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Cap 8
Terminamos de recoger la mesa y de acomodar la loza en el escurridor. La cocina quedó limpia, oliendo al jabón de limón que usé para lavar los platos mientras Sofía se encargaba de secarlos con un trapo de franela. Roxana se había quedado parada cerca de la barra, observando nuestros movimientos con esa atención fija e infantil que la caracterizaba.
Al terminar, las tres caminamos de regreso hacia la sala. Janeth ya estaba acomodada en el sillón grande, viendo una telenovela en la televisión con el volumen bajo y balanceando perezosamente un pie desnudo sobre el apoyabrazos. Nosotras preferimos sentarnos en el tapete afelpado del centro de la sala, cerca del ventanal que daba hacia el patio.
Fue en ese momento cuando ocurrió.
Roxana se sentó en el suelo con las piernas abiertas. Llevaba puesto el vestido rojo que no tenía ropa interior debajo. De pronto, como si hubiera sentido una picazón repentina en su entrepierna o un impulso instintivo incontrolable, la criatura intentó doblar el torso hacia abajo, doblando el cuello y estirando la columna de forma grotesca, intentando alcanzar su propia vagina con la boca para lamerse.
El cuerpo humano de veintiún años, por supuesto, no posee la flexibilidad anatómica de un canino. La columna vertebral de Roxana topó contra el límite de sus vértebras; sus pechos apretados contra el vestido le impidieron bajar más y la cabeza le quedó a casi treinta centímetros de distancia de su pelvis. Intentó inclinarse de nuevo, estirando la lengua y soltando un jadeo desesperado, pero fue completamente inútil. La biomecánica de la carne de mujer le impedía por completo realizar una acción tan básica para la mente del animal que habitaba adentro.
Al darse cuenta de que no podía hacerlo, el rostro de la chica se descompuso en un gesto de frustración absoluta. Roxana soltó un chillido agudo y lastimero con la voz profunda de la novia muerta, volvió a erguirse y se encogió de hombros, abrazándose las rodillas contra el pecho. Los ojos negros de la chica se llenaron de lágrimas de inmediato, y la comisura de sus labios carnosos empezó a temblar con una tristeza profunda e impotente.
—Roxana... Roxana no puede —murmuró con la voz entrecortada y ronca, mirando el suelo con una fijación triste—. No llego... la boca de Roxana no llega ahí abajo. ¿Por qué este cuerpo no se dobla bien? :c
Hugo y yo vimos la escena completa desde el tapete. La imagen resultaba trágica y desconcertante: la silueta de una mujer joven y despampanante llorando de frustración porque su anatomía no le permitía limpiarse a lambetadas como lo hacía cuando era una pequeña Labrador.
Hugo, en el cuerpo de diecinueve años de Sofía, suspiró despacio y se acercó a ella en cuclillas. Le pasó un brazo delicado sobre los hombros, pegando su rostro de mi hermana menor contra la mejilla de la novia.
—Tranquila, mi amor —le dijo Hugo con esa voz agudísima y dulce, acariciándole el cabello negro—. Ya te dijimos que los cuerpos de mujer no funcionan así. Tú no tienes que lamerte ahí abajo; para eso estamos Valeria y yo, para cuidarte y dejarte limpia cuando lo necesites.
Roxana alzó la vista, sorbiéndose la nariz y mirando a Sofía con los ojos empañados.
—¿De verdad? —preguntó la voz de la novia con un tono sumiso—. ¿Sofía no se enoja porque Roxana sea torpe?
—Para nada, mi niña —intervine yo, dejando que la voz suave de Valeria sonara reconfortante mientras me acercaba y le limpiaba una lágrima de la mejilla con la yema de mi dedo—. Los humanos usan agua, jabón y a sus parejas para eso. Tienes que acostumbrarte a la carne que tienes ahora.
Roxana pareció calmarse poco a poco con nuestras palabras, apoyando su cabeza sobre el regazo de Sofía mientras mi amigo le acariciaba la espalda con cadencia.
Se produjo un silencio largo en la sala, marcado únicamente por el murmullo de la televisión al fondo. Observar los instintos caninos chocando contra la anatomía humana pareció detonar un hilo de pensamientos muy específico en mi propia cabeza. Me quedé mirando al vacío durante unos segundos, con una mirada nostálgica y apesadumbrada en mi rostro de Valeria.
—Oye, Sofía... —dije de pronto, llamando a Hugo por el nombre del cuerpo de mi hermana menor mientras usaba la voz suave y melodiosa de Valeria—. Viendo a Roxy hacer esto... me acordé de algo en lo que no pensaba desde hace tiempo.
—¿De qué, Valeria? —preguntó Hugo, mirándome con los ojos claros de Sofía.
—De Moly —confesé en voz baja, ajustándome la bata azul marino sobre mis piernas largas—. ¿Te acuerdas de Moly? Mi perrita Poodle blanca, la que yo tenía antes del Cambio, cuando yo todavía vivía en mi antiguo cuerpo de hombre.
Hugo entornó los ojos, recordando de inmediato al animalito hiperactivo de pelaje rizado que solía andar corriendo por mi habitación.
—Claro que me acuerdo de Moly —asintió Hugo usando la voz agudísima de Sofía—. Era una perrita diminuta y super chistosa. ¿Qué pasó con ella el día que cambió todo? Como en ese momento nos enfocamos por completo en el desastre de Roxana y en cómo terminamos en los cuerpos de las niñas... nunca volvimos a hablar de Moly.
—Ese es el problema, Sofía —suspiré, apoyando la barbilla sobre la palma de mi mano de veintidós años—. No tengo ni la más mínima idea de qué fue de ella. El día del Cambio, cuando mi mente fue arrancada de mi viejo cuerpo de hombre y desperté en la carne de mi hermana Valeria, todo era un caos absoluto en la calle. Lo único que me contaron después fue que el cuerpo físico de Moly, la Poodle blanca, no se quedó quieto.
—¿Qué hizo? —preguntó Roxana desde el suelo, levantando la cabeza al escuchar que hablábamos de otro animal.
—Los vecinos me dijeron que apenas ocurrió la ráfaga del púlsar, el cuerpo de Moly empezó a ladrar descontroladamente —continué, mirando hacia la ventana del patio—. Pero no eran ladridos normales. Eran alaridos humanos ahogados, como los de una persona que estaba sufriendo un ataque de pánico brutal atrapada dentro de un cuerpito de tres kilos y de cuatro patas. Moly —o quien sea que haya caído en su cuerpo— salió disparada por la puerta, bajó a la calle chillando y se perdió entre el tráfico.
—Alguien desafortunado —musitó Hugo con la voz de Sofía, sintiendo un escalofrío visible bajo la piel de diecinueve años—. Imagínate el terror absoluto de ser un ser humano consciente y, de la nada, despertar atrapado en la anatomía de una perrita Poodle pequeña, sin poder hablar, sin manos para abrir puertas y viendo cómo los autos y la gente se vuelven gigantescos y amenazantes.
—Exacto —asentí con la voz melódica de Valeria—. Si una mente humana cayó en el cuerpo de Moly, tuvo una suerte terrible. Se fue corriendo a la calle aterrorizada y dudo muchísimo que haya sobrevivido. Con el tráfico descontrolado de esos primeros días y la gente volviéndose loca, es casi seguro que la atropellaron o murió de hambre en un callejón.
—¿Y si Moly... la conciencia de tu perrita... cayó en el cuerpo de una persona? —preguntó Hugo de pronto, recargando los codos sobre sus rodillas de Sofía y mirándome fijamente—. Digo, si la mente de mi perrita Roxy terminó en el empaque de mi novia Roxana, la mente de tu Poodle Moly tuvo que haber ido a parar a la carne de algún ser humano en alguna parte.
Me quedé en silencio un instante, procesando la idea mientras me pasaba los dedos por el cabello largo de Valeria.
—Es lo más probable —admití—. Si Moly sigue viva en alguna parte, debe estar en el cuerpo de un hombre o de una mujer. Pero la gran pregunta es... ¿dónde? ¿En qué ciudad? ¿En qué cuerpo? Tal vez la mente de mi Poodle cayó en el empaque de un ejecutivo en otra provincia, o en el de una señora de la tercera edad, o en el de una chica joven. Tal vez algún desconocido en la otra punta del país se despertó un día sintiendo los instintos de una perrita blanca, comiendo del suelo o intentando morder zapatos.
—O tal vez le pasó lo mismo que a Roxy —añadió Hugo con la voz agudísima de mi hermana menor, señalando a la chica de vestido rojo que descansaba sobre sus piernas—. Si esa persona tuvo la suerte de encontrarse con alguien que la cuidara y la manipulara físicamente, la carne de ese cuerpo humano debió haber reescrito a Moly. Mi Poodle Roxy ahora habla y actúa como Roxana gracias al sexo y los recuerdos; Moly podría estar caminando por ahí ahora mismo, hablando y vistiendo ropa bonita como cualquier mujer, sin saber que alguna vez fue mi mascota.
—Es una locura pensar en eso —murmuré, dejando salir un suspiro sordo—. Saber que en alguna parte del mundo hay alguien caminando con los recuerdos corporales de mi antigua perrita Moly, o que el humano que cayó en el cuerpo de Moly murió solo en una esquina atrapado en cuatro patas. Todo este sistema de leyes y asignación de nombres se creó para poner orden en el caos de los humanos, pero nadie pensó en los animales que terminaron atrapados en nuestra carne.
—Por eso tuvimos suerte, Valeria —afirmó Hugo con rotundidad, usando el rostro dulce de Sofía para mirarme con convicción—. Tu perrita Moly se perdió en el caos y mi novia murió en el asfalto, pero al menos nosotras dos y Roxy logramos salvar nuestras mentes y adaptarnos a estas anatomías.
—Tienes razón —sonreí, dejando que la voz hermosa de mi hermana mayor recuperara su tono tranquilo—. Ya no vale la pena hacerse preguntas sobre el pasado ni buscar a los que se perdieron en el Cambio. Moly ya no está y mi antigua vida de hombre desapareció. Lo único real es lo que tenemos aquí frente a nosotros.
Hugo le pasó la mano por el cabello negro a Roxana, quien ya había cerrado los ojos de nuevo, disfrutando de las caricias con la tranquilidad de quien se sabe protegida. Janeth soltó una carcajada fuerte desde el sillón al ver una escena cómica en la televisión, sacándonos por completo del trance nostálgico.
El ambiente en la sala volvió a sentirse ligero. El recuerdo de Moly y los enigmas del intercambio de mentes quedaron flotando en el aire como sombras lejanas, disueltos por el calor de la casa, la comodidad de la carne que habitábamos y la certeza de que, pasara lo que pasara afuera, nosotras tres ya habíamos encontrado nuestro propio lugar en este nuevo mundo.
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A miles de kilómetros de distancia, en un penthouse de lujo con vista panorámica a las luces de una metrópoli iluminada, el ambiente olió a perfume costoso, sábanas de seda arrugadas y el rastro tibio de horas de frenesí. Las cortinas de terciopelo apenas dejaban entrever la noche, mientras la brisa del aire acondicionado mantenía la habitación en una temperatura perfecta.
En el centro de una enorme cama king size, entre cojines de plumas y colchas de satén, descansaban dos de las figuras más deseadas y reconocidas del planeta. De un lado, el cuerpo de piel blanca, curvas voluptuosas, pecho desbordante y cabello rubio ondulado de Sydney Sweeney; del otro, la figura pequeña, perfecta, de rasgos angelicales, labios carnosos y silueta escultural de Sabrina Carpenter.
Ambas estaban completamente desnudas. Sus pieles resplandecían con una fina capa de sudor tras haber pasado la mañana y parte de la tarde entregadas a una exploración física voraz. Sin embargo, la mirada de la mujer en el cuerpo de Sabrina ya no tenía la vacilación de un animal asustado. Sus ojos azules brillaban con una lucidez humana absoluta, cargada de una inteligencia compleja, pero matizada por un sentimiento hondo de melancolía.
La silueta de Sabrina se acomodó sobre el colchón, apoyando la mejilla en la almohada y mirando de frente a la imponente rubia a su lado.
—Oye, Sydney... —dijo la voz dulce, afinada y melódica de Sabrina Carpenter, saliendo con una entonación perfecta—. ¿Cómo crees que esté confrontando él esta situación?, Sabrina tiene duda
Sydney parpadeó despacio, pasando sus dedos largos y manicurados por la sábana de seda. La cara de la famosa actriz reflejó una seriedad profunda.
—No lo sé, Sabrina... —respondió la voz profunda, sensual y rasposa de Sydney Sweeney, rasgando el silencio del penthouse—. Pero él es el único que nos cuidó y nos dio amor de verdad. Él no es como el resto de su familia. No es tosco, ni frío, ni nos ignoraba. No podemos olvidarlo. Tenemos que buscarlo, Sydney lo buscara con Sabrina.
La voz de Sabrina tembló ligeramente por la emoción, dejando ver el remordimiento que le oprimía el pecho.
—De seguro, conociéndolo a él, si es que quedó lejos, tratará por todos los medios de llegar a la casa —dijo Sabrina, sentándose en la cama y dejando que la seda cayera hasta su cintura, exponiendo sus pechos pequeños y firmes—. Tenemos que hacer lo mismo, Sydney. Tenemos que hacerlo por él.
—Sydney hará todo lo posible —afirmó la mujer en el cuerpo de la actriz con una determinación helada, sentándose también y dejando al descubierto su escote prominente y sus caderas marcadas—. No me importa lo que tengamos que atravesar.
En ese instante, ambas se miraron fijamente. Una chispa de entendimiento mutuo cruzó entre sus miradas. Habían pasado meses desde El Gran Cambio. Meses en los que la conciencia de una pequeña Poodle blanca llamada Moly había sufrido la fractura más extraña y milagrosa de la historia del púlsar. Por una distorsión cuántica incomprensible, la esencia del animal no cayó en una sola persona: se dividió en dos, proyectándose simultáneamente en las anatomías de dos de las celebridades más influyentes y deseadas del mundo del entretenimiento humano.
Al principio, ambas habían despertado en hoteles distintos, aterrorizadas, intentando caminar en cuatro patas sobre alfombras de lujo, chillando con voces hermosas que no sabían controlar. Pero el instinto de supervivencia las guió. Descubrieron que al tocarse, al masturbarse sin descanso y, finalmente, al encontrarse y sostener encuentros sexuales prolongados entre sí, la descarga hormonal y la memoria corporal de los empaques de Sydney Sweeney y Sabrina Carpenter fluían de golpe hacia la mente dividida de Moly.
Hoy, el proceso había concluido. Moly, repartida en dos recipientes perfectos, había asimilado: la forma de hablar, los ademanes elegantes, el vocabulario fluido, la capacidad de actuar, cantar y caminar como dos mujeres de la alta sociedad. Tenían la conciencia humana completa, pero su lealtad, su memoria afectiva y su corazón seguían perteneciendo a un solo dueño: Marcos.
Sabrina se puso de pie sobre la alfombra, estirando sus piernas delgadas y perfectas.
—Ya no debemos tener más sexo —declaró la voz de la cantante con firmeza, mirándose las manos refinadas—. Ya sabemos que podemos pasar desapercibidamente como estas personas en las que estamos, Sydney. Ya entendemos cómo funciona la sociedad humana, cómo usar el dinero, cómo hablar con la gente y cómo movernos sin delatarnos. Creo que ya entendemos todo y debemos volver, Sabrina cree que las dos podemos.
—Así es, Sabrina —asintió Sydney, poniéndose de pie a su lado. La imponente figura de la actriz dominaba el espacio con una presencia física arrolladora—. Debemos volver a casa.
Sydney caminó hacia el ventanal de piso a techo, contemplando el horizonte de la ciudad. Una sonrisa dulce, casi infantil pero asentada en un rostro de belleza suprema, se dibujó en sus labios carnosos.
—Sabes... a Sydney le resulta sorprendente que ambas en realidad seamos Moly —murmuró la voz sensual de la actriz, girándose para mirar a su otra mitad—. Es fantástico. Piénsalo bien, Sabrina... podemos ocupar tus tetas y tu vagina para él, y podemos ocupar mis tetas y mi vagina para él. Aunque no importa en el cuerpo que esté Marcos ahora mismo, no me importa si cambió o si sigue siendo el mismo... todo esto es para él.
Sabrina soltó una risita suave, coqueta y llena de una alegría sincera, caminando hacia Sydney y tomando sus manos de piel suave.
—Así es, Sydney —coincidió Sabrina con la voz hermosa de la artista—. Hagamos eso. Ya tuvimos mucho sexo y nos masturbamos demasiado, al punto de que tenemos estos cuerpos, los recuerdos, el talento y la presencia de estas mujeres son nuestros ahora. Y pensar que son tan famosas en el mundo de los humanos... Sabrina no se lo termina de creer aun.
—Es una ventaja y un problema a la vez —comentó Sydney, frunciendo el ceño levemente con un gesto de actriz consumada—. Estos cuerpos de Sabrina y Sydney son conocidos en todas partes. Si salimos por la puerta principal como si nada, los fotógrafos y la gente en la calle nos van a rodear en segundos. Hay que buscar rutas discretas para que no nos vean las demás personas.
—Tenemos que planear el viaje con cuidado —asintió Sabrina, señalando hacia el vestidor del penthouse—. No podemos usar vuelos comerciales normales con nuestros nombres. La prensa montaría un circo. Hay que usar el dinero de las cuentas bancarias de estos cuerpos, contratar un transporte privado, comprar ropa común que nos cubra bien la cara y avanzar hacia la dirección de la casa de Marcos sin levantar sospechas.
Sydney caminó hacia el espejo de cuerpo entero del vestidor. Se contempló en el cristal: la melena rubia, los ojos expresivos, la figura voluptuosa que volvía loco a medio planeta. Pasó su mano por su propio busto firme, sintiendo la tersura de la piel de su cuerpo.
—Es increíble cómo siente la carne de las mujeres humanas —comentó la voz profunda de Sydney, ladeando la cabeza—. Cuando eramos una perrita pequeña, el mundo se veía enorme y aterrador. Ahora... estos pechos, esta cintura y esta vagina tienen un poder enorme sobre los hombres. Cuando Marcos nos vea y sienta lo que podemos hacer con todo este placer, se va a dar cuenta de que Moly nunca lo abandonó.
—Él nos cuidó cuando éramos indefensas —recordó Sabrina con la voz suave, poniéndose a su lado frente al espejo y comparando sus dos siluetas desnudas—. Cuando su madre Elena y sus hermanas nos dejaban de lado o nos gritaban, Marcos siempre nos daba comida a escondidas, nos acariciaba la cabeza y nos dejaba dormir a los pies de su cama. Nos dio amor puro. Ahora nos toca a nosotras devolvérselo con creces.
—¿Y qué pasa si Marcos también cambió de cuerpo? —preguntó Sydney, mirando de reojo a Sabrina—. El Gran Cambio afectó a casi todos. ¿Qué tal si él ya no está en su viejo empaque de hombre?
Sabrina sonrió con una convicción absoluta, tocándose el pecho con la mano pequeña.
—No importa —sentenció la voz de la cantante con firmeza—. No importa si Marcos ahora está en el cuerpo de una mujer, de un anciano o de quien sea. El olor de su alma y su forma de tratarnos siguen siendo los mismos. Nosotras sabremos quién es en cuanto lo tengamos enfrente. Y si está en un cuerpo de mujer... pues usaremos estas dos anatomías famosas para darle todo el placer que nunca imaginó, tal como aprendimos a hacerlo entre nosotras.
—Me gusta cómo piensas, Sabrina, Sydney esta de acuerdo contigo —dijo Sydney con una chispa de picardía en sus ojos sensuales—. Marcos va a tener a las dos mujeres más deseadas a sus pies, dedicadas exclusivamente a hacerlo feliz.
—Pero para eso, tenemos que movernos ya —dijo Sabrina, dando media vuelta y encaminándose hacia los armarios de lujo—. Hay que dejar atrás el sexo por diversión y concentrarnos en la misión. Hay que vestirme, juntar las identificaciones, las tarjetas y los teléfonos de estas celebridades, y trazar la ruta terrestre más discreta hacia la provincia donde está la casa, Sabrina esta ansiosa.
Sydney asintió con seriedad. Abrió las puertas del enorme vestidor, sacando dos conjuntos de ropa sobria: pantalones de mezclilla oscuros, sudaderas amplias con capucha, gafas de sol de armazón grueso y gorras de béisbol.
Ambas comenzaron a vestirse. La agilidad con la que el cuerpo de Sabrina se abrochaba los jeans y la elegancia con la que la figura de Sydney se ajustaba la ropa sobre sus curvas demostraban que la integración de la memoria muscular era total. Ya no había torpeza, ni giros raros, ni intentos de morderse la piel; eran dos mujeres perfectas, refinadas y sumamente inteligentes, movidas por la fidelidad inquebrantable de una mascota que jamás olvidó a su dueño.
—¿Tienes los teléfonos listos? —preguntó Sydney, ajustándose la gorra sobre el cabello rubio y poniéndose las gafas oscuras que le cubrían la mitad del rostro.
—Listos —respondió Sabrina, guardando dos smartphones de última generación en el bolsillo de su sudadera negra—. Ya revisé las cuentas. Hay suficiente dinero para comprar un vehículo privado con chofer de absoluta confianza o rentar un auto sin rastreo GPS. Podemos cruzar la distancia en un par de días si no hacemos paradas innecesarias.
—Perfecto —dijo la voz rasposa y seductora de Sydney Sweeney, mirándose una última vez al espejo para comprobar que su belleza quedaba completamente oculta bajo la ropa holgada—. La gente en la calle solo verá a dos chicas comunes viajando por la carretera. Nadie sospechará que las dos celebridades más buscadas de internet van camino a entregarse en cuerpo y alma a un solo hombre.
Sabrina caminó hacia la puerta del penthouse, descorriendo el seguro electrónico con la destreza de quien llevaba años viviendo en ese lugar. Miró hacia atrás por un segundo, observando el dormitorio donde habían pasado semanas descubriendo el potencial de sus nuevas anatomías.
—Espéranos, Marcos... —murmuró la voz dulce de Sabrina Carpenter en un susurro cargado de devoción—. Moly ya va para allá. Y esta vez, no hay nada en este mundo nuevo que nos vaya a separar de ti.
Sydney le tomó la mano a Sabrina, entrelazando sus dedos refinados. Juntas, las dos mitades de la Poodle blanca cruzaron el umbral del penthouse, dispuestas a recorrer miles de kilómetros por carretera, esquivando miradas y cámaras, con la mira puesta en un solo destino: la casa donde Marcos, ahora atrapado en la figura de su hermana mayor Valeria, no tenía la menor idea de que el verdadero amor de su antigua mascota regresaba por él encarnado en el deseo absoluto de dos de los cuerpos más codiciados del planeta.
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