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Cap 3

Chapter 3 by K45

El ritmo de los gemidos en la habitación se volvió una sinfonía frenética y desordenada. Janeth, en el cuerpo de Elena, no dejaba de arquear la espalda madura, enterrando sus uñas de manicura roja en los hombros de mi nuevo cuerpo de Valeria mientras yo movía los dedos dentro de su carne húmeda con un ritmo despiadado. A pocos centímetros de mi cara, la entrepierna de Sofía —sostenida por Hugo— temblaba violentamente. La lengua de Valeria, que ahora era mi lengua, no daba tregua sobre el pequeño y rosado clítoris de mi hermana menor, absorbiendo cada gota de su lubricación juvenil.

El clímax nos alcanzó casi al mismo tiempo, como una descarga eléctrica que hizo colapsar a las tres anatomías sobre el colchón. Janeth soltó un grito gutural y desgarrador con la voz exacta de mi madre, un alarido de puro éxtasis que resonó en toda la planta alta mientras su vagina se contraía convulsivamente alrededor de mis dedos, bañándome la mano por completo. Casi de inmediato, Hugo soltó un sollozo agudo y femenino; el cuerpo de Sofía se sacudió en un espasmo violento, dejando caer un chorro espeso de fluido transparente directamente sobre mis mejillas y mi cuello. Yo no me quedé atrás: la intensidad de sentir a ambas mujeres entregadas al placer provocó que mi vientre de Valeria colapsara en un orgasmo aplastante. Mis piernas largas se cerraron solas, temblando sobre las sábanas mientras mi vagina segregaba una marea de calor líquido que dejó la cama completamente empapada.

Durante varios minutos, lo único que se escuchó en el dormitorio fue el sonido de tres respiraciones agitadas buscando aire.

Hugo se dejó caer a mi lado, bocarriba, con los pequeños senos de Sofía subiendo y bajando rápidamente. Janeth rodó hacia el otro extremo de la cama matrimonial, estirando sus extremidades maduras con una soltura absoluta y dejando que sus enormes pechos de Elena cayeran hacia los lados. Las tres anatomías estaban completamente desnudas, sudadas y manchadas de una mezcla indistinguible de jugos corporales, sudor y el aroma penetrante del semen de mi antiguo cuerpo que Janeth aún traía en el aliento.

Janeth fue la primera en moverse. Se incorporó despacio, pasando una mano de uñas rojas por su cabello castaño y despeinado. Usando los ademanes elegantes y precisos de Elena, se puso de pie, balanceando sus anchas caderas sin el menor atisbo de pudor.

—Ay, por Dios... eso fue maravilloso —dijo la voz de mi madre, dejando salir un suspiro cansado pero lleno de satisfacción—. Las jóvenes de hoy en día sí que saben usar los dedos. Pero bueno, los negocios no esperan. Tengo que ir a bañarme antes de que venga el fontanero; me prometió arreglar el tubo del lavabo gratis si lo dejo mamarme estas tetas un rato.

Janeth recogió su vestido de encaje negro del suelo, se lo pasó por la cabeza con la gracia natural de Elena y salió del cuarto contoneando el trasero, dejando la puerta entornada.

Hugo y yo nos quedamos a solas en la cama. Él apoyó la cabeza de Sofía sobre mi hombro de Valeria, descansando el peso de su cuerpo menudo contra mi costado. Pasé mis dedos por su cabello largo, sintiendo la tersura de su piel.

—Carajo, Marcos... esto fue increíble —murmuró Hugo con la voz agudísima y dulce de mi hermana menor—. El cuerpo de tu madre es una locura. Sentir cómo succionaba mi pezón con esa boca madura me dejó los oídos zumbando.

Me quedé mirando hacia el techo de madera, escuchando el lejano goteo de la regadera en el baño del pasillo. La mente me funcionaba a mil por hora mientras el cansancio físico empezaba a asentarse en mis músculos.

A pesar de que en la intimidad de esta casa nos llamáramos por nuestros nombres originales —Marcos, Hugo, Valeria, o Janeth—, la realidad allá afuera era inflexible. Y no solo por la Ley de Propiedad Corporal Definitiva que nos otorgaba la pertenencia absoluta de la carne que habitábamos. Había otra ordenanza estatal, aprobada apenas seis meses después del evento del púlsar, que terminó por sellar nuestras identidades para siempre: la Ley de Identificación Unificada de Registro y Nombre.

La legislación era tajante: el nombre legal, social y civil de cada ciudadano quedaba atado de forma obligatoria e irreversible a la anatomía que habitaba. No importaba quién hubieras sido antes, ni los recuerdos que guardaras en la cabeza, ni cómo te llamaran tus amigos en secreto detrás de puertas cerradas. Ante el Estado, ante la policía, en tu licencia de conducir, en las cuentas bancarias, en los contratos de trabajo y en cualquier interacción pública, tú eras el nombre del cuerpo.

Si la policía me detenía en la calle, yo no era Marcos en el cuerpo de Valeria; yo era Valeria. Legalmente, Marcos era el sujeto que vivía al otro lado del pasillo, amargado en mi antiguo empaque masculino. Hugo no existía para la sociedad; ante cualquier trámite, la chica de diecinueve años que descansaba sobre mi pecho era Sofía. Y la mujer madura que se estaba bañando en el piso superior no era la prostituta Janeth, sino Elena. Tenías que responder por ese nombre, firmar con esa rúbrica y asumir la historia legal de la figura que pisaba la tierra. Podías hacer lo que se te diera la gana con tu vida, prostituirte, cambiar de carrera o vagabundear, pero el nombre del cuerpo era tu única tarjeta de presentación ante el mundo.

—Oye... Sofía —dije de pronto, dejando que la voz hermosa de Valeria pronunciara el nombre legal de mi hermana menor con total naturalidad.

Hugo se removió a mi lado, alzando el rostro de mi hermana pequeña para mirarme con sus ojos claros.

—¿Qué pasa, Valeria? —respondió Hugo, usando también el nombre de mi cuerpo sin dudarlo. El hábito de la ley se nos había colado tan hondo en los huesos que nos salía fluido, casi por instinto.

—Estaba pensando en lo raro que es todo esto —murmuré, acariciando la curva de su hombro desnudo—. Salir a la calle y escuchar que todo el mundo te llama por el nombre de la chica que solías ver crecer. Ir al banco y firmar como Valeria. Ver a mi propia hermana firmar como Marcos cuando va a pedir trabajo.

Hugo soltó una risita agudísima, acomodándose sobre mi vientre.

—Al principio era raro —dijo la voz de Sofía—. Me acuerdo los primeros meses, cuando la policía te pedía la identificación en la calle y tenías que recordar responder como Sofía para no terminar en una celda de evaluación psiquiátrica. Pero a estas alturas... ¿qué más da? Me gusta ser Sofía. Me gusta que los tipos en la calle me miren, me sonrían y me digan 'adiós, güerita' o 'qué guapa amaneciste hoy, Sofía'. Es un nombre bonito para un cuerpo hermoso.

—A mi hermana no le gusta nada —comenté, recordando la cara de amargura de mi antiguo cuerpo masculino.

—Porque Valeria es una idiota que no supo disfrutar de tener una polla entre las piernas —dijo Hugo sin rodeos, pasándole la lengua a mi pezón de Valeria de forma juguetona—. Si yo estuviera en el cuerpo de Marcos, estaría follándome a media ciudad. Pero en lugar de eso, prefirió quedarse encerrada llorando porque extraña sus vestidos. Ahora Marcos —o sea, tu antigua carne— es solo un tipo gris que trabaja en un centro de llamadas, mientras nosotros disfrutamos de ser estas dos bellezas.

Me quedé en silencio, sintiendo el peso de sus palabras. Tenía razón. La vida previa había desaparecido en la ráfaga de radiación del púlsar. Aceptar el nombre de Valeria no había sido un castigo, sino la llave de entrada a una libertad absoluta.

La puerta de la habitación se abrió del todo y Valeria entró. O mejor dicho, mi antiguo cuerpo masculino entró.

Llevaba puestos unos jeans gastados y una playera negra floja. Tenía el cabello masculino desordenado y los ojos rojos, claramente exhausto tras la paja violenta que Janeth le había arrancado minutos antes. Nos miró a los dos tirados en la cama, desnudos, manchados y abrazados, y dejó salir un resoplido de asco profundo con mi antigua voz grave.

—Son un par de enfermos —dijo mi antiguo cuerpo masculino, apoyándose contra el marco de la puerta.

—Cálmate, Marcos —dijo Hugo desde la cama, usando la voz agudísima de Sofía para dirigirse al cuerpo masculino de mi hermana—. No vengas a hacerte el Santo. Janeth nos contó que te dejó temblando en la cama como una perra en celo.

El rostro de mi antiguo cuerpo se puso completamente rojo de vergüenza. Valeria apretó los puños masculinos a los lados de su cuerpo.

—Cállate la boca, Sofía —gritó Valeria con mi antigua voz, usando el nombre legal de su hermana menor por pura inercia de la ley—. Esa mujer es una asquerosa. Entró a mi cuarto sin permiso, me agarró los pantalones y no me dejó soltarme hasta que me hizo esa cochinada. Odio este cuerpo de hombre, odio cómo huele este semen y odio que me llamen Marcos cada vez que salgo a la calle.

Me incorporé despacio en la cama, dejando que mis peños de Valeria quedaran al descubierto ante la mirada de mi antiguo cuerpo. Usé los ademanes elegantes de mi hermana mayor, cruzando las piernas largas sobre las sábanas empapadas y ladeando la cabeza con una sonrisa de pura conmiseración.

—Nadie te manda a estar amargada, Marcos —dije, dejando que la voz dulce de Valeria sonara firme y dominante en la habitación—. La ley es clara desde hace un año. Tú eres Marcos, el hombre de veinte años que trabaja en el call center y paga la renta de su cuarto. Yo soy Valeria, la chica de veintidós que disfruta de la vida. Si no te gusta la carne que habitas, es tu problema, pero no vengas a arruinar nuestro descanso.

—¡Tú te robaste mi vida! —gritó Valeria desde mi antiguo cuerpo, dando un paso adentro y señalándome con un dedo masculino tembloroso—. ¡Te quedaste con mi cuerpo, con mi ropa, con mi cuarto y hasta te acuestas con mi mejor amiga usando mi voz!

Hugo soltó una carcajada agudísima en el cuerpo de Sofía, sentándose a mi lado y abrazándome por la cintura, pegando sus pequeños pechos contra mi costado.

—Aceptalo de una vez, primor —dijo Hugo con la voz de la hermana menor—. Tu antigua vida ya no existe. Ante la ley y ante el mundo, la hermosa Valeria es la chica que tienes enfrente, y la dulce Sofía soy yo. Tú solo eres un chico amargado más en este mundo. Si fueras listo, usarías ese pene para buscarte a una madurita como Elena o a alguna vecina que te pague la comida, en lugar de estar chillando como un niño chiquito.

Valeria se nos quedó mirando con una mezcla de odio, rabia y una evidente excitación reprimida. Pude ver cómo la parte delantera de sus jeans deportivos comenzaba a abultarse ligeramente. A pesar de su rechazo verbal, la biología de mi antiguo cuerpo masculino reaccionaba de forma incontrolable ante la visión de dos chicas jóvenes desnudas en la cama hablándole con obscenidad.

—Eres un asco... los dos son un asco —musitó Valeria, dando un paso atrás hacia el pasillo—. Voy a salir. Tengo turno en el centro de llamadas a las dos de la tarde. Y no quiero que toques mi ropa limpia, Valeria.

—Tranquilo, Marcos —contesté con la voz de mi hermana, dedicándole un guiño coeto antes de que cerrara la puerta de golpe—. Que te rinda el turno en el trabajo.

El sonido de los pasos pesados de mi antiguo cuerpo bajando las escaleras marcó su partida. Hugo y yo nos miramos y soltamos una carcajada coordinada que resonó en todo el dormitorio.

—Pobre imbécil —suspiró Hugo, dejándose caer de nuevo sobre las sábanas—. No sabe de lo que se pierde.

En ese momento, el sonido de la regadera en el baño se detuvo. Unos pasos descalzos caminaron por el pasillo y la figura de nuestra madre volvió a aparecer en el umbral de la puerta. Janeth traía el cabello maduro húmedo, pegado a los hombros, y venía envuelta únicamente en una toalla blanca que apenas le cubría la cadera y dejaba la mitad de sus enormes senos de Elena al aire.

—Vaya, qué griterío tenían aquí con el muchacho —dijo la voz de nuestra madre, usando su tono de voz refinado pero secándose las gotas de agua del cuello con una soltura de prostituta—. Ya se fue a su trabajo, supongo.

—Sí, Elena —respondió Hugo desde la cama, usando el nombre legal de nuestra madre sin titubear—. Se fue furioso como siempre.

Janeth sonrió, dejando caer la toalla al suelo sin el menor reparo. La carne madura de Elena volvió a quedar expuesta en todo su esplendor: las caderas anchas, el vientre suave con las marcas de sus dos partos pasados y su vagina madura, limpia y oliendo a jabón de flores.

—Mejor así —dijo Janeth en el cuerpo de Elena, caminando hacia la cama con ese andar pesado que hacía temblar sus muslos—. A ese chico le falta aprender a vivir. Pero bueno... el fontanero acaba de llegar abajo. Dice que ya trajo las herramientas para arreglar la fuga del patio.

—¿Y vas a bajar así? —pregunté, mirando cómo se pasaba la mano por la entrepierna madura.

—Por supuesto que no, Valeria —respondió la voz de Elena, guiñándome un ojo con pura malicia—. Voy a ponerme una bata transparente sin nada abajo. Le dije que si arregla la tubería en menos de media hora, le dejo que me abra las piernas en la mesa del comedor mientras él me llama 'Doña Elena'. Le encanta ese jueguito de roles a ese hombre.

Hugo soltó un silbido agudo con la boca de Sofía.

—Eres una genia, Elena —dijo mi mejor amigo—. A mí me toca ir a la universidad más tarde. Tengo examen de contabilidad, pero hablé con el profesor ayer y me dijo que si voy a su oficina con esta faldita corta y me pongo debajo de su escritorio un rato, me pone un diez automático.

—Así se habla, Sofía —la felicitó la voz de nuestra madre, dándole una palmadita afectuosa en el trasero de diecinueve años—. Hay que usar las herramientas que la vida nos dio.

Janeth caminó hacia el armario de Valeria, buscó una bata de seda negra transparente que solía pertenecer a mi hermana y se la puso, dejándola abierta por el frente para que se le viera absolutamente todo. Se miró al espejo del peinador, se arregló el lápiz labial rojo con una destreza impecable y nos dedico una última mirada cargada de complicidad.

—Nos vemos al rato, niñas —dijo la voz de Elena, saliendo de la habitación con el sonido de sus tacones resonando hacia la planta baja.

Me quedé en la cama, estirando las piernas de Valeria sobre las sábanas húmedas. Hugo se acomodó a mi lado, dándome un beso suave en la mejilla con la boca de Sofía antes de cerrar los ojos para tomar una siesta rápida antes de su clase.

Miré mi reflejo en el espejo de la peinadora frente a la cama. Allí estaba Valeria: una mujer joven, de piel perfecta, curvas deseables y una vida entera por delante para explotar cada rincón del placer humano. Mi nombre original, mi antiguo pene de veinte años y mi moral de la vida pasada eran solo sombras podridas de un mundo que ya no existía. La ley, la sociedad y mi propia carne me definían ahora.

Cerré los ojos, sintiendo el calor tibio de la entrepierna de Sofía contra mi muslo, y me dejé llevar por el cansancio, sabiendo que al despertar, el único límite para esta nueva vida sería hasta dónde quisiéramos llegar.

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