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Cap 9

Chapter 9 by K45

El ambiente en el dormitorio de la planta alta había quedado envuelto en una penumbra cálida. El sol finalmente se había ocultado tras los cerros, dejando que las sombras de la noche se filtraran por la ventana. Tras la comida, Janeth se había quedado dormida en el sillón de la sala frente al televisor encendido, mientras que Hugo —en el cuerpo de Sofía— y Roxana se acurrucaron en el centro de la cama matrimonial. El agotamiento del día y la pesadez de la comida casera habían hecho efecto en ambas: la perrita en la carne de la novia dormía profundamente, soltando pequeños ronquidos suaves con su voz profunda, mientras Sofía la abrazaba por la cintura con la bata rosa entreabierta.

Yo estaba sentada en el borde del colchón, con las piernas largas cruzadas bajo la bata de franela azul marino. La quietud del cuarto me daba espacio para pensar, pero mi mente de veintidós años no lograba tener paz. La conversación sobre Moly que había tenido abajo con Sofía seguía dando vueltas en mi cabeza como un eco distante.

En ese momento, la pantalla de mi teléfono móvil —colocado sobre la mesa de noche— se iluminó con el destello azul de una notificación. Lo tomé con la mano delicada de Valeria y desbloqueé la pantalla. Era un mensaje de WhatsApp. El remitente era la cuenta que usaba mi antiguo cuerpo de hombre, la figura física de Marcos de veinte años que había salido esa mañana echando pestes hacia el centro de llamadas.

Deslicé el dedo y abrí la conversación. El mensaje era un bloque seco de texto, sin rodeos ni rodeos emotivos:

"Valeria. Te mando esto solo porque, al final del día, sigues siendo mi hermana y por respeto al lazo de sangre que teníamos antes de que todo se fuera al demonio. No voy a regresar a esa casa jamás. Ni hoy, ni mañana, ni nunca. Ni siquiera voy a ir a recoger la poca ropa de hombre que me quedaba allá; pueden tirarla a la basura o hacer lo que se les dé la gana con ella. No pienso volver a poner un pie en un lugar donde ven normal que una prostituta use el cuerpo de nuestra madre, donde tú te pudres en mi cuerpo y donde Hugo juega a las muñecas con la carne de su novia muerta, en el cuerpo de nuestra hermana más pequeña Me voy a rentar un cuarto cerca del trabajo y voy a rehacer mi vida solo. Esto es un adiós definitivo. No me busques."

Apenas terminé de leer la última palabra, el estado del contacto cambió. La foto de perfil desapareció y la doble palomita azul quedó congelada en un gris neutro. Me había bloqueado.

Me quedé mirando la pantalla en blanco durante varios segundos. La voz melódica y suave de Valeria dejó escapar un suspiro largo y amargo desde mi garganta. Una parte de mí —la parte racional de Marcos que solía ser un chico estudioso— sintió un tirón de nostalgia y lástima por ese empaque masculino que acababa de huir. Pero la otra parte, la mente que ya llevaba un año y medio moldeada por la anatomía de mi hermana mayor, sintió una extraña ligereza, como si nos hubiéramos quitado un peso muerto de encima. Mi antiguo cuerpo de hombre se había ido para siempre, rechazando la carne y la realidad que nos tocó vivir.

Dejé el teléfono sobre la mesa de noche, me recliné contra la cabecera de madera y miré hacia el techo. El silencio de la noche parecía pesar más.

Me puse a pensar profundamente en todo lo que había transcurrido en este año y medio desde El Gran Cambio. Dieciocho meses desde que aquel pulso cósmico reconfiguró las mentes, las almas y la carne de toda la humanidad. Habíamos pasado por tanto caos, tantas lágrimas iniciales, tanta desesperación, para terminar aceptando que la vida anterior era un cascarón vacío. La sociedad había impuesto la Ley de Propiedad Corporal Definitiva; los nombres ante la ley cambiaron, las identidades se reescribieron y los deseos reprimidos salieron a la superficie sin ningún tipo de filtro.

Sin embargo, al hacer un recuento helado de las piezas de mi vida, me di cuenta de una verdad inquietante. Habíamos acomodado las piezas del rompecabezas a nuestra conveniencia, pero el mapa estaba incompleto. Faltaban dos piezas fundamentales. Dos conciencias cuya suerte o paradero seguían siendo un misterio absoluto en este nuevo mundo.

¿Qué habrá pasado realmente con mi madre? ¿La verdadera Elena?

La mujer que ahora estaba abajo dormida en el sofá no era la madre que me había criado. Era Janeth, una prostituta experimentada cuya mente cayó en el cuerpo de cuarenta y cuatro años de Elena y que había decidido usar esa anatomía madura para ganarse la vida y disfrutar de la carne. Pero... ¿dónde quedó la conciencia de la verdadera Elena?

El día del Cambio, cuando el pulso atravesó la ciudad, la mente de mi madre fue arrancada de su propio cuerpo al mismo tiempo que la mía y la de mis hermanas. Durante este año y medio, ocupados en adaptar nuestras vidas, en lidiar con Janeth y en entregarnos al placer de nuestras nuevas figuras, nunca nos detuvimos a investigar en qué cuerpo había ido a parar la mente de la verdadera Elena. ¿Estaría viva en alguna parte? ¿Habría caído en la carne de alguna mujer joven, de un hombre, o peor aún... en el cuerpo de algún anciano enfermo o en el de un animal? La sola idea de mi madre —una mujer devota, tradicional y abnegada— atrapada en una anatomía extraña, sufriendo el shock de la reconfiguración sin el apoyo de sus hijos, me provocó un nudo helado en la garganta.

Y luego estaba la segunda incógnita. Moly.

La conversación con Hugo en la sala me había dejado una espina clavada. Moly no era solo una mascota cualquiera; era la perrita Poodle blanca de pelaje rizado que había sido mi fiel compañera durante cuatro años. Cuando yo era un chico de veinte años, Moly dormía al pie de mi cama, me recibía con saltos cuando llegaba de la escuela y era el único ser que me daba un afecto transparente sin juzgarme.

Recordé lo que los vecinos dijeron que ocurrió el día del evento: el cuerpecito de tres kilos de Moly huyendo aterrado por la calle, soltando chillidos humanos. Si una mente humana cayó en el empaque de mi Poodle, sus probabilidades de supervivencia en la ciudad descontrolada eran casi nulas. Pero si la conciencia de Moly —la mente de mi perrita— sobrevivió al salto cuántico y cayó en el cuerpo de un ser humano en alguna parte del planeta... ¿dónde estaría ahora?

¿Habría caído en el cuerpo de una mujer o de un hombre? ¿Habría tenido la mala suerte de terminar en un albergue, o la suerte de encontrar a alguien que la cuidara? Si la teoría de la memoria corporal que vimos con Roxy era cierta, la carne del cuerpo humano donde cayó Moly debió haber comenzado a reescribir su mente. Si Moly seguía viva en el empaque de alguna persona, ahora mismo podría estar caminando por las calles, vistiendo ropa de humano, aprendiendo a hablar y a desenvolverse en la sociedad, impulsada únicamente por los vestigios de la memoria afectiva que conservaba de cuando era mi mascota.

—Elena y Moly... —murmuré en la penumbra del cuarto, dejando que la voz sensual y rasposa de Valeria apenas rompiera el silencio—. Son las únicas que faltan.

La verdadera madre que me dio la vida y la perrita que me dio su cariño incondicional. Ambas dispersas en la inmensidad de un mundo donde millones de personas habían cambiado de empaque. Un año y medio después, todos en esta casa habíamos encontrado una forma de sobrevivir, de adaptarnos y de gozar de los cuerpos que la ley nos asignó. Hugo era feliz en el empaque de Sofía; Janeth disfrutaba la madurez de Elena; Roxy vivía como una reina mimada en la carne de la novia de mi amigo; y yo había abrazado por completo la feminidad, la belleza y la libertad del cuerpo de Valeria.

Pero la duda flotaba en el aire como una sombra persistente. Mi antiguo cuerpo de hombre me había cerrado la puerta para siempre con ese mensaje de adiós, borrando los últimos lazos con mi pasado masculino. Ahora, la silueta de Valeria era mi única realidad. Y mientras contemplaba a Sofía y a Roxana dormidas plácidamente en la cama, me pregunté si algún día el destino volvería a cruzar nuestros caminos con las almas perdidas de mi madre y de mi antigua mascota, o si la marea de este mundo nuevo las había arrastrado para siempre hacia un horizonte inalcanzable.

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La noche se extendía como un manto negro sobre la carretera secundaria que serpenteaba alejándose de la gran metrópoli. La camioneta SUV negra, con vidrios profundamente entintados, avanzaba a velocidad constante devorando los kilómetros de asfalto. El vehículo no estaba registrado a nombre de ninguna celebridad ni figuraba en las agencias de renta de lujo; se la habían comprado esa misma tarde a un tipo desempleado que necesitaba dinero en efectivo de manera urgente. Con un fajo de billetes salido de las cuentas privadas de las celebridades, el hombre ni siquiera hizo preguntas ni exigió el papeleo completo del traspaso: tomó el efectivo feliz y les entregó las llaves al instante.

Al volante iba el cuerpo escultural y voluptuoso de Sydney Sweeney, vestida con una sudadera holgada y una gorra oscura que le recogía el rubio cabello. A su lado, en el asiento del copiloto, la diminuta y perfecta silueta de Sabrina Carpenter sostenía un teléfono móvil conectado al GPS, siguiendo la ruta trazada por mapas secundarios para evitar las casetas de cobro más transitadas y las cámaras de vigilancia masiva.

Dentro de la cabina, con la privacidad garantizada y sin miradas ajenas, las dos mitades de Moly podían abandonar la fachada refinada que imponía el mundo humano y comunicarse entre sí con esa particular manera de expresarse, hablando de sí mismas en tercera persona como la mente canina que habitaba en ellas solía estructurar sus pensamientos.

—Sydney maneja con cuidado —comentó la rubia del volante con su voz rasposa y sensual, mirando de reojo los retrovisores—. El coche es grande y pesado, no es como el cuerpo pequeño de Moly cuando corría bajo las mesas. A Sydney le gusta sentir la potencia de este motor.

Sabrina soltó una risita suave y afinada desde el asiento del copiloto, acomodándose la sudadera y mirando la pantalla del GPS que indicaba la ruta hacia la provincia.

—Sabrina está guiando bien a Sydney —dijo la pequeña celebridad, inflando un poco el pecho con orgullo inocente—. El mapa de la pantalla muestra el camino hacia la casa de Marcos. Sabrina no quiere que nos detengamos. Sabrina extraña mucho las manos de Marcos acariciando el pelaje... bueno, la piel fina que ahora tenemos.

Sydney sonrió ampliamente, dejando ver sus dientes perfectos en la penumbra del tablero iluminado.

—¿Qué cree Sabrina que debemos hacer en cuanto lleguemos y nos reencontremos con él? —preguntó Sydney, desviando la mirada un segundo hacia su compañera—. Sydney ha pensado mucho en ese momento. Si Marcos sigue en su cuerpo antiguo de hombre... ¿Sydney debe abalanzarse sobre él de inmediato?

Sabrina soltó una carcajada traviesa, tapándose la boca pulida con sus dedos delgados.

—¡Jejeje! Si Marcos sigue teniendo su cuerpo de hombre, Sabrina y Sydney irán directo a su pene —afirmó la voz dulce de la cantante con una sinceridad aplastante—. Sabrina quiere sentir ese pene adentro de la vagina de Sabrina, y luego adentro de la vagina de Sydney. Ya no somos una perrita de tres kilos que solo puede lamerle los zapatos. Ahora las vaginas de Sabrina y de Sydney son grandes, apretadas y calientes.

—¿Y si Marcos cayó en el cuerpo de una mujer? —cuestionó Sydney, ladeando la cabeza con curiosidad mientras mantenía la camioneta estable en una curva—. Las noticias decían que muchos hombres terminaron en empaques femeninos. Si Marcos es una mujer ahora... ¿qué hará Sydney?

—Pues ir directamente a la vagina de Marcos —respondió Sabrina sin dudarlo un segundo, soltando otra risita contenida—. Jejeje, vagina también nosotras tenemos ahora. Si Marcos es mujer, Sabrina usará la lengua de Sabrina para lamerle la vagina a Marcos hasta que llore de placer, y Sydney usará sus pechos grandes para apretarlo. A Sabrina no le importa qué carne tenga él. El alma de Marcos es lo que Moly ama.

Sydney dejó escapar un suspiro sordo, rozando sus propios pechos prominentes por encima de la tela gruesa de la sudadera.

—A Sydney le gusta esa idea —admitió la actriz sensual—. Sydney quiere que Marcos use las tetas de Sydney y la vagina de Sydney todo lo que quiera. Sydney y Sabrina pasaron meses en los hoteles masturbándose y teniendo sexo entre ellas para aprender a usar estos cuerpos humanos, pero todo ese placer era solo la preparación para dárselo a él.

Sabrina se acurrucó contra el respaldo del asiento de cuero, mirando la carretera oscura a través del parabrisas con una chispa de picardía en sus ojos azules.

—Oye, Sydney... ¿Sabrina puede contarle algo a Sydney? ¿Te acuerdas de cuando éramos la Poodle blanca completa y vivíamos en su casa? —preguntó Sabrina, soltando una risita nostálgica—. ¿Te acuerdas de esa tarde en que entramos a escondidas al cuarto de Marcos?

Sydney parpadeó, escarbando en la memoria canina compartida que ambas poseían.

—Sydney se acuerda un poco... —murmuró la rubia del volante—. Había un ruido en la computadora de Marcos, ¿verdad?

—¡Sí! Jejeje —exclamó Sabrina entre risitas traviesas—. Sabrina se acuerda perfectamente. La puerta del cuarto estaba apenas entornada y Moly entró sin hacer ruido. Marcos estaba sentado en su silla frente a la pantalla. ¡Él se estaba masturbando su pene al ver porno en su compu! Jejeje, tenía los pantalones abajo, la cara roja y movía la mano súper rápido sobre su piel dura. Cuando escuchó que Moly pisó una cobija en el suelo, Marcos se asustó muchísimo, cerró la laptop de golpe y se puso todo nervioso tratando de taparse. Nos dijo: «¡Moly, vete para allá, no veas!» ¡Jejeje!

Sydney soltó una carcajada abierta y sensual al recordar la escena desde la perspectiva del pequeño animal que solía ser.

—¡Sydney ya se acordó! —dijo la actriz, sacudiendo la cabeza con diversión—. Marcos pensaba que Moly era solo una mascotita tonta que no entendía nada de lo que él hacía con su cuerpo. ¡Dios, si supiera! Si Marcos supiera que su perrita se dividió en dos por el pulso del Cambio y que ahora esas dos partes están atrapadas en dos hermosas mujeres famosas... ¡se volvería loco!

—A Sabrina le da mucha risa recordar a Marcos todo avergonzado por masturbarse —continuó la cantante, frotándose las muslos vestidos con jeans ajustados—. En ese tiempo, Moly no entendía por qué le salía esa leche blanca de su cuerpo. Pero ahora Sabrina y Sydney saben perfectamente para qué sirve. Ahora Sabrina sabe qué se siente el placer en la vagina y en los pechos. Si Marcos supiera que la Poodle que él sacaba a pasear ahora tiene este cuerpo escultural de Sabrina Carpenter y el cuerpo voluptuoso de Sydney Sweeney... no lo podría creer.

—Sydney quiere ver la cara de Marcos cuando Sydney se quite la ropa frente a él —agregó la actriz con un tono profundo y dominado por el deseo—. Sydney le va a decir: «Mira, Marcos... esta carne que ves aquí, con estas tetas grandes y esta vagina que todos los hombres del mundo quieren tocar, es de tu Moly. Toda tuya».

—Y Sabrina le dirá lo mismo —asintió la pequeña rubia con una sonrisa devota—. Sabrina le dirá que nos dividimos, pero que las dos lo buscamos solo a él.

La camioneta avanzó varios kilómetros en silencio mientras el motor rugía con suavidad. La ruta las llevaba por tramos más desiertos, lejos de la iluminación de las grandes ciudades. De pronto, el indicador del combustible en el tablero de la SUV empezó a parpadear en color naranja, emitiendo un pitido seco.

Sydney miró el indicador y luego la pantalla del GPS.

—Sydney ve que la gasolina se está acabando —informó la rubia del volante, cambiando de inmediato su tono al notar que se aproximaban a una gasolinera iluminada a la orilla de la carretera—. Hay una estación de servicio más adelante.

Sabrina se enderezó en el asiento y se acomodó la gorra bien abajo, ocultando sus ojos celestes y sus rasgos característicos bajo la sombra de la visera.

—Sabrina recuerda la regla —dijo la voz de la cantante, ajustando su postura—. Cuando haya humanos cerca, tenemos que hablar normal. Nada de decir «Sydney» o «Sabrina» ni hablar en tercera persona. Hablamos en primera persona para que la gente crea que somos chicas comunes viajando de noche. No podemos permitir que nadie nos reconozca ni que sospechen nada.

—Entendido —asintió Sydney, cuadrando los hombros y adoptando la postura erguida de una conductora confiada—. Yo voy a bajar la ventanilla solo lo necesario para pagar en efectivo. Tú quédate quieta y no hables a menos que sea estrictamente necesario.

La camioneta se redujo de velocidad y se internó en la plataforma iluminada por focos de luz blanca de una gasolinera de paso. Un empleado con chaleco reflejante se acercó al costado del vehículo. Sydney bajó el cristal apenas unos centímetros, lo suficiente para que pasara el aire.

—Buenas noches, señorita. ¿Gasolina magna o premium? —preguntó el despachador, intentando atisbar el interior de la camioneta a través del cristal entintado.

—Tanque lleno de premium, por favor —respondió Sydney utilizando la primera persona, modulando su voz para que sonara como la de cualquier mujer joven americana o turista con un español neutro y fluido—. En efectivo.

—Enseguida —dijo el empleado, colocando la manguera en el depósito.

Durante los minutos que tomó llenar el tanque, tanto Sydney como Sabrina permanecieron en absoluto silencio dentro de la cabina. Ninguna de las dos hizo movimientos bruscos ni se acomodó la gorra. Aplicaron con maestría la disciplina y el camuflaje que habían pulido durante meses: actuar como personas ordinarias, pasando completamente desapercibidas ante los ojos del mundo humano.

Cuando el despachador terminó, Sydney le extendió un billete de alta denominación por la rendija de la ventana.

—Quédese con el cambio. Gracias —dijo en primera persona, subiendo el cristal de inmediato antes de que el hombre pudiera reaccionar.

Arrancó la camioneta con suavidad y volvió a incorporarse a la carretera oscura. Solo cuando la gasolinera quedó a varios cientos de metros atrás y la penumbra volvió a envolver el vehículo, las dos relajaron la postura.

Sabrina dejó salir un largo suspiro de alivio, quitándose la gorra por un momento para sacudirse el cabello rubio y perfecto.

—Sabrina lo hizo muy bien sin hablar —presumió la diminuta cantante, volviendo de inmediato a la forma de expresarse de su mente canina—. Y Sydney habló en primera persona justo como las humanas normales. Nadie se dio cuenta de que Sydney Sweeney le estaba dando dinero a un empleado de gasolinera.

—Sydney es muy lista —sonrió la actriz, acariciando el volante con elegancia—. Sydney aprendió a actuar viendo la televisión y usando las memorias de este cuerpo. Nadie nos va a detener. La carne de estos dos cuerpos es famosa, pero la mente de Moly es más astuta.

Sabrina miró de nuevo la pantalla del GPS, calculando la distancia restante.

—El mapa dice que si Sydney sigue manejando a esta velocidad sin parar, mañana por la tarde estaremos llegando a la zona donde está la casa de Marcos —anunció Sabrina con emoción contenida—. Sabrina siente mariposas en la vagina de solo pensar en volver a verlo.

—A Sydney le pasa lo mismo en la vagina de Sydney —admitió la rubia del volante, dejando escapar una risita raspada—. Ha pasado un año y medio desde que el pulso nos separó de él. Pasamos mucho tiempo siendo un animal asustado, y luego pasamos meses siendo dos mujeres desnudas explorándose en un penthouse. Pero la ruta ya casi termina.

—Sabrina quiere saber cómo estará la casa —reflexionó la cantante en voz baja—. Sabrina se acuerda de la madre de Marcos, Elena, y de sus hermanas Sofía y Valeria. Ellas siempre regañaban a Moly cuando tiraba la comida o cuando se subía a los sillones. Si ellas están ahí... Sabrina y Sydney no les van a dejar que nos traten mal. Ahora tenemos dos cuerpos de mujeres hermosas y mucho dinero.

—Si ellas están ahí, Sydney usará la voz de Sydney para hacerse respetar —afirmó la actriz con rotundidad—. Pero lo más importante es encontrar a Marcos. Si él no está en la casa, le preguntaremos a su familia a dónde se fue. No nos iremos de esa provincia hasta tener a Marcos entre las piernas de Sabrina y entre las piernas de Sydney.

Sabrina soltó una última risita encantadora, acomodándose de nuevo en el asiento y apoyando la cabeza contra la ventanilla mientras contemplaba las estrellas que titilaban en el cielo nocturno sobre la carretera.

—Sabrina va a descansar un poco los ojos para estar despierta cuando Sydney necesite ayuda con el mapa —dijo la pequeña celebridad, cerrando los ojos lentamente—. Moly ya no tiene patas cortas ni pelo rizado blanco, pero Moly ya casi llega a casa, Sydney.

—Sydney seguirá manejando toda la noche —respondió la imponente rubia, manteniendo la vista fija en la línea blanca del asfalto que se extendía hacia el horizonte—. Sydney no tiene sueño. Sydney solo tiene ganas de llegar.

La camioneta SUV negra continuó su marcha solitaria a través de la noche, rugiendo con fuerza constante sobre la carretera desierta. Dentro, resguardadas por los vidrios oscuros y el anonimato de la carretera, las dos mitades de la Poodle blanca avanzaban hacia su destino final, listas para cruzar la provincia y encarar el reencuentro que cambiaría para siempre la vida de Marcos y de todos los que habitaban en aquella casa.

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