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Chapter 2 by K45
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Capitulo 2
Leo regresó a su habitación en la planta alta después de terminar de acomodar las compras en la cocina. Cerró la puerta con pestillo para asegurarse de tener un momento de absoluta privacidad. Se tiró de espaldas en la cama, respirando el aire fresco del ventilador de techo, y sacó el teléfono celular del bolsillo del pantalón. Tenía la mente revolucionada, procesando la facilidad con la que el aplauso había doblegado la voluntad de Mía y cómo el condicionamiento seguía operando en su cerebro incluso en presencia de su madre.
Desbloqueó la pantalla y entró directo a la aplicación de mensajería. Deslizó el dedo por la lista de contactos hasta encontrar el nombre de su hermana menor. Abrió el chat privado y se quedó mirando el cursor parpadear por un par de segundos antes de empezar a teclear con rapidez, queriendo poner a prueba la flexibilidad de la orden a distancia.
*"¿Qué tal estás? Mándame una foto de tus pechos desnudos en donde quiera que estés en este momento. Asegúrate de que no te descubran, pero si alguien te llega a atrapar, inventa cualquier excusa tonta para zafarte"*, escribió y presionó enviar.
Abajo, en la primera planta, Mía se encontraba todavía en la cocina terminando de meter unas verduras al refrigerador bajo la mirada de Beatriz. El teléfono le vibró en el short. Lo sacó disimuladamente, leyó el texto de Leo y, debido al trance latente, su mente procesó la instrucción no como una sugerencia, sino como un mandato biológico que debía cumplir de inmediato.
Mía guardó el celular, esperó a que su madre se distrajera acomodando unas latas en la alacena de la esquina y caminó a paso rápido hacia el medio baño del pasillo de la planta baja. Entró y aseguró la puerta con el seguro. Frente al espejo, sin dudarlo, se llevó las manos a los tirantes de la blusa y se la bajó hasta la cintura, desabrochando el brasier para liberar sus pechos firmes. Sacó el teléfono, estiró el brazo y tomó una fotografía nítida, enfocando perfectamente sus pezones expuestos bajo la luz blanca del baño. Se acomodó la ropa a toda prisa y le dio a enviar, mandándole la imagen a Leo.
En su cuarto, Leo vio llegar la notificación. Abrió la imagen y amplió el detalle, admirando la piel clara y la respuesta inmediata de su nuevo juguete. Sonrió con suficiencia, guardó el archivo en una carpeta oculta y dejó el teléfono a un lado, esperando que ella subiera o le escribiera que ya iba de salida.
Sin embargo, los minutos empezaron a pasar. Cinco, ocho, diez minutos exactos de completo silencio en el chat. Leo frunció el ceño, sentándose en el borde de la cama, extrañado por la demora. Justo cuando iba a teclear de nuevo para preguntar qué pasaba, la pantalla se iluminó con un bloque de texto de Mía.
*"Me descubrieron. Tardé porque tuve que resolverlo. Estaba en el baño de abajo tomándome la foto y justo cuando me estaba acomodando el brasier, la puerta se abrió de golpe porque el seguro está barrido y no traba bien. La que entró fue Natalia. Se me quedó viendo con los ojos como platos porque me vio con toda la blusa abajo y los pechos al aire. Me puse nerviosa, pero me acordé de tu orden de dar una excusa tonta, así que le dije que tenía una comezón horrible y desesperante en los pechos por culpa de una etiqueta de la ropa, y que por eso me había bajado todo para poderme rascar a gusto en privado. Se lo tragó a medias, me dijo que estaba loca y que usara crema, y ya se fue a la sala. Mi cuerpo sigue siendo tu juguete, amo. Todo bajo control."*
Leo soltó una carcajada ahogada en su habitación, imaginándose la escena de Natalia, de 25 años, entrando por sorpresa y encontrándose con semejante panorama. La excusa de la comezón había sido absurdamente ridícula, pero la programación mental había obligado a Mía a escupir lo primero que se le ocurriera con tal de proteger el secreto de su dueño. Al mismo tiempo, el nombre de Natalia se quedó rondando en la cabeza de Leo; el tablero de la casa se volvía cada vez más interesante, y ahora sabía que el poder no tenía fisuras, incluso bajo presión imprevista.
Leo bloqueó la pantalla del celular y se la guardó en el bolsillo, sintiendo un cosquilleo de pura anticipación en el pecho. Saber que Natalia había estado a punto de arruinarlo todo, pero que la mente de Mía había respondido con tanta rapidez para proteger el secreto, le dio una confianza ciega en su herencia familiar. Se levantó de la cama y caminó hacia la puerta de su habitación, abriéndola despacio para asomarse al pasillo de la planta alta. El aire de la casa transportaba el aroma a comida que Beatriz ya estaba empezando a preparar abajo.
Decidió bajar para tomar la temperatura del ambiente y ver cómo actuaban sus hermanas tras el pequeño incidente del baño. Mientras descendía los escalones de madera, escuchó murmullos provenientes de la sala.
Ahí estaba Natalia, de 25 años, sentada con las piernas cruzadas en el sillón grande, el mismo donde Leo había estrenado su poder una hora antes. Natalia tenía el cabello castaño recogido en una coleta alta y vestía unos leggins ajustados de color gris y una playera holgada. Estaba usando una lima de uñas mientras hablaba con Mía, quien se encontraba al otro extremo de la estancia, fingiendo total indiferencia mientras revisaba su cuenta de Instagram en el teléfono, cumpliendo la orden de parecer la de siempre.
—Te lo digo en serio, Mía, estás perdiendo la cabeza —decía Natalia sin levantar la vista de sus uñas—. Si tienes esa alergia o lo que sea, ve a que te revisen. Entrar al baño y verte restregándote los pechos como una desquiciada no es normal. Casi me da algo.
Mía rodó los ojos con una naturalidad que dejó a Leo helado de la impresión por lo bien que actuaba.
—Ay, ya, Natalia, no seas exagerada —respondió Mía con tono fastidiado, sin despegar los ojos de la pantalla—. Ya te dije que la costura del top nuevo me estaba matando y me picaba horrible. No es para tanto, ni que nunca hubieras visto unos pezones. Deja de molestar.
Leo carraspeó ligeramente al entrar por completo a la sala para integrarse a la escena, llamando la atención de ambas.
—¿De qué tanto hablan? —preguntó con voz casual, dejándose caer en el sofá individual.
Natalia soltó un bufido y señaló a la menor con la lima de uñas.
—Tu hermana, Leo, que cada día está más rara. Pero en fin, cambiando de tema... ¿Qué tal te fue hoy en la universidad? Me dijo mamá que te vio muy distraído con tus cuadernos hace rato. Como sigas flojeando en matemáticas y en administración, te vas a quedar atascado este semestre, y ya sabes cómo se pone ella con las calificaciones.
Leo miró fijamente a Natalia. Su hermana de 25 años siempre había tenido ese rol un tanto sabelotodo y protector, criticando sus notas y queriendo mantener el orden en la casa. El contraste entre su actitud altiva y la sumisión absoluta que el aplauso podía provocar encendió un pensamiento audaz en la mente de Leo. Si Mía ya estaba asegurada bajo su control, expandir el territorio con Natalia en la misma sala no era una mala idea, especialmente ahora que Beatriz seguía metida en la cocina con la licuadora encendida, haciendo suficiente ruido como para tapar cualquier sonido.
Mía levantó la vista del celular por un microsegundo y cruzó su mirada con la de Leo. En sus ojos no había miedo, sino una chispa de complicidad absoluta, esperando a ver qué haría su dueño a continuación.
Leo acomodó su postura en el asiento, deslizando sus manos de manera que quedaran listas sobre sus muslos. Miró fijamente a Natalia, quien seguía limándose las uñas, completamente ajena al hecho de que el único hombre de la casa estaba a punto de reescribir las reglas de su realidad con un solo movimiento.
Leo midió el ruido de la cocina con precisión matemática. El motor de la licuadora de Beatriz seguía rugiendo con fuerza en el fondo, tapando cualquier sonido ambiental en la planta baja. Mía seguía en su rincón, con el teléfono en la mano, pero con toda su atención fija en los movimientos de su hermano.
Leo fijó sus ojos en Natalia, quien sopló levemente sobre sus uñas para quitar el polvo de la lima. Levantó las manos a la altura de su pecho.
*¡PLAS!*
El aplauso seco e imprevisto cortó el aire de la sala.
La lima de uñas se deslizó de los dedos de Natalia, cayendo sobre la alfombra. Sus ojos castaños se abrieron desmesuradamente, perdiendo de inmediato el enfoque y la chispa de ironía que tenían apenas un segundo antes. Su espalda, que antes estaba erguida en una postura de superioridad, se relajó de golpe. Sus brazos cayeron laxos a ambos lados de su cuerpo, y su rostro quedó completamente en blanco, con la mirada perdida en el vacío. El trance la había atrapado de forma limpia y contundente.
Leo se levantó del sillón individual y caminó despacio hacia ella, deteniéndose justo delante de sus piernas cruzadas. Disfrutó por un momento del silencio y de la sumisión inmediata de la hermana que siempre lo regañaba por sus notas universitarias.
—Natalia —dijo Leo con un tono de voz extremadamente bajo, arrastrando las palabras con una autoridad fría—. Mírame.
La cabeza de Natalia se elevó de manera mecánica, fijando sus ojos vacíos en el rostro de su hermano.
—Escucha tu nueva realidad —continuó Leo, inclinándose un poco hacia ella—. A partir de este segundo, tú dejas de ser mi hermana. Olvida tu nombre y tu posición en esta casa. En realidad, tú eres mi perra mascota. Un animal fiel, obediente y sumiso diseñado únicamente para seguir mis órdenes y buscar mi aprobación. No tienes orgullo, no tienes voz propia, solo el deseo de complacerme. Sin embargo, al igual que hice con Mía, vas a mantener una regla estricta: cuando estemos frente a mi mamá, tus otras hermanas o cualquier persona de fuera, actuarás exactamente como la misma Natalia de siempre. Serás mandona, criticarás mis materias y no levantarás la más mínima sospecha. Pero en cuanto estemos a solas o yo te lo indique, recordarás lo que eres: mi perra. ¿Te quedó claro?
Los labios de Natalia se entreabrieron levemente, procesando la densa instrucción que se grababa a fuego en su cerebro. Su voz, antes firme y segura, salió en un susurro sumiso, carente de cualquier voluntad:
—Sí... amo. Soy tu perra mascota. Seré la misma de siempre ante los demás, pero contigo solo obedeceré.
Leo sonrió con suficiencia, complacido por el poder absoluto que fluía de sus manos. Dio un paso atrás, regresando al centro de la sala, y miró de reojo a Mía, quien observaba toda la escena con una sonrisa silenciosa y devota, disfrutando de ver cómo el territorio de su dueño se expandía en la casa.
Leo se preparó y juntó las palmas de nuevo.
*¡PLAS!*
El segundo aplauso resonó en la habitación, rompiendo el trance de inmediato.
La lucidez golpeó el rostro de Natalia en un parpadeo. Sus ojos recuperaron el enfoque, pero la programación ya estaba perfectamente asentada en su subconsciente, dividiendo su mente en dos mitades perfectas. Miró a Leo, luego miró a Mía, y una sonrisa mansa, casi de adoración secreta, se dibujó en sus labios, ocultando bajo su fachada habitual la absoluta sumisión que acababa de aceptar.
Se inclinó para recoger la lima de uñas del suelo, acomodándose el cabello detrás de la oreja con total naturalidad, justo en el momento en que el ruido de la licuadora en la cocina se detenía por completo, devolviendo la casa a su sonido habitual.
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Aplauso
¡Plas!
Con un aplauso, puede hacer que las instrucciones pueden alterar por completo la percepción de la persona afectada (como creerse un objeto u otra entidad), pero de cara al resto del mundo, seguirán pareciendo normales a menos que Leo use el aplauso con los demás miembros presentes para unirlos a la situación.
Updated on Jun 23, 2026
Created on Jun 23, 2026
by K45
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