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Cap 11

Chapter 11 by K45

Sydney y Sabrina terminaron de beber sus respectivos vasos de agua, dejando los recipientes de plástico sobre la mesa de centro con un chasquido sordo. La pequeña cantante se acomodó sobre los tobillos, ajustando su postura con la elegancia impecable que la carne de Sabrina Carpenter le otorgaba por inercia. Sus ojos azules, brillantes y desbordantes de una extraña lucidez, se fijaron en la figura de Roxana, quien en ese momento intentaba lamer las últimas gotas de agua del fondo de su vaso plástico, usando la lengua de manera tosca y haciendo ruidos desordenados con la garganta.

La Poodle dividida observó la escena con una mezcla de crítica analítica y compasión canina. Sydney se incorporó suavemente sobre sus rodillas, dejando que la masa carnosa y perfecta de sus pechos se balanceara levemente al erguir la espalda. La actriz pasó una mano de manicura perfecta por la mejilla de Roxana, obligándola a levantar el rostro de veintiún años.

—Roxana es muy tosca todavía —declaró Sydney con su voz profunda, rasposa y sensual, hablando en tercera persona para referirse a la mente que compartía con Sabrina—. Roxana camina en cuatro patas sobre la alfombra, come sin usar las manos y solo sabe soltar chillidos cuando siente placer. Pero no es su culpa. Ella cayó en este empaque sin la ayuda de nadie y nadie le enseñó a usar el cerebro de los humanos.

Sabrina asintió con vehemencia, gateando unos centímetros sobre el tapete hasta quedar al otro lado de la chica Labrador. La diminuta cantante le tomó las manos a Roxana, abriendo sus dedos largos y acariciando las palmas con delicadeza.

—Sydney y Sabrina tuvieron suerte —explicó la voz dulce y afinada de Sabrina Carpenter, girándose un segundo hacia mi cuerpo alto de Valeria—. Nosotras caímos en los cuerpos de dos celebridades que tenían mucha información grabada en la carne. Tenían videos, canciones, memorias de cómo caminar, cómo hablar, cómo cantar y cómo comportarse frente a la gente. Al principio fuimos torpes, pero cuando nos juntamos y tuvimos sexo por meses, la memoria corporal de Sydney y Sabrina nos enseñó todo. Aprendimos a pensar como humanas superiores.

—¿Y qué sugieren que hagamos con ella? —preguntó Janeth desde el sillón, reclinándose con la soltura de la carne madura de Elena y encendiendo un cigarrillo delgado cuya columna de humo azulado empezó a elevarse en la penumbra de la sala—. La muchacha lleva meses actuando como un animal atropellado. Hugo la cuida como si fuera su juguete y Valeria la deja andar desnuda por toda la casa. No creo que a su cabeza le entre mucha ciencia a estas alturas.

—Janeth se equivoca —intervino Sydney con una firmeza helada, clavando sus ojos celestes en la cara de mi madre—. El cerebro de esta mujer llamada Roxana es un cerebro humano completo, grande y con mucha capacidad. Lo único que pasa es que la mente de la perrita Labrador que vive adentro está dominando la carne sin ningún tipo de filtro. Pero nosotras dos sabemos exactamente cómo funciona ese proceso. Nosotras ya pasamos por ahí.

Sabrina sonrió con una dulzura inquietante, pasando sus dedos delgados por los labios carnosos de Roxana, quien se quedó completamente quieta, fascinada por el tacto y el aroma a perfume caro que emanaba de la cantante.

—Sydney y Sabrina harán que Roxana deje de ser torpe —anunció Sabrina con una convicción absoluta, mirando a Janeth, a Hugo y finalmente a mi cuerpo de Valeria—. Nosotras nos vamos a encargar de educarla. Harán que ella sea como ellas. No se preocupen por nada. En unos días, Roxana va a aprender a caminar erguida como una dama, va a aprender a usar la boca para hablar con palabras fluidas y completas, va a aprender a vestir la ropa de la novia muerta con elegancia y sabrá cómo usar su vagina para darle el mejor placer a Marcos sin actuar como un perro salvaje.

Hugo, recostado a mi lado con la figura delgada de Sofía, se enderezó de golpe sobre la alfombra, mirando a las dos rubias con una mezcla de escepticismo y esperanza en sus ojos de diecinueve años.

—¿De verdad pueden hacer eso? —preguntó Hugo usando la voz agudísima de mi hermana menor, pasándose las manos por el cabello—. Yo he intentado enseñarle cosas básicas a Roxy durante este año y medio, pero lo único que logré fue que entendiera órdenes sencillas como 'ven', 'siéntate' o que se dejara tocar cuando tenemos ganas. Si ustedes logran que hable como una persona normal... sería un milagro.

—No es un milagro, es entrenamiento de memoria corporal —corrigió Sydney Sweeney con suficiencia, irguiendo el torso y dejando que la penumbra de la sala resaltara la nitidez de su silueta desnuda—. El cuerpo humano guarda recuerdos en los músculos, en la piel y en los fluidos. La perrita Labrador que habita en Roxana solo necesita una descarga constante de estímulos combinados. Nosotras vamos a usar el sexo, la voz, la repetición y el contacto continuo entre las tres para forzar a su cerebro a absorber la identidad de la mujer que solía ser este empaque.

—Roxana... ¿ser como las güeras? —pronunció la chica Labrador con una lentitud inédita, ladeando la cabeza y mirando los pechos expuestos de Sabrina con una chispa nueva de curiosidad en su mirada desorbitada.

—Así es, hermosa —le susurró Sabrina al oído con esa voz melódica que enloquecía a millones de fanáticos en los escenarios—. Vas a dejar de ser un animal confundido. Vas a ser una mujer hermosa, elegante y perfecta, para que entre las tres podamos cuidar a Marcos como él se lo merece.

Me quedé contemplando la escena desde mi posición de sobre la alfombra, sintiendo el calor de la tarde pegándose a mi piel de Valeria. La idea era fascinante y perturbadora a la vez. Tener en la casa no solo a dos celebridades internacionales que mantenían la lealtad incondicional de mi antigua mascota, sino verlas asumir el rol de instructoras para transformar a la criatura Labrador en una mujer funcional, cambiaba por completo la dinámica de nuestro encierro.

—Si de verdad creen que pueden lograrlo... tienen toda mi autorización —sentencié con la voz grave, madura y profundamente sensual de la hermana mayor, acomodándome de lado sobre el tapete—. Esta semana no hay clases ni trabajo para nadie. La casa está cerrada. Tienen siete días enteros para demostrarme de lo que son capaces con la carne de Roxana.

—Sydney y Sabrina no van a fallar —afirmó la actriz voluptuosa con una sonrisa devota, volviéndose hacia mí—. Marcos verá los resultados muy pronto.

Sin perder un solo segundo, las dos celebridades comenzaron la primera etapa de la transformación. Sabrina se colocó de pie frente a Roxana, extendiendo sus manos pequeñas pero firmes.

—Arriba, Roxana. Habla en primera persona o inténtalo. No te pongas en cuatro patas —ordenó Sabrina con un tono que mezclaba la dulzura de un ama con la autoridad de una cantante acostumbrada a dirigir equipos—. Los humanos caminan sobre dos piernas. La carne de Roxana tiene piernas largas y bonitas. Ponte de pie.

Roxana dudó por un momento. Su instinto canino la impulsaba a agacharse, a apoyar las manos sobre la alfombra para gatear como solía hacerlo. Pero el impacto visual de Sabrina desnuda, parada frente a ella con una postura impecable, ejerció una presión psicológica inmediata. La chica de veintiún años apretó los muslos, flexionó las rodillas y, con un esfuerzo torpe que hizo temblar sus músculos, se puso completamente de pie, quedando erguida en el centro de la sala.

—¡Eso es! —aplaudió Sydney suavemente desde el suelo, levantándose también para quedar al lado de Roxana—. Ahora mira cómo se para Sydney. Hombros atrás, el pecho afuera, la espalda recta. Tu vagina no tiene que estar escondida; tiene que estar expuesta con orgullo.

Sydney tomó a Roxana por los hombros, ajustándole la postura con las manos. La presión de los pechos prominentes de la actriz contra la espalda de la chica Labrador le hizo soltar un gemido ahogado de excitación, pero Sydney no la dejó caer. Mantuvo sus dedos firmes en la cintura de la chica, obligándola a sostener el peso de su propio cuerpo erguido.

—Ahora la voz —instó Sabrina, dando un paso hacia adelante y pegando su rostro perfecto a centímetros de la cara de Roxana—. No digas 'Roxana quiere'. Di: 'Yo quiero'. Repítelo conmigo, Roxana. 'Yo'.

La chica de veintiún años parpadeó con fuerza. Se notaba el conflicto interno en sus ojos: la mente simple del animal luchando por procesar las estructuras gramaticales que la garganta humana intentaba emitir.

—R-Roxana... —intentó decir la joven.

—No. 'Yo' —corrigió Sabrina con paciencia infinita, acercando sus labios carnosos a los de Roxana hasta rosarlos—. 'Yo'.

—Y-Yo... —articuló finalmente Roxana con una voz temblorosa, ronca, pero infinitamente más clara que sus chillidos habituales.

Hugo dejó escapar un jadeo de sorpresa desde el suelo, apretando la bata rosa de Sofía contra su pecho.

—¡Increíble! —exclamó Hugo—. ¡Nunca había dicho esa palabra en todo este año y medio!

—Es solo el comienzo —sonrió Sydney Sweeney con suficiencia—. La mente canina aprende rápido cuando el estímulo es el placer. Ahora viene la parte de la integración corporal.

Sydney se deslizó por detrás de Roxana, rodeándole el torso con sus brazos voluptuosos y pegando su cuerpo escultural contra la espalda de la chica. Las manos de la famosa actriz bajaron lentamente por el abdomen de Roxana, deslizándose entre sus muslos atérmicos hasta tocar la entrepierna húmeda que todavía conservaba los rastros del encuentro previo.

Roxana echó la cabeza hacia atrás, apoyándose en el hombro de Sydney y soltando un suspiro tembloroso.

—Siente la carne, Roxana —le susurró Sydney al oído con su voz profunda y rasposa—. Esta vagina que tienes no es de un perro. Es la vagina de una mujer humana hermosa llamada Roxana. Y cuando la usas, tienes que sentirla como una mujer. Sabrina te va a enseñar cómo se recibe el placer de verdad.

Sabrina Carpenter se arrodilló entre las piernas erguidas de Roxana. La diminuta celebridad levantó la vista, fijando sus ojos celestes en la cara de la chica mientras sus manos separaban los labios femeninos de Roxana con una delicadeza absoluta. La cantante inclinó la cabeza y comenzó a lamer el clítoris de la chica con una técnica pausada, rítmica y profundamente sensual, totalmente alejada de las lameduras desesperadas que la criatura solía darse a sí misma.

Roxana intentó doblar las rodillas para caer al suelo, abrumada por la intensidad de la sensación, pero Sydney la sostuvo con fuerza desde atrás, manteniendo sus pechos firmes apretados contra la espalda de la chica y sujetándole las caderas con firmeza.

—Quédate de pie —le ordenó Sydney con voz suave pero imperiosa—. Una mujer recibe el placer mirando de frente. Dilo, Roxana. Dilo mientras Sabrina te lame. 'Yo siento rico'.

La chica de veintiún años apretó los dientes, contorsionando la pelvis contra la boca de la cantante mientras las lágrimas de excitación se le acumulaban en las pestañas.

—¡Y-Yo...! ¡Yo siento rico! —gritó Roxana con una entonación humana casi perfecta, la voz profunda de la novia muerta resonando en la sala con una claridad que nos dejó a todos sin aliento.

Janeth soltó una gran bocanada de humo por la boca, mirando la escena con una ceja levantada y una sonrisa de incredulidad en el rostro maduro de mi madre.

—Madre santísima... —murmuró Janeth—. Estas dos güeras no son ninguna pendejas. Le están reprogramando el cerebro a punta de orgasmos bien dirigidos. Si siguen así, para el viernes esta chamaca va a estar recitando poesía mientras les sirve el café.

—No es poesía, Janeth —le respondí yo con la voz grave y elegante de Valeria, acomodándome los rizos sobre la espalda mientras observaba el entrenamiento con fascinación pura—. Es el instinto de adaptación llevado a su máxima expresión. Moly siempre fue una perrita muy inteligente. Ahora que tiene dos cerebros humanos de primer nivel, está usando esa inteligencia para modelar a su antojo a la otra mascota de la casa.

El ejercicio continuó durante casi una hora en medio del calor del salón. Sydney y Sabrina se turnaban: mientras una sostenía la postura erguida de Roxana y le susurraba frases cortas en primera persona, la otra usaba su boca, sus dedos o sus pechos para estimular la entrepierna de la chica cada vez que articulaba correctamente una palabra o mantenía la compostura de una mujer educada.

Poco a poco, el comportamiento simiesco y torpe de Roxana comenzó a ceder. La respiración jadeante de animal fue reemplazada por gemidos femeninos modulados; la postura encorvada se transformó en una línea recta y elegante; y la mirada desorbitada fue adquiriendo un brillo de conciencia humana, como si los recuerdos dormidos de la antigua novia de Hugo estuvieran emergiendo desde lo profundo de la carne, catalizados por la guía experta de la Poodle dividida.

Cuando Sabrina finalmente la llevó al orgasmo mediante una succión continua en su clítoris, Roxana no cayó al suelo ni soltó ladridos. Se mantuvo de pie, apoyada contra el cuerpo de Sydney, cerrando los ojos y dejando escapar un gemido largo, agudo y melódico, exactamente igual al de cualquier mujer joven alcanzando el éxtasis pleno.

Sabrina se puso de pie, limpiándose la barbilla húmeda con el dorso de su mano pequeña, y miró a Roxana con una sonrisa de satisfacción profesional.

—¿Cómo te sientes? —le preguntó Sabrina directamente, usando una entonación pausada.

Roxana abrió los ojos lentamente. Miró a Sabrina, luego miró a Sydney, y finalmente giró la cabeza para fijar sus ojos en mi cuerpo alto de Valeria. Su rostro, golpeado por el sudor y la excitación, reflejaba una serenidad inédita.

—Yo... yo me siento muy bien... Marcos —articuló Roxana con la voz ronca pero perfectamente estructurada de la difunta novia, formando una frase completa sin un solo error canino.

Hugo se llevó las manos a la boca, soltando un sollozo ahogado de pura emoción al escuchar a la figura de su exnovia hablar con esa claridad tras un año y medio de tinieblas mentales.

Sydney Sweeney me miró desde el centro de la sala, acariciando la espalda erguida de la chica reprogramada, con una chispa de orgullo en sus ojos de estrella de cine.

—Sydney y Sabrina se lo dijeron a Marcos —declaró la voluptuosa rubia con su voz profunda y seductora—. No había de qué preocuparse. Nosotras sabemos cómo domar la carne humana. Para cuando termine esta semana sin clases, Roxana será una mujer completa, educada y lista para entregarse a Marcos junto con nosotras.

Me recliné contra la pared del salón, contemplando el grupo de mujeres desnudas que llenaba mi casa. La transformación apenas comenzaba, y el encierro de esos siete días prometía remodelar para siempre la vida de todos los que habitábamos bajo este techo.

Cinco días transcurrieron dentro de los muros de la casa como si el tiempo exterior hubiera quedado completamente congelado. Cinco días de encierro absoluto, al abrigo del aire sofocante que seguía dominando la provincia y protegidos por las cortinas gruesas que impedían cualquier mirada curiosa desde la calle. Lo que comenzó como un experimento audaz de la mente dividida de Moly se transformó, con el paso de las horas, en una reestructuración mental y física sin precedentes sobre la carne de Roxana.

La combinación de la disciplina metódica de Sydney Sweeney y la paciencia sutil de Sabrina Carpenter hizo estragos en el cerebro de la perrita Labrador. A través de un entrenamiento continuo que mezclaba estimulación erótica de alta intensidad, repetición de patrones de lenguaje, lectura guiada en tabletas digitales y la absorción de la vasta memoria muscular que el cuerpo de la difunta novia de Hugo conservaba en sus células, el milagro se consumó.

Para el sábado por la mañana, la transformación de Roxana era total.

La criatura torpe que solía gatear por el piso, soltar ladridos ahogados y babear sobre la alfombra había desaparecido por completo. En su lugar se erguía una mujer de veintiún años de una prestancia imponente, cuya silueta voluptuosa se movía ahora con una gracia fluida y calculada. Su postura era Erguida, sus gestos eran refinados y su mirada desbordaba una inteligencia despierta, matizada por esa misma doble conciencia que caracterizaba a las dos celebridades rubias.

En la intimidad de la casa, entre nosotras, Roxana adoptó con absoluta naturalidad la particular forma de comunicarse de la Poodle: se refería a sí misma en tercera persona, reflejando la perspectiva de la mente canina que habitaba el empaque humano. Sin embargo, cuando se ensayaban situaciones con presencia de extraños o personas desconocidas, la chica conmutaba al instante su registro a un uso impecable de la primera persona, expresándose de manera fluida, articulada y refinada, sin dejar entrever la menor grieta por donde alguien pudiera sospechar su verdadera naturaleza.

Además, la cantidad de información sobre el mundo que Roxana había asimilado en esos cinco días era asombrosa. Con la guía de Sydney y Sabrina, había devorado datos sobre geografía, economía, manejo de redes, leyes de propiedad corporal y protocolo social. Ya no solo sabía usar los cubiertos de mesa o el baño de humanos con pulcritud; entendía el valor del dinero, el funcionamiento de los vehículos, la etiqueta de la alta sociedad y cómo emplear la impresionante belleza de su figura para influir en los demás.

El sábado al mediodía, las seis nos encontrábamos reunidas en la sala. El calor seguía apretando, por lo que la ropa volvía a ser opcional o reducida a la mínima expresión. Yo descansaba sobre el sofá principal, luciendo la imponente y madura anatomía de Valeria de veintidós años, vestida únicamente con una bata de seda ligera entreabierta. A mi lado, Hugo —en el delicado empaque de Sofía— observaba a su exnovia con unos ojos de par en par, incapaz de salir de su asombro. Janeth, desde el sillón individual, fumaba con la soltura madura de Elena, mientras Sydney y Sabrina permanecían sentadas sobre la alfombra, contemplando a su 'alumna' con un orgullo evidente.

Roxana caminaba despacio por el centro de la estancia. Llevaba puesto un conjunto de lencería de encaje negro que acentuaba sus caderas anchas, su cintura breve y sus pechos turgentes. Llevaba en las manos una bandeja de cristal con copas de jugo helado, balanceándola con un pulso perfecto que jamás habría imaginado en ella una semana atrás.

Se detuvo frente a mí, dobló suavemente las rodillas y me ofreció una copa con una inclinación elegante de la cabeza.

—Roxana le trae su bebida a Marcos —dijo la chica con una voz profunda, terciopelada y grave, hablando en tercera persona al estar únicamente en la intimidad del grupo—. Roxana preparó el jugo con mucho hielo, como a Marcos le gusta. Roxana aprendió que la temperatura de la fruta resalta el sabor si se sirve a cinco grados.

Tomé la copa de cristal de sus manos, rozando sus dedos suaves y cuidados. No pude evitar sonreír con la boca melódica y sensual de mi hermana mayor.

—Muchas gracias, Roxana —le respondí, mirándola de arriba abajo con fascinación—. Te ves increíble.

Hugo se inclinó hacia adelante, acomodándose la bata rosa de Sofía, y decidió ponerla a prueba con la duda que llevaba rondándole la cabeza toda la mañana.

—Oye, Roxy... —intervino Hugo usando la voz agudísima de diecinueve años—. Si salieras ahora mismo a la calle y un policía o un vecino te hablara para preguntarte quién eres o qué estás haciendo aquí, ¿qué le dirías?

Roxana no se inmutó. Giró sobre sus talones con una soltura de pasarela, clavó sus ojos oscuros en Hugo y, en cuestión de un segundo, la calidez de su mirada canina se transformó en una distancia elegante y humana. Su postura se volvió aún más erguida, y al abrir la boca, abandonó por completo la tercera persona para responder en un tono neutro, educado y tajante:

—Le diría que soy la prometida de la casa, que me encuentro disfrutando de un descanso privado junto a mi familia y que cualquier asunto legal o de identificación pueden tratarlo directamente con mi abogado —articuló Roxana en primera persona, con una pronunciación perfecta que no dejó el menor margen de duda—. Le recordaría de manera sutil que la Ley de Propiedad Corporal Definitiva protege mi privacidad y le pediría amablemente que despejara la acera para no interrumpir nuestra tranquilidad.

El silencio que siguió a su respuesta fue sepulcral. Janeth dejó escapar una larga bocanada de humo por la boca, soltando una risotada rasposa desde el fondo de su garganta de mujer madura.

—¡A la mierda! —exclamó Janeth, dando una palmada en el brazo del sillón—. ¡No me jodas! Si me cruzo a esta mujer en la calle con esa cara y hablando así, le pido perdón por respirar el mismo aire. ¡Estas dos güeras son unas brujas de la manipulación!

Sabrina soltó una risita afinada y coqueta desde la alfombra, recostándose sobre el regazo de Sydney Sweeney.

—Sabrina se lo dijo a Janeth —comentó la pequeña cantante, volviendo a la forma de expresarse de la Poodle—. Sabrina y Sydney sabían que el cerebro de Roxana solo estaba dormido. El cuerpo de Roxana tenía muchos recuerdos de cuando era la novia de Hugo: sabía cómo hablar, cómo vestirse y cómo comportarse como una chica rica. Solo necesitábamos limpiar el polvo de la mente del perro y enseñarle a usar la primera persona cuando haya humanos extraños cerca.

—Y Roxana aprende muy rápido —agregó Sydney con su tono profundo y rasposo, pasando su mano de celebridad por los muslos de la chica transformada—. Ahora Roxana sabe mucho sobre el mundo. Roxana sabe cuántas provincias hay, sabe cómo se usa el dinero de las cuentas bancarias, sabe qué es el internet y sabe cómo funcionan los autos. Roxana ya no es un animal torpe.

Roxana sonrió con una mezcla de picardía y devoción, dejándose caer de rodillas sobre la alfombra frente a mi sofá, apoyando las manos sobre mis muslos de Valeria.

—Roxana aprendió todo esto para serle útil a Marcos —murmuró la chica, volviendo al tono íntimo de tercera persona—. Roxana ya no quiere ser un estorbo que solo sabe pedir comida. Ahora Roxana, Sydney y Sabrina somos tres mujeres completas, hermosas e inteligentes. Las tres podemos cuidar a Marcos, las tres podemos hacer compras, manejar la camioneta o defendernos si alguien viene a molestar a esta casa.

Me pasé una mano por el cuello, sintiendo el calor de la sala mezclarse con el impacto emocional de lo que estaba presenciando. Apenas una semana atrás, mi vida en esta casa era un caos de identidades cruzadas y secretos vergonzosos. Mi antiguo cuerpo de hombre se había ido para siempre, rechazando nuestra realidad. Pero en su lugar, el destino había reunido bajo este techo una fuerza impresionante: la experiencia madura de Janeth en la carne de mi madre, la juventud de Hugo en la figura de Sofía, la belleza deslumbrante de mi propio cuerpo de Valeria, y ahora, tres mujeres excepcionales —dos celebridades mundiales y la renovada Roxana— unidas por la mente de dos mascotas cuya lealtad hacia mi persona superaba cualquier barrera biológica o social.

Hugo se deslizó de la cama hacia la alfombra, quedando frente a Roxana. La miró a los ojos, tomando sus manos delicadas.

—Se siente tan raro... —confesó Hugo con la voz quebrada de mi hermana menor—. Ver la carne de mi exnovia, saber que la mente adentro es la de la perrita Labrador, pero escucharla hablar con la elegancia de una reina... Es maravilloso y aterrador a la vez.

—No hay nada que temer, Hugo —respondió Roxana, usando la primera persona para dirigirse a él con un matiz de compasión humana—. Aunque mi origen sea la mente de un animal que tú acogiste, este cuerpo ahora comprende el dolor de la pérdida que sufriste. Respeto la memoria de la mujer que habitó este empaque antes que yo, y por eso mismo honraré esta carne manteniéndome hermosa, inteligente y fuerte para todos ustedes.

Hugo no aguantó la emoción y la abrazó por el cuello, pegando el rostro de Sofía contra el hombro turgente de Roxana, quien le correspondió el gesto con una abrazos firme, maduro y contenedor, demostrando que su capacidad afectiva había alcanzado un nivel de madurez insospechado.

Sydney y Sabrina se pusieron de pie, acercándose al sofá donde yo estaba sentada. Las dos rubias se despojaron de la poca ropa que llevaban, quedando desnudas a la luz que entraba por el ventanal, mostrando sus figuras perfectas que volvían loco a medio planeta. Roxana las imitó al instante, desabrochándose el conjunto de encaje negro sin el menor pudor, exponiendo su cuerpo escultural de veintiún años.

—La semana de entrenamiento terminó —anunció Sydney Sweeney con su voz sensual y rasposa, fijando sus ojos celestes en los míos—. Roxana ya es como Sydney y Sabrina. Ahora nos toca cumplir la promesa completa a Marcos.

—Así es —asintió Sabrina Carpenter, arrodillándose entre mis piernas largas de Valeria mientras sus manos pequeñas comenzaban a acariciarme los tobillos—. Ya no hay torpeza, ya no hay confusión. Ahora Marcos tiene a tres mujeres perfectas a sus pies, listas para usar sus pechos, sus lenguas y sus vaginas para hacerte feliz todos los días de esta nueva vida.

Roxana se colocó al otro lado del sofá, pasándole una mano suave por la mejilla a mi cuerpo de hermana mayor.

—Roxana quiere darle las gracias a Marcos por no abandonarla cuando era torpe —susurró la chica en tercera persona, deslizando sus labios carnosos por mi cuello hasta alcanzar mi oreja—. Ahora Roxana sabe cómo usar la boca para dar placer de verdad. Roxana sabe cómo mover la cadera para que Marcos grite de éxtasis.

El ambiente de la sala volvió a cargarse con una tensión erótica densa, pesada por el calor del mediodía y por la entrega absoluta de las tres mujeres. Janeth se acomodó en el sillón con una sonrisa cínica, disfrutando el espectáculo, mientras Hugo se unía al grupo desde el suelo, frotándose contra las piernas de Roxana.

Desabroché el cinturón de mi bata de seda, dejando que la tela se abriera por completo para exponer mi cuerpo alto, blanco y exuberante de Valeria. Mi entrepierna ya estaba goteando de excitación, respondiendo a la presencia conjunta de las tres.

—Demuéstrenme esa inteligencia de la que tanto presumen... —ordené con la voz grave, madura y profundamente seductora de la hermana mayor, echando la cabeza hacia atrás sobre el respaldo del sofá.

Sabrina fue la primera en actuar. Con una técnica impecable que mezclaba la devoción canina con la maestría humana que había perfeccionado en los hoteles, se enterró entre mis muslos abiertos, usando su lengua afinada para trazar círculos lentos y precisos sobre mi clítoris. El choque de la calidez de su boca contra mi carne me hizo soltar un gemido agudo que resonó en el techo de la casa.

Sydney se acomodó sobre mi torso, pegando sus pechos colosales y firmes contra los míos. La estrella de cine me tomó el rostro con sus manos de manicura pulida, sellando mis labios en un beso profundo, hambriento y cargado de saliva dulce, mientras movía la cadera rítmicamente sobre mi vientre plano.

Roxana, demostrando el éxito absoluto de su entrenamiento, se colocó a mi costado derecho. No se precipitó ni actuó con desesperación; usó sus manos largas para masajearme los pechos con una firmeza perfecta, mientras bajaba su cabeza de veintiún años hacia mi cuello, repartiendo besos constantes que me hacían vibrar la piel.

—¿Así le gusta a Marcos...? —murmuró Roxana entre beso y beso, manteniendo una entonación perfecta, sensual y madura—. Roxana aprendió a tocar el cuerpo de Valeria justo donde a Marcos le da escalofríos.

—A-Ahhh... sí, Roxana... así... —logré articular entre el beso de Sydney y la succión implacable de Sabrina en mi entrepierna.

La sala se transformó de nuevo en un santuario de placer y fusión de identidades. La Poodle dividida en dos celebridades y la Labrador convertida en una dama de sociedad trabajaban en perfecta sincronía sobre mi cuerpo de hermana mayor. No había choques, no había torpezas ni celos; era un mecanismo perfecto de tres anatomías deslumbrantes dedicadas exclusivamente a llevarme al límite del éxtasis.

Janeth y Hugo se sumaron a la marea de pieles sudadas, uniendo sus cuerpos al grupo en una orgía fluida donde el calor de la provincia parecía derretir los últimos vestigios de la sociedad tradicional.

Mientras sentía el clímax aproximarse con una fuerza arrolladora, impulsado por la combinación de las tres bocas y las tres vaginas que me rodeaban, entendí que el mundo exterior podía seguir su curso caótico. Las clases volverían algún día, la gente seguiría intentando comprender El Gran Cambio y las noticias seguirían especulando sobre la desaparición de dos estrellas de Hollywood. Pero dentro de esta casa, la realidad había quedado reescrita para siempre. Tres mascotas hechas mujeres, una prostituta en la carne de mi madre y mi amigo en el empaque de mi hermana menor formaban ahora mi verdadera familia, unida por el deseo, la inteligencia y una fidelidad que nada en este planeta podría volver a romper.

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