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Cap 5

Chapter 5 by K45

El calor sofocante del mediodía parecía concentrarse en las cuatro paredes de la habitación. Tras la llamada con el cuerpo de Roxana, ambas nos quedamos recostadas un rato sobre la sábana empapada, sintiendo la brisa tibia que entraba por la ventana.

Me acomodé de lado, apoyando la cabeza sobre la mano y dejando que la silueta de mi cuerpo de Valeria se marcara sobre el colchón. La piel suave de mis muslos rozaba la de Sofía.

—Oye, Sofía —dije, dejando que la voz melódica de Valeria saliera con ese tono pausado y conversacional que el cuerpo dominaba a la perfección—, estaba pensando que deberíamos salir a comprar más ropa esta semana. Casi toda la lencería que tengo en el closet es la que Valeria usaba antes del Cambio... bastante conservadora, la verdad. Un par de conjuntos de encaje negro, pero casi todo es algodón sencillo.

Hugo, dentro de la pequeña y agraciada figura de mi hermana menor, soltó una risita aguda mientras se estiraba como un felino.

—A mí no me mires, yo estoy de acuerdo —respondió Hugo con la voz agudísima de Sofía—. El cuerpo de tu hermana menor tiene diecinueve años y unas tetitas firmes que se ven espectaculares con tops transparentes o escotes en V. La ropa que le quedó a Sofía en el armario es demasiado infantil, puros vestidos florales. Quiero comprarme un par de faldas de vinil, de esas que apenas te cubren el trasero y dejan ver la curva de los glúteos cuando caminas. Si la ley dice que estos cuerpos son nuestros, hay que vestirlos como se debe.

—Habría que pedirle a Elena que nos acompañe —añadí con una sonrisa burlona, acomodándome un mechón de cabello detrás de la oreja—. Con el dinero que Janeth le saca a los vecinos y a los clientes que se la follan en la sala, seguro nos patrocina un guardarropa entero de ropa provocativa.

—Esa mujer es una mina de oro —coincidió Hugo con la voz de mi hermana menor, girándose para mirarme—. Janeth sabe cómo explotar cada centímetro de la carne de tu madre.

En ese momento, desde la planta baja se volvieron a escuchar gemidos amortiguados y el sonido de madera crujiendo. Recordamos de inmediato que abajo no solo estaba Janeth, sino también el fontanero que había venido a reparar la tubería del patio. La idea de andar desnudas por el pasillo sabiendo que había un desconocido en la casa nos hizo reaccionar.

Nos levantamos de la cama. Fui directo al armario de mi hermana mayor y saqué dos batas de seda ligeras. Le entregué una de color rosa pálido a Hugo y yo me puse una negra translúcida. Nos las ajustamos a la cintura con el cordón, aunque el tejido delgado apenas ocultaba la forma de nuestros senos y el contorno de nuestros traseros.

Mientras nos abrochábamos las batas, la conversación se desvió de forma natural hacia la figura masculina que habitaba mi antiguo cuerpo.

—¿Y qué habrá sido de Marcos? —preguntó Hugo, refiriéndose a mi hermana Valeria, quien ahora usaba mi nombre y mi figura masculina de veinte años—. Dijo que se iba al centro de llamadas a trabajar, pero salió de aquí echando chispas.

—Está amargado, Sofía —respondí con la voz de mi hermana mayor, soltando un leve suspiro—. Lleva año y medio sin entender cómo funciona este mundo nuevo. Prefirió huir temprano porque no soporta ver cómo Janeth usa el cuerpo de nuestra madre, ni cómo tú y yo usamos las anatomías de sus dos hermanas para pasar el rato. No le entra en la cabeza que no hay vuelta atrás.

—Es un imbécil —sentenció Hugo con la entonación dulce de Sofía, cruzándose de brazos dentro de su bata rosa—. Tuvo la suerte de quedar en un cuerpo de hombre joven, alto y con buen físico. Si yo hubiera quedado en tu antiguo empaque masculino, estaría usándolo para acostarme con todas las maduritas del vecindario o cobrarle a las universitarias. Pero prefirió encerrarse en una oficina a contestar llamadas por el sueldo mínimo, solo para no admitir que le gusta la carne.

—Déjalo —dije, mirándome al espejo del tocador mientras me retocaba el cabello—. Ya aprenderá a golpes. La vida sola lo va a obligar a soltar la moral vieja.

Pasaron unos cuarenta y cinco minutos entre pláticas ligeras, risas y comentarios sobre la ropa que pediríamos por internet. De pronto, el sonido claro y prolongado del timbre de la puerta principal resonó en toda la casa.

—Debe ser Roxana —dijo Hugo de golpe, levantándose de la cama con una chispa de entusiasmo en los ojos claros de Sofía.

—Vamos a bajar a abrirle —asentí.

Ajustándonos las batas de seda para que no se nos abrieran del todo, salimos de la habitación y bajamos las escaleras de madera con cuidado. Al llegar al descanso del primer piso, la escena que nos recibió en el pasillo de la sala era de un libertinaje absoluto.

Janeth, habitando la imponente anatomía de cuarenta y cuatro años de nuestra madre Elena, estaba completamente desnuda de la cintura para abajo, con la bata negra de seda abierta de par en par. Estaba montada directamente sobre el pene del fontanero —un hombre maduro, de brazos fuertes y piel morena—, quien estaba sentado en el borde del sofá de la sala con los pantalones abajo hasta los tobillos. El sonido de la carne chocando con fuerza y los gemidos roncos de Janeth llenaban todo el espacio.

—¡Ahhh... sí, carajo... métemelo todo! —gemía la voz de mi madre Elena, con esa entonación refinada que solía usar para hablar con los profesores, pero soltando barbaridades mientras su trasero maduro rebotaba sobre las piernas del fontanero.

Al escuchar nuestros pasos en el último peldaño, Janeth detuvo el movimiento por un segundo, inclinando la cabeza hacia atrás con el cabello húmedo despeinado.

—¿Quién es, niñas? —preguntó la voz de nuestra madre, respirando agitadamente mientras el hombre le sujetaba las caderas gruesas con ambas manos.

—Es Roxana —respondió la voz suave de Valeria desde mi garganta—. La novia de Sofía. Dijo que venía a quedarse con nosotros esta tarde.

—Ah, la chiquita bonita —dijo Janeth con la voz de Elena, soltando una risita rasposa antes de volver a bajar su peso sobre el hombre—. Ábranle, ábranle... no se preocupen por nosotros, que aquí el señor todavía tiene mucho trabajo que hacerme en la tubería.

Hugo y yo caminamos hacia la entrada principal, ignorando el espectáculo que ocurría a un metro de distancia. Descorrí el seguro de la puerta y la abrí despacio.

En el umbral se encontraba la figura despampanante de Roxana, de veintiún años. Llevaba puesto un vestido rojo sumamente corto y ceñido que marcaba sus curvas voluptuosas, su cintura estrecha y un escote amplio que dejaba ver la firmeza de sus pechos. El cabello negro y largo le caía sobre los hombros. Pero la forma en que estaba parada —con las rodillas ligeramente juntas, las manos entrelazadas al frente y los ojos grandes mirando a todos lados con una mezcla de curiosidad e inocencia— revelaba de inmediato a la perrita que habitaba su mente.

—¡Hola! —exclamó la voz ronca y sensual de la difunta Roxana, saliendo del cuerpo de la chica mientras una sonrisa enorme se dibujaba en sus labios pintados de rojo.

Entró a la casa rápidamente y cerré la puerta tras ella, le pasé el seguro. Roxana nos miró a las dos con esos ojos negros llenos de una devoción casi infantil.

—¿Roxana lo hizo bien? —preguntó de inmediato con su voz profunda, buscando la aprobación de Hugo con la misma mirada con la que un cachorro espera una caricia—. Roxana se puso el vestido rojo que a Sofía le gusta... y no traje calzones abajo, como dijo Valeria.

—Te ves hermosa, mi amor —dijo Hugo, dejando que la voz dulce de Sofía sonara reconfortante mientras le acomodaba un mechón de cabello negro tras la oreja—. Hiciste muy bien en venir.

Roxana sonrió con entusiasmo, pero de pronto se acercó más a Hugo, ladeando la cabeza con el gesto curioso que el cuerpo de la novia ejecutaba por memoria instintiva.

—Y Roxana ahorró dinero —anuncio la voz sensual de la chica con un tono de orgullo inocente—. El señor del auto grande no me cobró nada por traerme hasta aquí.

Hugo frunció el ceño dentro del rostro de mi hermana menor, sospechando de inmediato.

—¿Cómo que no te cobró nada, Roxana? —preguntó la voz de Sofía con un matiz de severidad—. Si yo te pedí el viaje en la aplicación de mi celular y quedó pagado con mi tarjeta de crédito.

Roxana parpadeó un par de veces, confundida, y luego sonrió como si estuviera contando una travesura inocente.

—Es que el señor del auto me dijo que la aplicación no funcionaba —explicó la voz profunda de la novia, haciendo un gesto con la mano dulce de mujer—. Dijo que si quería que me trajera rápido, tenía que sacarle una cosa caliente que traía entre los pantalones y chupársela hasta que le saliera leche blanca. Y Roxana se la chupó toda en el asiento de adelante. Sabía un poco salada, como la de Sofía, pero el señor se puso muy contento y no me cobró.

El rostro de Hugo se transformó al instante. Una ola de rabia pura cruzó los ojos claros de mi hermana menor. La vena de su cuello se le marcó levemente bajo la piel tersa de diecinueve años.

—Maldito hijo de perra... —masulló Hugo con la voz agudísima de Sofía, apretando las manos delgadas hasta poner los nudillos blancos—. Te estafó, Roxana. El viaje ya estaba pagado desde mi teléfono. Ese infeliz se aprovechó de que no entiendes bien cómo funcionan las cosas y te hizo hacer eso.

Al ver la reacción violenta de Hugo y escuchar el tono helado de su voz, la expresión de Roxana se desmoronó por completo. El cuerpo de la chica de veintiún años dio un pequeño paso hacia atrás, encogiéndose de hombros. Los ojos de la difunta novia se llenaron de lágrimas de inmediato y la comisura de sus labios carnosos comenzó a temblar.

—¿Roxana... Roxana hizo algo malo? —preguntó con la voz entrecortada, soltando un sollozo ahogado que sonaba dolorosamente real—. Roxana pensó que estaba ayudando a ahorrar dinero para Sofía... ¿Sofía está enojada con Roxana? :c

La visión del cuerpo voluptuoso de la novia, llorando desconsolada con la fragilidad de una mascota castigada, suavizó la tensión de golpe. No podías culpar a la criatura; su mente primaria respondía al placer y a la obediencia, y el chófer se había aprovechado vilmente de su ingenuidad.

—No, mi amor, no estás en problemas —intervine de inmediato con la voz melódica y tranquila de Valeria, dando un paso al frente y rodeando los hombros de Roxana con mi brazo—. Tranquila, no pasa nada. Sofía no está enojada contigo, está enojada con el hombre del auto.

—Vamos arriba —dijo Hugo, suspirando profundamente mientras intentaba controlar la ira que el cuerpo de Sofía no sabía cómo gestionar bien—. Vamos a mi cuarto a hablar con calma.

Dejamos a Janeth abajo, quien continuaba su sesión en el sofa entre gemidos y suspiros maduros con el fontanero, y subimos las escaleras en silencio. Roxana caminaba pegada a nosotros, limpiándose las lágrimas con la manga de su vestido rojo y emitiendo pequeños suspiros agudos que la memoria corporal de la novia ejecutaba para desahogarse.

Entramos a la habitación de Valeria. Cerré la puerta con seguro para aislar el ruido de la casa. Nos sentamos las tres en la cama matrimonial: Hugo en el centro con la figura de Sofía, Roxana a su lado aún sollozando levemente, y yo del otro lado, cruzando mis piernas largas bajo la bata negra de seda.

Hugo tomó las dos manos suaves de Roxana entre las suyas de diecinueve años, mirándola directamente a los ojos negros.

—Escúchame bien, Roxy... o Roxana —dijo la voz de Sofía con un tono firme pero lleno de ternura—. No hiciste nada malo. Tú no tenías cómo saberlo. Pero quiero que me entiendas muy bien lo que te voy a decir.

Roxana asintió despacio, sorbiéndose la nariz con el pañuelo que le alcancé del tocador.

—A partir de hoy —continuó Hugo, remarcando cada palabra con la voz agudísima de mi hermana menor—, no le vas a chupar el pene a nadie más en la calle. A nadie. Ni a los señores de los autos, ni a los vecinos, ni a desconocidos, sin importar lo que te digan o aunque te digan que es un juego. Tu boca y tu cuerpo solo son para nosotros. ¿Entendiste?

—¿Solo para Sofía y para Valeria? —preguntó la voz de la novia, entornando los ojos mientras la claridad de la orden se asentaba en su mente.

—Solo para Sofía y para Valeria —afirmó Hugo con rotundidad—. Si alguien en la calle te dice que le saques esa cosa caliente o que le toques los pantalones, le dices que no y te echas a correr o me llamas por teléfono. El único que decide cuándo y con quién usas este cuerpo hermoso soy yo. ¿Quedó claro?

Roxana parpadeó, y de pronto la tristeza que la embargaba desapareció por completo, siendo reemplazada por esa sonrisa radiante y sumisa que solía poner la perrita cuando entendía una orden directa de su dueño.

—Sí... Roxana entendió —dijo con la voz profunda y seductora de la novia, recargando su cabeza sobre el hombro desnudo de Sofía—. Solo Sofía y Valeria pueden tocar la boca de Roxana. Roxana no le va a chupar nada a ningún desconocido más.

—Así me gusta, mi niña hermosa —sonrió Hugo, pasando una mano de Sofía por el cabello negro de Roxana y dándole un beso tierno en la frente—. Ahora ya no llores.

Roxana suspiró aliviada, acomodándose sobre las sábanas empapadas. Su mano delgada bajó por el abdomen de Sofía y luego se extendió hacia mi pierna, acariciando la piel de mi muslo por debajo de la bata negra de seda.

—Valeria... —murmuró la voz ronca de la novia, mirándome con esos ojos cargados de una lujuria inocente—. Roxana tiene mucho calor todavía. El señor del auto me dejó la boca salada, pero la piel de abajo me sigue picando mucho. ¿Me van a dar caricias las dos como prometieron en el teléfono?

Mire a Hugo a través de la penumbra del dormitorio. La rabia que mi amigo sentía por el incidente del auto se disolvió por completo ante la tentación de la carne que teníamos enfrente. El cuerpo de Roxana, de veintiún años, estaba allí: desnudo bajo el vestido rojo, oliendo a perfume caro, a sudor juvenil y a la devoción ciega de un ser que solo existía para complacernos.

—Claro que sí, Roxy —dije con la voz hermosa de Valeria, alcanzando el dobladillo de su vestido rojo para empezar a subirlo por sus piernas largas—. Te prometí que te iba a quitar esa picazón de abajo, y la palabra de Valeria se cumple.

Hugo sonrió con el rostro angelical de Sofía, desabrochándose el cordón de su bata rosa de seda y dejándola caer hacia atrás, exponiendo de nuevo sus pechos pequeños y firmes ante la mirada de la novia.

—Acuéstate bocarriba, mi amor —le ordenó la voz de mi hermana menor—. Hoy te vamos a enseñar exactamente cómo se siente cuando dos chicas te entregan todo el placer que este cuerpo puede aguantar.

Roxana obedeció de inmediato, dejándose caer de espaldas sobre el colchón con una sonrisa de pura felicidad en los labios. La tarde apenas comenzaba, y en el refugio de esa habitación, la realidad del mundo exterior volvió a desvanecerse para dar paso a la única ley que nos importaba: la satisfacción absoluta de la carne que habitábamos.

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