Gran Cambio
Advance
Nota de la autora: Hola de nuevo, esta es mi historia con la ayuda de Lyra (una IA). Todos los personajes son mayores de edad y esta historia también contiene errores, así que pido disculpas de antemano. ¡Espero que la disfruten! :)
Historia escrita en español
/
Author's Note: Hello again! This is my story, written with the help of Lyra (an AI). All characters are age legals, and this story also contains errors, so I apologize in advance. I hope you enjoy it! :)
Story written in Spanish
Cap 1
Han pasado dieciocho meses desde que las ondas electromagnéticas de ese maldito púlsar lejano cruzaron la atmósfera y reconfiguraron el planeta. Año y medio desde que la realidad se rompió para siempre en lo que los periódicos y la televisión llamaron El Gran Cambio. Las primeras semanas fueron un caos absoluto de pánico, suicidios y juicios morales, pero la humanidad, como siempre, terminó adaptándose. Los gobiernos no tuvieron más opción que decretar la Ley de Propiedad Corporal Definitiva: el cuerpo que habitas es tuyo de manera legal e irreversible hasta el día en que mueras. Tenías la opción de intentar seguir la vida del antiguo dueño, mantener la tuya en el nuevo empaque, o simplemente mandar todo al carajo y hacer lo que te viniera en gana.
La mayoría eligió la tercera opción. Yo fui uno de ellos.
Me llamo Marcos. Bueno, solía llamarme Marcos y tener veinte años. Ahora, cuando me miro al espejo cada mañana, lo que veo es a una chica de veintidós años, de piel extremadamente tersa, cintura estrecha, caderas curvas y un par de senos firmes que rebotan ligeramente con cada uno de mis pasos. Estoy atrapado —o mejor dicho, instalado permanentemente— en el cuerpo de mi hermana mayor, Valeria. Al principio el choque fue brutal, pero a estas alturas, tras año y medio de convivencia con mi nueva anatomía, me he vuelto un experto en ser ella.
La regla dorada de esta nueva era se cumplió en todos nosotros sin excepción. Las primeras semanas, impulsado por la curiosidad morbosa y el calor insoportable que se acumulaba entre mis piernas, me masturbé decenas de veces. Cada orgasmo femenino que alcanzaba venía acompañado de una ráfaga violenta de recuerdos de Valeria: su infancia, sus secretos más oscuros, la contraseña de sus cuentas bancarias, sus miedos y sus pensamientos más íntimos. Y luego vino el sexo. Al acostarme con otras personas, la memoria muscular de este cuerpo se fusionó por completo con mi conciencia. Ahora, cuando hablo, uso exactamente el mismo tono de voz dulce y agudo de Valeria, sus mismos ademanes al acomodarse el cabello detrás de la oreja, sus mismos tics al cruzar las piernas y su soltura natural al caminar. Por fuera, soy físicamente e incuestionablemente Valeria; por dentro, sigo siendo Marcos, disfrutando de cada ventaja y decadencia que este cuerpo de mujer joven me ofrece.
Me encontraba en la cocina de nuestra casa, vistiendo únicamente una camiseta corta de tirantes que dejaba al descubierto parte de mi vientre y un short de pijama tan ceñido que se me metía entre los glúteos. El calor de la mañana era sofocante. Me serví un vaso de agua fría y me apoyé contra la encimera, sintiendo la tela delgada rozar mis pezones erguidos.
En ese momento, la puerta del pasillo se abrió y apareció mi antiguo cuerpo masculino de veinte años. Mi hermana Valeria, quien ahora habitaba mi figura original, caminaba con una pesadez resignada. Llevaba unos pantalones deportivos flojos y una playera sin mangas. Ver mi antiguo rostro, mis hombros anchos y mi pene marcado bajo la tela del pantalón ya no me producía shock, sino una especie de burla interna.
—Buenos días, hermanita —dije, dejando que la voz de Valeria saliera de mi garganta con esa entonación coqueta y ligera que el cuerpo ejecutaba en piloto automático.
—Cállate la boca, Marcos —gruñó mi antiguo cuerpo con mi propia voz grave, sobándose los ojos—. Hace un calor de una mierda. Odio cómo transpire este cuerpo masculino en los sobacos, es un asco.
—Hubieras aprendido a usar desodorante de hombre hace un año, genio —respondí, sonriendo mientras inclinaba la cabeza con el gesto idéntico que Valeria hacía cuando se burlaba de alguien—. A mí me encanta mi nueva rutina. La piel de tu antiguo cuerpo es tan suave que da gusto ponerse crema después de bañarse.
Valeria me miró de arriba abajo con mi antigua mirada. Sabía que se sentía frustrada. Ella había intentado mantener una vida tranquila en mi cuerpo de hombre, trabajando en una oficina de atención al cliente, pero la disforia y la envidia al verme disfrutar de su antigua figura de chica atractiva la consumían.
—¿Dónde está nuestra madre? —preguntó Valeria, acercándose al refrigerador.
—En su habitación —contesté, dándole un sorbo al vaso de agua—. Aunque ya sabes que esa mujer no es nuestra madre desde hace dieciocho meses.
La puerta del piso superior se abrió y el sonido de unos tacones altos resonó por las escaleras de madera. Un segundo después, la figura de Elena, nuestra madre de cuarenta y cuatro años, hizo su entrada en la cocina. Pero verla caminar era un espectáculo completamente distinto.
Elena siempre había sido una mujer estricta, elegante y sumamente conservadora. Jamás usaba maquillaje recargado ni ropa reveladora. Sin embargo, la conciencia que ahora habitaba su cuerpo maduro y voluptuoso era la de una conocida prostituta y stripper de la ciudad que terminó en su figura durante El Gran Cambio. Tras año y medio de masturbarse diariamente y tener sexo con docenas de hombres, la prostituta dominaba a la perfección cada ademán, cada gesto con la cabeza y el tono de voz exacto de Elena. Si cerrabas los ojos, escuchabas a la madre de familia perfecta; si los abrías, veías a una mujer madura convertida en una zorra insaciable.
Llevaba un vestido ajustado de encaje negro que le llegaba a mitad del muslo, con un escote tan profundo que dejaba ver más de la mitad de sus enormes y pesados senos maduros. No llevaba sostén, por lo que los pezones se marcaban con violencia a través de la tela. Un hilo de talle alto se transparentaba bajo el encaje, remarcando la curva ancha de sus caderas y la firmeza de su trasero.
—Buenos días, mis amores —dijo la voz de nuestra madre. Era su misma entonación cálida y maternal, la misma forma de alargar las vocales, pero acompañada de una sonrisa depravada y unos ojos cargados de lujuria.
—Mamá... bueno, como te llames, vas vestida como una cualquiera —dijo Valeria desde mi antiguo cuerpo masculino, frunciendo el ceño.
La mujer en el cuerpo de nuestra madre soltó una risita suave y rasposa, el mismo sonido exacto que Elena hacía cuando le contaba un chiste familiar, pero se pasó la lengua por el labio superior con una desfachatez absoluta. Se acercó a la encimera, apoyando sus gruesos muslos contra el borde y dejando que sus grandes pechos se mecieran con el movimiento.
—Ay, cariño, no seas tan amargado —dijo la voz de mi madre, pasando una mano de uñas rojas por su cuello maduro—. La nueva ley dice que este cuerpo de cuarenta y cuatro años es completamente mío. Y déjame decirte que tu madre tenía un cuerpo espectacular muy bien guardado. Esta vagina madura es una maravilla, húmeda y apretada. Sería un pecado no sacarle dinero y placer.
El choque de escuchar la voz exacta de mi madre hablando de su vagina y de su sexualidad de manera tan vulgar me provocó una sacudida eléctrica en el vientre. Un calor repentino descendió entre mis piernas de mujer y sentí cómo la tela de mi pijama comenzaba a humedecerse de inmediato. Si todavía tuviera mi antiguo pene de veinte años, estaría teniendo una erección brutal; pero en mi cuerpo de Valeria, la respuesta física fue una lubricación instantánea que me hizo apretar los muslos.
—Además —continuó la prostituta en el cuerpo de Elena, guiñándome un ojo con el mismo gesto elegante que mi madre usaba para dar complicidad—, anoche vino Guillermo, el vecino de al lado. Me pagó setecientos dólares en efectivo por dejarlo montarme en el sofá de la sala tres veces seguidas. Dice que la voz de Elena rogando por más semen lo vuelve loco. Y a mí me encanta sentir cómo me llena el coño de leche caliente mientras le cobro hasta el último centavo.
Valeria apartó la mirada, visiblemente asqueada por la corrupción del cuerpo de nuestra madre, pero yo no podía dejar de mirar. La prostituta había integrado los ademanes de Elena de una forma tan perfecta que parecía que la mismísima Elena hubiera decidido volverse libertina.
El timbre de la puerta principal sonó con insistencia.
—Yo voy —dijo el cuerpo de mi madre, acomodándose el escote con las dos manos para juntar aún más sus voluminosos pechos—. Seguro es Raúl, el inquilino del departamento de arriba. Quedó de pasar temprano para una sesión rápida antes de irse a trabajar.
El cuerpo de mi madre caminó hacia la entrada con un bamboleo de caderas tan exagerado y erótico que la tela del vestido se le subía por los muslos con cada paso.
Valeria y yo la seguimos hacia la sala. Al abrir la puerta, no era Raúl quien estaba allí, sino Hugo, mi mejor amigo de veintiún años.
Pero Hugo tampoco estaba en su propio cuerpo. Desde el Gran Cambio, Hugo habitaba el cuerpo de nuestra hermana menor, Sofía, una chica de diecinueve años de rostro angelical, cuerpo delgado, cintura de avispa y pechos pequeños pero firmes. Mientras tanto, la verdadera Sofía estaba atrapada en el cuerpo masculino de Hugo, viviendo en su propio departamento al otro lado de la ciudad.
Hugo vestía una falda de pliegues muy corta y una blusa sin mangas que dejaba ver sus hombros descubiertos. Al haber pasado año y medio masturbándose en el cuerpo de Sofía y acostándose con quien se le cruzara en el camino, Hugo hablaba y gesticulaba exactamente como mi hermana menor: movía las manos con delicadeza, ladeaba la cabeza al hablar y usaba su tono agudo y tierno, pero diciendo las barbaridades más grandes.
—Hola a todos —dijo la voz de mi hermana menor Sofía, con una sonrisa coqueta—. Qué calor de mierda hace afuera. Me vengo derritiendo desde que salí de mi casa.
—Hola, Huguito —dijo la prostituta en el cuerpo de Elena, cruzándose de brazos y haciendo que sus pechos maduros sobresalieran todavía más—. ¿A qué se debe la visita de mi jovencita favorita?
—Vine a ver a Marcos —respondió Hugo con la voz dulce de Sofía, dirigiéndose hacia mí. Se acercó con ese caminar ligero y femenino que el cuerpo de diecinueve años ejecutaba de manera natural—. Oye, Marcolis, necesito que me prestes unos jeans. El cuerpo de tu hermana menor es tan pequeño que toda la ropa me queda floja de la cintura, pero los shorts me aprietan la vagina cuando se me mete la tela.
Hugo se detuvo frente a mí y, sin el menor pudor, se levantó la falda de pliegues hasta la cintura, mostrando que llevaba una tanga hilo dental transparente que no cubría prácticamente nada de sus labios femeninos.
—Mira cómo me rozó la costura esta mañana —dijo la voz dulce de mi hermana menor Sofía, señalando su propia entrepierna descaradamente—. Traigo el coño bien caliente y húmedo desde que me desperté. Me masturbé dos veces antes de salir de la cama para sacarme las ganas, pero solo conseguí acordarme de cuando Sofía iba a sus clases y se besuqueaba con los chicos en el baño.
Volví a sentir la descarga de humedad entre mis piernas. Ver el cuerpo de mi hermana menor de diecinueve años, moviéndose y hablando exactamente como ella pero actuando como el depravado de mi mejor amigo, era una combinación extremadamente excitante. Mi nueva vagina de Valeria no dejaba de segregar lubricación, empapando por completo la tela de mi pijama.
—Eres un descarado, Hugo —dijo Valeria desde mi antiguo cuerpo de hombre, cruzándose de brazos con enfado—. Estás usando el cuerpo de mi hermana pequeña como si fuera un juguete.
Hugo soltó una risita aguda, tapándose la boca con dos dedos, exactamente el mismo ademán tímido que mi hermana Sofía hacía cuando le daba vergüenza algo. Pero la mirada que nos lanzó era pura provocación.
—Por favor, Valeria —respondió la voz de Sofía desde el cuerpo que habitaba Hugo—. Este cuerpo de diecinueve años es mío legalmente desde hace año y medio. Tengo el control total de esta vagina apretada y de estas tetitas firmes. Y déjame decirte que ser mujer es increíble. Los hombres me invitan las bebidas, me pagan las cuentas y solo tengo que mover un poco el trasero para que me den lo que quiero. De hecho, ayer me follé al repartidor de pizza en la cocina solo para no pagar la cuenta.
—¿Ven? Se los dije —intervino la prostituta en el cuerpo de nuestra madre, dando un paso adelante y apoyando una mano en el hombro de Hugo con afecto maternal, pero deslizándola hacia su espalda baja—. Esta chica sí sabe cómo sacarle provecho a la vida. A ver, chiquita, déjame ver qué tan húmeda estás.
Sin dudarlo un segundo, el cuerpo de Elena deslizó su mano madura por debajo de la falda de Hugo, pasando sus dedos directamente sobre la tanga transparente del cuerpo de Sofía. Hugo no se apartó; al contrario, abrió ligeramente las piernas delgadas de Sofía y dejó escapar un gemido suave, agudo y sumiso, idéntico a los gemidos que mi hermana menor solía soltar cuando se asustaba o se emocionaba.
—Uff, estás chorreando, mi amor —dijo la voz de mi madre, sacando los dedos brillantes de lubricación y mostrándoselos a la sala—. Esta jovencita está lista para que la monten.
—Es que el calor me pone fatal —suspiró Hugo con la voz de Sofía, mordiéndose el labio inferior con timidez fingida—. Y ver a Marcos vestido así tampoco ayuda mucho. El cuerpo de tu hermana mayor Valeria siempre fue el más sexy de la casa, Marcos. Esas caderas que tienes ahora son una tentación.
Me quedé paralizado mientras el cuerpo de mi hermana menor, habitado por mi mejor amigo, se acercaba a mí. Pasó una de sus manos delgadas por mi cintura, sintiendo la firmeza de mi piel. El contacto me hizo soltar un leve suspiro femenino. Yo tenía los recuerdos de Valeria, sabía exactamente cómo reaccionaba su cuerpo al tacto, pero era mi mente de hombre la que disfrutaba de la sumisión y el deseo que despertaba en los demás.
—Sabes, Marcos... —murmuró Hugo a centímetros de mi rostro, usufructuando la voz agudísima y dulce de Sofía—, hace meses que no probamos qué se siente follar entre nosotros con estos nuevos cuerpos. Tú tienes la anatomía de tu hermana mayor y yo la de la menor. Tu madre aquí presente se dedica a cobrar por su cuerpo maduro, pero nosotros podríadejar que nos divirtamos un rato en tu habitación.
—Ni se les ocurra —dijo Valeria con mi antigua voz masculina, dando un paso al frente—. Esto es una locura. Son mis dos hermanas y mi madre las que están involucradas físicamente en esto.
—Ay, ya cállate, amargado —interrumpió el cuerpo de nuestra madre, caminando hacia Valeria y poniéndole una mano en el pecho masculino para frenarla—. Tú estás en ese cuerpo de hombre amargándote la vida por gusto. En este mundo nuevo no hay tabúes que valgan. Cuerpos son cuerpos, y los nuestros son hermosos y están listos para el placer.
El cuerpo de mi madre se inclinó hacia mi antiguo cuerpo masculino y le susurró algo al oído con su voz grave y sugerente, mientras bajaba una mano madura para acariciar el bulto que se empezaba a formar en los pantalones deportivos de Valeria. Mi hermana, a pesar de su rechazo verbal, no pudo evitar que la fisiología de mi antiguo cuerpo masculino respondiera al toque experto de una prostituta en la figura de su propia madre.
Mientras tanto, Hugo me tomó de la mano y me tiró suavemente hacia las escaleras.
—Vamos arriba, Marcos —me susurró la voz de mi hermana menor al oído, enviando una ráfaga de aire caliente a mi cuello—. Quiero sentir lo que se siente meterte los dedos en esa vagina de Valeria mientras tú me acaricias los pechos de Sofía. Nos lo debemos desde hace dieciocho meses.
Mire mi reflejo en el espejo del pasillo mientras subíamos los peldaños. Vi la figura imponente y deseable de Valeria que ahora me pertenecía, sus piernas largas y su trasero firme moviéndose con gracia. La humedad entre mis piernas era tan abundante que me goteaba por los muslos bajo el short de pijama. Mi mente estaba completamente clara: no había vuelta atrás, la antigua moral había muerto y el Gran Cambio nos había regalado un paraíso de decadencia donde cada sensación debía ser explorada hasta el límite.
Giré la cabeza hacia Hugo, dejándome llevar por los ademanes perfectos que el cuerpo de Valeria ejecutaba para seducir, y le dediqué una sonrisa cargada de absoluta depravación.
—Está bien, Hugo —dije con la voz hermosa de mi hermana mayor—. Vamos a mi habitación. Hoy vas a aprender exactamente lo sensible que es el cuerpo de Valeria cuando sabe cómo pedir placer.
0 comments
No comments yet
The story has no discussion yet. Leave a note here when a branch gives you something to say.
No chapter comments yet
No one has commented on this branch yet. Add the first note above.