What's next?

4.-

Chapter 4 by K45

El silencio en la recámara principal de la casa era absoluto, roto únicamente por la respiración acompasada de los tres cuerpos que descansaban sobre las sábanas desordenadas. Harrison continuaba tendido de espaldas, sintiendo el peso reconfortante de Amelia a su izquierda y el calor maduro de Julia a su derecha. La atmósfera olía a sudor, a piel tibia y al rastro denso del sexo que acababa de consumir a los tres. El tiempo parecía haberse detenido, haciéndolos olvidar por completo el reloj y el compromiso de la tarde.

De pronto, un chasquido metálico resonó desde la planta baja, seguido por el sonido sordo de una mochila de deportes cayendo sobre el suelo de la entrada. Ni Harrison ni las dos mujeres le prestaron atención al principio, demasiado sumergidos en el sopor posterior al clímax. Sin embargo, los pasos apresurados subieron por la escalera de madera a paso firme y decidido.

Antes de que alguno de los tres pudiera reaccionar o cubrirse con las cobijas, el pomo de la puerta de la habitación giró por completo. La puerta se abrió de par en par, dejando ver la silueta de Liza, la hermana menor de Harrison, cargando su bat de softball en la mano y vestida aún con el uniforme deportivo entallado.

Harrison, Amelia y Julia se quedaron inmóviles, completamente desnudos en medio de la gran cama matrimonial. La escena era explícita: las marcas de manos sobre la piel clara de Julia, la entrepierna de Amelia húmeda y el abdomen de ambas manchado con los rastros del semen que Harrison había dejado caer sobre ellas.

Para sorpresa de Harrison, Liza no gritó ni tiró sus cosas con horror. No hubo histeria ni sobresalto. La joven deportista se congeló en el umbral, fijando sus ojos de inmediato en el centro de la cama, directamente en el pene de Harrison que comenzaba a reaccionar de nuevo ante la interrupción. La mirada de Liza se volvió densa, casi hipnótica, y un hilo fino de saliva comenzó a deslizarse por la comisura de sus labios carnosos mientras se pasaba la lengua con una lentitud descarada.

—Ummm... mami, parece que ya lo hiciste con mi hermanito —dijo Liza con una voz pausada, cargada de una mezcla de burla y lujuria contenida.

Julia se incorporó lentamente sobre sus codos, dejando que sus pechos maduros cayeran pesadamente hacia el frente. No hizo el menor intento por cubrirse. Al contrario, abrió un poco más las piernas sobre el colchón, dejando a la vista cómo el semen residual que había quedado en su interior escurría en un hilo blanco y espeso por los pliegues de su coño mojado hacia las sábanas.

—Él ya lo sabe... —dijo Julia, mirando a Liza con una calma absoluta y señalando la entrepierna de su hijo—. Harrison ya sabe toda la verdad sobre mí. Y no hay razón para ocultarle nada más a nuestro amo.

Harrison suspiró profundamente, echando la cabeza hacia atrás sobre la almohada. A estas alturas, habiendo asimilado que la mujer que lo dio a luz era en realidad su antiguo camaleón Wil y que su novia Amelia era una perrita convertida en mujer, la presencia de Liza ya ni siquiera le producía preocupación o culpa. Un pensamiento lógico cruzó por su mente al observar el comportamiento de su hermana menor.

—Ella también es un animal, ¿verdad? —preguntó Harrison, con la voz grave, ajustando la postura en la cama mientras Amelia se acomodaba a su lado como una mascota atenta y le susurro—. Es un loro...

—Exacto, mi amo —respondió Julia, acomodando su cabello maduro detrás de la oreja mientras una sonrisa de suficiencia se dibujaba en su rostro—. ¿Te acuerdas de Cory? Aquella cotorra loro que tuviste hace unos años... la que adoptaste justo después de que te dijeron que tu primera mascota se había escapado... Pues es ella. Liza es Cory.

Harrison parpadeó, recordando vívidamente a aquella ave de plumaje verde brillante que tanto había intentado cuidar durante su adolescencia.

—Recuerdo que un día me dijeron que Cory se había escapado de la jaula —comentó Harrison, frunciendo el ceño—. Pero nunca entendí bien qué pasó...

—La verdadera Liza hubo una vez que agarró a Cory cuando tú no estabas —explicó Julia con tono frío, recordando los detalles de aquel día—. La agarró con fuerza, con maldad de niña mimada, y comenzó a quitarle las plumas de sus alas una por una. La dejó tan maltrecha que el animal ya no podía volar. Cory, llena de rabia y de una necesidad desesperada por vengarse, volcó todo su deseo y su instinto en entrar en el cuerpo de Liza. Ocurrió durante la noche. Yo vi perfectamente cuando sucedió el cambio de almas entre la niña y el ave... y no hice absolutamente nada para impedirlo, porque ella se lo merecía.

Julia hizo una pausa, mirando a Harrison con una lealtad férrea en los ojos.

—Toda tu familia humana había sido mala con nosotros, los animales de esta casa. Tú eras el único que siempre fue bueno con nosotras, el único que nos trataba con cariño y respeto. Por eso nosotras solo te pertenecemos a ti. ¿Y no sé si te acuerdas, mi amo, de que hubo varias veces en que tus boxers desaparecían de tu cajón sin explicación alguna?

Harrison entornó los ojos, recordando las discusiones domésticas por la ropa interior perdida.

—Sí... pensé que la lavadora se los tragaba o que mi madre los tiraba por error.

—No —intervino Julia soltando una risita madura y juguetona—. Era Cory, ya habitando el cuerpo de tu hermana Liza, la que se los robaba disimuladamente. Se encerraba en su habitación con tus boxers usados, se los pegaba al rostro para oler tu rastro y se masturbaba frenéticamente pensando en ti, deseando que ese pene tuyo la poseyera. Así como lo hacía yo desde este cuerpo... Incluso me acuerdo de cómo me mirabas a veces los pechos cuando andaba en la cocina con ropa ligera. Yo me daba cuenta perfectamente, mi amo, y por eso hacía movimientos exagerados, me agachaba de más o me acomodaba la blusa para que los vieras con toda claridad... Jajaja, cómo me gustaba hacer eso por mi amo, ver cómo se te aceleraba la respiración al ver a tu propia madre... Pero bueno, ya sabes la verdad: Liza es Cory.

Julia se limpió con la punta de la sábana el exceso de humedad de los muslos, manteniendo la mirada fija en la joven que continuaba parada en la puerta.

Harrison se quedó pensando por un momento. Había un cabo suelto en toda esa historia que no terminaba de encajar en su cabeza.

—Ya sé que mi verdadera madre está muerta... murió poco después de que tú entraste en su cuerpo y ella en el tuyo y la maquina le hiso eso —comentó Harrison mirando a Julia—. Pero... ¿qué pasó con la verdadera Liza cuando el espíritu de Cory entró en ella? La niña original, en el cuerpo del loro... porque creo que ni siquiera podía volar por haberle quitado todas las plumas de las alas.

Liza soltó una carcajada baja y rasposa, dejando su bat de softball recargado contra la pared y dando varios pasos hacia el interior de la recámara principal.

—A esa maldita... le dimos un sedante en el agua —respondió Liza con una sonrisa maliciosa, hablando de su antiguo cuerpo de ave—. Julia y yo la pusimos en una caja de cartón, la llevamos en el auto hasta lo profundo del bosque y la fuimos a dejar allí tirada, indefensa. Al día siguiente, nada más fui yo a revisar el lugar por pura curiosidad... y ya no había nada. Solo encontré una mancha de sangre y un par de plumas verdes arrancadas en el suelo. Algún depredador nocturno se encargó de ella. Se lo merecía por haberme lastimado.

Harrison escuchó la historia sin inmutarse, sintiendo cómo el morbo y la autoridad sobre las tres criaturas lo consumían por completo. Liza se desabrochó la gorra de béisbol y la arrojó a un lado, dejando caer su cabello largo. Luego llevó las manos al frente de su uniforme.

—Pero bueno... eso ya quedó en el pasado, mi amo —dijo Liza, mirando la rigidez entre las piernas de su hermano—. Ahora mira... mis pechos, los pechos de hembra humana ya están más grandes que cuando era un ave, y mi vagina está completamente mojada solo de ver lo que le hiciste a Julia y a Amelia.

Liza metió una mano por dentro de su uniforme deportivo, sujetándose un pecho firme por encima del sostén y apretándolo con fuerza ante la mirada de todos. Con la otra mano, se frotó intensamente el centro de la entrepierna por encima de los pantalones de softball, sacando la lengua mientras un gemido ahogado escapaba de sus labios.

—Mírate, Cory... sigues siendo una perra necesitada —dijo Amelia desde la cama, mirando a la hermana menor con superioridad, pero abriéndose de piernas para mostrarle que ella ya había sido poseída por el amo.

—Cállate, perrita de patio —respondió Liza sin dejar de frotarse—. Tú tuviste tu turno, pero yo he esperado años desde que me robaba sus boxers para sentir su carne de verdad.

Harrison miró el cuerpo joven y atlético de su hermana menor. Las piernas firmes por el deporte, la cintura estrecha y la devoción salvaje en sus ojos le dejaron claro que no había espacio para la duda.

—Quítate el uniforme, Cory... o debería decir Liza —ordenó Harrison con tono firme, poniéndose de rodillas en el centro de la cama—. Desnúdate ahora mismo y ven aquí con tu madre y con Amelia.

—Sí, mi amo... lo que tú mandes —dijo Liza con los ojos desorbitados por la emoción.

Sin perder un segundo, la joven se bajó el cierre de la casaca deportiva y la dejó caer al suelo, revelando un top ajustado que contenía dos pechos firmes y erguidos. Luego se desabrochó los pantalones de juego y los empujó hacia abajo junto con sus calcetas y su ropa interior, quedando completamente desnuda en medio de la habitación. Su piel estaba limpia, tonificada por el ejercicio, y su pubis estaba completamente empapado por el fluido transparente que bajaba por la parte interna de sus muslos.

Liza no esperó una segunda indicación. Gateó sobre la cama con la agilidad de un depredador, avanzando directamente hacia la entrepierna de Harrison. Se arrodilló entre sus piernas y rodeó el pene del hombre con ambas manos, pegando la mejilla a la carne caliente con una veneración absoluta.

—Por fin... por fin puedo tocarte de verdad, mi amo —susurró Liza, abriendo la boca para dar una lamedura amplia desde la base del miembro hasta el glande, saboreando los restos del semen de Julia que aún quedaban en la piel de su hermano.

Julia se acomodó detrás de Liza, pasando sus brazos maduros alrededor de los hombros de su hija/cotorra y sujetándole los pechos firmes mientras Liza continuaba chupando el miembro de Harrison con un ritmo desesperado.

—Enséñale cómo se atiende al amo de esta casa, Cory —le decía Julia al oído a la joven, amasando sus pezones erectos—. Demuéstrale cuánto deseabas esta carne mientras te masturbabas en tu cuarto con su ropa usada.

Amelia se acercó por el otro lado, pegando su rostro al trasero levantado de Liza y comenzando a lamer la entrada húmeda de la deportista, haciendo que la joven soltara un grito ahogado a mitad de la felación. La combinación de las tres mujeres —su madre de cuarenta y cinco años guiando la escena, la joven deportista devorando su miembro y la novia perrita estimulando la intimidad de la recién llegada— creó un espectáculo de sumisión absoluta en la recámara.

Harrison le sujetó el cabello a Liza con firmeza, guiando el ritmo de su cabeza mientras la joven tragaba la mayor cantidad de carne posible, emitiendo ruidos húmedos de garganta que resonaban en toda la habitación.

—Eso es, Liza... muerde suave, usa la lengua —ordenó Harrison, sintiendo cómo el calor volvía a acumularse en su bajo vientre a una velocidad sorprendente.

—Mmmm... mmm... sí, mi amo —logró articular la joven entre succión y succión, con las lágrimas de excitación asomándole por los ojos al sentir la dureza del pene que tanto había fantaseado en soledad.

Después de varios minutos de una felación intensa y coordinada por las tres, Harrison obligó a Liza a incorporarse. La tomó por la cintura y la giró, colocándola de espaldas sobre el colchón, con las piernas abiertas de par en par dirigidas hacia él.

—Llegó el momento de que dejes de usar mis boxers y sientas lo que hay dentro de ellos —dijo Harrison, posicionándose entre los muslos tonificados de su hermana.

—Hazlo... entra en mí, mi amo... hazme tuya frente a mi madre —rogó Liza, agarrándose con fuerza de los tobillos de Julia para afianzarse en las sábanas.

Harrison no esperó más. Apoyó la punta de su pene erecto en la entrada empapada de Liza y presionó con fuerza hacia adentro. La estrechez de la joven deportista era apretada y caliente, ofreciendo una resistencia deliciosa que obligó a Harrison a embestir con determinación hasta hundirse por completo en su interior.

Liza soltó un alarido agudo de placer que retumbó en las paredes de la casa, clavando las uñas en las piernas de Julia mientras su cuerpo se convulsionaba ante la invasión.

—¡Aaaaah! ¡Miamooo! ¡Está tan grande... me llena por completo! —gritaba Liza fuera de sí, moviendo sus caderas desesperadamente para amoldarse al tamaño de su hermano.

Harrison comenzó un bombeo rítmico, profundo y violento, haciendo que los pechos de Liza se sacudieran con cada impacto de sus caderas contra los glúteos de la joven. El sonido del choque de pieles, combinado con los gemidos desenfrenados de la cotorra convertida en mujer, llenaba el aire de la recámara.

Julia se inclinó sobre el rostro de Liza, besándola apasionadamente en la boca mientras Harrison la penetraba, compartiendo la saliva y las palabras de sumisión. Amelia, por su parte, se colocó detrás de Harrison, abrazándole el torso y besándole la espalda mientras el hombre mantenía el ritmo desenfrenado sobre la más joven del grupo.

—Mírala, mi amo... cómo se retuerce tu cotorrita —decía Julia entre beso y beso a la deportista—. Ya eres una hembra completa para nuestro dueño.

—¡Más fuerte, mi amo... más a más profundo! ¡Lleva años esperando esto... destruye este cuerpo de Liza para ti! —suplicaba la joven, arqueando la espalda para recibir cada embestida hasta el fondo de su matriz.

El ritmo de Harrison se volvió incansable. Poseer a las tres mujeres de la casa —su madre, su novia y su hermana menor, todas unidas por la devoción animal que le profesaban— lo llevó a un estado de éxtasis absoluto. Las embestidas resonaban con fuerza en la recámara matrimonial, creando una sinfonía de fluidos, jadeos y declaraciones de lealtad implacable.

Liza llegó a un orgasmo violento y prolongado, apretando las paredes de su vagina rítmicamente alrededor del miembro de Harrison mientras sus piernas temblaban sin control. Sintiendo que su propio clímax era inminente, Harrison aceleró el paso hasta el límite, embestida tras embestida, hasta que finalmente se retiró justo a tiempo para eyacular de nuevo.

Los chorros densos y calientes de su semen cayeron sobre el rostro, el cuello y el pecho de Liza, quien abrió la boca con desesperación para recibir cada gota con deleite. Julia y Amelia se abalanzaron de inmediato sobre la piel de la joven, usando sus lenguas para limpiar el líquido de su amo y no dejar que nada se desperdiciara.

Finalmente, Harrison se dejó caer a un lado sobre la cama, exhausto pero satisfecho por completo. Las tres mujeres se acomodaron de inmediato a su alrededor: Julia abrazando su torso, Amelia acurrucada en sus piernas y Liza pegando su rostro maduro y sudoroso a su hombro, respirando agitadamente.

La casa entera había quedado bajo el dominio absoluto de Harrison, rodeado por la devoción incondicional de los animales que ahora habitaban las vidas y los cuerpos de su círculo más íntimo.

Start your own immersive adult AI roleplay story
Ad

What's next?

Back Start Over View Story Map

0 comments