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Capítulo 7: Sex and tres . . . brecha de tiempo

Chapter 7 by K45

La luz dorada de la tarde filtrada por las persianas envolvía la sala en un ambiente cálido y denso. El sofá verde de tapicería suave se convirtió en el escenario donde toda timidez terminó de disolverse. Sara permanecía recostada de espaldas, con el pecho agitado y los ojos entreabiertos tras el marco de sus gafas, mirando a Elena y a Valeria como si habitaran un sueño del que jamás querría despertar.

Valeria se posicionó sobre el torso de Sara, apoyando las manos a ambos lados de su cabeza. La cercanía de sus cuerpos desnudos creaba un contraste magnético: la tez ligeramente tostada de Valeria se ceñía contra la piel pálida de Sara, que temblaba a cada pequeño roce.

—Relájate, Sarita... —murmuró Valeria cerca de sus labios, rozando la punta de su nariz con la de ella antes de sellar su boca en un beso hambriento y profundo.

Sara ahogó un gemido en la garganta de Valeria, respondiendo con una torpeza apasionada. Sus lenguas se encontraron en un choque cálido y húmedo mientras las manos de Sara, buscando un punto de apoyo en esa marea de sensaciones, subieron instintivamente a la espalda desnuda de Valeria, clavando las uñas con delicadeza en sus músculos firmes.

Al mismo tiempo, Elena se acomodó a un costado de las piernas de Sara. Con movimientos pausados y admirativos, deslizó sus palmas por la parte interna de los muslos de su compañera. La piel de Sara era ultrasensible; cada caricia de Elena provocaba un temblor que recorría la cintura de la joven.

—Mírate, Sara... eres hermosa —susurró Elena, bajando la cabeza para dejar una línea de besos húmedos en la cara interna del muslo derecho de la chica, acercándose peligrosamente a su centro.

—¡Aah!... ¡Elena!... —exclamó Sara en un respingo, inclinando la cabeza hacia atrás mientras la boca de Valeria continuaba devorando la suya.

Elena no hizo esperar la estimulación. Con una delicadeza precisa, separó los labios carnosos y húmedos de la vagina de Sara. La abundancia de lubricación natural que la joven había generado por los puros nervios y el deseo contenido hacía que el contacto fuera extremadamente suave. Elena pasó la punta de la lengua directamente sobre el clítoris hinchado de Sara, arrancándole un grito agudo que resonó por toda la estancia.

—¡¡Nnnngghh!!... ¡Dios mío! —se agitó Sara en el sofá, arqueando la espalda de manera involuntaria.

Valeria rompió el beso con Sara y bajó la vista hacia el rostro encendido de la chica. Con una sonrisa de satisfacción pura, bajó la cabeza para tomar uno de los pechos firmes de Sara con la boca, succionando el pezón erguido con fuerza rítmica, mientras usaba la mano libre para masajear el otro seno.

Sara estaba atrapada en un fuego cruzado de placer absoluto. La succión de Valeria en sus pechos y los pases de lengua rápidos y circulares que Elena aplicaba sin tregua en su entrepierna la estaban haciendo perder la cordura por completo. Las piernas de Sara se abrieron de par en par, abrazando los hombros de Elena para empujarla más hacia su intimidad.

—¡Más, Elena... sí, ahí, no pares! —suplicaba Sara en un hilo de voz roto, perdiendo todo el pudor que la caracterizaba en las aulas de la facultad.

Elena aceleró el ritmo de sus lameduras, combinándolas con la inserción progresiva de dos dedos en el canal vaginal de Sara. El líquido resbaladizo hacía que cada estocada manual fuera profunda y placentera. El sonido rítmico y húmedo del sexo entre las tres llenaba la sala, acompañado por los jadeos acelerados y los gemidos de la joven invitada.

Valeria descendió por el cuerpo de Sara, dejando un rastro de besos y mordiscos suaves en su abdomen plano, hasta colocar su propia vagina justo sobre el rostro de Sara.

—Usa tu boca conmigo, Sarita... —le ordenó Valeria con voz grave y seductora, acomodando su intimidad empapada a milímetros de los labios de la chica.

Sara, totalmente ebria de placer y despojada de cualquier freno moral, sacó la lengua y comenzó a lamer la entrepierna peludita de Valeria con una avidez sorprendente. Saboreó la mezcla de lubricante natural y deseo de Valeria, mientras Elena continuaba bombeando sus dedos con fuerza dentro de su propio cuerpo.

La sala era un caos armonioso de pieles, fluidos y gemidos entrecruzados. Elena bombeaba sus dedos dentro de Sara y usaba el pulgar para frotar su clítoris; Sara lamía desenfrenadamente la vagina de Valeria; y Valeria se retorcía sobre el rostro de Sara mientras masajeaba los pechos de Elena, que se había acercado para unirse al contacto superior.

—¡Me voy a venir... me voy a venir ya! —gritó Sara, incapaz de sostener la sobrecarga sensorial.

Las paredes internas de Sara se contrajeron en un espasmo violento alrededor de los dedos de Elena. Un flujo abundante y caliente se proyectó desde su interior, inundando la mano de Elena mientras la chica convulsionaba en el sofá, soltando un llanto de puro éxtasis.

Al sentir el clímax de Sara, la propia Valeria no pudo contenerse más. Apoyando las caderas firmemente sobre la boca de la joven, comenzó a temblar de la cabeza a los pies, soltando un alarido de placer al tiempo que su vagina expulsaba su propio chorro de fluido sobre el rostro y el cuello de Sara.

Elena, contagiada por la marea de orgasmos que presenciaba y sintiendo las contracciones de sus amigas, llevó su mano libre a su propia entrepierna. Frotó su clítoris con rapidez fiera y metió dos dedos en su canal todavía sensible por el periodo y el uso previo del juguete. En cuestión de segundos, Elena se unió al clímax colectivo, soltando un gemido ronco y profundo mientras su cuerpo se arqueaba sobre el borde del sofá, expulsando su propia marea caliente.

Los tres cuerpos quedaron colapsados, entrelazados en una maraña de brazos, piernas y sudor sobre el mueble y la alfombra. El silencio regresó poco a poco a la estancia, interrumpido únicamente por las respiraciones agitadas y los latidos desbocados de tres corazones que buscaban recuperar el ritmo.

Pasó un tiempo indefinido antes de que alguna tuviera la fuerza para moverse. Lentamente, ayudándose unas a otras, se trasladaron de la sala a la habitación principal. Se tumbaron sobre la cama grande, exhaustas, disfrutando de la brisa tibia de la tarde que entraba por la ventana abierta.

Sara estaba acurrucada en el centro, con la cabeza apoyada en el pecho de Elena y un brazo rodeando la cintura de Valeria. La timidez había dado paso a una serenidad radiante.

—Esto ha sido... lo más increíble que me ha pasado en la vida —murmuró Sara con los ojos cerrados, esbozando una sonrisa de total plenitud—. Nunca imaginé que el placer pudiera sentirse así.

Valeria acarició el cabello castaño de la chica, mirándola con calidez.

—Pues acostúmbrate, Sarita —dijo Vale con una leve risita—. Porque de aquí en adelante, esto será nuestro secreto. Nadie en la facultad, ni en ninguna otra parte, tiene por qué enterarse.

—Sí —añadió Elena, besando la frente de Sara con ternura—. A partir de ahora, cada vez que queramos estar juntas, este departamento será nuestro santuario. Siempre haremos esto sin que nadie más lo sepa.

—Prometido —asintió Sara, apretándose más contra el cuerpo de ambas.

Tras descansar un par de horas más y dejar que el cansancio físico se disipara, las tres se levantaron de la cama. Caminaron juntas hacia el cuarto de baño para ducharse. Bajo el chorro de agua tibia, se ayudaron a retirar los restos de sudor y fluidos, compartiendo jabón, risas y pequeñas caricias espontáneas que demostraban que la complicidad entre las tres había quedado sellada para siempre.

Al salir de la ducha, Sara se vistió despacio con la ropa que había dejado tirada en la sala. Se arregló el cabello frente al espejo y recogió sus cuadernos de la mesa.

—Nos vemos mañana en el laboratorio, chicas —dijo Sara en la puerta de entrada, dándole un beso en la boca a Valeria y luego otro a Elena antes de salir—. Prometo traerles los mejores apuntes otra vez si me reciben así.

—Trato hecho, Sarita —respondió Vale entre risas, cerrando la puerta tras su partida.

Elena y Valeria se quedaron a solas en la paz del departamento. Recogieron la sala, arreglaron la cama con sábanas limpias y prepararon algo de cenar. Se sentaron juntas a la mesa, comiendo tranquilamente mientras comentaban los detalles de las asignaturas del día siguiente. La aceptación de sus roles como Elena y Valeria era ya absoluta; la rutina de 1999 las acogía con una naturalidad pasmosa, y ambas esperaban el amanecer del nuevo día con una calma profunda y renovada.

Mientras tanto, en un plano temporal distante pero entrelazado por las leyes invisibles de la física cuántica, ocurria algo impensable.

En el presente del año 2026, la línea del tiempo no era un bloque de cemento inmutable, sino un tejido elástico y sensible a los desplazamientos de materia y conciencia. En la casa donde alguna vez Lucas y Dante habían crecido antes de activar el dispositivo en el sótano, el entorno continuaba existiendo en el marco de la realidad presente.

Sobre una de las repisas de la sala de estar descansaba un marco de madera oscura. En el mundo original —antes de que Lucas y Dante viajaran al pasado y se convirtieran de forma permanente en sus propias madres—, ese marco contenía una fotografía a color tomada a finales de los años noventa. En esa imagen histórica, dos jóvenes sonrientes posaban abrazadas frente a la fachada de la facultad de ingeniería: Elena Vance y Valeria Bruno. Era la foto que Lucas y Dante habían visto durante toda su infancia y juventud, la prueba irrefutable de la amistad previa de sus madres.

Pero en ese preciso instante del año 2026, los átomos del papel fotográfico comenzaron a vibrar sutilmente.

Sin que ningún observador en el presente lo notara, la superficie del retrato se difuminó por un segundo en una niebla de distorsión electromagnética. Los pigmentos de la imagen se reorganizaron en tiempo real, reescribiendo la historia en respuesta a las acciones que estaban teniendo lugar en 1999.

Cuando la imagen se estabilizó de nuevo dentro del marco, la fotografía ya no mostraba solo a dos mujeres.

En medio de Elena y Valeria, posando en el centro del encuadre con una amplia sonrisa, una coleta alta y sus característicos anteojos de armazón delgado, aparecía Sara. Las tres estaban tomadas del talle, luciendo radiantemente felices, con una complicidad palpable que trascendía el papel. La leyenda escrita con tinta negra en la esquina inferior de la foto ahora leía: "Elena, Vale y Sarita - Facultad de Ciencias, 1999".

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