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Cap 4
El aire sofocante del mediodía se filtraba por las cortinas del dormitorio, trayendo consigo el calor denso de la tarde y el murmullo distante de los autos en la avenida principal. Abrí los ojos despacio, parpadeando para adaptarme a la luz. La fatiga del encuentro matutino todavía me pesaba en los músculos, pero la sensibilidad a flor de piel de mi cuerpo de Valeria hacía que cada roce de las sábanas contra mis piernas desnudas fuera una caricia placentera.
A mi lado, acurrucada como un ovillo, Sofía —mi amigo en el cuerpo de mi hermana menor— dormía profundamente. El rostro angelical de la chica de diecinueve años lucía relajado, con los labios levemente entreabiertos y un mechón de cabello castaño cruzándole la mejilla. Se veía tan frágil e inocente en sueños que resultaba casi surrealista recordar la forma en que hacía apenas un par de horas me pedía a gritos que le devorara la entrepierna.
Estiré mi brazo largo de Valeria y tomé mi teléfono móvil de la mesa de noche. La pantalla se iluminó mostrando las doce y media de la tarde. Entre las notificaciones de redes sociales y mensajes de clientes de la plataforma de arte donde vendía mis ilustraciones, vi un correo urgente proveniente de la universidad. Lo abrí y leí el comunicado oficial: debido a una falla en el suministro eléctrico del campus central, todas las clases de la tarde quedaban suspendidas hasta nuevo aviso.
Sonreí, sintiendo la alivio inmediato. Le di un suave empujón en el hombro desnudo a la figura de mi hermana menor.
—Sofía... ey, despierta —dije, dejando que la voz suave y melódica de Valeria saliera de mi garganta con esa cadencia pausada que la caracterizaba—. Despierta, floja.
Hugo gruñó, frunciendo el ceño con un gesto mimado que el cuerpo de Sofía ejecutaba a la perfección. Se giró hacia el otro lado, jalando la sábana para cubrirse los senos pequeños.
—Déjame dormir cinco minutos más, Valeria... —murmuró con esa voz agudísima y rasposa por el sueño—. Estoy molida. El cuerpo de tu hermana no tiene la misma resistencia que mi antigua espalda de hombre, me duele todo el vientre.
—Se cancelaron las clases de la tarde en la facultad —le anuncié, apoyando mi barbilla sobre su hombro desnudo—. Acaba de llegar el correo. Suspendieron todo por un apagón en el campus.
Hugo abrió un ojo, mirándome con la pupila dilatada, y luego soltó un largo suspiro de alivio que hizo vibrar sus pechos firmes contra el colchón.
—Uff, gracias al cielo —suspiró la voz de Sofía, estirando los brazos por encima de la cabeza y dejando al descubierto sus axilas suaves y su cintura estrecha—. Entonces me me quedo aquí contigo todo el día. No tengo ganas de regresar a mi departamento solo para aburrirme.
Me acomodé sobre la cama, cruzando las piernas desnudas y sintiendo la humedad que aún conservaba en la entrepierna. Miré a Hugo fijamente durante un par de segundos mientras una duda me cruzaba la mente.
—Oye... si te vas a quedar aquí toda la tarde —pregunté, matizando la voz de Valeria con una mezcla de curiosidad y cautela—, ¿qué va a pasar con Roxana? ¿No vas a ir por ella a tu departamento?
El rostro de mi hermana menor cambió de inmediato. La expresión de pereza desapareció, reemplazada por una mirada de ternura profunda y una preocupación casi maternal que resultaba impactante ver en la cara de una chica de diecinueve años.
—Maldición, tienes razón —musitó Hugo con la voz agudísima de Sofía, sentándose de golpe en la cama y dejando que la sábana cayera por completo—. Se me había olvidado por completo. Roxy debe estar encerrada en la sala esperándome.
Hablar de Roxana —o mejor dicho, de lo que habitaba dentro del cuerpo de Roxana— era tocar una de las historias más extrañas, trágicas y complejas que nos habían tocado vivir desde El Gran Cambio.
Antes de la reconfiguración global, Roxana era la novia de Hugo: una chica hermosa de veintiún años, de cabello negro largo, cuerpo voluptuoso y una personalidad dulce pero extrovertida. Cuando las ondas del púlsar atravesaron el planeta, el caos de identidades fue absoluto en todas las especies. La conciencia de Hugo terminó atrapada en el cuerpo de mi hermana menor Sofía, mientras que la verdadera Sofía fue a parar a la figura masculina de Hugo.
Pero lo más grotesco ocurrió con la novia de Hugo. Por un azar cruel de la naturaleza, la mente de Roxana no fue intercambiada con la de otro ser humano, sino con la de Roxy, la pequeña perrita Labrador de ocho meses que Hugo tenía como mascota. Durante los primeros minutos del Cambio, la verdadera Roxana —atrapada en la mente y el cuerpo de una perrita asustada— entró en pánico, salió corriendo desorientada a la calle y fue atropellada por un camión de carga frente al departamento. Murió al instante en la cinta de asfalto.
Hugo quedó devastado. Había perdido a su novia para siempre, pero le quedaba su cuerpo. El cuerpo físico de Roxana, de veintiún años, estaba intacto, pero habitado por la mente primaria, instintiva y asustada de una cachorra que no sabía cómo usar sus piernas humanas, que lloraba en un rincón, que intentaba lamer el suelo y que no entendía por qué ya no tenía cola ni pelaje.
Hugo cuidó de la figura de su novia con una dedicación enfermiza. La alimentó con cuchara, la enseñó a caminar en dos pies y la protegió de los inspectores del gobierno. Sin embargo, la revelación más impactante vino meses después, cuando descubrimos que las reglas de la memoria corporal no aplicaban únicamente a las mentes humanas.
Al igual que nos había pasado a nosotros —que al masturbarte y tener sexo absorbías los recuerdos, el vocabulario, la entonación y los ademanes del dueño original de la carne—, los animales que cayeron en cuerpos humanos experimentaban exactamente el mismo proceso de asimilación, pero potenciado. Un cuerpo humano posee un cerebro con una capacidad neuronal infinitamente superior al de un perro. Al principio, Roxy solo tenía los instintos de la mascota, pero la estructura cerebral de Roxana comenzó a procesar y moldear esos impulsos.
El punto de quiebre ocurrió hace seis meses. Hugo, desesperado por salvar la mente de la criatura que habitaba el cuerpo de su difunta novia, me pidió ayuda. Entre los dos, utilizando nuestras anatomías de Sofía y Valeria, empezamos a masturbar al cuerpo de Roxana diariamente y a sostener encuentros sexuales con ella. La descarga de dopamina, el choque hormonal y la reactivación de las zonas de placer del cerebro de Roxana detonaron una avalancha de información almacenada en su memoria muscular.
El resultado fue algo milagroso y perturbador a la vez. Roxy, la perrita, no solo aprendió a hablar, sino que la conciencia del animal se fusionó por completo con los recuerdos, la voz dulce, las frases célebres y los gestos coquetos de la verdadera Roxana. Hoy en día, la criatura que vivía en el departamento de Hugo tenía conciencia propia: un ser híbrido que poseía toda la memoria, la elegancia, los ademanes y el tono de voz exacto de la novia muerta de Hugo, pero combinados con una lealtad animal, una sumisión absoluta y un afecto hiperactivo hacia su dueño. Ante la ley, ella era Roxana; ante nosotros, era la creación más perfecta y degenerada que habíamos logrado salvar.
—¿Crees que se haya puesto triste por dejarla sola desde la mañana? —pregunté, inclinándome hacia Hugo mientras pasaba mis dedos largos de Valeria por su espalda desnuda.
—Sabes cómo es Roxy —contestó Hugo usando la voz agudísima de Sofía—. Aunque ahora habla, camina y actúa exactamente como la auténtica Roxana, la esencia de la perrita sigue ahí adentro. Si me tardo mucho en llegar, empieza a dar vueltas en círculos por la sala, a morder los cojines del sillón o a soltar esos gemidos agudos que ponía Roxana cuando se enojaba conmigo.
—La verdad es que hicieron un trabajo increíble con ella —comenté con una sonrisa de complacencia, recordando el tono de voz de Roxana—. Escucharla hablar con esa voz ronca y sensual que tenía tu novia, usar sus mismas palabras para pedirte comida o para rogarte que le des caricias en la entrepierna... es fascinante.
Hugo sonrió con melancolía, apoyando las manos sobre la sábana. Los pechos pequeños de Sofía se mecieron ligeramente con su movimiento.
—Al principio pensé que me estaba volviendo loco, Marcos —confesó Hugo, mirando sus propias manos femeninas—. Cuando empezamos a tocarla entre tú y yo, cuando le metías los dedos en la vagina a Roxana mientras yo le besaba la boca, sentía un remordimiento insoportable. Pensaba que estaba profanando el cadáver social de mi novia. Pero cuando vi cómo sus ojos negros abrían de par en par, cómo empezó a articular las primeras palabras con la voz exacta de mi novia y cómo usó ese gesto clásico de Roxana de morderse el labio inferior mientras se corría... entendí que la carne de Roxana estaba reescribiendo a la perrita.
—Ahora es perfecta —dije con firmeza, dejando que la voz de Valeria sonara con total convicción—. Tiene la belleza y los recuerdos de tu novia, pero con la devoción ciega de un animal que solo vive para hacerte feliz.
—Exacto —asintió Hugo con la cabeza de mi hermana menor—. Por eso no la puedo dejar sola tanto tiempo. La última vez que me fui por seis horas, se metió a mi closet, agarró mis vestidos de Sofía, los acomodó en el suelo haciendo un nido y se acostó ahí a esperarme llorando con la voz de Roxana.
—Pues dile que venga —le propuse, dando un golpecito juguetón en la cadera de Sofía—. Dile que se tome un taxi o ve por ella. Si las clases están suspendidas y mi antiguo cuerpo de hombre está encerrado en el call center hasta la noche, podemos pasar la tarde las tres aquí. Janeth seguro estará ocupada abajo con el fontanero todo el día, así que la casa es nuestra.
A Hugo se le iluminaron los ojos claros de mi hermana menor. La idea de tener al cuerpo de su novia en la misma cama, junto a las figuras desnudas de las dos hermanas mayores, era una tentación a la que su mente de chico universitario no podía resistirse.
—Debería marcarle al teléfono de la casa —dijo Hugo, alcanzando su móvil de la mesita—. Aprendió a contestar la llamada hace tres meses. La memoria muscular de Roxana es tan fuerte que apenas escucha el timbre del teléfono, el cuerpo camina solo hacia la cocina, levanta el auricular y dice '¿Bueno?' con esa voz seductora que me ponía tenso los pantalones.
Hugo marcó el número del departamento. Puso el altavoz del teléfono y lo colocó en medio de la cama, entre las piernas desnudas de ambos.
El tono de llamada sonó tres veces. Luego, se escuchó el chasquido de la línea al contestar y un breve silencio.
—¿Bueno?... ¿Huguitó? —brotó una voz a través del altavoz.
Era una voz inconfundible: profunda, femenina, con un tono ligeramente rasposo y cargado de una sensualidad natural. Era la voz exacta de la difunta Roxana. Escucharla salir del altavoz enviaba una sacudida directa a la memoria.
—Hola, mi amor —dijo Hugo, usando la voz aguda y dulce de Sofía para responder—. ¿Cómo estás, mi vida?
—Te extraño mucho... —respondió la voz de Roxana desde el otro lado de la línea. Aunque las palabras eran fluidas y usaban el vocabulario exacto de una mujer de veintiún años, la entonación tenía un matiz desesperado, ansioso, casi animal—. Olí tu ropa en la cama pero ya no huele tanto a ti. Llevo dos horas sentada junto a la puerta esperando escuchar tus pasos. ¿Cuándo vas a regresar a la casa? Tengo mucha hambre y me pica mucho el cuerpo.
Hugo y yo nos miramos. Sabíamos a qué se refería con que le "picaba el cuerpo". La carne de Roxana, tras meses de actividad sexual constante para mantener activa su mente, entraba en lapsos de celo fisiológico muy marcados. La lubricación de su vagina se volvía tan abundante que la perrita en su interior se ponía hiperactiva y solo se calmaba cuando recibía estimulación intensa.
—No voy a regresar ahorita, mi amor —le dijo Hugo con cariño, acariciando la pantalla del teléfono con la uña de Sofía—. Estoy en la casa de Valeria. Se cancelaron mis clases de la tarde. Quiero que te vistas, pidas un taxi y te vengas para acá. ¿Sabes cómo pedir el viaje en la aplicación, verdad?
—Sí... Roxana sabe hacerlo —respondió la voz del cuerpo de la novia, usando la tercera persona como solía hacer cuando los instintos de la mascota se cruzaban con los recuerdos de la mujer—. Agarro el teléfono negro, le pico al botón verde y le digo al señor del auto que me traiga a la casa de la hermana de Marcos. Pero... ¿Valeria está ahí contigo?
—Aquí estoy, Roxy —intervine yo, acercándome al micrófono del teléfono y hablando con la voz hermosa y seductora de mi hermana mayor—. Aquí estoy en la cama con Sofía. Estamos esperándote sin nada de ropa puesta.
Se escuchó un jadeo rápido y agitado al otro lado de la línea, el sonido característico de una respiración perruna acelerada que salía del pecho de una mujer hermosa.
—¡Valeria! —exclamó la voz de Roxana, llena de un entusiasmo salvaje—. ¡Hola, Valeria! ¿Tienen comida rica? ¿Y me van a tocar los pechos como la semana pasada? Me pica mucho abajo... la piel de Roxana está muy caliente hoy y quiero que me den besos en la boca.
—Si vienes rápido, te voy a lamer toda la vagina hasta que te quedes dormida —le prometí con la voz de Valeria, soltando una risita coqueta que el cuerpo ejecutó sin mi control—. Pero tienes que vestirte bien, no puedes salir a la calle en pijama.
—Roxana ya sabe vestirse —dijo la voz con orgullo inocente—. Me voy a poner el vestido rojo que a Hugo le gusta, el que no lleva calzones abajo para que sea más fácil cuando me agarren las piernas. Me voy a subir al auto ahorita mismo. ¡Los amo mucho a los dos!
La llamada se cortó con un tono seco.
Hugo soltó un largo suspiro y se dejó caer de espaldas sobre mi pecho de Valeria. Sentí el calor de la figura de mi hermana menor sobre mi piel, el roce de su cabello castaño contra mi barbilla y el peso de nuestros dos cuerpos desnudos descansando en la penumbra del cuarto.
—Es increíble, ¿verdad? —murmuró Hugo con la voz agudísima de Sofía, mirando hacia el techo—. Si alguien nos hubiera dicho hace dos años que estaríamos aquí... tú atrapado en el cuerpo de tu hermana mayor, yo en el de tu hermana menor, tu madre convertida en una zorra por la mente de una prostituta, y mi novia siendo una perrita reconstruida a base de sexo y recuerdos... nos habríamos reído en su cara.
—El mundo viejo se murió, Hugo —dije, pasando mi mano larga por la cintura delgada de Sofía y apretándola contra mi costado—. La moral de antes no sirve para nada aquí. Ahora lo único que importa es la carne, los nombres que la ley nos dio y el placer que podamos sacarle a cada día.
—Y vaya que le sacamos provecho —sonrió Hugo, girando la cabeza para darle un beso corto en los labios a mi boca de Valeria—. En cuanto llegue Roxana, vamos a tener que enseñarle cómo se comporta una chica educada en la cama de su amiga.
—Me parece perfecto —respondí, dejando que la voz de mi hermana mayor sonara con una gracia absoluta—. Le debo una buena sesión de caricias por haber aprendido a usar el teléfono tan bien.
Nos quedamos abrazados en silencio, escuchando el lejano rumor de la regadera que abajo volvía a abrirse, indicando que Janeth continuaba su jornada con el fontanero. Mientras tanto, en la cama de mi habitación, las figuras desnudas de Valeria y Sofía aguardaban la llegada del cuerpo de Roxana, listas para sumergirse en otra tarde de absoluta transgresión, donde las fronteras de lo humano, lo animal y lo prohibido se habían borrado para siempre.
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