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Capítulo 8: El Enclave de Lenguas
Kaelen guardó las llaves del auto deportivo en el bolsillo de su saco con un gesto pausado, sintiendo el peso metálico del llavero como el primer trofeo arrebatado al mundo exterior. Anessa se erguía a su lado, habiendo abandonado por completo la distancia fría de la heredera universitaria para asumir la compostura rígida pero devota de la Comandante Aries.
—Mi Soberano —habló Anessa con voz baja, atenta a cualquier eco en el pasillo desierto—, el vehículo está aparcado en la zona preferencial del campus. Si es tu deseo abandonar esta institución de inmediato, puedo llevarte a donde dispongas. Mis padres están fuera del país atendiendo los negocios de la corporación, por lo que mi residencia principal y todos los activos a mi nombre están desprovistos de vigilancia.
—Nuestra prioridad no es la retirada, Aries —respondió Kaelen, caminando hacia el ventanal para contemplar el patio inferior—. La recolección de las piezas clave debe ser metódica. Tu despertar me confirma que las almas de mayor rango no están confinadas a un solo espacio geográfico ni a un solo estrato. Si la segunda al mando de los Doce Zodiacales reencarnó en una heredera millonaria, las arcas y las armas del antiguo imperio deben estar repartidas en los nodos de poder de esta metrópoli.
Anessa entrelazó sus dedos frente al regazo, asintiendo con gravedad.
—En esta era, la fuerza bruta es inútil sin el respaldo financiero y tecnológico que mueve a las masas —analizó la chica, demostrando que la mente táctica del comandante de vanguardia se adaptaba sin fricciones a la realidad moderna—. La empresa de mi familia controla una parte sustancial de las importaciones marítimas del puerto. Si combinamos esos activos con la firma de bienes raíces de la Gran Duquesa Elenora y el capital contable que maneja Dania, la infraestructura de tu reino tendrá un blindaje impenetrable antes de que el resto de los Zodiacales despierte.
—Precisamente —dijo Kaelen, girándose hacia ella—. Volverás a tus clases y mantendrás la fachada habitual. No quiero sospechas de tus seguidores ni de las autoridades académicas. Para el mundo exterior, sigues siendo la intocable Anessa; para mí, eres la Llama Inquebrantable lista para la orden de ataque.
—Se hará exactamente como lo ordenas, mi Lord —respondió Anessa, inclinando la cabeza con una elegancia impecable antes de dar un paso atrás—. Esta tarde, en cuanto termine la jornada, estaré esperando en la entrada principal para conducirte a la residencia.
Kaelen vio a la Comandante retirarse por el pasillo con el andar firme y seductor que la caracterizaba en esta era. Con Aries integrada en el esquema y la casa dominada bajo la autoridad de Elenora y sus hijas, la estructura básica de su nuevo imperio comenzaba a tomar forma con una precisión implacable.
Kaelen continuó avanzando por los corredores del edificio principal, cruzando el patio interno en dirección al ala norte de la facultad. Su figura se desplazaba entre la marea de estudiantes con una cadencia serena, propia de quien recorre sus dominios sabiendo que cada paso lo acerca a la reconstrucción definitiva de su trono.
Al doblar en la esquina del edificio de lenguas y literatura, la densidad del alumnado disminuyó. El pasillo estaba iluminado por amplios ventanales de cristal que daban hacia los jardines interiores, creando un ambiente silencioso, pulcro y sumamente ordenado.
Caminando en sentido contrario, sosteniendo un portafolios de cuero italiano y un par de libros antiguos encuadernados en pasta dura, apareció la profesora de lingüística y filología aplicada.
Su presencia imponía un respeto inmediato. En este siglo, la profesora era célebre en todo el campus por su erudición absoluta: dominaba con soltura más de ocho idiomas modernos y una docena de dialectos antiguos, además de ser una autoridad respetada en la traducción de textos clásicos. Era una mujer de treinta y dos años, de una belleza sobria y madura, con una figura esbelta que resaltaba bajo un traje de falda sastre color azul marino, el cabello recogido en un moño impecable y una postura tan rígida como elegante.
Kaelen detuvo su marcha de manera sutil, apoyándose levemente contra una de las columnas de concreto mientras la observaba aproximarse.
—La profesora de lenguas... —murmuró Kaelen para sus adentros, rastreando los datos de su memoria en esta vida terrenal—. Habla cualquier idioma conocido con una precisión quirúrgica, maneja la diplomacia académica con una frialdad impecable y jamás ha permitido que nadie altere su compostura.
La mujer avanzaba con paso firme, mirando de reojo sus anotaciones mientras los tacones de sus zapatos resonaban rítmicamente contra el suelo de granito. Kaelen fijó la vista en su rostro, concentrando la totalidad de su percepción espiritual para atravesar la fachada de la catedrática moderna.
En la antigüedad de Exodus, el papel de la balanza no estaba destinado al campo de batalla directo ni a la violencia desmedida. La élite imperial contaba con un estratega cuyo pronombre de guerra infundía un respeto reverencial entre las naciones vecinas: Libra, el diplomático supremo y séptimo comandante de los Doce Zodiacales. Libra era el arquitecto de los tratados de rendición, el políglota que traducía la voluntad del Rey a las naciones conquistadas y el juez implacable que negociaba la vida o la aniquilación de los reinos caídos. Un ser de lógica absoluta, elegancia fría y una elocuencia capaz de desarmar ejércitos sin necesidad de desenvainar una sola espada.
Un destello de certeza cruzó la mente de Kaelen. La inclinación natural de la profesora por el dominio de las lenguas, su búsqueda constante de orden y su fría elegancia diplomática no eran casualidades de la biología actual; eran los vestigios del alma que había servido como la balanza del imperio.
—Una profesora de lingüística... —pensó Kaelen con una sonrisa satisfecha—. Vaya giro del destino. Si intento la activación y resulta ser una falsa alarma, a lo mucho pensará que su alumno ha perdido el juicio por el estrés académico y me enviará con el consejero. Pero si mi intuición es correcta... tendré a dos de mis comandantes zodiacales bajo mi mando antes del mediodía.
Sin dudarlo, Kaelen dio un paso al frente, interponiéndose de manera natural en la trayectoria de la catedrática.
La profesora detuvo su marcha a dos metros de distancia. Levantó la vista por encima de sus gafas de armazón delgado, ajustando el portafolios bajo su brazo con un movimiento medido. Sus ojos, fríos y analíticos, recorrieron la figura de Kaelen con una mezcla de serenidad e inflexibilidad profesional.
—Buenos días, Kaelen —habló la mujer con una voz modulada, clara y pulcra, caracterizada por un tono firme que no admitía réplicas—. Tu presencia en este pasillo a esta hora es una anomalía. Tu clase de literatura hispánica comenzó hace diez minutos en el aula tres. ¿Hay alguna razón académica particular por la cual te encuentras interrumpiendo mi trayecto hacia la sala de profesores?
Kaelen no bajó la mirada. Sostuvo la inspección de la catedrática con una autoridad tan aplastante que la mujer entornó levemente los ojos, sorprendida por la ausencia total de la sumisión que habitualmente mostraban los alumnos ante su presencia.
—La clase de literatura puede esperar, Profesora —respondió Kaelen con tono calmado, dando un paso lento hacia ella—. El tiempo del mundo exterior ha dejado de ser relevante.
La profesora frunció el ceño imperceptiblemente. La frialdad de su semblante se acentuó ante la respuesta insolente.
—Te sugiero que midas el tono de tus palabras —advirtió ella con elegancia rígida—. Si esto es un intento de justificar tu inasistencia o alguna broma de mal gusto, te aseguro que las consecuencias sobre tu historial académico serán severas. Vuelve a tu aula de inmediato.
Kaelen esbozó una leve sonrisa. La rigidez diplomática, la exigencia de protocolo y la autoridad en la voz de la mujer eran la confirmación definitiva. No había margen de error.
Dio otro paso al frente, reduciendo la distancia entre ambos hasta quedar a escasos centímetros. La profesora dio un ligero brinco de sorpresa por la osadía del joven, pero antes de que pudiera pronunciar una sola palabra de amonestación, Kaelen elevó la voz, impregnándola con el tono ancestral del mando supremo, y pronunció la clave de la balanza en la lengua antigua de Exodus:
—Balanza del Juicio Imparcial... el edicto ha sido firmado.
El efecto del mandato resonó en el pasillo como el golpe de un mazo de bronce sobre un altar.
La profesora de lenguas se paralizó por completo. El portafolios de cuero y los libros antiguos que sostenía en los brazos se deslizaron de sus manos, cayendo contra el suelo con un golpe seco que retumbó en el silencio del corredor. Sus gafas se desacomodaron levemente sobre el puente de su nariz, pero ella ni siquiera intentó ajustarlas. Sus pupilas se dilataron al máximo mientras un estremecimiento violento recorría su espina dorsal desde la nuca hasta los talones.
En el centro de su conciencia, el universo ordenado de la lingüística moderna, las cátedras universitarias y las reglas académicas saltó en mil pedazos. Un alud de recuerdos milenarios inundó su mente con la fuerza de un río desbordado. Vio las misiones diplomáticas en las cortes extranjeras de Exodus, los pergaminos impregnados de sello imperial, las ejecuciones decretadas con una sola palabra en la lengua sagrada y la figura de Kaelen sentado sobre el trono de oro y obsidiana, dictando el destino de los reinos vasallos.
—Mi... mi Soberano... —articuló la mujer con una voz quebrada, despojada por completo de la frialdad pedagógica.
Sus piernas, entrenadas para la postura perfecta, cedieron bajo el peso abrumador de la revelación. La respetada profesora de la facultad se dejó caer de rodillas sobre el granito del pasillo, inclinando el torso de manera elegante y apoyando ambas palmas contra el suelo en una postura de sumisión absoluta frente a las botas de su Rey.
Kaelen la contempló desde las alturas, disfrutando el espectáculo de ver a la catedrática más inalcanzable y estricta del campus rendida a sus pies.
—Bienvenida de vuelta, Libra —dijo Kaelen con un tono suave y dominante—. Tu Rey ha regresado a reclamar lo que le pertenece.
La mujer alzó la vista despacio. Las lágrimas corrían por sus mejillas, pero sus ojos reflejaban un fervor y una devoción inquebrantables.
—La balanza vuelve a inclinarse hacia tu voluntad, mi Señor —susurró Libra, abrazando la pantorrilla de Kaelen con devoción pura—. Mi mente, mis palabras y el dominio de todas las lenguas de este mundo están, como siempre, al servicio de tu corona.
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