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Chapter 5 by K45

Harrison acomodó la espalda contra los almohadones de la cama matrimonial, sintiendo la calidez de los tres cuerpos femeninos que continuaban apoyados contra él. La respiración de Amelia, Julia y Liza comenzaba a estabilizarse, pero el ambiente dentro de la habitación seguía impregnado de la densidad del sexo reciente. La piel de las tres brillaba bajo la tenue luz que entraba por las cortinas, mostrando los rastros del clímax y de la sumisión absoluta con la que lo servían.

Harrison pasó un brazo sobre los hombros maduros de Julia y miró al techo de la habitación durante unos segundos, procesando la escala de todo lo que estaba ocurriendo en su vida cotidiana.

—Así que... mi madre, mi hermana y mi novia son en realidad animales que ahora viven en los cuerpos y las vidas de ellas —murmuró Harrison con una voz pausada y grave, dejando escapar una leve sonrisa de satisfacción al asimilar la autoridad incalculable que eso le otorgaba sobre la casa.

Julia se acomodó sobre su pecho, rozando con sus pechos maduros el costado del hombre, mientras que Liza levantó el rostro desde su hombro con los ojos fijos en él.

—Pero bueno... —continuó Harrison, girando la cabeza para mirar fijamente a la mujer de cuarenta y cinco años—. Madre, dime... ¿quiénes son las otras personas en mi entorno que antes fueron animales? Tengo verdadera curiosidad por saber hasta dónde llega todo esto.

Julia levantó una mano suave y acarició el mentón de su hijo, manteniendo esa mirada de adoración madura que la caracterizaba.

—Pues... una de ellas sería tu suegra —respondió Julia con tono tranquilo, como si revelara un detalle cotidiano—. La madre de Amelia... Amalia. Ella anteriormente fue una gata. La gata doméstica de Joshua.

Harrison se congeló por un instante en la cama. La mención del nombre de Joshua y la revelación sobre la suegra hicieron que varios recuerdos inconexos en su memoria encajaran de golpe con un chasquido perfecto.

—Espera... —dijo Harrison, entornando los ojos mientras la imagen mental de aquel día regresaba a su cabeza con absoluta claridad—. Esto me recuerda a algo que pasó hace meses. Hubo una vez que fui a buscar a Amelia a su casa... obviamente en ese tiempo, cuando la verdadera Amelia humana aún habitaba su propio cuerpo. Recuerdo que llegué a la casa, toqué la puerta y nadie contestó. La puerta estaba entornada, así que entré a buscarla. Ella no estaba... pero al pasar por el pasillo, vi a Amalia, la madre de Amelia, metida en la cocina con Joshua. Ella estaba arrodillada en el suelo, chupándole el pene con una desesperación tremenda mientras él le sujetaba la cabeza. Yo me sorprendí muchísimo en ese momento, pero preferí no decir nada para no arruinar las cosas ni meterme en problemas ajenos...

Harrison hizo una pausa, mirando alternativamente a Julia y a Amelia antes de continuar con su razonamiento.

—Pero ahora que sé todo esto... es totalmente lógico. O sea que... ¿es posible que Joshua también sepa de la bendición de los animales? —preguntó Harrison con un todo de descubrimiento.

Amelia, que estaba recostada junto a las piernas de Harrison, frunció el ceño con cierta confusión en sus ojos de perrita y ladeó la cabeza.

—¿O sea que mi madre no es mi madre? —preguntó Amelia con voz ingenua, intentando entender la red de identidades que se entrelazaba entre ellas.

Antes de que Julia o Harrison pudieran responderle, Liza soltó una carcajada baja y buritona desde el otro extremo de la cama, acomodándose sobre los codos y mirando a la joven de veintidós años con evidente superioridad.

—¡Cállate, perrita! —espetó Liza con brusquedad—. Claro que es la madre del cuerpo y de la vida que habitas ahora, pero a la vez no es ella... porque es el espíritu de una gata el que está metido dentro de su piel. Aprende a usar la cabeza, animal.

—Tranquila, Cory... no le hables así a Amelia —intervino Julia con voz pausada pero autoritaria, haciendo valer su jerarquía madura en la casa—. Todas en esta habitación le pertenecemos al amo, y no hay necesidad de pelear por quién comprende más rápido la verdad.

Julia volvió a centrar su atención en Harrison, deslizando los dedos por el abdomen marcado de su hijo para explicarle los detalles del asunto.

—Tienes toda la razón en tu deducción, mi amo... Joshua sabe perfectamente lo que ocurre con los animales. De hecho, la felina que habitaba su casa estaba completamente enamorada de él cuando era solo una mascota. Cuando el alma de la gata logró tomar el cuerpo de Amalia, la madre de Amelia, lo primero que hizo fue buscar a Joshua para ofrecerle su cuerpo humano y servirle en todo lo que él quisiera. Es exactamente lo mismo que nosotras hicimos contigo. Los hombres que han sido buenos y protectores con los animales terminan recibiendo esta bendición de forma natural.

Harrison escuchó cada palabra con una mezcla de morbo y fascinación. La idea de que Amalia, una mujer adulta, elegante y madura, estuviera sometida a la voluntad de Joshua debido a su pasado como felina le resultaba escandalosamente estimulante.

—Increíble... —murmuró Harrison, sintiendo cómo la carne entre sus piernas comenzaba a reaccionar nuevamente ante el flujo constante de revelaciones y el calor de los tres cuerpos desnudos—. Así que Amalia también está sirviendo a su amo en secreto...

—Así es —afirmó Julia, acercando sus labios al oído de Harrison—. Y si tú se lo pides a Joshua o a la misma Amalia, estoy segura de que ella también vendría a rendirte cuentas a ti, si eso complace a tu voluntad. Porque tú eres el amo principal de este hogar, y cualquier criatura convertida reconoce la autoridad de un verdadero dueño.

Liza se arrastró de nuevo por la cama hasta quedar cara a cara con Harrison, pasando una mano por el muslo de su hermano y frotándose disimuladamente contra la sábana.

—Mi amo... ya sabemos quiénes son todas las mujeres de tu entorno que han cambiado —susurró Liza con la voz agitada—. Ya sabes que tu madre es Wil, que tu novia es tu perrita y que yo soy tu cotorra Cory... y ahora sabes lo de la madre de Amelia. ¿No crees que es momento de que nos uses de nuevo para celebrar que todo está al descubierto?

Amelia no se quedó atrás. Se incorporó sobre sus rodillas, acercando sus pechos a la cadera de Harrison y comenzando a pasar la lengua por la piel tibia de su bajo vientre.

—Sí, mi amo... dinos qué quieres que hagamos ahora —pidió Amelia con sumisión—. Podemos ponernos como tú quieras.

Harrison miró a las tres mujeres: su madre Julia con la madurez voluptuosa de sus cuarenta y cinco años ofreciéndole su lealtad reptiliana; su hermana Liza con el cuerpo atlético de deportista entregada por completo a su antojo; y su novia Amelia acurrucada como una mascota fiel entre sus piernas.

—Pónganse de rodillas las tres frente a mí —ordenó Harrison con tono firme y absoluto—. Quiero ver cómo la madre, la hermana y la novia de esta casa trabajan juntas para atender a su único amo.

Sin dudarlo un solo segundo, las tres mujeres se desplazaron sobre la gran cama matrimonial, colocándose alineadas de rodillas sobre el colchón. La imagen era un espectáculo de rendimiento y entrega absoluta: tres cuerpos completamente desnudos, de distintas edades y figuras, esperando ansiosamente las instrucciones del hombre que dominaba por completo sus vidas y sus identidades.

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