What's next?
6.-
Harrison, apoyado sobre los almohadones de la amplia cama matrimonial, contempló a las tres mujeres arrodilladas ante él. La visión de Julia, Liza y Amelia alineadas sin una sola prenda encima, dispuestas a complacer el menor de sus deseos, llenó la recámara de una tensión carnal sofocante.
Sin perder tiempo, Harrison tomó la iniciativa. Jaló a Liza por la cadera para colocarla en postura de cuatro sobre el colchón y se posicionó detrás de ella. Con un empuje firme y decidido, se hundió en la estrechez de su hermana menor. Liza soltó un jadeo agudo y arqueó la espalda al sentir la carne dura penetrarla por completo. A su lado, Julia se aproximó de inmediato para besarla en los labios, compartiendo la saliva y los gemidos de la más joven, mientras sus manos maduras amasaban los pechos erguidos de la deportista. Amelia, entretanto, se acomodó justo entre las piernas de Harrison, devorando la base de su miembro y sus testículos con pasadas rápidas de lengua.
El ritmo de las estocadas se volvió rítmico, denso y constante. Los cuerpos se sacudían sobre las sábanas, produciendo un chasquido húmedo que resonaba en las paredes del cuarto. Harrison cambió de posición, recostando a Julia de espaldas para poseer su cuerpo de cuarenta y cinco años con fuerza, sintiendo la estrechez caliente de su madre aprisionándolo con espasmos continuos, mientras Liza y Amelia le besaban el cuello y el torso. La entrega de las tres era total, una vorágine de gemidos, palabras de sumisión y pieles sudorosas entrelazadas.
Sin embargo, en el punto más intenso del encuentro, el eco metálico y agudo del timbre de la puerta principal resonó desde el piso de abajo, cortando en seco el ambiente de la habitación.
Harrison se detuvo bruscamente, manteniendo la respiración agitada. Las tres mujeres se congelaron al mismo tiempo, alzando la cabeza hacia la puerta de la habitación.
—Alguien está en la entrada... —murmuró Harrison, retirándose con cuidado del cuerpo de Julia mientras se pasaba una mano por la frente sudorosa.
—¿Quién podrá ser a esta hora? —preguntó Julia, incorporándose de inmediato sobre la cama y limpiándose los muslos con el borde de la sábana.
—No importa quién sea, hay que bajar a ver —dijo Harrison, poniéndose de pie y recogiendo su pantalón del suelo—. Arréglense rápido las tres.
Sin protestar, las tres mujeres obedecieron la orden. Amelia se puso torpemente su ropa interior y sus jeans; Liza se calzó de nuevo los pantalones deportivos y la camiseta del entrenamiento; mientras que Julia se envolvió en una bata de seda ligera que acentuaba la madurez de su talle. Harrison se ajustó la camiseta y el pantalón, intentando disimular el volumen que aún marcaba su entrepierna.
Los cuatro bajaron las escaleras en silencio, a paso ligero. Harrison caminaba al frente, seguido de cerca por sus tres acompañantes. Al llegar al vestíbulo principal, se acercó a la puerta de madera y giró el cerrojo para abrirla.
Al otro lado del umbral parada en el porch se encontraba Johana.
Harrison parpadeó sorprendido. Johana era la vecina de al lado de la casa de su madre, una chica de veinte años, apenas dos años menor que él. Si la memoria no le fallaba, ella vivía completamente sola desde hacía un par de meses.
—¿Johana?... ¿Qué haces aquí? —preguntó Harrison, confundido por la visita inesperada.
Antes de que él pudiera reaccionar o interponerse en la entrada, la joven dio un paso al frente con una decisión pasmosa, empujando la puerta suavemente para colarse al interior del recibidor. La chica no saludó ni dio explicaciones formales. En lugar de eso, sus ojos recorrieron la figura de Harrison, deteniéndose con fijación en su bragueta, antes de mirar a Julia, Liza y Amelia con una sonrisa cargada de un deseo desinhibido.
Sin mediar palabra, Johana llevó sus manos al cuello de su blusa y, de un solo tirón descarado, comenzó a desabrocharla. La prenda cayó al suelo, seguida de inmediato por sus pantalones y su ropa interior, quedando completamente desnuda en medio del recibidor a los pocos segundos de haber entrado.
—Dios mío... yo también me voy a unir a ustedes —dijo Johana con la voz entrecortada, respirando con agitación mientras sus manos bajaban a acariciarse los muslos y los pechos—. Los vi desde mi ventana... vi que estaban teniendo sexo los tres en el cuarto y este cuerpo me lo pide a gritos. No aguanto más.
Harrison se quedó helado en su sitio, contemplando la piel clara y las curvas de la joven vecina expuestas sin el menor pudor en medio de la entrada de la casa.
—Espera, Johana... ¿Por qué haces esto? —preguntó Harrison, dando un paso atrás, incapaz de comprender cómo la chica de al lado actuaba de manera tan salvaje.
Antes de que Johana pudiera responder, Liza dio un paso al frente de forma agresiva. La joven deportista olfateó el aire con la nariz levantada, mostrando una expresión de absoluto asco en el rostro mientras señalaba a la recién llegada.
—Ella no es la verdadera Johana, mi amor... —espetó Liza con voz rasposa—. Tiene el olor repugnante de una cucaracha.
Sin dudarlo un segundo, Liza llevó las manos a su ropa y comenzó a desnudarse de nuevo ahí mismo en la entrada, arrojando su playera y sus pantalones al piso con violencia. Julia, comprendiendo de inmediato la reacción de la joven cotorra, se desató el cinturón de su bata de seda y la dejó caer, quedando desnuda junto a su hija frente a la visitante.
Harrison miró a Liza y luego a Julia, completamente desconcertado por la afirmación.
—¿Qué?... ¿Incluso las cucarachas pueden cambiar con las personas? —preguntó Harrison, con los ojos abiertos de par en par.
Amelia dio un paso al frente, quitándose la camiseta y desabrochándose los jeans con soltura hasta quedar sin prenda alguna, colocándose al lado de Harrison como una guardiana fiel.
—Ya te lo habíamos explicado, mi amo —dijo Amelia con tono sereno mientras dejaba su ropa a un lado—. Cualquier animal puede cambiar con un humano si se cumplen las dos condiciones que te habíamos dicho... e incluso si se cumplen, a veces simplemente no sucede el cambio. También está el factor de la suerte del animal, su desesperación y las circunstancias del momento.
Julia tomó la palabra, manteniendo su postura erguida y madura frente a la intrusa desnuda.
—Así es, mi amo. El instinto de supervivencia de las cucarachas es de los más antiguos y fuertes de la tierra. Cuando la verdadera Johana intentó pisar o envenenar a esta criatura en su propia casa, la cucaracha volcó toda su voluntad en sobrevivir y tomar el control. Usó la oportunidad y se quedó con este cuerpo humano. Y ahora que sintió la presencia de un macho dominante en esta casa, su instinto de plaga la hizo venir arrastrándose hasta aquí.
Johana, lejos de sentirse ofendida o avergonzada por las palabras de las demás, soltó una risita aguda y se arrodilló directamente sobre la baldosa del recibidor, abriéndose de piernas sin ningún pudor frente a Harrison.
—No me importa lo que digan de mi origen... —susurró la vecina, mirándolo desde abajo con los ojos brillantes de lujuria—. Tengo este cuerpo joven, esta piel suave y una vagina que no deja de lubricar desde que los vi por la ventana. Tómame a mí también, mi amo... deja que la criatura de al lado sea parte de tu rebaño.
Harrison contempló a las cuatro mujeres desnudas en el recibidor de la casa: su madre, su hermana, su novia y la vecina de al lado, todas entregadas por completo a su presencia y compitiendo por su atención. La confusión inicial dio paso a una ola de calor y dominación que recorrió todo su cuerpo.
—Pónganse de acuerdo las cuatro... —ordenó Harrison con voz grave y dominante, bajándose el pantalón para liberar su pene nuevamente erguido—. Porque hoy ninguna de las cuatro se va a quedar sin probar a su amo.
El ambiente en el recibidor quedó en un silencio tenso tras las explicaciones de Julia y Amelia sobre la naturaleza de Johana. Harrison apenas comenzaba a asimilar que la joven vecina de al lado ocultaba el instinto de una criatura tan persistente cuando el sonido de una sirena de patrulla cortó el aire desde la calle. Las luces rojas y azules destellaron brevemente a través de las cortinas del ventanal de la fachada, seguidas casi de inmediato por el sonido seco y firme del timbre de la puerta principal.
Harrison se acomodó la ropa a toda prisa, mientras Julia, Liza y Amelia hacían lo propio para quedar presentables antes de responder al llamado.
—Tranquilos todos, yo abro —dijo Harrison, avanzando hacia la entrada y girando la perilla con cautela.
Al abrir la puerta, se encontró de frente con una oficial de policía de aspecto imponente. Se trataba de la oficial Raquel, una mujer negra de piel color chocolate, de aproximadamente 33 años, cuya sola presencia imponía respeto. Harrison la reconoció al instante, pues solía patrullar el vecindario con frecuencia.
Julia se acercó desde el pasillo con paso sereno y tomó la palabra.
—Buenas tardes, oficial. ¿Sucede algo?
—Buenas tardes —respondió Raquel, ajustándose el cinturón táctico mientras su mirada recorría a los presentes con un brillo analítico—. Recibimos un reporte al número de emergencias por gritos extraños que venían de esta dirección. Pero viendo cómo están las cosas aquí adentro, creo que ya veo cuál era la causa.
—Él ya lo sabe, Raquel —intervino Julia con una sonrisa tranquila, mirando a la oficial—. No te preocupes, ya nos estaba usando a todas.
Raquel levantó una ceja, sorprendida por la franqueza de la madre de Harrison, y fijó sus ojos oscuros directamente en el joven.
—¿Entonces ya sabe de mí? —preguntó la oficial.
—Aún no lo sabe —respondió Liza, apareciendo a un lado de su madre—. Pero dile la verdad, Raquel... tú también fuiste un animal antes de llevar ese uniforme.
Harrison miró a la oficial y luego a Julia, completamente desconcertado por el rumbo que tomaba la conversación.
—¿Ella también? —preguntó Harrison—. Espera... ¿quién era ella?
—¿Te acuerdas de la ardilla con la que solías jugar en el jardín cuando eras más joven? —le recordó Julia con tono suave—. La que le dabas de comer nueces en la mano y que tenía su nido en el árbol grande de enfrente.
Harrison se quedó pensativo durante un momento, buscando en sus recuerdos de la infancia hasta que la imagen volvió a su mente con total claridad.
—Sí... sí me acuerdo perfectamente —dijo Harrison, bajando la voz—. Me puse muy triste el día que vinieron los del municipio y talaron el árbol. Nunca más la volví a ver y pensé que le había pasado algo malo... Espera, ¿no me digas que la oficial Raquel es esa ardilla?
—Le atinaste, mi vida —contestó Raquel, dejando escapar una sonrisa amplia mientras daba un paso hacia el interior de la casa y cerraba la puerta detrás de ella—. Así es. Pero vamos adentro, que aquí en el recibidor hay olores demasiado nuevos y mezclados... huelo a una perra, huelo a una cucaracha... Vaya, Harri, parece que no te importa de qué animales vengan, solo te interesan los cuerpos en los que terminan.
La oficial se quitó la gorra de policía y acomodó su postura, mirando a Harrison con una mezcla de curiosidad y la familiaridad de quien lo conocía desde hacía años.
—Así que dime, Harri... —continuó Raquel—. Ahora que sabes que la ardilla a la que alimentabas y con la que jugabas de niño es la mujer que está parada frente a ti vistiendo este uniforme, ¿qué vas a hacer con nosotras?
Liza se cruzó de brazos, observando a la oficial con cierta cautela, mientras Amelia y Julia se colocaban a los lados de Harrison, esperando a ver cómo reaccionaría él ante la presencia de la autoridad local convertida en una más de sus seguidoras.
—Esto cambia por completo las cosas en el vecindario —murmuró Harrison, mirando a Raquel de arriba abajo—. Si hasta la policía de este sector es una de las criaturas que pasó por este cambio, nadie en esta calle está realmente fuera de esto.
—Exactamente —asintió Raquel, dando un paso más hacia el centro de la sala—. Ahora todas las que estamos en esta casa dependemos de ti y respondemos ante ti. Tú decides cómo se manejan las cosas a partir de hoy.
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