cambiando por un segundo a la actitud defensiva del animal—. ¡Moly solo se meó una vez porque la madre de Marcos le gritó feo! ¡Y ahora el cuerpo de Sabrina es muy limpio y sabe usar el baño de humanos perfectamente!
—A ver, tranquilas las dos —intervine con la voz melódica y sensual de Valeria, levantando una mano larga para calmar los ánimos—. No empiecen a discutir. Janeth, déjalas hablar. Hugo, cierra la puerta del pasillo para que los vecinos no vayan a oír nada si pasa alguien por la calle.
Hugo, habitando la figura delgada y juvenil de mi hermana menor Sofía, caminó a paso rápido hacia la entrada, aseguró el cerrojo doble con sus manos pequeñas y se giró para contemplar a las dos recién llegadas con una mezcla de envidia y fascinación.
—Es que no lo puedo creer, vale... —susurró Hugo con la voz agudísima de Sofía, acercándose despacio a Sydney y rodeándola como si estuviera observando una escultura de museo—. Esta carne... esta piel se ve perfecta. Yo vi las películas de esta mujer cuando estaba en mi antiguo cuerpo de hombre. Media humanidad se pajeaba viendo a Sydney Sweeney en las pantallas, y resulta que la mente que está adentro es la Poodle que Marcos sacaba a pasear con cadena al parque.
Sydney ladeó la cabeza, observando a Hugo con la frialdad serena que había desarrollado en su empaque de celebridad, pero manteniendo esa postura erguida y voluptuosa.
—El cuerpo de Sydney es muy bonito —afirmó la actriz con su voz profunda y rasposa, hablando en tercera persona al estar únicamente entre nosotros—. Pero a Sydney no le importan los demás hombres del mundo. Sydney y Sabrina solo quieren estar con Marcos.
—¿Y qué van a hacer ahora? —preguntó Janeth con curiosidad pragmática, acomodándose sobre el brazo del sillón de la sala—. Digo, ustedes dos son famosas. Sus agentes, sus fans y la prensa deben estar volviéndose locos buscándolas si se escaparon así como así. Si alguien las descubre metidas en esta casa de provincia, se va a armar un escándalo mediático a nivel internacional.
Sabrina se acercó a mí, tomándome suavemente de la mano con sus dedos de manicura impecable. La calidez de su piel fina se sintió eléctrica contra la mía.
—Sabrina pensó en todo —respondió la cantante con su entonación dulce y afinada—. En el mundo humano de antes, las celebridades tenían que dar explicaciones a las empresas. Pero desde El Gran Cambio, la Ley de Propiedad Corporal Definitiva protege a cualquiera que reclome su autonomía. Además, nosotras dejamos notas programadas en nuestras cuentas oficiales diciendo que nos tomaríamos un retiro privado indefinido por estrés de adaptación. Tenemos millones de dólares en las cuentas bancarias de estos dos cuerpos, las llaves de la camioneta de afuera y todo el tiempo del mundo. Nada nos obliga a volver a la industria del entretenimiento si no queremos.
—Y lo más importante... —añadió Sydney, dando un paso al frente para quedar a tiro de piedra de mi cuerpo de Valeria, dejando caer la sudadera negra al suelo y quedando únicamente en un top deportivo blanco que apenas lograba contener la enormidad de sus pechos firmes—. Lo más importante es que Sydney y Sabrina ya no tienen que esconderse. Pasamos meses en hoteles de lujo aprendiendo a usar la carne de estas mujeres. Aprendimos a sentir el placer en los pechos, en la espalda, en los muslos y en la vagina. Pero todo eso lo aprendimos para dárselo a Marcos.
La declaración cayó en la sala como una chispa en un pajar seco. La desnudez parcial de Sydney, sumada al calor sofocante del mediodía y a la carga erótica que ya traíamos encima por la orgía de la mañana, volvió a encender la tensión en el ambiente.
Roxana, que hasta ese momento se había mantenido quieta detrás de Hugo, dio un paso adelante. La criatura canina en la carne de la novia muerta olfateó el aire, fijando sus ojos desorbitados en los pechos expuestos de Sydney y en la figura diminuta de Sabrina.
—¡Oliendo rico! —soltó Roxana con su voz profunda de veintiún años, caminando de manera un poco torpe hasta quedar frente a Sabrina—. ¡Roxana siente olor a perrita en las dos rubias! ¡Roxana quiere jugar también!
Sabrina parpadeó sorprendida, mirando la figura escultural de la difunta novia de Hugo.
—¿Quién es ella? —preguntó Sabrina, frunciendo el ceño sutilmente—. Sabrina no la reconoce del pasado. Esta mujer no vivía en la casa antes del Cambio.
—Es una larga historia —suspiré yo con la voz sensual de la hermana mayor, pasándome una mano por el cuello húmedo por el sudor—. El cuerpo es de Roxana, la exnovia de Hugo. Pero la mente que habita adentro es la de una perrita Labrador. Cayó en este empaque el día del evento y se quedó a vivir con nosotros.
Sydney soltó una risita baja, raspada y llena de comprensión, mirando a Roxana de arriba abajo.
—Sydney entiende... —murmuró la actriz voluptuosa—. Otra hermana canina que recibió el regalo de la carne humana. Pero ella solo tiene una mente de perro común. Sydney y Sabrina somos diferentes. Nosotras asimilamos la inteligencia, el talento y la conciencia de las celebridades. Somos Moly, pero con el cerebro de dos mujeres superiores.
Sin perder más tiempo, Sabrina se llevó las manos al dobladillo de su propia sudadera holgada y se la sacó por la cabeza con un movimiento ágil, dejándola caer sobre el tapete junto a la de Sydney. Debajo solo llevaba un brasier de encaje negro que enmarcaba sus pechos pequeños, erguidos y simétricos, dejando a la vista su vientre completamente plano y sus caderas breves.
—Hace mucho calor aquí adentro —comentó Sabrina con naturalidad, desabrochándose los jeans oscuros y dejándolos caer hasta sus tobillos para quedar únicamente en una panti de seda negra—. Además... Sabrina vio que ustedes cuatro ya estaban desnudas o en batas cuando abrieron la puerta. El olor a sexo de esta casa es muy fuerte. Sabrina y Sydney lo sintieron desde que cruzaron el umbral.
Janeth dejó soltar una carcajada rasposa desde el sillón, cruzando las pierna maduras de Elena.
—Vaya, vaya... resultaron muy observadoras las perritas famosas —provocó Janeth con cinismo—. Pues sí, estábamos festejando que no hay clases en toda la semana. El calor nos tenía con las ganas atoradas en la garganta y nos estábamos dando un buen atracón entre las cuatro antes de que ustedes tocaran la puerta.
Hugo se mordió el labio inferior, mirando fijamente la anatomía perfecta de Sabrina y las curvas exuberantes de Sydney. La mente del chico en el empaque de Sofía no podía procesar del todo la fantasía surrealista en la que se había convertido la sala de su casa.
—Valeria... —me susurró Hugo con la voz agudísima de mi hermana menor—. Tienes a las dos mujeres más deseadas del mundo desnudándose en tu sala, diciendo que son tu perrita y que solo quieren darte placer a ti. Si no aprovechas esto ahora mismo, voy a pensar que de verdad te afectó el cambio de cuerpo.
Miré a las dos celebridades. La devoción en sus rostros era genuina. La mezcla de la memoria afectiva de mi mascota con la sensualidad desbordante de los cuerpos de Sydney Sweeney y Sabrina Carpenter creaba un cóctel irresistible. Yo ya no era un chico de veinte años acomplejado; habitaba la figura madura, alta y despampanante de Valeria de veintidós años, y la sensibilidad de mi propia vagina demandaba atención tras el orgasmo previo.
—Sydney... Sabrina... —dije con la voz grave, pausada y sumamente sexy de la hermana mayor, desabrochando el nudo de mi bata azul marino y dejando que la tela se deslizara por mis hombros hasta caer al suelo, exponiendo mi cuerpo alto, completamente desnudo, con mis pechos erguidos y mi entrepierna húmeda—. Si de verdad hicieron todo este viaje por carretera solo para estar conmigo... demuéstrenme lo que aprendieron a hacer en esos hoteles de lujo.
La reacción de ambas fue instantánea. Sin dudar un solo segundo, Sabrina y Sydney se despojaron de la lencería que les quedaba, quedando completamente desnudas en medio de la estancia.
La vista era un espectáculo digno de los dioses. La piel blanca, perfecta y sin imperfecciones de las dos celebridades resplandecía bajo la luz que se filtraba por la ventana. Sydney lucía unos pechos pesados, carnosos, con pezones rosados y duros por la excitación, acompañados por unas caderas anchas y un trasero redondo que quitaba el aliento. Sabrina, por su parte, era la definición de la delicadeza erótica: una figura pequeña, de proporciones doradas, con una cintura brevísimo y una entrepierna rosada, completamente depilada y brillante por la excitación acumulada durante el viaje.
—Sydney va a empezar primero —anunció la actriz sensual con la voz tomada por la pasión, cayendo de rodillas sobre el tapete afelpado frente a mi cuerpo alto de Valeria.
Sydney avanzó a gatas hacia mí, pegando su rostro de estrella de cine contra mi vientre plano. Sintió el calor de mi piel y empezó a subir una ráfaga de besos húmedos por mi torso, rodeando mi cintura con sus brazos fuertes y apretando sus pechos colosales contra mis piernas largas. Su lengua, cálida y experta, se deslizó entre mis labios femeninos superiores, buscando el centro de mi placer con una precisión quirúrgica.
—¡Ahhh...! —solté un gemido largo y agudo con la voz melódica de Valeria, echando la cabeza hacia atrás mientras mis dedos se enredaban instintivamente en la melena rubia de Sydney Sweeney.
La vibración de su boca trabajando en mi entrepierna me recorrió como una corriente de fuego. La perrita que solía dormir a mis pies ahora usaba la cavidad bucal de una de las mujeres más deseadas del mundo para devorarme la vagina con un ritmo desenfrenado, succionando mi clítoris con una mezcla de voracidad canina y técnica humana refinada.
Sabrina no se quedó atrás. La diminuta cantante se colocó de pie a mi lado, pegando su cuerpo escultural contra mi costado. Pasó uno de sus brazos finos por detrás de mi cuello, obligándome a bajar la cabeza para sellar sus labios carnosos contra los míos en un beso profundo, húmedo y apasionado. La lengua de Sabrina Carpenter exploró mi boca con una dulzura intoxicante, saboreando mi saliva mientras sus manos pequeñas bajaban a acariciarme los pechos, pellizcándome los pezuelos con una delicadeza maestra.
—Mmm... Marcos... —gemía Sabrina entre el beso, usando la primera persona al estar conectada a mi boca—. Mi Marcos hermoso... qué rico hueles en este cuerpo de mujer... la vagina de Sabrina está goteando por ti...
Janeth y Hugo observaban la escena fascinados desde el sillón. Janeth no aguantó la tentación y jaló a Roxana por la cintura, haciendo que la chica Labrador se acomodara entre sus piernas para empezar a acariciarle la entrepierna a la novia muerta mientras miraban el espectáculo.
—¡Miren nomás esa estampa! —exclamó Janeth con la voz rasposa de mi madre, riéndose con ganas—. El muchacho que no rompió un plato en su vida, ahora metido en el cuerpo de su hermana mayor, haciéndose lamer la entrepierna por Sydney Sweeney mientras se besa con Sabrina Carpenter. ¡Si esto no es el paraíso del nuevo mundo, no sé qué carajos sea!
—¡Dale duro, Valeria! —la animó Hugo con la voz agudísima de Sofía, comenzando a tocarse su propia vagina de diecinueve años a través de la bata rosa abierta—. ¡Haz que las dos rubias se rindan ante ti!
El ritmo en el centro de la sala se volvió salvaje. Yo no podía mantener la postura de pie por mucho tiempo; la intensidad del trabajo bucal de Sydney me estaba dejando las piernas como gelatina. Me dejé caer de espaldas sobre el amplio tapete de la sala, abriéndome de piernas por completo.
Sydney no perdió el tiempo: se acomodó inmediatamente entre mis muslos, enterrando de nuevo su rostro en mi entrepierna. La actriz voluptuosa usaba sus dedos largos para abrir mis labios mayores mientras su lengua no daba tregua, lamiendo cada gota de jugo que la carne de Valeria segregaba. Los gemidos que salían de mi garganta retumbaban en el techo de la casa, mezclándose con los ladridos ahogados de placer que soltaba Roxana a un lado de nosotras.
Sabrina, viendo a Sydney ocupada en mi entrepierna, decidió aprovechar la oportunidad. Se colocó en una posición de gatas justo sobre mi pecho, alineando su propia vagina rosada y mojada a pocos centímetros de mi cara.
—Sabrina quiere que Marcos use la boca de Marcos en Sabrina —pidió la cantante con la voz entrecortada por el éxtasis, mirándome hacia abajo con sus ojos azules nublados por el deseo—. ¡Usa la lengua de Valeria para lamer a Sabrina, por favor!
No me hice rogar. Levanté la cabeza y pegué mi boca de hermana mayor directamente contra el sexo desnudo y caliente de Sabrina Carpenter. El sabor de su entrepierna era dulce, concentrado tras horas de viaje y excitación reprimida. Empecé a lamerla con firmeza, metiendo la punta de mi lengua en su cavidad apretada mientras succionaba su clítoris con ritmo constante.
—¡¡AHHH!! ¡¡MARCOS!! ¡¡SÍ, ASÍ!! —gritó Sabrina con la voz aguda que solía llenar estadios, contorsionando la cadera en el aire mientras se apoyaba sobre mis hombros con sus manos pequeñas—. ¡La boca de Marcos está adentro de Sabrina! ¡Es tan rico! ¡Es mil veces mejor que cuando nos masturbábamos solas en el hotel!
La dinámica en el suelo de la estancia se convirtió en una orgía fluida de siete cuerpos y mentes entrecruzadas. Janeth, en la carne de Elena, se unió al grupo principal arrastrándose junto a Roxana. La mujer madura se colocó detrás de Sydney, usando sus manos experimentadas de prostituta para masajear las nalgas enormes y firmes de la actriz, mientras metía dos de sus dedos en la vagina trasera de Sydney Sweeney.
—¡Ay, carajo, qué carne tan apretada tiene esta güerita! —maldijo Janeth entre jadeos de placer—. ¡Muévete, hija, que aquí hay para todas!
Sydney soltó un alarido alto, sensual y rasposo al sentir los dedos de la carne de mi madre penetrándola desde atrás, pero sin detener ni por un segundo el trabajo que su lengua realizaba en mi clítoris. La actriz intensificó las chupadas en mi centro de placer, acelerando el movimiento de su cabeza mientras su propio cuerpo se estremecía por el estímulo doble.
Hugo, sumido en la locura del momento con la figura de Sofía, se acomodó al lado de Sabrina, pegando su entrepierna de diecinueve años contra la pierna de la cantante para frotarse en un tribadismo desesperado.
—¡Sientan esto! ¡Todas juntas! —gritaba Hugo con el rostro de mi hermana menor completamente descompuesto por el éxtasis.
El calor de la mañana pareció disolverse en la marea de fluidos, sudor y gemidos que dominaba la casa. La mezcla de olores a perfume caro, sudor femenino y sexo concentrado llenaba el aire. Yo sentía el clímax aproximándose con la fuerza de una marejada imparable; la combinación de estar lamiendo el sexo perfecto de Sabrina mientras la boca de Sydney Sweeney devoraba el mío me estaba llevando al límite absoluto de la sensibilidad que la figura de Valeria podía soportar.
—¡Me voy a venir! ¡¡Me voy a venir, Sydney!! —advertí con la voz entrecortada y rasposa, apretando los muslos contra las orejas de la actriz.
Sydney no redujo la velocidad; al contrario, apretó su boca con más fuerza contra mi sexo, succionando con desesperación para recibir toda la carga. Un espasmo violento recorrió mi columna vertebral de veintidós años. Arqueé la espalda sobre el tapete, soltando un grito de placer puro que se escuchó en toda la planta baja, mientras un chorro caliente de jugos vaginales inundaba la boca y la cara de la famosa actriz.
Casi al mismo tiempo, la lengua que yo mantenía trabajando en la entrepierna de Sabrina provocó el colapso de la pequeña cantante. Sabrina soltó un alarido afinado que terminó en un llanto de felicidad absoluta, temblando convulsivamente sobre mi pecho mientras su vagina descargaba una cantidad enorme de fluido sobre mi rostro y mi cuello.
—¡¡SABRINA AMA A MARCOS!! ¡¡SABRINA ES TODA DE MARCOS!! —chillaba la cantante en pleno orgasmo, dejándose caer exhausta sobre mi torso, pegando su rostro sudoroso contra el mío.
Sydney se retiró de mi entrepierna con un chasquido líquido, limpiándose los labios con el dorso de la mano y sonriéndome con una devoción sin límites en sus ojos azules. La actriz se acomodó a mi otro lado, rodeándome la cintura con su brazo voluptuoso y apoyando su cabeza de melena rubia sobre mi hombro desnudo.
Nos quedamos las tres tendidas en el centro del salón, entrelazadas en un abrazo apretado de pieles sudadas y jadeos profundos. A un lado, Janeth, Hugo y Roxana caían también rendidos sobre los cojines, sofocados por la intensidad del encuentro colectivo.
El silencio volvió gradualmente a la casa, roto únicamente por el sonido de nuestras respiraciones agitadas. El sol de la tarde seguía apretando desde el exterior, pero dentro de esas cuatro paredes, la realidad del mundo exterior había quedado completamente anulada. La Poodle blanca que alguna vez corrió por esa misma sala había regresado a casa, dividida en la belleza suprema de dos de las mujeres más codiciadas del planeta, para quedarse para siempre al lado del único hombre que le dio amor, sin importar la carne en la que el destino los hubiera atrapado a todos.
El silencio que siguió a la tormenta de sensaciones se sintió casi denso, casi palpable en medio del salón. El viejo aire acondicionado continuaba zumbando en un rincón con un ronroneo sordo y monótono que apenas lograba mover una brisa tibia, insuficiente para aplacar el calor de mediodía que envolvía la casa. Sobre el amplio tapete afelpado, los siete cuerpos yacían esparcidos como los restos de un naufragio de piel, sudor y fluidos.
Yo estaba tendida de espaldas en el centro de la alfombra, con la anatomía alta y madura de Valeria completamente relajada, sintiendo el peso delicioso del cansancio adueñarse de cada músculo de mi cuerpo de veintidós años. A mi derecha, recostada sobre mi costado con una mano posesiva descansando sobre mi vientre plano, estaba la silueta escultural de Sydney Sweeney. Su melena rubia, revuelta por el frenesí, se desparramaba sobre mi hombro desnudo, y su respiración pausada me enviaba un aire tibio contra el cuello. A mi izquierda, acurrucada como una criatura pequeña que finalmente ha encontrado su refugio, dormitaba la figura diminuta de Sabrina Carpenter, apoyando la mejilla directamente sobre mi pecho, escuchando el latido constante de mi corazón.
Un par de metros más allá, Janeth descansaba boca arriba con la carne de cuarenta y cuatro años de mi madre Elena, con las piernas abiertas sin ningún pudor y el pecho maduro subiendo y bajando a un ritmo pesado. A su lado, la perrita Labrador en el cuerpo voluptuoso de la difunta Roxana se había quedado dormida con la cara hundida en el vientre de Janeth, soltando de vez en cuando pequeños suspiros profundos que hacían vibrar su garganta de veintiún años. Hugo, por su parte, permanecía acurrucado de lado con la figura delgada de Sofía, mirando al techo con los ojos entreabiertos y una sonrisa atontada dibujada en sus labios de diecinueve.
Por unos minutos, nadie dijo una sola palabra. Solo se escuchaba el choque suave de las respiraciones y el crujido ocasional del techo de la casa dilatándose por el sol abrasador del exterior.
Sabrina fue la primera en moverse sutilmente. Levantó la cabeza despacio, apoyando la barbilla sobre mi esternón para mirarme desde abajo con esos ojos azules tan limpios, tan cargados de una devoción transparente que no pertenecía al mundo helado de las celebridades, sino al alma pura de la pequeña Poodle que solía esperar detrás de la puerta cuando yo llegaba a casa.
—Sabrina se siente muy feliz... —murmuró la pequeña cantante con su voz afinada, suave como un susurro, hablando en tercera persona al sentirse resguardada en la intimidad de la sala—. Sabrina tenía mucho miedo cuando despertó en ese hotel gigante sin Marcos. Sabrina lloraba todas las noches porque las manos de los desconocidos olían a plástico y a perfume feo, no olían a Marcos.
Sydney abrió los ojos lentamente, entornándolos por la luz que se filtraba entre las cortinas. La actriz no se movió de su posición; simplemente apretó un poco más su brazo alrededor de mi cintura, pegando su busto firme contra mis costillas.
—Sydney también tenía miedo —admitió la rubia voluptuosa con su tono rasposo y sensual—. El cuerpo de Sydney tenía muchas personas alrededor gritando y pidiendo fotos. Sydney solo quería correr a cuatro patas y buscar el olor de la casa. Pero cuando Sydney encontró a Sabrina y nos tocamos... supimos que la mente de Moly no estaba rota, solo estaba en dos partes.
Pasé mi mano larga de Valeria por la espalda desnuda de Sabrina, acariciando la curva fina de su columna vertebral, mientras con la otra mano jugaba con los rizos rubios de Sydney. Sentir la suavidad de la piel de las dos mujeres más codiciadas de la industria, saber que toda esa belleza y esa fama estaban completamente subordinadas a la memoria afectiva de mi antigua mascota, me produjo una sacudida de extrañeza y gratitud.
—Ya no tienen que tener miedo —les dije con la voz suave, grave y profunda que la garganta de mi hermana mayor me otorgaba—. Ya están aquí. Se acabó el viaje por la carretera, se acabaron los hoteles. Esta es su casa.
—Pero Marcos ya no tiene su cuerpo de hombre... —reflexionó Sabrina, estirando un dedo delicado para trazar una línea imaginaria desde mi barbilla hasta mi escote—. Marcos ahora es una mujer muy alta y muy bonita. Sabrina se preguntaba si la mente de Marcos seguiría siendo la misma... pero cuando la boca de Valeria tocó la vagina de Sabrina, Sabrina supo que era el mismo amor de siempre.
—A Sydney no le importa el cuerpo de Marcos —agregó la actriz con rotundidad, levantando un poco el torso para mirarme de frente, dejando que sus pechos carnosos cayeran con peso natural sobre mi costado—. Si Marcos es una mujer, Sydney y Sabrina serán las mujeres de Marcos. Nosotras tenemos dos vaginas y cuatro pechos famosos solo para hacer feliz a Marcos. Si Marcos quiere que usemos vestidos bonitos, los usaremos. Si Marcos quiere que estemos desnudas en la casa todo el día, nos quedaremos desnudas.
Janeth dejó escapar una risita raspada desde su rincón, incorporándose un poco sobre los codos sin molestarse en cubrir la madurez de su anatomía de Elena.
—Vaya par de regalitos que te mandó el evento, muchacho... —comentó Janeth, negando con la cabeza mientras se acomodaba el cabello revuelto—. Yo que pensaba que lo más raro que me había pasado era despertar en la carne de tu madre y terminar viviendo de la prostitución, y resulta que la Poodle de la familia regresa convertida en un par de diosas de Hollywood para darte servicio completo. La vida de verdad se volvió un chiste bien perverso.
—No es un chiste, Janeth —intervino Hugo desde el suelo, apoyando la cabeza sobre una mano y mirando a las dos rubias con fascinación—. Es la prueba de que el Cambio no solo destruyó las identidades, también acomodó las cosas de la forma más loca posible. Roxy atrapada en el cuerpo de mi novia muerta mientras yo uso el de Sofía, tú usas la cara de la Sra. Elena para disfrutar la vida, y tu Marcos en Valeria... bueno, Valeria tiene a dos estrellas internacionales sirviéndole de amantes en el suelo de la sala.
—Roxana quiere agua... —soltó de pronto la chica Labrador, levantándose del regazo de Janeth de manera un poco torpe, caminando en cuatro patas por el tapete hasta quedar cerca de mi cara—. ¡Roxana tiene la garganta seca de tanto gritar!
La soltura con la que la chica de veintiún años se movía desnuda por la habitación sacó una sonrisa leve en el rostro de Sydney.
—Roxana es muy torpe —dijo Sydney con la frialdad sutil de su figura de celebridad, pero sin malicia—. Roxana no aprendió a usar el cerebro humano. Sydney y Sabrina sí aprendieron. Nosotras podemos ir a la cocina y traer agua para todas en vasos de cristal.
—Sabrina va a ir —se ofreció de inmediato la pequeña cantante, poniéndose de pie con una agilidad sorprendente.
La silueta desnuda de Sabrina Carpenter cruzó la estancia iluminada con una elegancia que parecía sacada de un video musical, aunque la soltura de sus pasos reflejaba la tranquilidad de estar en su propio hogar. Desapareció un momento por el pasillo hacia la cocina, y al poco tiempo se escuchó el tintineo de los hielos y el agua cayendo en una jarra.
Sydney se acomodó sobre mi pecho, reclinando la cabeza sobre mi hombro mientras contemplaba el techo.
—Oye, Marcos... —murmuró la actriz voluptuosa con un hilo de voz—. ¿Qué va a pasar con la otra gente? ¿Qué va a pasar con la familia que vivía aquí antes?
La pregunta tocó una fibra sensible en mi mente. La imagen del mensaje de texto que había recibido la noche anterior volvió a flotar en mi memoria. La foto de mi antiguo cuerpo de hombre borrada, la frase seca de "adiós definitivo" y el bloqueo automático.
—El Marcos de antes se fue —respondí con una serenidad amarga, dejando que la voz melódica de Valeria dejara ver la madurez que había adquirido en este año y medio—. Mi viejo cuerpo de veinte años decidió que no podía aceptar este mundo nuevo. Se fue a vivir su vida solo, odiando todo lo que somos ahora. Ya no hay un Marcos hombre en esta casa. Solo quedo yo, habitando esta figura de Valeria.
Sydney frunció el ceño levemente, acariciándome la mejilla con sus dedos suaves.
—A Sydney no le importa ese cuerpo de hombre si era tonto y se fue —sentenció la rubia con firmeza canina—. Si ese empaque no quiso quedarse a cuidar de esta casa, entonces no merecía estar aquí. Para Sydney y para Sabrina, la persona que vive dentro de Valeria es el único Marcos que existe.
Sabrina regresó a la sala sosteniendo una jarra de cristal con agua helada y varios vasos plásticos balanceados con destreza entre sus manos pequeñas. Dejó la jarra sobre la mesa de centro y sirvió vasos para cada una.
Roxana fue la primera en abalanzarse sobre su vaso, tomando el agua a tragos rápidos, dejando que algunas gotas le resbalaran por la barbilla hasta el busto. Janeth bebió despacio, disfrutando el frío del líquido en su garganta de mujer madura, mientras Hugo se sentaba a mi lado para tomar su parte con la mano delicada de Sofía.
Sabrina me entregó un vaso a mí y otro a Sydney, acomodándose de nuevo a mi lado sobre el tapete.
El agua helada me alivió la sequedad de la garganta. Al mirar a mi alrededor —a Janeth disfrutando la soltura de la carne de mi madre, a Hugo adaptado por completo a la juventud de Sofía, a la perrita Labrador viviendo sin preocupaciones en el cuerpo de Roxana, y a las dos mitades de Moly encarnadas en la belleza suprema de Sydney Sweeney y Sabrina Carpenter— me di cuenta de que la fractura de nuestra antigua vida estaba finalmente consumada.
El pasado se había disuelto. La casa ya no era el hogar tradicional de una familia de provincia; era un refugio de identidades reconstruidas, donde la carne, el deseo y la lealtad habían encontrado un equilibrio extraño pero indestructible. La semana sin clases acababa de empezar, la puerta estaba cerrada con doble seguro contra el mundo exterior, y mientras el calor del medierno continuara apretando afuera, nosotras seguiríamos descansando en la penumbra de la sala, listas para dejar que el tiempo transcurriera sin prisa en este nuevo y fascinante orden de nuestras vidas.
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