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Cap 2
La puerta de la habitación se cerró tras nosotros con un chasquido seco. Como bien marcaba la rutina de este año y medio, la habitación en la que estábamos no era mi antiguo cuarto de chico universitario, sino la recámara que solía pertenecer a Valeria. Mi hermana había terminado mudándose a mi antiguo espacio, rodeada de mis viejos posters y consolas que ya apenas tocaba, mientras que yo había tomado posesión absoluta de su cama matrimonial, su tocador lleno de perfumes y su armario repleto de lencería. Para mí, estar aquí era lo más natural del mundo; respirar el aroma a lavanda y vainilla que impregnaba las sábanas de Valeria se había vuelto mi día a día.
Hugo no perdió un solo segundo. En cuanto la cerradura encajó, el cuerpo de mi hermana menor Sofía se movió con una desesperación casi animal. Se lanzó directamente hacia el cesto de la ropa sucia que yo guardaba junto al armario. Con esas manos delgadas, delicadas y de uñas pintadas que pertenecían a la anatomía de diecinueve años de Sofía, empezó a escarbar sin ningún pudor hasta extraer un puñado de mi ropa usada del día anterior: un top deportivo, un par de shorts ceñidos, un sostén de encaje y las bragas de algodón que me había quitado la noche pasada.
Sin dudarlo, Hugo hundió su rostro de forma violenta en el montón de tela, pegando las prendas usadas directamente contra su nariz y su boca, inhalando con fuerza con los ojos cerrados mientras soltaba un gemido ahogado y agudísimo.
Ver la figura física de mi hermana pequeña Sofía —con su rostro angelical, su cabello castaño cayéndole por la espalda y su cuerpo menudo— reaccionando de una manera tan grotesca, degenerada y depravada, me provocó un choque psicológico brutal. Sabía perfectamente que dentro de esa cabeza estaba la conciencia de mi mejor amigo, pero la imagen visual era la de Sofía devorando el olor de las bragas usadas de su propia hermana mayor.
Ese contraste deforme hizo que mi vientre se contrajera de inmediato. Un tirón eléctrico me recorrió desde la espina dorsal hasta la entrepierna, y la respuesta de mi anatomía femenina fue instantánea: sentí una ráfaga de calor denso y una humedad abundante deslizándose entre los pliegues de mi nueva vagina, empapando de nuevo la tela de mi short de pijama. Si todavía tuviera el pene con el que nací, habría tenido una erección tan dura que me habría dolido el pantalón; pero en mi forma de Valeria, la respuesta física a la perversión era una lubricación líquida, tibia e incontrolable.
—Maldita sea, Marcos... —dijo la voz dulce y frágil de mi hermana menor Sofía, saliendo del rostro de Hugo mientras emergía de la ropa sucia con los ojos entrecortados de placer—. Tu cuerpo de Valeria huele delicioso. Este sudor femenino mezclado con tu perfume me vuelve loco desde hace dieciocho meses. No sabes las ganas que le tenía a estas bragas.
—Eres un degenerado, Hugo —dije, dejando que la voz de Valeria brotara de mi garganta con esa mezcla de burla y condescendencia que el cuerpo ejecutaba en piloto automático—. Pero no puedo negarte que verte en el cuerpo de Sofía haciendo semejante asquerosidad me pone insoportablemente mojada.
Hugo soltó la ropa sucia y comenzó a desvestirse a una velocidad pasmosa. Se quitó la blusa sin mangas, dejándola caer al suelo para revelar los senos pequeños, firmes y turgentes de mi hermana menor, coronados por pezones rosados que se irguieron al instante por la excitación. Luego se desabrochó la falda de pliegues y se bajó la tanga hilo dental, quedando completamente desnudo frente a mí. La anatomía de diecinueve años de Sofía estaba intacta: piel suave, sin una sola marca, vientre plano y una pequeña vagina rosada que ya goteaba hilos de lubricación transparente hacia la alfombra.
Yo no me quedé atrás. Apoyé la espalda contra la puerta y me quité la camiseta corta de tirantes, dejando al descubierto los senos maduros y voluptuosos de Valeria, considerablemente más grandes y pesados que los de Sofía. Mis manos, usando los gestos delicados que el cuerpo de mi hermana conocía de memoria, bajaron por mi vientre hasta desabrochar los shorts y deslizar mi ropa interior hacia abajo. Quedé desnuda en medio de la habitación, sintiendo el aire fresco acariciar las curvas de mi cadera y el peso de mis senos balanceándose con mi respiración agitada.
Nos miramos durante tres segundos en absoluto silencio, dos amigos de toda la vida contemplando las anatomías femeninas de dos hermanas completamente desnudas y listas para la entregarse al placer. Hugo dio un paso hacia mí, abriendo los brazos con el rostro angelical de Sofía iluminado por la lujuria.
Pero justo cuando nuestros cuerpos iban a colisionar en la orilla de la cama, unos pasos pesados y apresurados resonaron en el pasillo exterior. La perilla de la puerta giró con fuerza y la hoja se abrió de golpe, revelando la imponente figura de nuestra madre, Elena.
O mejor dicho, la figura de la mujer que habitaba su cuerpo.
A lo largo de este año y medio de convivencia en la misma casa, yo había descubierto el verdadero nombre de la conciencia que se había quedado con la carne de mi madre. Lo supe una noche, apenas tres meses después del Gran Cambio, cuando llegó a la madrugada tambaleándose, borracha como una cuba, con el vestido azul desgarrado, la cara manchada de maquillaje y con restos de semen ajeno secándose en sus muslos maduros y en su cuello. En medio de su delirio etílico, mientras la ayudaba a subir las escaleras, me confesó entre risas y sollozos que en su vida anterior se llamaba Janeth, y que había trabajado durante más de diez años como prostituta y stripper en los clubes más oscuros del centro de la ciudad.
Janeth, habitando la piel de Elena, irrumpió en la habitación respirando de forma agitada. Su vestido de encaje negro estaba totalmente subido hasta la cintura, dejando al descubierto las nalgas gruesas, celulíticas y maduras de mi madre, así como una tanga de hilo que estaba completamente corrida hacia un lado.
—Vaya, vaya... así que ya se estaban desnudando sin mí —dijo la voz de mi madre. Era la misma modulación cálida, maternal y elegante que Elena había usado toda su vida para regañarnos o llamarnos a cenar, pero el contenido de las palabras que Janeth soltaba con esa voz era una lección de depravación pura.
—¿Qué haces aquí, Janeth? —pregunté, usando el nombre real de la prostituta pero dirigiéndome a la figura de mi madre mientras intentaba cubrir levemente los pechos de Valeria con un brazo.
Janeth soltó esa risita rasposa que pertenecía a Elena, acomodándose el cabello maduro con un ademán de elegancia perfecta que el cuerpo ejecutaba solo.
—Ay, Marcos, no seas egoísta —respondió la voz de mi madre, dando un paso adentro y cerrando la puerta con el trasero—. Vengo llegando de la habitación de tu hermana Valeria... o bueno, de tu antiguo cuerpo masculino. Ese pobre muchacho estaba tan frustrado que tuve que hacerle un favor maternal.
—¿Qué le hiciste al antiguo cuerpo de marcos? —inquirió Hugo con la voz agudísima de Sofía, inclinando la cabeza con el ademán curioso de mi hermana menor.
—Le hice una paja rápida pero brutal —confesó Janeth en el cuerpo de Elena, mostrándonos su mano derecha, la cual estaba completamente manchada y brillante con una cantidad generosa de semen espeso—. Usé esta mano madura para masturbarlo hasta que me vació toda su leche entre los dedos. El pobre diablo chilló como un cerdito cuando se corrió. Lo dejé tirado en la cama con los pantalones abajo, temblando como una hoja y respirando como si hubiera corrido un maratón. Y en cuanto terminé con él, vine corriendo hacia acá porque escuché que ustedes dos iban a follar.
Janeth se acercó hacia nosotros con el andar pesado y sensual que la anatomía de cuarenta y cuatro años de mi madre poseía de forma natural. Se llevó la mano manchada de semen a la boca y, sin el menor asco, se limpió los dedos con la lengua, tragándose el semen de mi antiguo cuerpo con una lentitud grotesca mientras nos miraba a los dos.
—No pensaban dejar a esta madurita fuera de la fiesta, ¿verdad? —continuó la voz de Elena, mientras Janeth llevaba sus manos maduras hacia la parte superior de su vestido y, de un solo jalón, se desabrochaba la prenda hasta la cintura.
Los enormes senos de nuestra madre, pesados, caídos de forma natural por la madurez pero insoportablemente voluptuosos, quedaron completamente al aire. Los pezones de Elena, grandes y oscuros, estaban ridículamente erectos. Janeth se agarró un pecho con cada mano y los apretó con fuerza, haciéndolos temblar y chocándolos entre sí mientras nos mostraba su escote.
—Miren estas tetas de madre de familia —dijo Janeth, usando la entonación exacta con la que Elena nos leía cuentos de niños cuando éramos pequeños, pero hablando de su carne de una forma degenerada—. Están tan cargadas de ganas que me duelen. Desde que me masturbé esta mañana con el recuerdo de cuando Elena amamantaba a Valeria, no he parado de chorrear. Y la vagina de esta señora de cuarenta y cuatro años está tan caliente que siento que me voy a quemar si no me meten algo rápido.
La visión de Janeth —usando la voz, los gestos faciales y la prestancia física de mi madre Elena, pero ofreciendo sus senos maduros y su vagina usada por cientos de clientes a dos chicos atrapados en los cuerpos de sus hijas— me provocó una sacudida tan fuerte que tuve que apoyarme en la pared para no perder el equilibrio.
La lubricación de mi vagina de Valeria aumentó de golpe, corriendo en un hilo delgado por la parte interna de mis muslos. El olor que inundó la habitación era una mezcla insoportable de perfume de lavanda, la sudoración de la piel joven de Sofía, la leche de mi antiguo cuerpo que Janeth traía en el aliento y la abundante lubricación que las tres anatomías femeninas estábamos segregando al mismo tiempo.
—Carajo, Janeth... —suspiró Hugo, usando la voz de mi hermana menor Sofía para expresar el asombro de un chico de veintiún años—. Tu cuerpo de Elena es una puta obra de arte. Mira el tamaño de esas tetas.
—Aproxímate, chiquita —le ordenó Janeth en el cuerpo de Elena, usando el tono de voz autoritario con el que mi madre nos mandaba a lavar los platos—. Acércate y deja que esta madre te enseñe cómo se chupa un pecho de verdad.
Hugo, dentro de la pequeña figura de Sofía, no se hizo rogar. Avanzó hacia la mujer que habitaba la piel de nuestra madre y se arrodilló sobre la alfombra. Con la delicadeza propia del cuerpo de diecinueve años de Sofía, Hugo abrió la boca y rodeó uno de los grandes pezones oscuros de Elena, comenzando a succionar con fuerza mientras Janeth le acariciaba el cabello castaño con el afecto maternal exacto que mi madre solía mostrar.
—Eso es, mi niña dulce... succiona fuerte a tu mami —gemía la voz de Elena, echando la cabeza hacia atrás mientras su voz se quebraba en un suspiro erótico de pura prostituta—. Ahhh, Dios mío... qué bien se siente esa boquita joven de diecinueve años en mi pezón maduro.
Mientras Janeth ahogaba a mi hermana menor contra sus enormes senos de madre, extendió su otra mano madura hacia mí. Me tomó de la muñeca con firmeza y me arrastró hacia la cama.
—Ven aquí tú también, Valeria... o Marcos, o como mierda te llames hoy —me dijo la voz de Elena, mientras Janeth se dejaba caer de espaldas sobre las sábanas de mi habitación, abriendo sus gruesas piernas de cuarenta y cuatro años y apartando la tanga húmeda para revelar su vagina madura, ancha, rodeada de un vello recortado y completamente empapada en jugos naturales—. No te quedes ahí parado mirando con esa cara de niña buena. Tú tienes la vagina de la hija mayor, y yo tengo la de la madre. Ven y demuestra si de verdad sabes usar los dedos de esa chica.
Me subí a la cama a gatas, dejando que mis pechos de Valeria colgaran libremente sobre el abdomen de mi madre. La cercanía con la piel de Elena, el olor de su cuerpo maduro combinado con la depravación de Janeth, me nubló el juicio por completo. Olvidé cualquier vestigio de la moral que me quedaba de mi vida anterior como hombre.
Llevé una de mis manos delgadas de Valeria hacia la entrepierna de mi madre. Mis dedos entraron en contacto con la carne tibia, gruesa y resbaladiza de Janeth. En cuanto empecé a acariciar sus labios vaginales con la soltura que la memoria muscular de Valeria me otorgaba, Janeth soltó un gemido largo y agudo, exactamente igual al grito que mi madre pegaba cuando se quemaba con el aceite en la cocina, pero cargado de una lascivia que me erizó hasta el último vello de los brazos.
—¡Eso es, carajo! —gritó la voz de Elena, mientras sus manos maduras subían para agarrar mis senos de Valeria y apretarlos con una fuerza desesperada—. ¡Sigue tocando a tu madre ahí! ¡Deshazme el coño con esos dedos de tu hermana!
A mi lado, Hugo se incorporó sobre la cama en el cuerpo de Sofía. Estaba completamente fuera de sí, con la cara manchada de la leche maternal que le brotaba a los pechos de Elena y con su propia vagina de diecinueve años chorreando sobre las sábanas. Se posicionó directamente sobre mi rostro, ofreciéndome la entrepierna de mi hermana menor a pocos centímetros de mi boca.
—Lámeme a mí también, Marcos —me suplicó la voz dulce y agudísima de Sofía, brotando de la garganta de Hugo mientras sus dedos pequeños se abrían su propia carne rosada—. Lame a tu hermana pequeña mientras le deshaces la vagina a tu madre.
La escena en esa habitación era la cúspide de la decadencia a la que el Gran Cambio nos había conducido. Tres cuerpos femeninos pertenecientes a una misma familia —la madre, la hija mayor y la hija menor—, habitados por dos chicos jóvenes y una prostituta profesional, entrelazados sobre la cama en un frenesí de carne, fluidos, recuerdos robados y ademanes asimilados.
Acerqué mi cara a la entrepierna de Sofía y saqué la lengua, probando el sabor ácido, dulce y caliente del cuerpo de mi hermana menor, mientras mis dedos continuaban hundiéndose sin piedad en la profunda humedad de mi madre. Janeth se retorcía bajo mi peso, gritando obscenidades con la voz sagrada de la mujer que me había dado la vida, mientras Hugo gemía con los tonos agudos de mi hermana pequeña cada vez que mi lengua tocaba su clítoris.
Ya no había separación entre lo que éramos antes y lo que éramos ahora. La realidad era esta carne, este placer insoportable y la certeza absoluta de que esta vida de transgresión sin límites era lo único que nos pertenecía para siempre.
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