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Cap 6
El vestido rojo de Roxana rodó por sus piernas hasta quedar amontonado en el suelo de madera. Su anatomía de veintiún años quedó completamente expuesta ante nosotras sobre el centro de la cama matrimonial: una piel canela suave, pechos firmes que apuntaban hacia el techo con aréolas rosadas y un vientre plano que subía y bajaba al ritmo de su respiración agitada. Entre sus muslos torneados, la zona genital estaba completamente calva y brillante, impregnada de una humedad transparente y continua que delataba el estado de celo fisiológico en el que se encontraba la criatura.
Roxana abrió las piernas de forma instintiva, flexionando las rodillas y dejando que los labios de su vagina se entreabrieran solos. Soltó un suspiro largo y rasposo con la voz ronca de la novia muerta, clavando sus ojos negros en la figura de mi hermana menor.
—Sofía... —gemió la voz sensual de Roxana, pasando la punta de su lengua por sus labios carnosos—. Mira cómo está Roxana por abajo. Se siente muy mojado y muy caliente. Tócame, por favor... me duele si no me tocas.
Hugo, habitando la silueta de diecinueve años de Sofía, se acomodó entre las piernas abiertas de Roxana. La bata rosa de seda de Hugo estaba completamente abierta por el frente, dejando ver sus pechos pequeños con los pezones erguidos por la excitación y la hendidura suave de su propia entrepierna. Con una lentitud calculada, Hugo extendió su mano de mujer y apoyó la palma abierta directamente sobre el monte de Venus de Roxana, presionando con firmeza.
Roxana arqueó la espalda de golpe, soltando un gemido agudo que resonó contra el techo del dormitorio. Sus manos se encorvaron sobre las sábanas, arañando la tela con una desesperación puramente animal.
—Tranquila, mi amor —murmuró la voz dulce de Sofía, inclinándose hacia adelante para que la melena castaña de mi hermana menor le rozara la cara a la novia—. Te dijimos que te íbamos a cuidar. Pero vas a tener que portarte muy bien hoy.
Yo me acomodé del lado izquierdo de Roxana, dejando caer mi bata negra de seda por completo. Mi cuerpo de Valeria, de veintidós años, resplandecía bajo la luz dorada de la tarde que entraba por la ventana. Mis pechos grandes pesaban ligeramente sobre mi tórax mientras me inclinaba sobre el torso de la chica. Pasé mis dedos largos por su cuello, bajando lentamente por la curva de sus clavículas hasta atrapar uno de sus pezones entre mi pulgar y mi índice.
—Mira qué suave está su piel, Sofía —comenté, dejando que la voz hermosa de mi hermana mayor sonara con una cadencia perezosa y llena de morbo—. Cuando la masturbamos, la carne de Roxana responde como si supiera exactamente lo que necesita. Cada vez que la tocamos, los recuerdos de la auténtica Roxana se vuelven más sólidos en su cerebro.
—Es una maravilla de la biología —asintió Hugo con la voz agudísima de Sofía, comenzando a frotar su pulgar sobre el clítoris inflamado y rosado de la novia—. Cuando el púlsar nos cambió, todos pensaron que los animales en cuerpos humanos solo iban a ser vegetando o mordiendo gente en las calles. Pero la memoria muscular del cuerpo humano es demasiado poderosa. Si le das el estímulo adecuado, la carne reescribe la mente del animal hasta volverla humana otra vez.
Al recibir la fricción constante en su punto más sensible, Roxana comenzó a mover las caderas en un vaivén frenético. Sus muslos gruesos temblaban contra el colchón, tratando de empujar su entrepierna contra la mano de Sofía.
—¡Ahhh! ¡Valeria! ¡Sofía! —gritó la voz profunda y sensual de la chica, echando la cabeza hacia atrás de modo que su cuello largo se tensionó—. ¡Así! ¡Más duro! Roxana quiere que le metan los dedos... metan los dedos adentro, por favor.
No me hice esperar. Deslicé dos dedos de mi mano derecha entre los labios húmedos de la vagina de Roxana. La cavidad estaba hirviendo, sumamente apretada y lubricada por una corriente continua de fluido transparente. Al sentir la intrusión de mis dedos de Valeria, las paredes internas de su anatomía se contrajeron convulsivamente alrededor de mi mano, como si el cuerpo mismo buscara atrapar la carne que lo estimulaba.
—Maldita sea, está apretadísima —musité, usando la entonación dulce de mi hermana mayor mientras aceleraba el ritmo de metida y sacada dentro de su vagina—. Siente esto, Sofía. El cuerpo de tu novia está reaccionando exactamente igual que cuando estaba viva.
Hugo no aguantó la tentación. Se inclinó por completo entre las piernas de Roxana y pegó su boca de diecinueve años directamente sobre el clítoris de la novia. La lengua de mi hermana menor empezó a dar lambetadas rápidas, precisas y hambrientas sobre el botón de carne, absorbiendo los jugos que chorreaban hacia la sábana.
El sonido en la habitación se volvió una mezcla obscena de fluidos chocando, jadeos agitados y los sollozos de placer que Roxana soltaba con la voz inconfundible de la difunta. La criatura que habitaba esa carne ya no pensaba como un perro; el flujo constante de hormonas y sensaciones placenteras inundaba su cerebro con las pautas de conducta de la verdadera Roxana. Sus manos buscaron los brazos de Valeria y los hombros de Sofía, aferrándose a nosotras con una fuerza y una soltura de ademanes totalmente humanas.
—¡Me voy a correr! ¡Roxana se va a correr! —advirtió la voz profunda con un grito sofocado.
Hugo intensificó el succión sobre su clítoris mientras yo hundía tres dedos completos dentro de su cavidad, presionando la pared anterior de su vagina con la palma hacia arriba.
El orgasmo de Roxana fue violento. Todo el cuerpo de veintiún años se puso rígido como una cuerda tensa. Sus abdominales se marcaron bajo la piel canela mientras soltaba un alarido de éxtasis puro que hizo vibrar las ventanas del dormitorio. De su entrepierna brotó un chorro espeso y caliente de fluido transparente que bañó directamente la cara y el cuello de Sofía, mientras las paredes de su vagina se apretaban salvajemente sobre mis dedos de Valeria, exprimiéndome la mano en espasmos involuntarios que duraron casi medio minuto.
Cuando la descarga finalmente cedió, el cuerpo de la novia colapsó sobre el colchón, completamente agotado. Sus ojos negros quedaron entreabiertos, mirando al techo con las pupilas dilatadas, mientras su pecho subía y bajaba agitadamente.
Hugo se levantó despacio de entre sus piernas. El rostro angelical de mi hermana menor estaba completamente manchado por el fluido de la novia, con gotas transparentes bajándole por la barbilla y el cuello hasta depositarse en la comisura de sus pechos pequeños. Hugo se pasó la lengua por los labios de Sofía, saboreando el líquido con un suspiro de satisfacción profunda.
—Carajo... cada vez se vuelve más intensa —murmuró Hugo con la voz agudísima de mi hermana menor, apoyando los codos sobre el vientre de Roxana—. Sentir cómo se contrae esa vagina es una locura. Me hace olvidar por completo que alguna vez tuve una polla de hombre.
—Te lo dije —respondí, sacando mis dedos húmedos de la entrepierna de Roxana y llevándomelos a la boca para limpiarme la carne con la lengua de Valeria—. El cuerpo de la mujer está diseñado para sentir el placer de una forma mucho más profunda. Tu antigua carne de hombre era tosca y torpe; esto es puro arte.
Roxana se movió despacio en la cama, rodando de costado para apoyar su cabeza madura sobre el regazo desnudo de Valeria. Pasó uno de sus brazos por encima de mis muslos largos y restregó su mejilla suave contra mi piel con la devoción de una criatura consentida.
—Valeria huele rico... —susurró la voz profunda de la novia, cerrando los ojos mientras sus pestañas largas le acariciaban la piel—. Roxana se siente muy feliz aquí con ustedes. En el departamento me aburro mucho cuando Sofía no está.
—Por eso te vas a quedar a vivir prácticamente aquí —le dijo Hugo, inclinándose para darle una nalgada sonora en el trasero descubierto a Roxana—. Total, en este casa ya nadie respeta las reglas antiguas. Tu madre está abajo haciéndose follar por el fontanero, Marcos está encerrado en una oficina odiando su vida, y nosotras tres tenemos todo el día libre.
—Hablando de Janeth... —comenté, inclinando la cabeza para escuchar hacia la planta baja.
El silencio en el piso inferior era absoluto. El sonido del agua de la tubería y los gemidos de nuestra madre habían cesado hacía rato. Supuse que el fontanero ya había terminado su trabajo en la casa y Janeth debía estar descansando en el sofá o preparándose algo de comer en la cocina.
—Voy a bajar por algo de tomar —anunció Hugo, poniéndose de pie sobre la cama con la agilidad propia del cuerpo de diecinueve años de Sofía—. Nos dio sed con tanto ajetreo. ¿Quieren algo?
—Trae un par de refrescos fríos del refrigerador —le pedí, acomodando la cabeza de Roxana sobre una almohada—. Y fíjate si el fontanero dejó bien arreglado el tubo del patio, no vaya a ser que Janeth se lo haya follado gratis por nada.
Hugo soltó una carcajada aguda con la boca de mi hermana menor, se ajustó la bata rosa de seda sobre los hombros sin abrocharla y salió del dormitorio con los pies descalzos, haciendo sonar los peldaños de madera mientras bajaba las escaleras.
Me quedé a solas con Roxana en la penumbra de la habitación. La chica me miraba desde abajo con sus ojos negros grandes, jugando distraídamente con el borde de mi bata negra.
—Oye, Valeria... —dijo la voz sensual de la novia con un tono dudoso.
—¿Qué pasa, Roxy? —pregunté, pasándole la mano por el cabello largo y sedoso.
—¿Por qué el señor del auto grande me dijo que mi nombre era feo? —preguntó la criatura, frunciendo el ceño con una confusión genuina—. Cuando le dije que me llamaba Roxana, me dijo que ese era nombre de prostituta y que mejor me llamara como a él le gustara.
Sentí una punzada de molestia helada en el estómago de Valeria. El tipo del taxi no solo la había estafado para abusar de su inocencia, sino que había intentado pisotear la única identidad legal que la ley le había dejado a esa carne.
—El señor del auto era un imbécil, Roxana —le respondí con voz firme y clara, usando el tono autoritario pero refinado de mi hermana mayor—. Tú te llamas Roxana. Es el nombre del cuerpo que habitas, el nombre que está grabado en tu credencial de elector y ante la ley. Nadie en la calle tiene derecho a cambiarte el nombre ni a decirte cómo llamarte. Si alguien vuelve a decirte algo así, le dices que te deje en paz o que vas a llamar a la policía.
Roxana escuchó atentamente, grabando cada palabra en la estructura cerebral de su nuevo empaque humano. La firmeza con la que le hablé pareció darle una seguridad enorme, porque asentó con la cabeza rápidamente.
—Sí... Roxana es mi nombre —repitió con orgullo inocente, dibujando una sonrisa amplia—. Yo soy Roxana, la novia de Sofía.
En ese momento, la puerta del dormitorio volvió a abrirse y Hugo entró trayendo tres latas de refresco helado entre sus manos de diecinueve años. Venía sonriendo con malicia.
—Tienen que ver a Elena abajo —dijo Hugo con la voz agudísima de Sofía, entregándome una lata y sentándose en el borde de la cama—. Está tirada en el sillón de la sala completamente desnuda, con las piernas abiertas y una sonrisa de oreja a oreja. El fontanero le dejó la tubería del patio como nueva y encima le dejó quinientos pesos en la mesa del centro antes de irse.
—Te dije que Janeth era una profesional —sonreí, abriendo la lata de refresco y dando un trago largo que me refrescó la garganta—. Sabe cómo sacarle provecho a la figura de nuestra madre mejor que nadie.
—Pues sí —asintió Hugo, tomando un trago de su propia lata—. Pero ahora que Roxana ya está aquí con nosotras y que sabemos que no tenemos que ir a la universidad hasta mañana, estaba pensando en algo mejor.
—¿En qué estás pensando, Sofía? —pregunté, arqueando una ceja con curiosidad.
Hugo dejó su lata en la mesa de noche y se acercó a nosotras en la cama. Sus ojos claros de mi hermana menor brillaron con una luz cargada de morbo y perversión absoluta.
—Roxana ya se corrió una vez y le quedó la vagina caliente —dijo Hugo, pasando sus dedos delgados por el muslo desnudo de la novia—. Y tú y yo todavía traemos ganas de seguir disfrutando de estos cuerpos. ¿Por qué no hacemos que Roxana aprenda a usar la lengua con nosotras como lo hacía la verdadera Roxana antes del Cambio?
Roxana levantó la cabeza de la almohada al escuchar su nombre, mirando a Hugo con curiosidad.
—¿Roxana puede usar la lengua? —preguntó la voz profunda de la novia—. ¿Cómo la usa Sofía?
—Mejor que Sofía, mi amor —le prometió Hugo con un tono dulce y persuasivo—. Te voy a enseñar cómo meter la cabeza entre las piernas de Valeria y lamerle todo el centro hasta que empiece a gritar como una loca. Es un juego muy divertido.
Me acomodé de espaldas contra la cabecera de madera de la cama, abriendo mis piernas largas de Valeria y dejando que mi bata negra de seda se abriera por completo, exponiendo mi vagina rozada, suave y lubricada ante la vista de las dos.
—Ven aquí, Roxy —le ordené suavemente con la voz de mi hermana mayor, dándole un golpecito en el colchón justo frente a mi entrepierna—. Ven y demuestra lo mucho que has aprendido hoy.
La novia no dudó ni un segundo. Gateó por la cama con la soltura elegante de su cuerpo de veintiún años, colocándose directamente entre mis muslos abiertos. Miró la carne rosada de mi vagina de Valeria con atención, oliendo el aroma penetrante del sexo reciente que aún conservaba mi piel.
—Huele a flores... y a leche dulce —dijo la voz sensual de Roxana, aproximando su rostro hasta que su aliento cálido rozó mi clítoris.
—Empieza despacio, Roxy —le instruyó Hugo desde arriba, sujetando el cabello negro de la novia para que no le estorbara en la cara—. Da lambetadas largas desde abajo hacia arriba, tocando el botón pequeño con la punta de la lengua.
Roxana obedeció. La primera pasada de su lengua profunda sobre mi clítoris me hizo soltar un espasmo de placer instantáneo. La boca del cuerpo de la novia tenía una textura cálida, experta por la memoria muscular de los años que la verdadera Roxana había pasado practicando sexo oral con Hugo. El choque de esa habilidad técnica con la entrega ciega y sumisa de la perrita creaba una combinación letal.
Cerré los ojos, tirando la cabeza hacia atrás sobre la almohada mientras enterraba mis uñas largas de Valeria en las sábanas. A mi lado, Hugo se inclinó sobre el rostro de Roxana, ofreciéndole sus pechos pequeños de Sofía para que la novia los acariciara con las manos mientras continuaba devorándome la entrepierna.
El ritmo en la habitación volvió a acelerarse. La tarde continuó su marcha lenta sobre la ciudad, pero dentro de esas cuatro paredes el tiempo parecía haberse detenido. Éramos tres mentes atrapadas en anatomías que no nos pertenecían originalmente, reescribiendo la historia de nuestros nombres, de nuestros cuerpos y de nuestra propia existencia a través del único lenguaje que la nueva ley nos había dejado libre: el deseo desenfrenado sin culpa ni retorno.
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