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Capítulo 7: El Eco de las Legiones

Chapter 7 by K45

El despertar de Kaelen no fue paulatino, sino una toma de conciencia súbita motivada por una presión cálida, constante y rítmica sobre su vientre.

Al abrir los ojos y enfocar la penumbra matutina de la habitación, sintió una pesadez placentera sobre su torso. Lysa estaba montada sobre él, completamente desnuda, con el torso erguido y el cabello despeinado cayendo en cascada sobre sus hombros. La joven de dieciocho años se balanceaba en silencio con movimientos milimétricos, manteniendo la virilidad de Kaelen profundamente alojada en su interior, completamente envuelta por la calidez húmeda de sus paredes íntimas.

Kaelen la miró a los ojos con la serenidad de un monarca que despierta en sus aposentos. Lysa, al notar que su Señor había abierto los ojos, detuvo el vaivén por un segundo, esbozando una sonrisa dócil, devota y sin el menor atisbo de pudor.

—Buenos días, mi Soberano —susurró Lysa con tono suave y aterciopelado, dando un pequeño apretón pélvico que hizo reaccionar al miembro de Kaelen—. Perdona si interrumpí tu descanso, pero como tu sirvienta personal en Exodus, mi deber primordial al despuntar el alba es servir como la calentadora de tu miembro, asegurándome de que despiertes con la energía y el calor que corresponden a tu rango imperial.

—Cumples tu función con una dedicación impecable, Lysa —respondió Kaelen con tono grave, acomodando las manos en las caderas de la chica para darle un último empuje profundo antes de incorporarse.

Lysa dejó escapar un leve gemido de satisfacción mientras se deslizaba fuera de él. Kaelen se puso de pie en el centro del dormitorio, estirando los brazos y contemplando la mañana a través de los ventanales. La joven sirvienta imitó su gesto al instante, poniéndose de pie sin molestarse en buscar prenda alguna para cubrirse.

Al salir al pasillo del segundo piso y descender por la gran escalinata de madera hacia la planta baja, el espectáculo que recibió a Kaelen fue la confirmación definitiva de que la casa había abandonado por completo cualquier norma del mundo moderno para regirse bajo la lógica de su antiguo imperio.

Todas las mujeres de la casa transitaban por la residencia en un estado de desnudez absoluta, sin guardar el menor recato. La entrega colectiva de la jornada anterior había dejado huellas visibles en sus cuerpos: marcas suaves en la piel, el brillo del sudor seco bajo la luz matutina y un flujo constante que humedecía la cara interna de sus muslos, dejando en claro que cada una de ellas continuaba experimentando las secuelas biológicas de la lealtad que le habían jurado a su Señor.

En la cocina, Elenora, la Gran Duquesa de cuarenta y cuatro años, se encontraba frente a la estufa preparando el desayuno. Su figura madura y contorneada se movía con total soltura entre los sartenes, ajena a la ausencia de ropa, mientras Ariadna, la Consejera Real de veintitrés años, le ayudaba cortando frutas y sirviendo bebidas, luciendo la misma desnudez natural mientras el flujo de su entrega anterior resbalaba lentamente por sus piernas.

A un costado, en la barra del comedor, Dania tecleaba con agilidad en su laptop. La Tesorera de veintidós años mantenía la vista fija en las tablas financieras, completamente desvestida, deteniéndose de vez en cuando para acomodarse sobre el taburete sin importar la humedad que dejaba sobre el asiento. Cerca de ella, en el sillón principal de la sala, Vespera revisaba su teléfono celular con la gracia felina de la Cortesana Imperial, cruzando las piernas estilizadas de veintiún años mientras sonreía ante los mensajes de su círculo social exterior, ignorando por completo la falta de lencería.

Kaelen caminó hacia el centro de la estancia, recibiendo de inmediato las reverencias respetuosas de las cinco mujeres, quienes detuvieron sus labores por un segundo para honrar la presencia de su monarca.

—Es momento de dar el siguiente paso en nuestra estrategia —anunció Kaelen con voz clara y autoritaria, paseando la mirada por los rostros de sus súbditas—. Hoy asistiré a mis clases en la universidad. Necesito explorar el campus y observar a la multitud.

Ariadna dio un paso al frente, ajustándose las gafas con elegancia.

—¿Crees que entre la comunidad académica o el alumnado podamos encontrar a alguien relevante para la corona, mi Lord? —inquirió la Consejera.

—Es una posibilidad real —explicó Kaelen, cruzando los brazos—. En este mundo, soy el único que posee el registro completo y absoluto de todas las almas que pertenecieron a Exodus. Ninguno de ellos recuerda nada hasta que yo pronuncio las palabras del sello. Mis Generales de división, mis estrategas de campo y los antiguos caballeros de la orden imperial están dispersos en este siglo, viviendo vidas comunes sin sospechar su verdadero origen. Debo usar mi memoria para rastrearlos uno a uno.

Elenora se acercó a él desde la cocina, sosteniendo una bandeja con un vaso de jugo fresco.

—Tu palabra es nuestro destino, mi Soberano —expresó la Gran Duquesa con devoción—. Iremos preparando la logística necesaria para cuando traigas a las nuevas piezas a esta casa. Mientras tanto, nosotras mantendremos este hogar como el bastión inexpugnable de tu imperio.

Kaelen tomó el vaso, bebió el líquido de un solo trago y observó la estampa de las cinco mujeres rendidas a sus pies, despojadas de toda vergüenza y listas para respaldar cada uno de sus movimientos. La fase doméstica estaba consolidada al cien por ciento; ahora, el Soberano de Exodus se preparaba para salir al terreno de juego exterior en busca de la fuerza militar que completaría el resurgimiento de su reino.

Kaelen terminó de vestirse con un atuendo sobrio y pulcro, ajustando los puños de su chaqueta mientras dejaba atrás la residencia familiar. Dejó a sus cinco aliadas plenamente dedicadas a sus tareas y en la más completa devoción dentro del hogar. Abordó el transporte que lo llevaría directamente hacia el campus central de la universidad, sintiendo la brisa fresca de la mañana contra su rostro mientras su mente trazaba con frialdad los límites de su mapa de reconquista.

El entorno universitario era un hervidero de actividad humana común. Cientos de jóvenes caminaban apresurados entre los pasillos de concreto, cargando mochilas, discutiendo sobre proyectos académicos vacíos y consumiendo el entretenimiento efímero de este siglo. Kaelen avanzaba entre la multitud con un andar firme, silente y majestuoso, manteniendo la mirada analítica fijada en los rostros de cada individuo con el que se cruzaba.

Al llegar al patio principal de la facultad de administración y ciencias sociales, el murmullo de la multitud pareció concentrarse en un punto específico cerca de las escalinatas de mármol.

Allí, rodeada por un séquito constante de admiradores, compañeros de clase e imitadores de la alta sociedad, se encontraba Anessa. La joven destacaba de inmediato entre la masa amorfa del alumnado: poseía una figura deslumbrante y sumamente sexy, enmarcada por prendas de diseñador que resaltaban cada una de sus curvas pronunciadas con una elegancia provocativa y calculada. En esta vida moderna, Anessa era la estudiante más popular de toda la facultad, proveniente de una de las familias más acaudaladas, influyentes y respetadas de la alta sociedad de la ciudad. Su actitud erguida, su mirada dominante y el aire de superioridad con el que trataba a quienes intentaban llamar su atención la convertían en un trofeo inaccesible para la mayoría.

Kaelen se detuvo a pocos metros de distancia, observándola fijamente mientras daba un sorbo a su café.

—Anessa... —murmuró Kaelen para sí mismo, repasando los archivos de su memoria terrenal de esta vida—. Heredera de un imperio comercial en este siglo, millonaria, famosa y acostumbrada a tener a todo el mundo arrastrándose a sus pies. No me vendría nada mal acercarme a ella. Si sus recuerdos no pertenecen a mi imperio, lo peor que puede pasar es que reaccione con el desprecio habitual, me tache de loco, inepto o atrevido y se marche con su circulo. Pero si realmente conserva un alma de Exodus... las posibilidades para mi reino serían incalculables.

Kaelen cerró los ojos un instante, concentrando la totalidad de su energía mental en rastrear la firma espiritual de la joven. Buscó en los tomos profundos de su conciencia, allí donde residían los registros de las guerras colosales que habían forjado su autoridad en el mundo antiguo.

De pronto, un chispazo de memoria ancestral golpeó su mente con la fuerza de un rayo, haciéndolo sonreír con una mezcla de sorpresa e incredulidad.

Las imágenes del pasado resplandecieron en su cerebro: los campos de batalla devorados por el fuego, las armaduras rojas forjadas en acero de mitril y las doce figuras legendarias que encabezaban la vanguardia de su ejército imperial. Eran los Supremos Comandantes, la fuerza de choque más mortífera de Exodus, conocidos en todos los rincones del continente bajo el título reverencial de los Doce Zodiacales. Cada uno de ellos portaba un pronombre de guerra que infundía terror en los reinos enemigos y respeto absoluto entre las tropas imperiales.

Y entre ellos, la figura que recordaba era la del segundo al mando de la élite de combate, una fuerza arrolladora, impulsiva y absolutamente devota a su Rey.

Kaelen abrió los ojos de golpe, fijando su mirada en la silueta curvilínea y sexy de Anessa, quien en ese preciso momento se reía con cierta arrogancia de los comentarios de sus acompañantes.

—No puede ser... —exclamó Kaelen en un susurro cargado de ironía y triunfo—. ¿En serio en esta vida reencarnaste como una mujer, Aries?

Kaelen se quedó observando a Anessa durante varios segundos, asimilando la fascinante ironía del destino. En el continente de Exodus, el segundo al mando de la vanguardia imperial, conocido por el pronombre de guerra Aries, había sido una auténtica bestia de combate. Portaba una armadura colosal de placas rojas, empuñaba un hacha de dos manos que podía partir murallas de piedra y lideraba las cargas de caballería pesada con una ferocidad implacable. Aries era el fuego del imperio, el choque frontal que quebraba la moral de los ejércitos enemigos antes de que la diplomacia o la estrategia hicieran su trabajo.

Y ahora, en este siglo de tecnología, ropa de alta costura y comodidades superficiales, aquella alma guerrera y sedienta de sangre habitaba en el cuerpo de la estudiante más codiciada, atractiva y millonaria de la facultad.

La silueta de Anessa era un despliegue de sensualidad calculada. Llevaba una falda corta de talle alto que acentuaba la curvatura prominente de sus caderas y unas piernas estilizadas que captaban la atención de medio patio. Su blusa ajustada dejaba entrever un escote pronunciado, mientras que su postura erguida y sus facciones finas transmitían un aura de dominio social absoluto. Estaba rodeada por tres jóvenes de familias adineradas que intentaban hacerla reír con bromas tontas y un par de universitarias que actuaban como sus fieles acompañantes.

Kaelen tiró el vaso de café vacío en el contenedor de basura más cercano. Un brillo de profunda satisfacción se encendió en sus pupilas. La búsqueda de sus doce generales zodiacales no solo había comenzado, sino que la primera pieza de la cima militar estaba servida en bandeja de plata frente a él.

Sin la menor sombra de duda o timidez, Kaelen comenzó a caminar en dirección al grupo. Su paso era pausado, elegante y dotado de esa presencia regia que había comenzado a reestructurar la realidad de su hogar.

Conforme se acercaba, los acompañantes de Anessa notaron la aproximación del joven. Uno de los muchachos, que vestía una chaqueta universitaria de marca, se cruzó de brazos y lo miró de arriba abajo con un rictus de mofa.

—Miren quién viene ahí —comentó el joven en voz alta, interrumpiendo la conversación—. El vago de Kaelen. ¿Acaso perdiste el camino a tu aula, o vienes a pedirnos apuntes?

Anessa giró la cabeza despacio. Sus ojos oscuros y penetrantes se fijaron en Kaelen. En su vida actual de este siglo, Anessa sabía perfectamente quién era él: un estudiante de bajo perfil, calificado por la mayoría como alguien inútil, distante y sin ningún tipo de relevancia social o financiera dentro de la universidad. La joven esbozó una sonrisa helada, llena de la arrogancia propia de alguien que sabe que posee el mundo a sus pies.

—¿Se te perdió algo, Kaelen? —preguntó Anessa con una voz sensual, pausada y cargada de una superioridad aplastante—. Si vienes a intentar hablar conmigo como todos los demás, te sugiero que te ahorres el ridículo. No tengo tiempo para perderlo con gente de tu nivel.

Los jóvenes del grupo soltaron una risa burlona ante las palabras de la chica popular.

Kaelen no se detuvo. Siguió avanzando hasta quedar a menos de un metro de distancia de Anessa, ignorando por completo la presencia del séquito que la rodeaba. Sostuvo la mirada de la joven millonaria con una calma tan imperturbable que la sonrisa burlona de Anessa comenzó a flaquear ligeramente, sustituida por una extraña sensación de incomodidad.

—Apártate, imbécil —intervino el muchacho de la chaqueta, dando un paso al frente para interponerse entre ellos—. ¿No escuchaste lo que te dijo Anessa? Vete a tu rincón antes de que llame a la seguridad del campus.

Kaelen ni siquiera le dirigió la mirada al muchacho. Con un movimiento rápido e imperceptible, estiró el brazo y empujó al joven del pecho con la fuerza justa para hacerlo trastabillar hacia atrás y caer torpemente sobre el césped del patio. Los demás integrantes del grupo soltaron un jadeo de asombro, mientras Anessa abría levemente los ojos, sorprendida por la audacia e inesperada firmeza de Kaelen.

—¡¿Pero qué te pasa, estúpido?! —chilló una de las acompañantes de la chica.

—Silencio —sentenció Kaelen con una voz grave que heló el ambiente por un instante.

Se acercó un paso más a Anessa, inclinando ligeramente la cabeza. En la mente de Kaelen, la imagen de la falda corta y los labios pintados de la chica millonaria se superpuso con el recuerdo de la armadura roja y el hacha ensangrentada del segundo comandante zodiacal. El contraste era exquisito, pero la firma del alma era inconfundible.

—Es fascinante ver en qué te has convertido en esta era, Aries... —susurró Kaelen con una sonrisa calculadora que solo ella pudo escuchar.

Anessa frunció el ceño, confundida y molesta por el uso de ese término extraño.

—¿Aries? ¿De qué demonios estás hablando, Kaelen? —respondió ella, intentando recuperar su postura dominante y cruzándose de brazos, lo que hizo que su escote se remarcara aún más—. Definitivamente estás completamente demente. No sé qué clase de juego estúpido estás intentando jugar, pero si no te largas de mi vista en este preciso segundo...

Kaelen no la dejó terminar. Elevó la mano derecha y rozó los nudillos contra la mejilla suave de la chica, sintiendo la calidez de su piel. Inhaló profundo, concentró el peso de su antigua autoridad sobre su garganta y pronunció el comando de activación reservado para la vanguardia de combate del imperio:

—Estandarte de la Llama Inquebrantable...

El impacto del sello fue inmediato y devastador.

Anessa se congeló a mitad de su frase. Sus labios quedaron entreabiertos y la respiración se le cortó de golpe. Los ojos de la estudiante más popular de la facultad, antes llenos de altanería y desprecio social, se dilataron violentamente mientras sus pupilas perdían la luz del presente. Un gemido ahogado se le escapó del pecho mientras se llevaba ambas manos a la cabeza, tambaleándose sobre sus zapatos de tacón.

En el interior de su cerebro, las barreras de su vida cotidiana como Anessa, la joven rica de veintidós años obsesionada con las marcas y el estatus, saltaron por los aires. Un torrente colosal de fuego, acero y batallas sangrientas inundó su conciencia. Vio los valles de Exodus cubiertos de estandartes, sintió el peso implacable de la armadura roja sobre sus hombros, el sabor a hierro en la boca... y la figura majestuosa de su Rey ordenando la carga de vanguardia que aplastó a tres naciones en un solo día.

—Mi... mi Lord... —articuló Anessa con una voz temblorosa, rota y despojada de cualquier pizca de orgullo moderno.

Las piernas estilizadas de la chica perdieron la firmeza. Ignorando el suelo de concreto del patio y la mirada atónita de sus amigos que apenas se levantaban del césped, Anessa cayó de hinojos de manera dramática, pegando las rodillas contra el piso. Inclinó la cabeza hasta que su frente casi tocó el calzado de Kaelen, temblando de pies a cabeza bajo el peso de sus memorias imperiales.

—¡Anessa! ¿Qué te pasa? ¡Levántate! —gritó el joven de la chaqueta, corriendo hacia ella sin entender lo que estaba sucediendo.

—¡Aléjate de él, pedazo de basura! —rugió Anessa, girando la cabeza hacia su antiguo amigo con una ferocidad salvaje en la mirada que hizo que el chico se frenara en seco, aterrorizado.

La voz de Anessa ya no era la de la joven mimada de la universidad; conservaba el tono sensual de su cuerpo actual, pero estaba impregnada de la ferocidad militar y el mando de la segunda comandante de los doce zodiacales. Se volvió de nuevo hacia Kaelen, alzando la vista con los ojos inundados de lágrimas de devoción pura, ruborizada y respirando con agitación.

—Recuerdo... ¡por los dioses, lo recuerdo todo! —susurró Aries, abrazando las piernas de Kaelen sin importarle que su falda corta se desacomodara frente a todos—. La vanguardia de fuego... los campos de batalla... tu palabra como la única orden para marchar hacia la muerte... Y en esta vida... yo me atreví a hablarte con insolencia... a tratarte como a un inferior...

—Ponte de pie, Aries —ordenó Kaelen con tono frío e indiscutible.

Anessa obedeció al instante. Se levantó con una gracia felina y poderosa, arreglándose la ropa con dedos temblorosos. La dualidad de su existencia había alcanzado la armonía perfecta: sabía que era Anessa, la heredera millonaria de veintidós años, pero su alma, su lealtad y su fuerza de combate pertenecían enteramente al Rey de Exodus.

—Perdóname, mi Soberano... —suplicó ella en un susurro ardiente, pegándose al pecho de Kaelen sin importar las miradas del público alrededor—. Estaba ciega en este mundo de mierda. No sabía que mi Rey estaba aquí... Ponme a prueba, ordéname aplastar a quien sea, y te entregaré su cabeza ahora mismo.

Kaelen sonrió con absoluta satisfacción, pasando la mano por el cuello de la chica y sujetándola con firmeza.

—Tranquila, Comandante. Tu agresividad será muy útil, pero hoy solo hemos venido a reclamar tu lealtad —dijo Kaelen con serenidad—. Vámonos de aquí. Tenemos un imperio que planificar y tus habilidades deben ponerse al servicio de la corona.

—Como lo ordene mi Señor —respondió Anessa con una reverencia profunda, mirando con desprecio a su antiguo séquito mientras tomaba el brazo de Kaelen con absoluta posesividad y devoción.

El primer general de los Doce Zodiacales había despertado. La fuerza militar de Exodus comenzaba a reunirse alrededor del Rey, y el destino de la ciudad estaba a punto de cambiar para siempre.

Los tres jóvenes que acompañaban a Anessa permanecieron pasmados en medio del patio, mirando la escena con una mezcla de desconcierto absoluto e incredulidad. Ver a la chica más codiciada, soberbia y adinerada de toda la universidad arrodillada frente a Kaelen —un muchacho al que todos consideraban un cero a la izquierda— rozaba lo irreal. El joven de la chaqueta universitaria se sobó el pecho con molestia, sacudiéndose el polvo del pantalón mientras intentaba buscarle una explicación lógica a lo que sus ojos acababan de presenciar.

—Tiene que ser una broma... o algún tipo de apuesta extraña —murmuró uno de los acompañantes, acomodándose la mochila sobre el hombro mientras veía a la pareja alejarse a paso firme.

—Seguro que ese imbécil le va a hacer los trabajos finales a Anessa o algo así —razonó el chico que había sido empujado al suelo, tratando de salvar su orgullo frente a las dos universitarias del grupo—. Ya ven cómo es ella de manipuladora cuando quiere sacarle provecho a los vagos de la facultad. Se hace la dramática, les promete ser su amiga o sonreírles a cambio de que le resuelvan la vida académica y luego los desecha. No hay otra explicación.

—Sí, debe ser eso —asintió una de las chicas, aunque no muy convencida—. Aunque... la forma en que lo miró al final no parecía la de alguien que está fingiendo. Parecía aterrorizada... o fascinada.

—Da igual —sentenció el joven de la chaqueta, ajustándose el cuello con desdén—. En cuanto Anessa consiga lo que quiere, volverá a tratarlo como la basura que es. Vámonos.

Mientras los rumores y las especulaciones absurdas comenzaban a circular entre los estudiantes del patio, Kaelen y Anessa se alejaban del bullicio universitario. La joven avanzaba a su lado con un andar totalmente erguido, aferrada al brazo de Kaelen con una fuerza y una devoción posesiva que no dejaba lugar a dudas sobre su subordinación. Subieron un tramo de escaleras y se adentraron en un pasillo apartado del edificio de postgrados, un corredor silencioso y desierto a esa hora de la mañana, flanqueado por ventanales altos que dejaban pasar la luz tibia del sol.

Al asegurarse de que estaban completamente solos, Kaelen se detuvo y se apoyó con elegancia contra el marco de uno de los ventanales. Anessa se posicionó de inmediato frente a él, manteniendo la vista alta pero los ojos brillantes, cargados de una devoción ardiente que chocaba de forma deliciosa con el aura de mujer inalcanzable que solía proyectar ante el mundo exterior.

—Es fascinante cómo se reestructuran los hilos del destino, ¿no lo crees, Comandante? —habló Kaelen con tono suave, cruzando los brazos mientras la observaba con una sonrisa calculadora.

—Sigue pareciéndome un sueño abrumador, mi Soberano —respondió Anessa con voz sensual pero impregnada de un respeto militar absoluto—. Hasta hace unos minutos, mi mente en este siglo estaba atrapada en la estupidez de esta vida moderna... preocupada por marcas de ropa, eventos sociales vacíos y el dinero de mi familia. Pero en cuanto pronunciaste el edicto de activación... el muro se derrumbó. Ahora lo veo todo con total claridad. Recuerdos de mis batallas, el peso del hacha, las conquistas bajo tu estandarte... todo ha vuelto a mí.

—El despertar de tu conciencia es la prueba de que el Imperio de Exodus está resurgiendo desde las cenizas —explicó Kaelen—. En mi hogar, la Gran Duquesa Elenora y tus compañeras Ariadna, Dania, Vespera y Lysa ya han recuperado sus memorias y se encuentran bajo mi mando absoluto. Tú eres la primera de la fuerza militar en regresar a mi lado. Pero debo admitir... hay un detalle en tu transformación que no deja de resultar divertido.

Anessa ladeó la cabeza, curiosa, arqueando una ceja perfectamente delineada.

—¿A qué te refieres, mi Lord?

Kaelen soltó una leve risotada, recorriendo con la mirada el cuerpo escultural y despampanante de la chica, desde las piernas estilizadas que exhibía la falda corta hasta el escote pronunciado que enmarcaba sus atributos.

—Me refiero a que en tu vida pasada, Aries, eras un hombre colosal de más de dos metros de altura —bromeó Kaelen con ironía fina—. Una bestia de músculos de acero, barba tupida y una voz que hacía temblar los cimientos de los castillos enemigos. Un guerrero incansable que juró dar la vida por mí en cientos de batallas. Y ahora... en este siglo... te has convertido en una mujer increíblemente hermosa, sexy y codiciada por la alta sociedad. El contraste es sencillamente sublime.

Anessa sintió que un rubor cálido le cubría las mejillas, pero lejos de mostrarse avergonzada, sonrió con una coquetería felina y poderosa, acentuando la curvatura de su cadera al dar un paso más hacia él.

—Debo confesar que al principio el choque de identidades fue extraño, mi Soberano —admitió Anessa, pasando sus dedos delgados por la tela de la blusa para acomodarse el escote con soltura—. En Exodus, llevar esa armadura de placas rojas y el peso del hacha era algo colosal, pero también una carga física implacable. Este cuerpo de veintidós años en el que he reencarnado en esta vida... es radicalmente distinto. Es sumamente ágil, suave y ligero.

Anessa se acercó un poco más, reduciendo la distancia entre ambos hasta que el aroma de su perfume de alta gama envolvió a Kaelen por completo. Se inclinó ligeramente hacia él, bajando la voz a un susurro íntimo y descaradamente honesto.

—Y lo mejor de todo, mi Señor... son estas nuevas formas —continuó la Comandante con una chispa de malicia y excitación en la mirada, rozando con sus manos la firmeza de sus propios pechos antes de deslizar una palma hacia su vientre—. Tener este par de atributos prominentes y una anatomía femenina ha sido un descubrimiento fascinante en este siglo. Para serte sincera, en la intimidad de mi habitación, a solas por las noches, me he descubierto más de una vez explorando mi propia biología... masturbándome mientras veía pornografía en la pantalla de mi teléfono, experimentando las sensaciones de este recipiente. Pero ahora que sé quién eres... entiendo que cada rincón de este cuerpo atractivo no me pertenece a mí, sino a ti.

Kaelen la contempló con satisfacción, apreciando cómo la fiereza del segundo comandante zodiacal se fusionaba a la perfección con la sensualidad de la joven millonaria.

—Tu lealtad no ha cambiado en absoluto, Aries —declaró Kaelen, posando su mano sobre la mejilla de Anessa para acariciarla con autoridad.

—Jamás cambiará, mi King —afirmó ella de inmediato, cerrando los ojos ante el contacto de su mano y apoyándose contra su palma con docilidad—. Todo lo que esta vida moderna me ha otorgado... será puesto a tu disposición sin dudarlo un solo segundo. La fortuna de la familia de Anessa, los negocios comerciales, las propiedades y el estatus social que ostento en esta ciudad... todo es tuyo. Si necesitas capital para financiar el resurgimiento del imperio o mover recursos en las sombras, solo dime la cifra y la tendrás.

Anessa se giró levemente, sacando del bolso de diseñador un juego de llaves con un llavero elegante y mostrándoselo a Kaelen con una sonrisa radiante.

—Incluso mi vehículo deportivo estará a tu entero servicio —añadió la chica con un brillo de orgullo en la mirada—. Si lo deseas, puedo ser tu conductora privada a donde quiera que vayas, llevándote por la ciudad mientras mantengo la fachada de la heredera millonaria. Mi cuerpo, mis bienes y mi vida le pertenecen a la corona de Exodus.

Kaelen tomó el juego de llaves con una sonrisa calculadora, guardándolo en su bolsillo mientras observaba la mirada sumisa y expectante de su primera Comandante Zodiacal.

—Tu contribución será vital para los días que vienen, Aries —concluyó Kaelen con tono regio—. Has demostrado que la fuerza militar de mi reino sigue tan viva como en los viejos tiempos. Prepárate, porque pronto reuniremos al resto de los doce zodiacales y reclamaré el dominio total de esta ciudad.

—Y yo estaré a tu diestra para aplastar a cualquiera que se interponga en tu camino, mi Soberano —respondió Anessa, realizando una reverencia profunda y perfecta en medio del pasillo desierto, sellando así su pacto de lealtad eterna.

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