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Capítulo 4: La devoción de las espinas y el juramento ante el altar

Chapter 4 by K45

La niebla blanca e infinita que envolvía la conciencia de Izuku no se disipó hacia la calidez de su propia habitación en los dormitorios de la UA. En su lugar, se comprimió con una lentitud casi mística, condensándose en un ambiente denso, sereno y saturado de un aroma inequívoco: una mezcla profunda de incienso de mirra, madera de cedro pulida, cera de abejas consumida por velas y el perfume fresco de vegetación humedecida por el rocío de la alborada.

5:00 AM.

Izuku abrió los ojos. La luz del sol naciente aún no había cruzado el horizonte, pero la estancia estaba impregnada de una penumbra dorada que se filtraba a través de las cortinas translúcidas de una ventana arqueada de estilo neogótico.

Al intentar llevarse una mano al rostro para despejarse, sintió una gracilidad distinta en cada uno de sus movimientos. Sus extremidades eran extremadamente largas, esbeltas y elegantes. La piel de sus manos era suave, de una palidez pulcra, pero los nudillos y las yemas denotaban una firmeza entrenada para el combate táctico de contención.

Al incorporarse en la cama, notó el peso y la longitud descomunal de su cabello. No era fibra capilar común. Una masa densa, pesada y viva de enredaderas verdes y flexibles, salpicadas de pequeñas y afiladas espinas orgánicas, caía desde su cuero cabelludo hasta rozar el suelo de madera.

Se levantó con pasos gráciles y descalzos, sintiendo una conexión terrenal directa con cada tabla del piso. Caminó hacia el espejo de cuerpo entero ubicado en la esquina de la habitación. Al encender una pequeña lámpara de tono cálido, la imagen en el cristal se reveló con absoluta claridad.

Frente a él estaba Ibara Shiozaki. A sus 21 años, la estudiante del departamento de héroes de la Clase B conservaba esa aura de divinidad y compostura ascética que la caracterizaba, pero su figura adulta se había desarrollado con una belleza seráfica e imponente: hombros delicados, un cuello estilizado, una cintura estrecha que contrastaba con la curva pronunciada de sus caderas de estatua clásica y un pecho erguido, firme y proporcional que moldeaba el camisón de lino blanco que llevaba puesto.

Izuku extendió una mano y tocó la superficie del cristal. En el instante en que la yema de su dedo pálido hizo contacto con el vidrio, la marea de información colisionó con la fuerza de un rayo contra su conciencia.

La sobrecarga cognitiva fue inmediata y devastadora. Un torrente inmenso de memoria muscular, teología aplicada, tácticas de combate defensivo de rango masivo y biología botánica avanzada inundó la mente de Izuku. Absorbió en cuestión de segundos el control biocinético completo del Quirk de Vines: la capacidad de extender sus enredaderas a cientos de metros, regular la rigidez de sus espinas para cortar acero o acariciar la piel con la suavidad de la seda, la fotosíntesis acelerada, el flujo de savia curativa y la percepción vibracional a través de las raíces que podía clavar en la tierra.

Junto a todo esto, se integraron sus dogmas religiosos, sus votos de pureza, el conocimiento profundo de las escrituras, su vida cotidiana en la Clase B y sus secretos más recónditos. Y en la profundidad de su psique, como una torre de marfil inexpugnable, los talentos de las víctimas anteriores —el camuflaje de luz de Toru, la micología y esporas de Kinoko, y la acústica vibracional de Kyoka— se acoplaron sin fisuras al arsenal de Ibara.

Izuku se sujetó la frente mientras la marea de recuerdos se asentaba, sintiendo la pulsadura viva de las espinas en su cabeza.

—Shiozaki-san... de la Clase B... —murmuró, y la voz que brotó de sus labios era un instrumento melodioso, grave, sereno y cargado de una solemnidad reverencial capaz de conmocionar a cualquiera que la escuchara.

Izuku se observó a sí mismo en el espejo, maravillado y perturbado por la dualidad de esa anatomía. Comenzó a explorar el cuerpo de Ibara con una curiosidad analítica y sensorial. Deslizó sus manos largas por el camisón de lino, palpando la firmeza de sus muslos pálidos, la suave hondonada de su vientre plano y la forma perfecta de sus senos, cuyos pezones rosados se erguían ante el tacto.

Al concentrar su voluntad, hizo que una de las enredaderas de su cabello se desenredara como una serpiente dócil. La guía verde descendió por su hombro, rodeó su brazo y rozó con la punta de una hoja suave la cara interna de sus muslos. El contacto de la enredadera viva sobre la piel desnuda provoco un chispazo de placer eléctrico que hizo que los muslos de Ibara se apretaran instintivamente y que un jadeo entrecortado escapara de su garganta.

—Es increíble... la sensibilidad de las vides está conectada directamente al sistema nervioso central... —susurró Izuku, fascinado.

Sintió cómo la savia interna de las plantas que formaban su cabello reaccionaba al calor de su propia excitación, emitiendo una fragancia floral embriagadora, similar a un jazmín silvestre concentrado. Comprendió que el cuerpo de Ibara, bajo esa fachada de castidad inquebrantable, albergaba una capacidad sensorial y una calidez apasionada de proporciones volcánicas.

8:30 AM.

Izuku dedicó un par de horas a dominar la biodinámica de las enredaderas en la capilla de meditación privada de la Clase B. Descubrió que podía impregnar las espinas con una sustancia vegetal natural de efecto miorrelajante y vasodilatador que actuaba como un anestésico de puro placer al menor rasguño.

Para vestir el cuerpo de Ibara, Izuku pasó de largo los túnicos holgados e inexpresivos que la chica solía usar. En su lugar, eligió un vestido largo de punto fino de color verde oliva que se amoldaba a la anatomía de Ibara como una segunda piel. El tejido marcaba con impecable precisión la curva de sus caderas, la delgadez de su cintura y la plenitud de sus pechos, contando con una hendidura lateral que se abría a partir de la mitad del muslo izquierdo, dejando ver la palidez de sus piernas largas al caminar. Dejó que su largo cabello de espinas cayera como un manto majestuoso sobre su espalda, coronándose con una diadema tejida por sus propias hojas.

Satisfecho con la exploración de su nueva forma, Izuku decidió que era hora de buscar a su yo masculino. Sabía, por los recuerdos que residían en la mente de Ibara, que a las 11:00 AM el Izuku Midoriya en piloto automático cruzaría la arboleda que conecta los dormitorios de la Clase A y la Clase B para trasladar materiales de entrenamiento.

Sin embargo, justo cuando abría la pesada puerta de madera del pasillo principal del pabellón de la Clase B, una figura femenina se cruzó en su camino.

—¡Ibara! Por fin te encuentro —dijo una voz firme, madura y autoritaria.

Era Itsuka Kendo, la delegada de la Clase B. Llevaba su uniforme de entrenamiento, con las mangas arremangadas y su característica trenza peliroja cayendo a un lado de su cuello.

—Kendo-san... —respondió Izuku, adaptando al instante la postura serena y la mirada piadosa de Shiozaki—. La paz del Señor sea contigo este mañana. ¿Ocurre algo?

—Necesito tu ayuda urgente en el gimnasio secundario —dijo Kendo, suspirando con cierto cansancio mientras se ajustaba los guantes—. Los chicos de la Clase B dejaron atascadas las vigas de contención con las rocas de Shoda, y tus enredaderas son las únicas con la fuerza de tracción suficiente para moverlas sin romper la estructura. Por favor, dime que puedes echarme una mano antes de la reunión de delegados.

Izuku frunció levemente el ceño de Ibara. Su objetivo principal era ir al encuentro del Izuku masculino para consumar la posesión y consolidar el dominio en este nuevo ciclo del bucle, pero rechazar a la delegada de clase de manera abrupta rompería el patrón de conducta de Shiozaki y levantaría sospechas inmediatas.

—Entiendo la premura de la situación, Kendo-san —dijo Izuku con una leve inclinación de cabeza—. El servicio al prójimo es el camino de la rectitud. Te acompañaré.

—Muchas gracias, de verdad. Eres un ángel —sonrió Kendo, dándose la vuelta para comenzar a caminar por el pasillo ajardinado que conectaba los edificios.

Izuku la siguió con pasos lentos y pausados. Sin embargo, mientras caminaban por la galería exterior cubierta que rodeaba la gran arboleda central del campus, los sentidos mejorados de Ibara —asociados a la agudeza auditiva de Kyoka y a las vibraciones que las raíces de su cabello captaban desde el suelo— percibieron una presencia familiar a lo lejos.

A unos cincuenta metros, cruzando el camino de adoquines rodeado de robles centenarios, caminaba la figura del Izuku Midoriya masculino. Iba solo, cargando una caja de suministros, moviéndose con esa soltura cansina, apática y autómata que caracterizaba al "piloto automático" del bucle.

Al verlo, el corazón en el pecho de Ibara dio un vuelco violento. Una chispa de calor puro y una fijación casi religiosa se encendieron en la mente de Izuku al contemplar su propio cuerpo desde la perspectiva de la joven santa.

Izuku se detuvo en seco sobre los adoquines. Kendo, al no escuchar el roce de la falda de Ibara, se detuvo unos pasos más adelante y se giró para mirarla con curiosidad.

—¿Ibara? ¿Pasa algo? —preguntó Kendo, alzando una ceja.

Izuku (en el cuerpo de Ibara) no miró a Kendo. Sus ojos rojos y profundos se fijaron fascinados en la silueta lejana del peliverde que se alejaba entre los árboles. La brisa mañanera hizo ondear la vestimenta ajustada de Shiozaki y agitó suavemente su melena de espinas verdes.

La mente de Izuku, intoxicada por la devoción teológica de Ibara y por el narcisismo exacerbado de poseer a tantas mujeres para entregarse a sí mismo, dejó escapar sus pensamientos en un murmullo audible, cargado de una pasión mística y un fervor absoluto que resonó en el pasillo como una oración pronunciada en el altar de una catedral.

—Míralo, Kendo-san... —susurró Ibara, junta do sus manos largas frente a su pecho en una postura de plegaria, mientras sus mejillas pálidas se teñían de un rubor carmesí encendido—. Contémplalo... Ahí camina la única y Verdadera Luz de mi existencia...

Kendo se quedó congelada, parpadeando con absoluta perplejidad.

—¿Q-Qué...? ¿De qué estás hablando, Ibara? —balbuceó la peliroja, mirando en la dirección hacia donde apuntaba la mirada fija de la chica, alcanzando a distinguir a Midoriya a lo lejos.

—Él es la razón bendita por la que mi corazón late en esta tierra de sombras —continuó Izuku, utilizando la voz celestial de Ibara, que temblaba con una intensidad devocional desconcertante—. Antes de él, mi vida no era más que un páramo desierto... pero él es el Verbo, el Camino y la Salvación. Yo no vivo por mi propia voluntad, Kendo-san... yo vivo únicamente por y para Izuku Midoriya.

Los ojos de Kendo se abrieron de par en par, desencajados por la sorpresa. Jamás, en todos los años que llevaba conociendo a Ibara Shiozaki, la había escuchado hablar con semejante grado de obsesión fanática y terrenal hacia un hombre. Ibara, la chica que rechazaba la vanidad, la impureza y las pasiones carnales, estaba declarando una devoción absoluta por el heredero del One For All.

—¡¿I-Ibara?! ¡¿Estás de broma?! ¡Es Midoriya! ¡¿Estás hablando de Midoriya-kun?! —exclamó Kendo, dando un paso hacia ella, sin poder dar crédito a sus oídos.

Izuku no se inmóvilizó. Al contrario, las enredaderas de su cabello parecieron erizarse, erogando un perfume de jazmín y nardos extremadamente concentrado que saturó el aire de la galería. Izuku llevó una de sus manos pálidas a su propio vientre, presionando la tela del vestido verde contra la curva de su cadera.

—Si él me pidiere que lleve en mi seno el fruto de su linaje... si él me ordenare consagrar mi vientre para engendrar a su descendiente, lo haré sin dudar un solo instante —sentenció Ibara con una sonrisa seráfica y pecaminosa que heló la sangre de Kendo—. Arrodillaré mi alma y mi carne ante su presencia. Haré lo que sea que él me pida... entregaré mi cuerpo como el templo donde su voluntad sea cumplida, pues no hay mayor gloria en esta vida que ser consumida por su gracia.

Kendo se llevó las manos a la boca, sofocando un grito de pura incredulidad. El rostro de la delegada de la Clase B estaba pálido, sus ojos de color turquesa temblaban al ver la transformación radical en la actitud de su compañera.

—Tú... tú estás completamente loca, Ibara... —alcanzó a articular Kendo, dando un paso atrás, sobrecogida por el aura de dominio y fijación casi absoluta que emanaba de la chica peli-verde—. ¿Qué te ha pasado? ¡Tú no eres así! ¡Tú juraste que tu devoción era solo para lo divino!

—¿Y acaso no es él la encarnación de lo divino en esta tierra? —respondió Ibara, girando la cabeza lentamente hacia Kendo. La mirada de Shiozaki era tranquila, pero en el fondo de sus pupilas ardía un fuego devorador e inquebrantable—. Perdóname, Kendo-san... pero la obra del Señor no puede esperar a las vigas de un gimnasio. Mi deber supremo me llama.

Sin darle tiempo a Kendo para reaccionar o llamar a nadie más, Izuku desplegó una masa de enredaderas flexibles desde la base de su cuello que se clavaron en el techo de madera de la galería. Con un movimiento grácil e hipnótico, la figura esbelta de Ibara se elevó en el aire, impulsándose por encima de la balaustrada y desapareciendo a toda velocidad entre la copa densa de los árboles de la arboleda, siguiendo la rastro del Izuku masculino.

Kendo se quedó sola en el pasillo, mirando el lugar por donde la peli-verde se había esfumado, respirando con dificultad mientras el denso aroma a nardos todavía flotaba en el ambiente.

11:15 AM - 1:50 PM.

En el corazón de la arboleda se erigía una pequeña capilla abandonada de piedra, construida en los primeros años de la academia y ahora cubierta por la hiedra. Era un recinto sagrado, fresco y en penumbra, con vitrales antiguos que filtraban la luz del sol en haces de color carmesí y azul.

El Izuku masculino caminaba por el pasillo central del recinto, habiendo sido atraído hasta allí por el perfume embriagador de las flores de Shiozaki. El chico en piloto automático se detuvo frente al altar de piedra.

Las pesadas puertas de madera de la entrada se cerraron de golpe. Las enredaderas de Ibara brotaron de la estructura, sellando los accesos y aislando la capilla por completo del mundo exterior.

Izuku (en el cuerpo de Ibara) descendió desde el rosetón superior, cayendo de pie sin hacer el menor ruido sobre las losas de piedra. El vestido verde oliva se amoldaba a sus curvas con una elegancia provativa, y su melena de espinas se abría a sus espaldas como un par de alas vegetales.

—Midoriya-kun... la luz ha guiado tus pasos hacia mi altar —susurró la voz de Ibara, retumbando en la acústica de la capilla.

El Izuku masculino se giró despacio. Su mirada apática se iluminó levemente ante la visión de la joven asceta, cuya palidez contrastaba con el rubor de sus mejillas y la firmeza de sus intenciones.

—¿Shiozaki-san...? —dijo el peliverde con tono apagado—. El ambiente de este lugar...

—Es el templo donde consagraremos nuestra unión —interrumpió ella, dando pasos lentos pero implacables hacia él.

Izuku no perdió tiempo. Utilizando el control biocinético de su Quirk, hizo que varias vides delgadas brotaran del suelo y se enroscaran suavemente alrededor de las muñecas y los tobillos del Izuku masculino, fijándolo con firmeza pero sin lastimarlo contra una de las columnas de mármol cercanas al altar.

Izuku se llevó las manos al escote de su propio vestido. Con un movimiento rápido y decidido, rasgó la tela de punto fino desde el cuello hasta la cadera. El vestido cayó al suelo de piedra, dejando la anatomía de Ibara Shiozaki completamente desnuda bajo la luz de los vitrales.

La visión era imponente: una figura pálida, estilizada y escultural, con caderas anchas, un vientre plano que respiraba agitadamente y senos firmes con pezones erguidos de tono rosado. La piel de Ibara no tenía un solo defecto, y sobre sus muslos curvados se reflejaban los haces de luz roja de los vitrales.

—Observa el templo que he guardado para ti, Midoriya... —dijo Ibara, posicionándose directamente frente al chico atrapado.

Se acercó a su yo masculino y tomó su rostro con ambas manos largas. La temperatura del cuerpo del peliverde comenzó a elevarse velozmente cuando las pequeñas espinas anestésicas y estimulantes de las enredaderas de Ibara rozaron la piel de su cuello, enviando oleadas de calor directo a su entrepierna.

Izuku inclinó la cabeza de la santa y selló los labios del peliverde en un beso devocional, profundo y apasionado. La lengua de Ibara, fina y cálida, se introdujo en la boca del chico con una avidez que contrastaba salvajemente con su imagen piadosa. El aroma a jazmín e incienso saturó los pulmones del peliverde, anulando cualquier atisbo de pensamiento racional en el piloto automático.

Las manos largas de Ibara bajaron rápidamente por el torso del chico, desabrochando sus ropa con la destreza adquirida de sus experiencias anteriores y liberando su miembro viril, que se erguía grueso, pulsante y listo para la entrega.

Izuku sonrió al sentir la firmeza de su propio cuerpo masculino desde la perspectiva de la joven asceta. Se arrodilló sobre las losas de piedra frente a él. Con una reverencia casi litúrgica, tomó el miembro del chico con ambas manos y lo introdujo por completo en su boca.

La técnica de Ibara, potenciada por la agudeza sensorial de la chica y la memoria acumulada del bucle, fue una tortura de placer para el peliverde. La lengua de la joven recorría cada vena y el glande con succión rítmica, mientras que pequeñas guías de enredaderas suaves acariciaban los testículos y los muslos del chico, provocándole espasmos que hacían retumbar las cadenas de vegetación que lo sujetaban a la columna.

Tras llevar al peliverde al borde de la capitulación oral, Izuku se puso de pie. Se subió al altar de piedra pulida, recostándose de espaldas y abriendo sus largas piernas pálidas, revelando su sexo rosado, húmedo y completamente expuesto, que emanaba una condensación de savia natural e irresistible.

Usando las enredaderas, atrajo al Izuku masculino hacia el altar, posicionándolo entre sus muslos.

—Consagra mi cuerpo, Midoriya... hazme tuya bajo la mirada de los cielos —ordenó Ibara con una voz jadeante y cargada de una lujuria santa.

Guió la cabeza del miembro del chico hacia su propia entrada. Con una sola embestida firme y profunda del peliverde, la masculinidad de Izuku se enterró hasta la raíz en el interior virgen y estrecho de Ibara Shiozaki.

Un gemido celestial, agudo y ecoico resonó por toda la bóveda de la capilla. Las paredes vaginales de Ibara, estrechas y ardientes, se apretaron con una fuerza desmedida alrededor del miembro del peliverde, como si sus propios músculos quisieran aprisionar el calor de la virilidad del chico para no dejarlo escapar jamás.

—¡Ahhh...! ¡M-Midoriya...! —gritó Ibara, echando la cabeza hacia atrás mientras su melena de espinas se agitaba descontrolada por el impacto, clavándose en las junturas del altar de piedra.

Izuku (en el cuerpo de Ibara) comenzó a mover la cadera con un ritmo salvaje y desbocado sobre la piedra del altar. La flexibilidad de la chica le permitía envolver la cintura del chico con sus largas piernas pálidas, atrayéndolo hacia adentro en cada golpe. El sonido de los cuerpos colisionando y el eco húmedo de la fricción se mezclaban con el crujido de la vegetación que cubría las paredes de la capilla.

El Izuku masculino, completamente dominado por el trance químico de las espinas y la presión sofocante del interior de la chica, sujetó las caderas de la peli-verde con fuerza brutal, dejando marcas rojas sobre la piel pálida de Ibara mientras embestía hacia arriba con una ferocidad inaudita.

Cada estocada alcanzaba el fondo del cérvix de Ibara, arrancándole gemidos que rozaban el delirio espiritual. Las enredaderas de la capilla comenzaron a florecer masivamente, soltando pétalos blancos que cayeron sobre los cuerpos sudorosos de ambos mientras el clímax se aproximaba a pasos agigantados.

—¡Lléname...! ¡Siembra tu semilla en mi vientre, Midoriya! —suplicó la voz de Ibara, apretando sus brazos alrededor del cuello del peliverde.

El desenlace fue explosivo. Las paredes internas de Ibara sufrieron una serie de espasmos vaginales extremadamente violentos que succionaron el miembro de Izuku justo cuando el peliverde se convulsionó, liberando una marea masiva de semen espeso y caliente que inundó la matriz de la joven de la Clase B. Ibara gritó el nombre de Midoriya al cielo de la capilla mientras su propio orgasmo hacía temblar la estructura de piedra.

5:30 PM.

Por la tarde, Izuku utilizó la autoridad moral y el estatus teológico de Ibara para transferir la titularidad de los terrenos privados de la capilla y las reservas forestales del campus a un fideicomiso único gestionado a nombre de Izuku Midoriya, garantizando un dominio territorial absoluto e inexpugnable. Caminó por los terrenos de la UA con una prestancia majestuosa, dejando a los estudiantes que la cruzaban impactados por la intensidad magnética que emanaba de su presencia.

11:58 PM.

Izuku estaba recostado en la cama del cuarto de Ibara, vistiendo solo una túnica de seda blanca desabrochada. Sentía el cansancio en los músculos esbeltos de la chica, pero la totalidad de su magia botánica, su fuerza biocinética y su teología estaban indeleblemente grabadas en su propia alma, sumándose a los poderes de Toru, Kinoko y Kyoka.

Creía que esta cuarta experiencia concluiría la anomalía y que finalmente retornaría a su forma original al dar la medianoche.

A las 12:00 AM exactas, el segundero del reloj de pared se detuvo. El sonido del viento entre las hojas se congeló. El espacio del cuarto de Ibara se disolvió en la niebla blanca e infinita.

En ese instante preciso, la reescritura de memoria se ejecutó en la mente de Ibara Shiozaki. Al despertar a la mañana siguiente, Ibara no tendría conciencia alguna de haber sido habitada por una entidad externa. En sus recuerdos, ella misma había decidido vestir de forma provocativa, ella misma había proclamado ante Kendo que Midoriya era la luz de su vida y la razón de su existencia, y ella misma lo había llevado a la capilla para entregarse en ese acto de devoción carnal. Se despertaría convencida de que esos deseos eran la voluntad divina inscrita en su corazón, sintiendo una obsesión sagrada, física e inquebrantable por convertirse en la madre de los hijos de Izuku Midoriya.

En la nada blanca, la conciencia de Izuku aguardó el despertar en su verdadero cuerpo.

Sin embargo, la niebla no se abrió hacia la realidad. Comenzó a condensarse con una fuerza aún mayor, girando en un torbellino que empezó a moldear una quinta anatomía, un nuevo aroma y un torrente fresco de recuerdos que comenzaron a incrustarse en su cerebro.

El bucle no se había detenido. La siguiente víctima ya estaba lista.

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