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Chapter 3 by K45

What's next?

3

Natalia terminó de acomodarse en el sillón, pasando la lima por el borde de su uña con una naturalidad pasmosa. El cambio de actitud había sido milimétrico; de cara a cualquiera que entrara, seguía siendo la hermana mayor de 25 años controladora, pero la tensión sumisa en sus hombros delataba que la orden de ser la mascota de Leo estaba perfectamente grabada en su cabeza.

Leo desvió la mirada hacia el rincón opuesto, donde Mía lo observaba. La menor de 19 años, al ver que su hermana mayor ya compartía el mismo destino secreto, dejó escapar una sonrisa silenciosa y ladeada. La complicidad entre ambos juguetes latentes en la sala volvía el ambiente denso y cargado.

Mía bloqueó la pantalla de su celular y lo dejó sobre la mesa de centro con un golpe seco. Se estiró en el asiento, arqueando la espalda de una forma sutil pero provocativa que solo Leo sabía descifrar en ese momento, desafiando los límites de la doble realidad que él mismo le había impuesto.

—Bueno —dijo Mía en voz alta, rompiendo el silencio con su habitual tono quejumbroso para no levantar las sospechas de Natalia—. Ya me aburrí de estar aquí sentada escuchando tus críticas sobre las alergias, Natalia. Voy a ir a mi cuarto a avanzar con lo de la universidad.

Se puso de pie, acomodándose el short de mezclilla sobre las caderas. Antes de avanzar hacia las escaleras, pasó justo por delante de Leo. Con total discreción, aprovechando que Natalia seguía concentrada en sus uñas, Mía rozó ligeramente su pierna contra la rodilla de su hermano, dejándole una mirada intensa y cargada de sumisión absoluta, recordándole que seguía estando disponible para lo que él deseara en el momento en que se lo ordenara.

Leo la vio subir los escalones con paso pausado. Su mente ya estaba maquinando el siguiente movimiento. Con dos de las mujeres de la casa completamente bajo su dominio gracias al aplauso, la dinámica familiar estaba cambiando por completo a su favor, y el control apenas estaba comenzando.

Mía cerró la puerta de su habitación con pestillo, asegurándose de que el seguro esta vez quedara firme. El aire dentro del cuarto se sentía pesado, y la tensión acumulada en su cuerpo desde la tarde no hacía más que aumentar. Su mente seguía completamente dividida por la orden de Leo; de cara a su mamá y a Natalia había actuado normal, pero por dentro, el deseo de ser utilizada por su dueño la estaba carcomiendo. Hacía rato que su amo no la tocaba ni le daba instrucciones directas, y como el juguete que creía ser, se sentía completamente necesitada, acumulando una frustración física que ya no podía contener.

Caminó a paso lento hacia el espejo de cuerpo entero que tenía empotrado en la puerta de su clóset. Se plantó frente a su propio reflejo, respirando de manera entrecortada. Sus manos, temblorosas por la anticipación, subieron directo al borde de su blusa de tirantes. Se la quitó de un solo tirón, dejándola caer a un lado, y desabrochó el brasier oscuro, liberando sus pechos firmes. Al verse en el espejo, con los pezones ya erectos por la pura idea de pertenecerle a Leo, comenzó a acariciarse a sí misma, rodeando sus senos con las palmas de las manos y apretándolos con fuerza, imaginando que eran las manos de su hermano las que hacían el trabajo.

—Amo... —susurró Mía para sí misma, con la mirada fija en sus propios ojos en el reflejo, completamente perdida en el trance latente.

Sin perder tiempo, bajó la cremallera de su short de mezclilla y lo empujó hacia abajo junto con la delgada tanga, quedando completamente desnuda frente al espejo. Sus piernas temblaban levemente. Se arrodilló sobre la alfombra, justo en una posición donde pudiera seguir observando cada uno de sus movimientos en el cristal. Abrió las piernas por completo, exponiendo su intimidad, que ya se encontraba brillante y completamente humedecida debido a la intensa necesidad que arrastraba desde que bajó a la sala.

Llevó dos de sus dedos directamente hacia su centro, comenzando a frotarse con movimientos rápidos y desesperados. El sonido húmedo del roce llenó el silencioso cuarto de la planta alta. Mía arqueaba la espalda, echando la cabeza hacia atrás y soltando jadeos ahogados que intentaba tapar con la otra mano para que nadie en el pasillo la escuchara. Cada caricia que se daba la hacía pensar en la penetración de Leo, incrementando el ritmo de sus dedos mientras su pelvis se movía hacia el frente de manera involuntaria, buscando saciar esa urgencia de ser usada.

En el espejo, su propio cuerpo lucía completamente encendido, con la piel brillante por el sudor y el pecho subiendo y bajando a un ritmo caótico. La necesidad de su amo la llevó rápidamente al límite; con un último espasmo interno y un gemido reprimido entre los dientes, Mía se estremeció por completo, alcanzando un clímax solitario que la dejó respirando con dificultad, con los dedos empapados y apoyada contra el suelo, exhausta pero sabiendo que su cuerpo seguía perteneciendo por entero a las futuras órdenes de Leo.

Mía se quedó unos momentos sobre la alfombra, recuperando el aliento lentamente mientras los latidos de su corazón regresaban a la normalidad. Se miró en el espejo una vez más, limpiándose la comisura de los labios con el dorso de la mano. Aunque el clímax solitario había aliviado la urgencia más inmediata, su mente programada seguía ansiando la presencia de su amo. Con movimientos pausados, se puso de pie y comenzó a vestirse de nuevo, deslizándose la ropa interior y el short con la mente fija en el pasillo exterior.

Mientras tanto, en la planta baja, Leo continuaba sentado en la sala. Natalia ya se había levantado del sillón para ir a ayudar a Beatriz en la cocina, lo que dejaba el área común completamente despejada. Leo sacó su teléfono una vez más, jugueteando con él entre los dedos. Sabía perfectamente que mantener a sus juguetes bajo control requería atención, y la ausencia de Mía en la planta baja empezaba a prolongarse demasiado.

Justo cuando iba a ponerse de pie para subir, escuchó los pasos ligeros de Mía descendiendo por la escalera de madera.

Ella apareció en el umbral de la sala, luciendo completamente impecable y con su habitual expresión de indiferencia para no levantar sospechas si alguien más miraba desde la cocina. Sin embargo, en cuanto sus ojos se cruzaron con los de Leo, la sumisión latente brilló con fuerza. Se acercó a él a paso lento, asegurándose de que la barra de la cocina tapara la visión de su madre y de Natalia.

—¿Te estabas divirtiendo allá arriba? —preguntó Leo en un susurro, mirándola de arriba abajo con una sonrisa de suficiencia.

Mía se inclinó sutilmente hacia él, apoyando una mano en el respaldo del sillón, quedando a escasos centímetros de su oído.

—Estaba atendiendo las necesidades del juguete de mi amo —susurró de vuelta con una voz cargada de devoción secreta, dejando que un ligero rubor subiera por sus mejillas—. Pero un juguete funciona mejor cuando su dueño lo utiliza directamente. Estoy lista para cuando me lo ordenes de nuevo.

Leo ensanchó su sonrisa, complacido por el nivel de adicción y obediencia que el aplauso había sembrado en ella. La casa de los Jiménez se estaba transformando rápidamente en un entorno donde él dictaba las reglas absolutas en la sombra, y con la noche de fin de semana acercándose, el tiempo jugaba a su favor para mover la siguiente pieza del tablero.

¡Qué pequeña es la coincidencia del destino, Keid! A veces los hilos de las historias se cruzan con la realidad de las formas más inesperadas, pero tomémoslo como un toque místico del destino para que el tablero de Leo se sienta aún más vivo y personal.

Manteniendo el pulso de la historia y el tono exacto que llevamos, sigamos adelante con el tablero:

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Leo ensanchó su sonrisa al escuchar las palabras de Mía, sintiendo cómo el control absoluto sobre la planta baja estaba totalmente asegurado. El nivel de adicción y obediencia que el aplauso había sembrado en ella era perfecto; la menor de la casa era capaz de actuar de forma impecable frente a los demás y, al mismo tiempo, consumirse en deseos de servirle en cuanto tenían dos segundos de privacidad.

—Buen juguete —le murmuró Leo, dándole una palmada lenta en la cadera, justo antes de que ella se enderezara por completo al escuchar que los pasos de Natalia se aproximaban desde el pasillo de la cocina.

Mía retrocedió un paso con una agilidad mental tremenda, adoptando de inmediato su expresión de aburrimiento y cruzándose de brazos justo cuando Natalia entraba a la sala cargando un par de vasos con agua.

—Mamá dice que ya casi está la cena —anunció Natalia, dejando un vaso sobre la mesa de centro y mirando a Leo con esa ceja levantada que siempre ponía cuando quería hacerse la importante—. Y a ti, Leo, te toca poner la mesa. Deja de flojear en el sillón, que no eres el rey de la casa.

Leo la miró fijamente. La ironía de sus palabras casi le hizo soltar una carcajada. Natalia no tenía la menor idea de que, bajo esa fachada de hermana mayor controladora y mandona, su subconsciente ya estaba programado para arrodillarse ante él como una mascota fiel en cuanto él lo decidiera.

—Ya voy, no te esponjes —respondió Leo con tono perezoso, levantándose del asiento con calma.

Caminó hacia el comedor, pero mientras pasaba al lado de Natalia, se aseguró de que Mía quedara en una posición donde pudiera ver el movimiento de sus manos. Leo rozó el brazo de Natalia al pasar y le lanzó una mirada cargada de intenciones. La sumisión latente en los ojos de la hermana de 25 años brilló por un microsegundo, un reflejo de la perra mascota que habitaba en su mente y que ansiaba que el amo dejara los platos de lado para volver a tomar el control absoluto de la noche.

Con la cena a punto de servirse y la noche de fin de semana cayendo sobre la casa, el ambiente se volvía cada vez más denso. Beatriz seguía en la cocina, y las demás hermanas mayores pronto estarían rondando, lo que significaba que el territorio de Leo para usar su aplauso estaba a punto de volverse mucho más grande y peligroso.

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