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Capítulo 6: La intrusa y la invitación
El calor sofocante del mediodía continuaba abrazando el departamento, pero dentro de la habitación de Elena el aire se sentía espeso, cargado de una quietud densa y pacífica. Habían transcurrido casi cuatro horas desde que sus cuerpos colapsaron exhaustos tras la tormenta de placer en la cama. Cuatro horas en las que permanecieron tumbadas la una al lado de la otra, sin más ropa que la piel desnuda, entrelazando las piernas de forma inconsciente, compartiendo pequeños susurros sobre la física del bucle, el dolor de vientre que poco a poco se disipaba y la abrumadora fascinación de su nueva vida femenina.
El silencio de la estancia se rompió de golpe cuando tres golpes secos y firmes resonaron en la puerta principal del departamento.
*¡Toc, toc, toc!*
Elena abrió los ojos de golpe, parpadeando con pesadez. El sonido la desorientó por un segundo, obligándola a despegar la mejilla del pecho de Valeria, donde había estado descansando placenteramente. Valeria también se removió entre las sábanas, soltando un quejido bajo y estirando los brazos por encima de la cabeza con la pereza propia de quien acaba de despertar de un trance profundo.
—¿Quién podrá ser a esta hora? —murmuró Elena con la voz ronca, apoyando los codos sobre el colchón para intentar incorporarse.
Sin embargo, al intentar ponerse de pie, una oleada de debilidad y sensibilidad extrema le recorrió los muslos. Sus piernas, aún resentidas por la intensidad de las contracciones orgasmicas múltiples y el cansancio acumulado del periodo, temblaron visiblemente al tocar el piso de madera.
—Espérate... no te levantes así de rápido —dijo Valeria, incorporándose a su vez pero trastabillando levemente al apoyar los pies descalzos—. Yo también me siento como si hubiera corrido un maratón. Tengo las caderas completamente sueltas.
Ambas se miraron en la penumbra. El estímulo que se habían proporcionado horas atrás había sido tan brutal y prolongado que la coordinación motora de sus cuerpos femeninos aún no respondía con la firmeza habitual. Ayudándose mutuamente, Elena le ofreció el brazo a Valeria para que se apoyara, mientras Valeria pasaba una mano por la cintura desnuda de Elena para sostenerle el peso.
Caminaron despacio por el pasillo, arrastrando los pies y meciéndose como dos borrachas de placer, totalmente ajenas en su aturdimiento al hecho de que no llevaban absolutamente nada de ropa encima.
—¿Sera el cartero o algún vecino? —preguntó Elena en un susurro, sujetando a Valeria mientras se acercaban al recibidor.
—No sé... abre a ver quién es —respondió Vale, soltando una risita tonta por la torpeza con la que se movían.
Elena destrabó el seguro de la puerta de entrada y la jaló hacia adentro sin pensarlo dos veces, sin asomarse por la mirilla.
Al otro lado del umbral, parada con una mochila de cuero colgada al hombro y un par de cuadernos apretados contra el pecho, se encontraba una joven de veintidós años. Tenía el cabello castaño recogido en una coleta alta, gafas de armazón delgado sobre el puente de la nariz y vestía una falda de mezclilla a la rodilla junto con una blusa blanca de botones.
Al abrirse la puerta, una marea instantánea de recuerdos compartidos inundó la mente de Elena y Valeria. La información de sus memorias maternas cuadró en un segundo: era Sara. Sara Martínez, una de sus compañeras más cercanas en la facultad de ingeniería y ciencias, una chica estudiosa, reservada y sumamente puntual que compartía varias asignaturas con ellas en ese semestre de 1999.
Sara se quedó petrificada en el pasillo exterior. Su mirada, que venía preparada para saludar a sus dos amigas enfermas, se congeló en el acto. La boca se le abrió levemente y sus ojos, tras las micas de los anteojos, se dilataron hasta el límite.
Frente a ella no estaban sus dos compañeras de clase habituales con pijama o batas de estar por casa. Estaban Elena y Valeria, completamente desnudas, apoyadas la una en la otra con las piernas entrecruzadas para no caerse, con el cabello alborotado, la piel resplandeciente por el sudor seco de las horas anteriores y una marcada expresión de cansancio sensual en los rostros.
El silencio que se apoderó del pasillo fue sepulcral.
—S-Sara... —alcanzó a balbucear Elena, pestañeando con lentitud mientras intentaba enfocar la vista.
—Hola, Sarita... —añadió Valeria con total soltura, apoyando la barbilla en el hombro desnudo de Elena sin el menor amago de cubrirse.
Sara parpadeó varias veces, tragando saliva con evidente dificultad. Sus ojos bajaron de forma involuntaria por los cuellos desnudos de sus amigas, recorriendo la firmeza de sus pechos expuestos, las cinturas descubiertas y descendiendo hasta el vello púbico que ambas lucían sin ningún tipo de pudor. Las mejillas de Sara se tiñeron de un rojo escarlata instantáneo y violento.
—Yo... yo... este... —titubeó Sara, apretando los cuadernos contra su pecho con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos—. Pensé que... como no fueron a la facultad... y dijeron que estaban indispuestas...
—Pasa, Sara, no te quedes ahí en el pasillo que los vecinos van a chismear —la interrumpió Valeria con una naturalidad pasmosa, estirando el brazo para tomar a Sara por la manga de la blusa y jalarla suavemente hacia el interior del departamento.
Sara entró casi por inercia, tropezando ligeramente con sus propios zapatos. En cuanto estuvo dentro, Valeria estiró el pie desnudo y cerró la puerta de un golpe seco, pasándole el seguro con un chasquido metálico.
Fue en ese preciso instante cuando el cerebro de Elena logró procesar por completo la escena. La brisa fresca que venía de la ventana del recibidor chocó directamente contra su piel descubierta, haciéndola consciente de la desnudez absoluta en la que ambas se encontraban. Miró hacia abajo, vio sus senos descubiertos, vio la entrepierna de Valeria pegada a su cadera y luego miró a Sara, que permanecía de pie junto a la puerta, rígida como una estatua, mirando hacia el techo para intentar no clavar la vista en sus cuerpos.
A Elena le dio un vuelco el corazón. La antigua pudor de su mente de Lucas gritó alarmada dentro de su cabeza, pero la resignación y la libertad que habían construido durante las últimas veinticuatro horas se impusieron con rapidez. Ya no había marcha atrás. Estaban desnudas en su propia casa y la persona que había entrado era alguien conocido. No tenía sentido salir corriendo a buscar toallas o inventar excusas ridículas cuando la evidencia estaba flotando en el aire.
—Bueno... ya no queda de otra más que seguir —murmuró Elena para sí misma en un suspiro, acomodándose el cabello detrás de la oreja y dejando ir cualquier intento de cubrirse.
Sara, manteniendo la mirada fija en el marco de una pintura colgada en la pared para evitar el contacto visual directo, tomó aire de manera entrecortada.
—Les... les traje los apuntes de la clase de hoy —dijo Sara, intentando mantener un tono de voz académico pero fallando estrepitosamente debido a los temblores de sus cuerdas vocales—. El profesor de microbiología hizo una práctica en el laboratorio y les tomé las anotaciones de las muestras para que no pierdan la entrega de la semana. Y en la clase de la tarde el adjunto dejó una guía de ejercicios...
—Ay, eres un ángel, Sarita —interrumpió Valeria, soltándose de Elena y caminando a pasos lentos hacia la mesa de centro para dejarse caer con elegancia sobre el sofá verde, abriéndose de piernas sin ningún disimulo mientras apoyaba los brazos en el respaldo—. De verdad te lo agradecemos mucho. Estábamos muy preocupadas por perder el hilo de las materias.
Sara no pudo evitar girar la cabeza ante el movimiento de Valeria. Al ver a su compañera echada en el sofá en esa postura tan desinhibida, con los senos balanceándose suavemente y su entrepierna totalmente expuesta a la luz de la tarde, un respingo recorrió la espalda de la joven visitante.
—Este... sí... de nada —respondió Sara, dando un paso vacilante hacia el centro de la sala. Luego, incapaz de contener la duda que la devoraba por dentro ante la escena tan surrealista que presenciaba, miró a Elena y luego a Valeria—. Chicas... perdón que se los pregunte pero... ¿ustedes dos son lesbianas? Quiero decir... están muy juntas... y totalmente desnudas... y el ambiente de este cuarto huele a... bueno...
Elena abrió la boca para dar una explicación diplomática, buscando alguna excusa sobre el calor, el periodo o una conversación confidencial que se les había salido de las manos.
—Bueno, lo que pasa es que Sara, nosotros... —empezó a decir Elena.
Sin embargo, Valeria se le adelantó con la velocidad de un rayo, cortándole el discurso a mitad de la frase y esbozando una sonrisa maliciosa y sumamente seductora desde el sofá.
—Sí, Sarita —dijo Valeria sin un solo segundo de duda en la voz—. Somos lesbianas. Nos encanta disfrutarnos, tocarnos y estar así de libres en la casa. Pero... —Valeria hizo una pausa, guiñándole un ojo a Sara con picardía—... también nos gustan los hombres. No nos cerramos a nada que nos haga sentir placer.
Sara se quedó muda. Sus mejillas pasaron del rojo al púrpura en cuestión de segundos. La soltura con la que Valeria hablaba de su sexualidad sobrepasaba todo lo que la conservadora sociedad de finales de los noventa solía discutir abiertamente.
Elena miró a Valeria sorprendida por la audacia de su respuesta, pero no la corrigió. La complacencia de su nuevo cuerpo y la química del momento la hacían estar perfectamente alineada con la actitud de su amiga.
Valeria se acomodó en el sofá, cruzando una pierna sobre la otra de forma pausada, haciendo que sus músculos se tensaran bajo la luz dorada de la tarde. Miró a Sara de arriba abajo, notando la forma en que la chica apretaba los labios y cómo sus ojos no podían dejar de repasar la piel expuesta de ambas.
—Dime una cosa, Sarita... —continuó Valeria, bajando el tono de su voz a un murmullo profundo y provocador—. ¿Quieres unirte?
La pregunta cayó en la sala como un rayo en medio de una noche despejada.
Elena se giró hacia Valeria con los ojos abiertos como platos, totalmente impresionada por la propuesta directa que acababa de lanzar. Esperaba que Sara reaccionara indignada, que soltara los cuadernos sobre la mesa y saliera corriendo del departamento escandalizada por la inmoralidad de la invitación.
Sin embargo, lo que ocurrió a continuación dejó a Elena completamente helada.
Sara no salió corriendo. Tampoco gritó ni mostró rechazo. En lugar de eso, la joven de las gafas se quedó inmóvil en el centro de la estancia. Un temblor fino comenzó a recorrerle las manos, y sus pupilas se dilataron aún más. Bajó la mirada hacia el suelo por un instante, mordiéndose el labio inferior con una mezcla insoportable de deseo reprimido y pudor, mientras un rubor intenso le cubría no solo el rostro, sino también el cuello y la parte superior del pecho que asomaba por su blusa.
Lentamente, Sara volvió a alzar la vista hacia Valeria y luego hacia Elena, revelando una mirada cargada de una timidez absoluta, pero hambrienta.
—¿P-puedo...? —preguntó Sara en un hilo de voz casi imperceptible, temblando de la cabeza a los pies.
Elena sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. La reacción de Sara la tomó completamente por sorpresa. Detrás de esa apariencia de estudiante modelo, seria y reservada, la joven guardaba una curiosidad ardiente que solo necesitaba una pequeña chispa para salir a la superficie.
Valeria soltó una risita suave y victoriosa, palmeando el espacio vacío en el sofá a su lado.
—Claro que puedes, tontita —dijo Valeria con ternura y seducción—. Aquí no juzgamos a nadie. Ven... suelta esos cuadernos en la mesa.
Sara parpadeó, como si estuviera despertando de un sueño. Con manos temblorosas, colocó los cuadernos de la facultad y su mochila sobre la mesa de centro. Sus movimientos eran lentos, torpes, delatando los nervios extremos que la dominaban, pero no dio ni un solo paso hacia atrás.
Elena, recobrando el aliento y dejándose llevar por la corriente de la situación, caminó despacio hacia el sofá. Se colocó al otro lado de Valeria, quedando también frente a Sara. La presencia de la joven vestida en medio de la desnudez de ambas creaba un contraste erótico insostenible.
—No tengas miedo, Sara —dijo Elena con la voz melódica y cálida que la caracterizaba ahora—. Nadie se va a enterar de lo que pase en esta sala. Es nuestro secreto.
Sara las miró a ambas, respirando de manera agitada. Llevó sus manos temblorosas hacia los botones de su blusa blanca de lino.
—Es que... yo nunca... —susurró Sara, desabrochando el primer botón con dificultad mientras sus nudillos temblaban—. Yo nunca he estado con una mujer... pero siempre... siempre las he visto en la facultad y me me parecía que ustedes dos eran tan hermosas... tan libres...
—Hoy vas a descubrir lo que es la verdadera libertad, Sarita —respondió Valeria, incorporándose levemente para ayudar a Sara a desabrochar los botones restantes de la blusa.
Al abrirse la prenda, quedó al descubierto un sostén de encaje blanco sencillo que sujetaba unos pechos firmes y medianos. La piel de Sara era pálida y suave, y el calor de la sala hacía que su respiración se marcara con fuerza en su caja torácica.
Elena se acercó por el otro lado, pasando una mano suave por el hombro descubierto de Sara, deslizando la correa del sostén hacia abajo. El contacto de la piel caliente de Elena contra la de Sara hizo que la visitante soltara un respingo y cerrara los ojos por la intensidad de la emoción.
—Tranquila... déjate llevar —le murmuró Elena al oído, rozando el lóbulo de su oreja con los labios mientras Valeria se encargaba de desabrochar el cierre de la falda de mezclilla de Sara.
La falda cayó al suelo con un suave roce de tela, dejando a Sara en ropa interior en medio de la estancia. La joven temblaba, pero sus ojos brillaban con una devoción absoluta hacia las dos mujeres desnudas que la rodeaban.
Valeria llevó sus manos a la espalda de Sara y desabrochó el broche del sostén, liberando sus senos. Los pezones de Sara estaban completamente erguidos por el frío relativo de la brisa y el estado de excitación súbita en el que se encontraba.
—Eres preciosa, Sarita... —dijo Valeria, inclinándose para tomar uno de los pezones de Sara entre sus labios y succionarlo con delicadeza.
—¡¡Aaaahh!! —gritó Sara en un ahogo, echando la cabeza hacia atrás y buscando instintivamente los hombros desnudos de Elena para no perder el equilibrio.
Elena aprovechó la posición para envolver a Sara entre sus brazos, pegando su propio pecho desnudo contra la espalda de la joven, sintiendo el latido desbocado de su corazón. Con la mano libre, Elena bajó lentamente por el vientre de Sara, deslizando los dedos por debajo de la banda elástica de su pantaleta blanca.
Al tocar la intimidad de Sara, Elena comprobó que la joven estaba profundamente empapada por su propia lubricación. La timidez de la chica contrastaba de manera brutal con la respuesta física e incontrolable de su cuerpo.
—Mírate, Vale... está hirviendo —comentó Elena contra el cuello de Sara, rozando el vello púbico de la chica por encima de la tela húmeda.
—Entonces no hay tiempo que perder —respondió Valeria, retirándole la última prenda de vestir a Sara y dejándola totalmente desnuda en medio de la sala.
Sara se quedó parada entre ambas, contemplando su propia desnudez compartida con las dos mujeres más atractivas de la generación. La vergüenza inicial se disipó por completo, sustituida por una entrega total a las sensaciones que las manos de Elena y la boca de Valeria comenzaron a provocar en cada rincón de su piel.
Valeria la tomó de la mano y la guió suavemente para que se acostara en el centro del sofá verde. Sara se recostó de espaldas, abriendo los muslos con una mezcla de timidez y expectativa desbordante. Elena se acomodó a un lado de sus piernas, mientras Valeria se posicionaba cerca de su rostro, lista para enseñarle a su compañera de clase todo lo que el deseo femenino era capaz de ofrecer en aquella tarde inolvidable de 1999.
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