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Cap 7

Chapter 7 by K45

El calor acumulado en el dormitorio parecía espesarse con cada movimiento sobre el colchón. La lengua de Roxana continuaba trabajando sobre mi entrepierna de Valeria con una destreza que bordeaba la perfección técnica. La memoria muscular integrada en la anatomía de la chica de veintiún años guiaba sus movimientos con una cadencia hipnótica: pasadas largas y firmes desde la base del perineo hasta la cima del clítoris, alternadas con pequeños toques rápidos de la punta que me hacían ondular las caderas de manera involuntaria.

A mi lado, Sofía —Hugo en la figura menuda de mi hermana menor— se había inclinado por completo hacia adelante. Sus pechos pequeños de diecinueve años rozaban la mejilla de Roxana mientras esta mantenía el rostro sepultado entre mis muslos. Hugo dejó salir un gemido agudo con la voz de Sofía al sentir cómo las manos de la novia buscaban a ciegas su cintura, enterrando los dedos en sus caderas para pegarla más a su cuerpo.

—Eso es, Roxy... así, déjala bien húmeda —murmuró la voz agudísima de mi hermana menor, con la respiración entrecortada mientras acariciaba el cabello negro y sedoso del cuerpo de la novia—. Haz que Valeria grite como la perra que es.

La estimulación constante sobre mi clítoris de Valeria comenzó a generar una ola de calor que se extendió desde el vientre hasta la punta de mis pies. Pasé mis dedos largos por el cuero cabelludo de Roxana, apretando su cabeza contra mi entrepierna sin la menor delicadeza. El cuerpo de mi hermana mayor reaccionaba con una sensibilidad abrumadora; cada lambetada de la criatura enviaba descargas eléctricas directamente a mi columna vertebral.

—¡Ahhh... sí, Roxy! —gemí, dejando que la voz profunda y melódica de Valeria sonara desinhibida en la habitación—. Sigue ahí... no te detengas, mierda...

Roxana no se detuvo. Al contrario, al sentir la presión de mi mano sobre su cabeza y escuchar los gemidos que salían de mi boca, la criatura intensificó el ritmo con una voracidad animal. Introdujo la punta de su lengua dentro de mi cavidad vaginal, absorbiendo los jugos que chorreaban continuamente, para luego volver a concentrarse en el botón inflamado. El sonido hondo y líquido de su boca trabajando entre mis piernas llenó el espacio por completo.

Hugo no se quedó como un espectador pasivo. Acomodó su cuerpo de Sofía detrás de Roxana, pegando su entrepierna desnuda contra las nalgas canela del cuerpo de veintiún años. Con una mano, Hugo abrió los labios de la vagina de Roxana —que aún conservaba la humedad del orgasmo anterior— y comenzó a introducir dos dedos con un ritmo frenético y descarado.

Roxana soltó un gemido sordo contra mi piel, un alarido sofocado que hizo vibrar su garganta directamente sobre mi clítoris. Esa doble estimulación —ella dándome placer a mí mientras Sofía le penetraba la carne por detrás— terminó por romper las últimas barreras de mi resistencia.

—¡Me voy a correr! —advertí con la voz de Valeria, arqueando la columna hasta despegar la cintura de la cama.

Mis muslos largos se tensaron como resortes, aprisionando la cabeza de Roxana entre mis piernas. El orgasmo me golpeó con una fuerza aplastante. Mi vagina de veintidós años comenzó a contraerse en una serie de espasmos violentos y continuos, liberando un flujo abundante de lubricación tibia que bañó la cara, la nariz y los labios de la novia. Solté un grito prolongado y agudo que retumbó en las paredes de madera, mientras mi vientre temblaba de forma incontrolable.

Roxana no se retiró; al contrario, continuó lamiendo y tragando con desesperación cada gota que mi cuerpo segregaba, hasta que los espasmos comenzaron a ceder y mi anatomía colapsó sobre las sábanas, completamente exhausta y sin fuerzas.

Casi al mismo tiempo, Hugo aceleró el movimiento de sus dedos dentro de Roxana. La criatura, abrumada por el sabor de mi flujo y la intrusión profunda en su vientre, soltó un alarido agudo con la voz sensual de la difunta novia. Su cuerpo canela se sacudió en un último colapso orgásmico, dejando caer los hombros sobre mis muslos mientras su cavidad se apretaba salvajemente sobre la mano de Sofía.

Hugo dejó salir un suspiro femenino y agudo, dejando caer la cabeza sobre la espalda de Roxana, respirando a bocanadas.

Durante varios minutos, lo único que se escuchó en el cuarto fue el sonido de tres respiraciones agitadas buscando recuperar el aliento en medio del aire viciado de la tarde.

El silencio posterior fue denso y pacífico. Poco a poco, el ritmo cardíaco de las tres anatomías fue volviendo a la normalidad. Me dejé llevar por la sensación de letargo que sigue al placer extremo, disfrutando del peso tibio de Roxana recostada entre mis piernas y de la presencia de Sofía a nuestro lado.

Roxana fue la primera en levantarse despacio. Pasó la mano por su rostro, limpiándose los rastros de mi lubricación con el dorso del brazo, y nos miró a las dos con una expresión de satisfacción ciega en sus ojos negros.

—¿Roxana lo hizo bien, Valeria? —preguntó con su voz profunda y ronca, ladeando la cabeza con esa inocencia grotesca que contrastaba con la escena que acababa de protagonizar.

—Lo hiciste perfecto, Roxy —contestó la voz hermosa de Valeria desde mi garganta, acariciándole la mejilla con ternura—. Eres una niña muy obediente.

Roxana sonrió complacida y se acomodó a un costado de la cama, acurrucándose como un animal confiado. Hugo rodó sobre su espalda, dejando que la bata rosa de seda cayera del todo al suelo, y se estiró cuan largo era el cuerpo de dievinueve años de mi hermana menor.

—Carajo... estoy molida —murmuró Hugo usando la voz agudísima de Sofía—. Definitivamente la energía que tiene el cuerpo de tu hermana es distinta, pero cuando te corres tan seguido sientes como si los huesos se te volvieran de agua.

—Es el peso de la carne —comenté, cerrando los ojos y sintiendo la tersura de las sábanas contra mi piel desnuda—. Pero no me quejo. Es mil veces mejor estar aquí echadas descansando que estar amargadas como mi antiguo cuerpo de hombre.

—Ni me lo recuerdes —soltó Hugo con una risita dulce—. Tu antiguo empaque masculino debe estar a mitad de su turno en el centro de llamadas, aguantando a clientes neuróticos por teléfono mientras nosotras nos pasamos la tarde desnudas en la cama.

Nos quedamos en un reposo profundo durante casi una hora. La penumbra de la habitación se fue volviendo más dorada a medida que el sol descendía en el horizonte. Roxana cayó en un sueño ligero, soltando pequeños suspiros tranquilos de vez en cuando, mientras Hugo y yo intercambiábamos comentarios ocasionales en voz baja sobre la ropa que pediríamos por internet o sobre los chismes del vecindario. La paz que se respiraba en el dormitorio era absoluta, una calma cimentada en la aceptación total de nuestra nueva realidad.

De pronto, el sonido de la voz de nuestra madre resonó desde el piso inferior, rompiendo el aislamiento de la planta alta.

—¡Niñas! ¡Ya está la comida! —gritó Elena desde la cocina, con esa voz refinada, clara y potente que siempre la había caracterizado, pero que ahora llevaba una soltura diferente—. ¡Bajen a comer antes de que se enfríe, o se lo echo al perro de la calle!

El llamado nos hizo reaccionar a las tres. Hugo abrió los ojos claros de Sofía y se incorporó en la cama con un bostezo agudo que dejó ver su pequeña lengua rosada.

—Uff... justo a tiempo —dijo Hugo, pasándose las manos por el abdomen plano de mi hermana menor—. Tengo un hambre de demonios. Tanto ajetreo me dejó el estómago completamente vacío.

—Yo también tengo hambre —asentí, incorporándome sobre la cama y sintiendo la ligera rigidez en los músculos de mis piernas de Valeria—. Roxana, despierte. Vamos a bajar a comer.

Roxana abrió los ojos negros al instante, parpadeando con rapidez al escuchar la palabra "comer". La criatura se sentó de golpe en el colchón, mirando a Hugo con una expectación luminosa.

—¿Comida? —preguntó la voz sensual de la novia con un entusiasmo infantil—. ¿Elena hizo carne?

—Seguro que sí, mi amor —le respondió Hugo con cariño, dándole una palmadita en la mejilla—. Pero primero tenemos que vestirnos un poco. No podemos bajar así a la cocina.

Nos levantamos del colchón. La superficie de la cama había quedado hecha un desastre, manchada y arrugada, pero no nos importó en lo más mínimo. Fui hacia el armario de mi hermana mayor y saqué ropa cómoda para la casa. Me puse una bata larga de franela suave de color azul marino que me cubría hasta las rodillas, abrochándola bien por el frente. Hugo recogió su bata rosa de seda, acomodándosela sobre el cuerpo menudo de Sofía.

Para Roxana, recogí su vestido rojo del suelo. Estaba un poco arrugado, pero intacto. La ayudé a pasárselo por la cabeza y a ajustárselo sobre sus curvas voluptuosas de veintiún años. La criatura se dejó vestir con una docilidad absoluta, sonriendo cada vez que mis manos rozaban su piel de canela.

Una vez listas, salimos de la habitación y comenzamos a bajar las escaleras de madera. El olor que subía desde la planta baja era delicioso: un aroma denso a guisado casero, tortillas calientes y especias que hizo que a los tres se nos hiciera agua la boca.

Al llegar a la planta baja, notamos que la sala estaba completamente ordenada. El desorden que Janeth y el fontanero habían dejado horas antes había desaparecido. Los cojines del sofá estaban colocados en su lugar y el aire olía a un desinfectante floral que apenas disimulaba el aroma acre del sexo reciente.

Caminamos hacia el comedor. Ahí estaba Janeth, habitando la majestuosa figura de cuarenta y cuatro años de nuestra madre Elena. Llevaba puesto un vestido de casa holgado de color verde olivo que resaltaba sus caderas anchas y el volumen de sus senos maduros. Tenía el cabello castaño recogido en un moño desenfadado en la nuca y la cara limpia, sin gota de maquillaje, lo que le daba un aire de matrona serena pero imponente.

Sobre la mesa de madera había una olla grande de barro echando vapor, un tortillero de servilleta de tela y varios platos hondos servidos con un espeso guisado de carne de puerco en salsa verde con verdolagas y frijoles refritos a un lado.

—Vaya, hasta que se dignan a bajar las princesas —dijo Janeth con la voz refinada de nuestra madre, mirándonos con una sonrisa burlona mientras colocaba una jarra de agua de horchata helada en el centro de la mesa—. Pensé que se iban a quedar a vivir en la cama todo el día.

—Teníamos cosas que resolver arriba, Elena —respondió la voz dulce de Sofía, mientras se sentaba en una de las sillas de madera y acomodaba su bata rosa.

Roxana se sentó de inmediato al lado de Hugo, mirando el plato de comida con los ojos muy abiertos y los labios entreabiertos, soltando una respiración agitada por la anticipación.

—Hola, Elena —dijo la voz ronca y sensual de la novia, mirando a nuestra madre con respeto—. Huele muy rico la carne.

Janeth soltó una risita rasposa con la voz de nuestra madre, rodeando la mesa para servirse un vaso de agua de horchata.

—Hola, Roxana —contestó Janeth, mirándola con esa picardía de prostituta vieja que no terminaba de encajar con el cuerpo respetable de Elena—. Veo que te tienen muy bien atendida aquí las niñas. Tienes los ojos brillando, chiquita.

—Déjala en paz, Elena —intervine yo con la voz hermosa de Valeria, sentándome al otro lado de la mesa y tomando una tortilla caliente del servilletero—. Roxana se portó muy bien hoy y nos ayudó arriba.

—No lo dudo ni un segundo —dijo la voz de nuestra madre, sentándose en la cabecera de la mesa con la gracia natural de la mujer mayor—. Ese fontanero de hoy también se portó de maravilla. Me dejó la tubería del patio funcionando como reloj y encima me pagó por el trabajo. Con ese dinero voy a comprar la carne para toda la semana.

Hugo soltó una carcajada aguda con la boca de mi hermana menor.

—Eres una cínica, Elena —comentó Hugo, llevándose una cucharada de guisado a la boca—. Usar la casa de la familia para cobrar por favores sexuales mientras haces la comida.

—Es el negocio de la vida, Sofía —respondió Janeth sin inmutarse, usando la voz de nuestra madre con una autoridad indiscutible—. Este cuerpo de Elena tiene cuarenta y cuatro años, pero está mejor conservado que el de la mitad de las mujeres de la colonia. Sería una pendejada de mi parte no sacarle provecho a la carne que la vida me dio. Además, aquí nadie se queda con hambre.

Empezamos a comer en un ambiente sorprendentemente ameno. El guisado estaba delicioso, picante y bien sazonado. Roxana comía con una avidez veloz, usando la cuchara con una destreza que la memoria corporal de la novia ejecutaba por inercia, aunque de vez en cuando se limpiaba la salsa de los labios con el dorso de la mano como una criatura pequeña. Hugo la corregía suavemente con la voz de Sofía, pasándole una servilleta de papel, y Roxana le obedecía al instante con una sonrisa apenada.

—Oigan —dijo Janeth de pronto, tomando un trago de su agua de horchata—, ¿a qué hora regresa Marcos del trabajo?

El comedor se quedó en un breve silencio. Nos miramos entre nosotras.

—Dijo que su turno en el centro de llamadas terminaba a las ocho —respondió la voz de Valeria desde mi garganta—. Así que debe estar llegando como a las nueve de la noche, si es que no decide quedarse vagando por ahí para no vernos.

Janeth soltó un resoplido de desdén con la voz de nuestra madre.

—Ese muchacho es un dolor de cabeza —comentó Janeth, moviendo la cabeza con lástima—. Tiene una fijación absurda con el pasado. Le dejaron un cuerpo de hombre de veinte años sano, fuerte y alto, y lo único que hace es llorar porque extraña sus vestidos y su vida de chica. Si no espabila pronto, la vida se lo va a comer vivo. La ley no perdona a los pendejos que no aceptan el nombre que tienen registrado.

—Nosotras ya intentamos hablar con él, Elena —dijo Hugo con la voz agudísima de mi hermana menor—. Pero se pone violento y empieza a decir que somos unos degenerados. Prefiero no meterme con él. Mientras no arruine nuestro espacio en la casa, que haga lo que quiera con su vida de hombre amargado.

—En eso tienes razón —asintió Janeth, sirviéndose un poco más de frijoles en el plato—. Cada quien responde por la carne que habita. Aquí en esta mesa todas somos mujeres hechas y derechas que sabemos lo que queremos, y no voy a permitir que un chico desubicado venga a arruinarnos la paz.

La plática continuó de manera fluida durante el resto de la comida. Hablamos de los precios de la comida en el mercado, de los chismes de los vecinos que también habían cambiado de cuerpo durante el evento del púlsar, y de los planes para la tarde siguiente si las clases en la universidad continuaban suspendidas.

A pesar de la distorsión absoluta de nuestras identidades pasadas —una prostituta en el cuerpo de mi madre, mi mejor amigo en el cuerpo de mi hermana menor, la conciencia de un perro en la carne de su difunta novia, y yo mismo habitando la figura de mi hermana mayor—, la escena alrededor de la mesa se sentía extrañamente hogareña. Habíamos construido una nueva normalidad sobre las ruinas del mundo viejo, un refugio donde la ley de la propiedad corporal y la aceptación de la carne nos permitían vivir sin las ataduras ni las culpas del pasado.

Cuando terminamos de comer, Roxana soltó un largo suspiro de satisfacción con la voz sensual de la novia, recargando la espalda contra la silla y sobándose el vientre plano por encima del vestido rojo.

—Roxana está muy llena —anunció la criatura con una sonrisa radiante—. La comida de Elena estaba muy rica.

—Qué bueno que te gustó, chiquita —le respondió nuestra madre con una sonrisa complacida—. Ahora le toca a Sofía y a Valeria lavar los platos, porque yo me voy a acostar un rato a la sala a ver la televisión.

Hugo y yo nos miramos con una mueca juguetona, pero nos levantamos de la mesa sin protestar. Roxana se ofreció a ayudarnos a recoger los platos sucios, caminando tras de nosotras hacia la cocina mientras el sol de la tarde terminaba de ocultarse tras los techos de las casas vecinas, anunciando la llegada de una noche fría que pasaríamos juntos en la calidez de la planta alta.

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