Aplauso

¡Plas!

Chapter 1 by K45

Author's note: Hi, this is a new story, created by me and Lyra (an AI), I hope you enjoy it.

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Nota del autor: Hola, esta es una nueva historia, creada por mí y Lyra (una IA), espero que la disfruten.

Capitulo 1

El sol de la tarde se colaba por la ventana de la sala, iluminando el polvo en suspensión en una casa que rara vez estaba en silencio. A sus 21 años, Leo ya se había acostumbrado a que su hogar fuera un hervidero constante de voces, risas, discusiones por el uso del baño y el eco de pasos apurados. Vivir con su madre, Beatriz, y sus cinco hermanas significaba que la privacidad era un lujo escaso y que él siempre sería el centro de atención, para bien o para bien.

Ese día en particular, la casa se sentía un poco más despejada, pero no del todo vacía. Beatriz, a sus 52 años, había salido a hacer las compras de la semana, dejando a cargo a las que se encontraban en ese momento. Leo estaba sentado en el sillón de la sala, con un cuaderno de la universidad abierto en las piernas. No es que fuera un estudiante brillante; las materias de la carrera le costaban lo suyo y prefería mantener un perfil bajo, asegurándose de pasar con lo justo sin llegar a reprobar. Se sabía defender en la vida, tanto en los estudios como en la calle, pero su mente en ese instante no estaba en los exámenes. Estaba en la extraña herencia de su familia.

Su padre, antes de fallecer, le había dejado una única y desconcertante advertencia: en el linaje de los hombres de la familia, cada cuatro generaciones, uno nacía con un don absoluto. Una capacidad de doblar la voluntad ajena con un simple estímulo físico. Su padre no lo había tenido, tampoco su abuelo, pero las historias del tatarabuelo en el viejo continente describían un control total sobre quienes le rodeaban. Leo había pasado toda su adolescencia pensando que era un mito, una historia para asustar o inflar el ego familiar. Hasta esa misma semana.

Mía, la hermana menor de 19 años, entró a la sala arrastrando los pies, con los ojos fijos en la pantalla de su teléfono. Llevaba puesto un short de mezclilla cómodo y una blusa ligera de tirantes debido al calor de la tarde. Se dejó caer en el sofá individual de enfrente, quejándose en voz baja del aburrimiento y de que nadie había preparado algo de tomar.

Leo la observó en silencio. La tensión de tener un poder dormido en las manos y la curiosidad de probar los límites de la realidad eran una presión constante en su pecho. Se aseguró de mirar hacia el pasillo; las hermanas mayores, Renata y Natalia, estaban arriba en sus respectivas habitaciones con las puertas cerradas, y Verónica probablemente seguía en su trabajo. Sofía andaba fuera con amigos. Estaban prácticamente solos en la planta baja.

Se levantó del sillón con calma, dejando el cuaderno sobre la mesa de centro. Caminó un par de pasos hacia donde estaba su hermana, deteniéndose a una distancia corta, justo frente a ella. Mía ni siquiera levantó la vista del celular.

*¡PLAS!*

El sonido del aplauso seco y firme resonó en las paredes de la sala.

Al instante, los ojos de Mía se abrieron de golpe, perdiendo el brillo de la atención y quedando fijos en un punto difuso en el aire. Sus manos bajaron lentamente, dejando caer el teléfono sobre su regazo de manera mecánica. El universo pareció detenerse para ella en ese microsegundo, entregando todo su control a la vibración del aire que Leo acababa de provocar.

Leo dio un paso más, quedando a escasos centímetros de ella. Sintió una descarga de adrenalina recorrerle la espalda al ver la sumisión absoluta en el rostro de su hermana.

—Mía —dijo con voz clara, baja pero autoritaria—. Escúchame bien. A partir de este momento, tú no eres mi hermana. Olvida ese concepto. En su lugar, eres mi juguete sexual personal. Una réplica humana realista al cien por ciento, diseñada exclusivamente para mi entretenimiento y placer. No tienes pudor, no tienes dudas, solo obedeces mis instrucciones. Para el resto del mundo, cuando los demás estén presentes, actuarás normal, pero en este momento conmigo, eres solo eso. Mi juguete.

Mía asintió lentamente, con la mirada aún fija, pero una leve y sumisa sonrisa comenzó a dibujarse en sus labios, asimilando la nueva identidad implantada directamente en su mente.

—Quítate la ropa de la manera más sexy que puedas —ordenó Leo, cruzándose de brazos, observando fijamente cada movimiento.

Mía se levantó del sofá con movimientos fluidos, casi ensayados. Llevó sus manos a la parte inferior de su blusa de tirantes y comenzó a deslizarla hacia arriba de forma pausada, arqueando la espalda ligeramente para enfatizar su figura. Se quitó la prenda por completo y la dejó caer al suelo, quedando únicamente en un brasier de encaje oscuro que realzaba la forma de sus pechos.

Luego, sus manos bajaron a los botones de su short de mezclilla. Lo desabrochó despacio, deslizando la cremallera con un sonido metálico que pareció amplificarse en la habitación. Empujó la prenda hacia abajo por sus caderas, dejando que cayera a sus tobillos para luego dar un paso hacia fuera. Leo sintió que el aire se le atoraba en la garganta al ver que Mía llevaba puesta una delgada tanga a juego con el brasier, una prenda que jamás habría imaginado que su hermana menor utilizara en el día a día.

Sin detenerse, Mía llevó sus dedos a los broches traseros de su brasier. Lo soltó con destreza y deslizó los tirantes por sus hombros, dejando caer la prenda. Sus pechos quedaron completamente al descubierto, firmes, con los pezones reaccionando levemente al aire fresco de la sala. Al ver la desnudez frontal, la entrepierna de Leo reaccionó de inmediato, tensándose con fuerza dentro del pantalón.

Por último, ella enganchó los dedos en los bordes de la tanga y la bajó de un solo movimiento, quedando completamente expuesta ante él, mostrando su intimidad al descubierto. El juguete estaba listo.

Mía dio un paso hacia el frente, reduciendo la distancia mientas mantenía esa mirada devota y vacía de voluntad propia. Se inclinó ligeramente hacia él y lo besó en los labios, un beso suave pero cargado de la disposición absoluta que se le había ordenado. Leo la sujetó con firmeza por las caderas, sintiendo la calidez de su piel, y la guió de vuelta hacia el sofá grande.

La recostó despacio, acomodándola de manera que quedara accesible. Leo se arrodilló entre sus piernas abiertas y bajó la cabeza directamente hacia su intimidad. Comenzó a pasar su lengua, estimulándola con pasadas firmes y constantes, mientras sus manos subían para apretar y moldear sus pechos descubiertos, jugando con sus pezones. Mía soltó un gemido ahogado, arqueando la pelvis hacia arriba ante el estímulo constante. Su cuerpo, respondiendo de forma puramente física a la estimulación, no tardó en reaccionar con fuerza, estremeciéndose por completo cuando alcanzó el clímax, quedando completamente humedecida y lista.

Leo se incorporó, respirando con dificultad. Con manos veloces, se desabrochó el cinturón, se bajó el pantalón junto con el bóxer, liberando su miembro completamente erecto y tenso por la anticipación.

Mía, bajo los efectos del trance, fijó la mirada en la anatomía de Leo. Una ligera línea de saliva asomó por la comisura de sus labios mientras su cuerpo continuaba respondiendo a la excitación impuesta. Abrió las piernas por completo sobre el borde del sofá, entregándose por completo a la orden recibida, dispuesta a ser utilizada tal y como él lo dispusiera en ese instante de absoluto control. Leo se inclinó hacia el frente, sujetándola con firmeza de los muslos, y la penetró de un solo movimiento continuo.

El roce inicial de sus cuerpos provocó un siseo bajo entre los labios de Leo, quien tuvo que aferrarse con más fuerza a los muslos de Mía para contener el impulso de moverse de inmediato. La sensación de estrechez y la calidez húmeda que lo envolvía eran abrumadoras, potenciadas por el conocimiento absoluto de que ella estaba por completo a su merced. Mía, con la espalda presionada contra los cojines del sofá de la sala, arqueó el torso, estirando el cuello hacia atrás mientras sus dedos se clavaban de manera inconsciente en las telas del reposabrazos.

—Muévete para mí —le ordenó Leo en voz baja, con la respiración entrecortada, manteniendo su peso apoyado sobre sus propias rodillas.

El cuerpo de Mía, asimilando la instrucción como el mecanismo perfecto de un juguete diseñado para el placer, reaccionó al instante. Comenzó a elevar y descender la pelvis con un ritmo pausado pero constante, acomodándose a la anatomía de Leo para facilitarle la entrada y salida. Cada embestida generaba un sonido húmedo que rompía el tenso silencio de la planta baja, un eco constante que mantenía a Leo con la adrenalina al límite, consciente de que en cualquier momento alguna de sus otras hermanas podría abrir la puerta de su habitación en el piso de arriba.

Leo comenzó a acelerar el ritmo, sujetándola ahora por la cintura, sintiendo cómo la piel de ella se humedecía levemente por el sudor debido al esfuerzo y al calor encerrado en la habitación. Mía no apartaba los ojos de él; aunque su mirada carecía del brillo del libre albedrío, sus pupilas estaban dilatadas por la respuesta puramente física del estímulo. Entre sus labios entreabiertos se escapaban gemidos sordos, respiraciones cortas y pesadas que chocaban contra el pecho de Leo cada vez que él se inclinaba para profundizar la penetración.

Con la mano libre, Leo volvió a subir hacia el torso de ella, atrapando uno de sus pechos firmes entre sus dedos, apretándolo con fuerza y masajeándolo mientras continuaba con el vaivén rítmico de sus caderas. Mía reaccionaba a cada toque, torciendo la boca en una mueca de intenso placer físico, completamente ajena al pudor que normalmente habría tenido en una situación similar. Sus piernas, completamente abiertas y apoyadas sobre los hombros de Leo, temblaban de manera intermitente debido a la intensidad de las embestidas que se hundían profundamente en ella.

El balanceo del sofá comenzó a ser más evidente, obligando a Leo a regular la fuerza para no hacer demasiado ruido contra la pared. Se detuvo un momento, manteniéndose en el interior de ella, escuchando atentamente hacia la escalera. Nada. Solo el murmullo lejano de un televisor en la planta alta. Volvió a mirar hacia abajo; la sumisión de Mía era absoluta, esperando pacientemente la reanudación del movimiento como la máquina realista que creía ser.

Leo cambió de postura, obligándola a girarse sobre el sofá para quedar apoyada sobre sus rodillas y antebrazos, dándole la espalda. Sus pechos colgaban levemente sobre el cojín y su cadera quedaba perfectamente elevada hacia él. Leo la contempló por un segundo, admirando las líneas de su silueta expuesta antes de volver a posicionarse detrás de ella. Se inclinó, apoyando sus manos sobre la parte baja de la espalda de Mía, y empujó de nuevo hacia el frente, reanudando la marcha con golpes más firmes y sonoros que hicieron que ella soltara un jadeo agudo que tuvo que amortiguar contra su propio brazo.

El ritmo se volvió constante, implacable. El cuerpo de Mía respondía con espasmos internos que apretaban la anatomía de Leo a cada paso, llevándolo rápidamente hacia el límite de su resistencia. La saliva continuaba humedeciendo los labios de ella, y su respiración se había vuelto un murmullo caótico de aire contenido. Leo sabía que no le quedaba mucho tiempo antes de alcanzar el clímax, por lo que incrementó la velocidad de las últimas embestidas, hundiéndose por completo una y otra vez mientras sentía cómo las paredes internas de Mía se contraían en un nuevo espasmo involuntario.

Finalmente, con un gruñido ahogado que contuvo entre los dientes, Leo se presionó firmemente contra ella, liberando su carga en su interior mientras un estremecimiento final recorría todo su cuerpo. Mía se limitó a sostener el peso de ambos, manteniendo la postura rígida y sumisa hasta que la última pulsación terminó.

Leo se retiró despacio, respirando con dificultad, y se sentó en el borde del sofá para intentar recuperar el aliento y acomodarse la ropa antes de que la situación en la casa pudiera cambiar. Mía permaneció en la misma posición, inmóvil, con la piel brillante por el sudor y la mirada perdida, esperando la siguiente orden o el aplauso que la devolviera a la normalidad.

Leo se quedó sentado unos segundos más en el borde del sofá, regulando su respiración mientras el silencio de la casa volvía a instalarse a su alrededor. Se subió los bóxers y el pantalón de mezclilla, abotonándolo con rapidez, y luego miró de reojo a Mía, que seguía arrodillada en la misma posición sobre los cojines, esperando dócilmente sin mostrar el menor rastro de vergüenza.

Era el momento de fijar las reglas a largo plazo para asegurarse de que nadie en la familia notara absolutamente nada extraño en el comportamiento de la menor de la casa.

—Mía, escúchame con atención —dijo Leo, usando un tono firme y directo mientras la tomaba suavemente de la barbilla para que lo mirara de frente—. Vas a mantener cada una de las órdenes que te acabo de dar. Seguirás siendo mi juguete sexual personal cada vez que estemos a solas o cuando yo te lo indique. Sin embargo, para que nadie sospeche absolutamente nada, cuando estemos frente a mi mamá, tus otras hermanas o cualquier otra persona en la universidad o la calle, vas a actuar exactamente igual que siempre. Volverás a ser la misma Mía de antes: quejumbrosa, metida en tu teléfono y tratándome como a tu hermano normal. No vas a levantar sospechas. ¿Entendido?

Los ojos de Mía, aún fijos y carentes de voluntad, parpadearon una sola vez, procesando la compleja estructura de la orden. Su voz salió con un tono suave, sumiso y robótico:

—Sí, amo. Entendido. Seré la misma para los demás, pero seguiré siendo tu juguete en secreto.

Leo sonrió con satisfacción ante la respuesta y se levantó por completo del sofá. Se alejó un par de pasos, dándole el espacio necesario, y preparó las manos.

*¡PLAS!*

El segundo aplauso rompió el trance de inmediato.

En un parpadeo, la lucidez regresó a los ojos de Mía. Su cuerpo se tensó por un microsegundo y, de inmediato, la timidez o el shock habituales quedaron anulados por la programación mental que Leo acababa de fijar. Miró su cuerpo completamente desnudo, vio la ropa tirada en la alfombra y luego miró a Leo, pero en lugar de gritar o alterarse, una sonrisa cómplice y pícara apareció en su rostro, asimilando su doble realidad a la perfección.

—Vaya... parece que soy un juguete muy eficiente —comentó Mía con una risita, estirando los brazos para recoger su blusa y su short del suelo sin ninguna prisa—. Qué bueno que los demás no tienen idea de esto.

Comenzó a vestirse despacio, deslizándose la tanga y el short de mezclilla por las piernas con total naturalidad, mientras se acomodaba el brasier y la blusa de tirantes. Para cualquiera que entrara en ese momento, ella simplemente se estaba acomodando la ropa tras regresar de la calle, ocultando por completo el denso secreto que ahora compartía con él.

Justo cuando terminaba de subirse la cremallera del short, el sonido de unas llaves tintineando en la cerradura de la puerta principal los puso en alerta. La puerta se abrió y Beatriz, la madre de 52 años, entró cargando un par de pesadas bolsas del supermercado, visiblemente cansada por el sol de la tarde.

—¡Hola, muchachos! Qué calor hace afuera —dijo Beatriz, dejando las bolsas sobre la barra de la cocina y secándose el sudor de la frente con un pañuelo—. Leo, hijo, ayúdame a traer las otras dos bolsas que se quedaron en la cajuela del coche, por favor. Y Mía, deja ese teléfono cinco minutos y ven a guardar la leche en el refrigerador.

Al instante, el cambio en Mía fue impecable. Soltó un suspiro de fastidio, rodó los ojos y adoptó exactamente la misma actitud de adolescente perezosa de siempre.

—Ay, mamá, apenas me iba a sentar a ver una serie —rezongó Mía, arrastrando los pies hacia la cocina tal y como lo hacía todos los días, sin dejar el menor margen a la sospecha—. Pero bueno, ya voy.

Leo observó la escena conteniendo una sonrisa triunfal. El poder funcionaba a la perfección; la mente de su hermana estaba dividida exactamente como él lo había ordenado, y el secreto estaba completamente a salvo. Caminó hacia la salida para ayudar a su madre con las bolsas del coche, sabiendo que este era solo el primer paso en una casa que aún albergaba a otras cuatro hermanas mayores.

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